Capítulo 36
Lucía
El caos olía a perfume caro.
Hacía exactamente una semana desde que Noa había salido del hospital con ese secreto enorme y frágil guardado bajo su camiseta, y el Hotel Bahía Esmeralda había decidido celebrarlo a lo grande. O eso creía yo.
En realidad, el evento llevaba meses planificándose: la inauguración de la nueva ala VIP, con famosos de medio mundo invitados, periodistas de revistas del corazón y una lista de espera que daba vértigo.
Pero a mi padre se le había ocurrido, con esa obsesión suya de mantenernos ocupados para no pensar, que era el momento perfecto para presentar a la familia unida. Error garrafal.
Yo estaba en la azotea, escondida tras una maceta de palmeras, observando cómo el photocall se convertía en un campo de batalla.
Había actores españoles de esos que salen en todas las series, un futbolista que jugaba en la Premier y que llevaba tres días metido en la suite presidencial con su novia influencer, y hasta una cantante latina que había ganado un Grammy el año pasado y que ahora posaba con una sonrisa de plástico mientras los flashes explotaban como metralletas.
—Joder, esto es una locura —murmuró Marcos apareciendo a mi lado con dos refrescos en las manos. Me ofreció uno, pero negué con la cabeza. Tenía el estómago revuelto.
—¿Dónde está Noa? —pregunté, escudriñando entre la multitud.
—Con papá, en la entrada. La está presentando como la nueva asesora fiscal del hotel. Muy profesional todo —bufó Marcos, bebiendo de su lata—. Aunque la mirada que le echa el tal Adrián desde la barra del bar es todo menos profesional.
Me tensé. Adrián. Ese nombre me ponía los pelos de punta.
Llevaba una semana rondando Marbella como una sombra, apareciendo en los sitios donde sabía que Noa estaría, enviándole flores a la casa de los abuelos que ella devolvía sin abrir.
Y ahora, aquí, en nuestro evento, con una copa de champán en la mano y esa sonrisa de depredador que hacía que quisiera vomitar.
—No debería estar aquí —dije, apretando los puños.
—Está invitado —respondió Marcos encogiéndose de hombros—. Bueno, no exactamente. Lo invitó el equipo de relaciones públicas. Dijeron que era un inversor potencial. Una mierda, vamos.
Miré hacia la barra. Allí estaba él, con su traje azul marino impecable, charlando con una actriz que no paraba de reírse de sus chistes.
Pero sus ojos... sus ojos no estaban en la actriz.
Estaban fijos en Noa, que estaba junto a papá, con una mano protectora sobre su vientre aún plano, sonriendo forzadamente a los fotógrafos.
El ambiente era sofocante. El aire acondicionado no daba abasto y el perfume de la cantante, demasiado dulce, demasiado intenso, se mezclaba con el olor a mar que entraba por los ventanales abiertos. Era agosto en su máxima expresión: calor, glamour y tensión contenida.
De repente, el murmullo de la multitud cambió de tono. Alguien gritó algo, una cámara cayó al suelo con un estruendo seco, y el seguridad se movió en bloque hacia la escalera. Marcos y yo intercambiamos una mirada.
—¿Qué ha pasado? —preguntó.
—No sé —respondí, pero ya me estaba abriendo paso entre la gente, con el corazón golpeándome en las costillas.
Lo encontré en el jardín interior, el que daba al patio andaluz con fuente incluida.
Noa estaba de pie junto a una buganvilla, pálida como la muerte, con los brazos cruzados sobre el pecho en esa postura defensiva que ya había empezado a reconocer.
Frente a ella, demasiado cerca, estaba Adrián.
Había perdido la corbata y tenía la camisa abierta en el cuello, y su cara tenía ese gesto de suficiencia que me hacía querer abofetearlo.
—Solo quiero hablar, Noa —estaba diciendo, con voz melosa, venenosa—. No entiendo por qué me evitas. Después de lo que compartimos, de lo que volvimos a sentir la otra semana...
—No sentí nada —respondió ella, pero su voz temblaba—. Adrián, por favor, déjame en paz. Estoy con Álvaro. Voy a tener su hijo.
Adrián soltó una risa, amarga y cruel.
—Su hijo —repitió, dando un paso hacia ella—. Claro. El hijo del hotelero. Del señor perfecto. Pero tú y yo sabemos que no es tan perfecto, Noa. Sabemos que tú necesitas algo más. Alguien como yo.
Vi cómo Noa retrocedía hasta que su espalda tocó la pared. Vi cómo Adrián levantaba la mano para acariciarle la mejilla. Y vi cómo ella le apartaba la mano de un manotazo, pero sin fuerza, sin convicción. O eso me pareció a mí desde donde estaba.
—Basta —grité, saliendo de entre las sombras.
Ambos se giraron. Noa me miró con alivio y vergüenza mezcladas. Adrián me miró con fastidio, como si fuera una mosca molesta.
—Lucía, cariño —dijo, con esa condescendencia que me sacaba de quicio—. Esto es una conversación privada entre adultos.
—Tú no eres adulto —escupí, acercándome a ellos—. Eres un parásito. Y si no te apartas de ella ahora mismo, llamaré a seguridad. O mejor, llamo a mi padre.
—Tu padre —rio Adrián, sacudiendo la cabeza—. Tu padre que no sabe mantenerla contenta. Tu padre que la deja sola, vulnerable...
