Cuando volviste a mí Capítulo 35
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Capítulo 35

Noa

Estaba sola en la habitación del hospital, mirando el techo de color beige, contando las grietas en las baldosas como si fueran un mapa de mi vida fracturada.

El suero seguía conectado a mi brazo, líquido frío entrando en mis venas, intentando rellenar lo vacío que yo había permitido que se creara dentro de mí.

Había pasado una hora desde que el médico me había dado la noticia.

Una hora en la que el mundo se había detenido, girado sobre sí mismo, y vuelto a empezar con colores diferentes.

Embarazada.

La palabra resonaba en mi cabeza con una intensidad que me dejaba sin aliento.

No solo embarazada, sino embarazada de él.

De Álvaro. De la primera noche que pasamos juntos en la suite del hotel, esa noche de pasión desenfrenada en la que no pensamos en protección, en la que solo existíamos el uno para el otro, en la que el mundo exterior se había disuelto.

Y ahora... ahora tenía su hijo creciendo dentro de mí.

Debería haber sentido alegría. Debería haber sentido esperanza.

Pero lo único que sentía era miedo. Un miedo paralizante que me helaba hasta los huesos.

Porque miraba hacia atrás y veía el desastre que había dejado a mi paso.

Porque pensaba en Adrián, en mi debilidad, en cómo había vuelto a caer en el mismo patrón de siempre.

Porque temía que, si me quedaba, si le decía la verdad a Álvaro, solo conseguiría arruinarle la vida un poco más.

Había entendido todo. Había entendido que él me amaba, que me quería, que estaba dispuesto a perdonar.

Pero el miedo... el miedo a repetir errores era más fuerte que el amor.

Era un muro de hormigón entre mi corazón y mi razón.

Y mi razón gritaba que me fuera. Que huyera a Madrid antes de que fuera demasiado tarde.

Que protegiera a ese niño de crecer en medio de un caos, de una relación rota, de una madre que no sabía ser fiel.

Lloré. Silenciosamente, para no llamar la atención de las enfermeras, dejando que las lágrimas corrieran por mis sienes y se perdieran en la almohada.

Lloré por lo que podría haber sido y ya no sería.

Porque ahora más que nunca sentía que debía marcharme.

No podía quedarme. No podía decirle a Álvaro que estaba embarazada, no podía atarlo a mí con un hijo cuando mi propia conducta era tan errática, cuando no me fiaba de mí misma, cuando sabía que en el fondo era una cobarde que huía cuando las cosas se ponían difíciles.

Sentí que se me rompía el corazón un poco más con cada pensamiento. Porque quería quedarme. Dios, cómo quería quedarme. Quería tener este hijo con él, criarlo juntos, formar esa familia que siempre había soñado y que nunca había creído merecer. Pero el miedo... el miedo me consumía.

Estaba decidida. Tan pronto como me dieran el alta, iría a casa, recogería mis cosas, y me iría. A Madrid. Lejos. Donde no pudiera hacerle más daño.

En ese momento, la puerta se abrió de golpe y entró Lucía, seguida de cerca por Gabriel y Marcos. Los tres se detuvieron al verme, con expresiones que iban desde el alivio hasta la preocupación intensa.

—Noa —dijo Lucía, acercándose a la cama con pasos rápidos—. ¿Estás bien? ¿Qué te han dicho los médicos? Llevamos horas esperando fuera y no nos dicen nada.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, sorprendida, intentando secarme las lágrimas discretamente—. Deberíais estar en casa, descansando.

—Como si fuéramos a dejarte sola —respondió Marcos, encogiéndose de hombros, aunque su voz traicionaba la preocupación—. Estás loca si crees que íbamos a irnos sin saber que estás bien.

—Pero... —empecé a protestar.

—No hay peros —interrumpió Gabriel, con esa autoridad que había heredado de su padre—. Estamos aquí y aquí nos quedamos hasta que sepamos qué te pasa.

Lucía se sentó en el borde de la cama, agarrando mi mano libre, la que no tenía el suero.

—Cuéntanos —dijo, mirándome a los ojos con una intensidad que me inquietó—. ¿Por qué te desmayaste? Además de por no comer, digo. Porque eso ya lo sabemos. Pero... ¿hay algo más? ¿Algo grave?

—No es nada —mentí, desviando la mirada—. Solo... solo agotamiento. Necesito descansar.