—Cállate —siseó Noa, y esta vez su voz sí tenía fuerza—. No sabes nada de nosotros, Adrián. Nunca lo supiste. Y sí, voy a tener un hijo con Álvaro. Un hijo que será amado, deseado, protegido. Algo que tú nunca podrías ofrecerme.
Adrián entrecerró los ojos. Por un segundo, vi algo peligroso cruzar su mirada. Luego sonrió, esa sonrisa fría que helaba la sangre.
—Veremos —dijo, dándose la vuelta—. Veremos cuánto dura esa felicidad, Noa. Porque siempre vuelves a mí. Siempre.
Se alejó con paso arrogante, desapareciendo entre los invitados que llenaban el jardín. Noa se desplomó contra la pared, temblando. Corrí hacia ella y la abracé.
—¿Estás bien? —pregunté, sintiendo su corazón desbocado contra mi hombro.
—Sí —murmuró, pero estaba mintiendo. Lo sabía—. Gracias, Lucía. Gracias por estar aquí.
—Noa —dije, separándome para mirarla a los ojos—. No puedes dejar que te haga esto. No puedes permitir que se acerque así. Tienes que decírselo a papá. Tienes que...
—No puedo —interrumpió, con lágrimas en los ojos—. Ya le he dado suficientes problemas. El evento, el hotel, el embarazo... no quiero añadir más estrés. Además, Adrián se irá pronto. Dice que se va a Madrid dentro de unos días.
—¿Y tú te lo crees? —pregunté, incrédula.
Noa no respondió. Eso me dio más miedo que cualquier otra cosa.
Subí corriendo a la suite privada donde sabía que Gabriel y Marcos estaban escondidos, huyendo del bochinche social. Los encontré en el balcón, fumando un cigarro electrónico que Gabriel había comprado para fingir que dejaba de fumar.
—Tenemos un problema —dije, cerrando la puerta de golpe.
—¿Además de que Marcos ha roto tres copas de champán y casi le cae una encima al alcalde? —preguntó Gabriel, arqueando una ceja.
—Adrián está acosando a Noa —solté, sin rodeos—. La he encontrado en el jardín, acorralada contra la pared, diciéndole que siempre vuelve con él y que el hijo debería ser suyo o alguna mierda psicópata de esas.
Marcos dejó caer el cigarro.
—Ese tío está loco —dijo, poniéndose de pie—. Voy a buscarlo y le parto la cara.
—No —dije, agarrándolo del brazo—. Eso es justo lo que quiere. Causar un escándalo. Que la prensa se entere de que hay un drama en el hotel. No, tenemos que ser más listos.
Gabriel se puso de pie también, con esa expresión suya de ingeniero resolviendo un problema complejo.
—Entonces hay que hacer que se vaya él solo —dijo—. Sin violencia. Sin escándalo. ¿Pero cómo?
—Podemos decirle a papá... —empezó Marcos.
—No —interrumpí—. Noa no quiere. Está protegiéndole, o eso cree ella. Dice que no quiere darle más preocupaciones.
—Entonces lo hacemos nosotros —dije, con una determinación que me sorprendió a mí misma—. Los tres. Encontramos a Adrián, le decimos que se largue o filtramos a la prensa que es un acosador, un manipulador, que tiene antecedentes...
—¿Tiene antecedentes? —preguntó Marcos, ilusionado.
—No lo sé —admití—. Pero podemos inventarnos algo. O investigar. Gabriel, tú sabes buscar en internet...
—Es ilegal hackear la vida privada de alguien —dijo Gabriel, pero sin mucha convicción.
—Y acosar a una mujer embarazada es legal? —repliqué.
Estábamos discutiendo, planeando, cuando la puerta de la suite se abrió de golpe. Entró papá, con la cara desencajada, seguido de Diego, el director del hotel, que parecía a punto de sufrir un infarto.
—Lucía, Gabriel, Marcos —dijo papá, con voz ronca—. Necesito que salgáis. Ahora.
—¿Qué pasa? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Ha llegado alguien —dijo Diego, secándose el sudor de la frente—. Alguien que no está en la lista. Y está causando... problemas.
—¿Quién? —preguntó Gabriel.
Papá nos miró a los tres, y en sus ojos vi algo que no había visto en años: miedo puro y duro.
—Vuestra madre —dijo—. Patricia está aquí. Y dice que se queda.
Bajamos las escaleras como en una pesadilla.
El evento seguía en marcha, pero ahora había una corriente subterránea de murmullos, de gente señalando hacia el rincón del bar donde una figura alta y elegante sostenía una copa de champán con gesto teatral.
Patricia. Nuestra madre. La mujer que nos había abandonado cuando yo tenía dos años.
Llevaba un vestido rojo escarlata que parecía sangre contra el blanco de la decoración del hotel.
El pelo rubio, más claro que el mío, recogido en un moño perfecto.
Y esa sonrisa... esa sonrisa que había visto en fotos antiguas, en las que aparecía con papá sonriendo a la cámara mientras nosotros éramos bebés.
—Dios mío —suspiró Marcos, deteniéndose en seco—. Es ella. De verdad es ella.
—No pienso hablarle —dije, con la voz temblorosa de rabia—. No pienso ni mirarla.
Pero ella nos había visto. Dejó la copa en la barra y caminó hacia nosotros con pasos seguros, con esa arrogancia que recordaba vagamente de mi infancia, de esas visitas esporádicas en las que traía regalos caros y luego desaparecía durante meses.