—El que nada no se ahoga —dijo Marcos, acercándose al pie de la cama, cruzándose de brazos—. Pero vamos, Noa, dinos qué tienes. Si fuera solo agotamiento, las tías Claudia y Sara ya nos lo habrían dicho. Pero salieron con cara de funeral y no dijeron nada.

—Quizás es privado —sugerí, débilmente.

—Privado, mi culo —soltó Marcos, y luego se corrigió al ver la mirada de Gabriel—. Perdón. Pero es que estamos preocupados, joder.

Gabriel me miró fijamente, con esa capacidad suya para ver a través de las mentiras.

—Si no fuera grave —dijo, con voz baja pero firme—, se lo habrían contado a nosotros. O al menos a Lucía. Así que... es algo serio. ¿Verdad?

No supe qué decir. Mis ojos se llenaron de lágrimas otra vez. No podía mentirles, pero tampoco podía decirles la verdad. No así. No todavía.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Entró una enfermera joven, con una sonrisa profesional y una carpeta en las manos.

—Señorita Valverde —dijo, acercándose a la cama sin percatarse de la tensión que llenaba la habitación—.

Le traigo las recomendaciones del médico.

Tiene que tomar estos suplementos prenatales —dejó un frasco sobre la mesilla—.

Son importantes para el desarrollo del feto, especialmente ahora que está en las primeras semanas.

Y tiene que alimentarse bien, ¿eh? No puede saltarse comidas.

El embarazo es un proceso delicado y usted ya viene con desnutrición de por medio.

El silencio que siguió fue absoluto.

La enfermera, al darse cuenta de que había tres jóvenes mirándola boquiabiertos, sonrió incómoda.

—Bueno, me voy. Si necesita algo, llame.

Y salió, dejando tras de sí una bomba de relojería.

Los tres hermanos me miraron. Yo mantuve las manos en la cara, cubriéndome los ojos, como si eso pudiera hacer que desaparecieran, como si pudiera borrar lo que acababa de pasar.

—¿Embarazada? —Fue lo único que pudo articular Marcos en apenas un susurro.

Escuché sus pasos acercándose. Sentí que Gabriel se sentaba en la silla junto a la cama. Sentí la presencia de Lucía, tensa, expectante.

—Noa... —dijo Gabriel, y su voz sonó diferente, más grave, más adulta de lo que nunca le había oído—. ¿Es cierto? ¿Estás embarazada?

No dije nada. No podía. Tenía las manos temblorosas sobre la cara, las lágrimas filtrándose entre mis dedos.

—Joder —soltó Marcos, y luego se echó a reír, un sonido nervioso, incrédulo—. Es que papá donde pone el ojo pone la bala. Menudo tirador.

—Marcos, cállate —dijo Gabriel, severo. Luego, dirigiéndose a mí, con una seriedad que me heló—. Noa, míranos. Por favor. ¿Es...? ¿Es de nuestro padre?

Tragué saliva. Bajé las manos. Los miré a los tres, esos tres jóvenes que habían sido mi familia durante años, aunque nunca hubiera tenido derecho a llamarlos así. Y asentí. Un movimiento mínimo, casi imperceptible, pero definitivo.

—Por supuesto que es de él —susurré, con voz rota—. Por supuesto.

Lucía fue la primera en reaccionar. Dejó escapar un grito, un sonido de pura alegría contenida que resonó en la habitación.

—¡Voy a tener un hermano! —gritó, saltando sobre la cama, abrazándome con fuerza—. ¡Por fin! ¡Por fin voy a tener un hermano!

—Claro —dijo Marcos, con una sonrisa torcida, intentando disimular la emoción con humor—. Es que este y yo fuimos recogidos en la basura, no te jode, con la niña. Pero un bebé nuevo... eso sí que es importante.

Gabriel no sonreía. Me miraba con una intensidad que no sabía interpretar. Había algo en sus ojos, algo que parecía alivio mezclado con... ¿enfado?

—Noa —dijo, con voz baja—. ¿Por qué no se lo has dicho? ¿Por qué ibas a…? Las maletas en tu casa. Ibas a irte, ¿verdad? Ibas a huir otra vez.

No pude responder, porque en ese momento, escuché una voz en la puerta. Una voz que conocía demasiado bien. Una voz que había estado escuchando en mis sueños durante quince años.

—Si es mío —dijo Álvaro, entrando en la habitación con pasos firmes, con los ojos fijos en mí—, no te vas de Marbella. No te vas de mi lado. Te quedas aquí, con nosotros, donde perteneces.

Se acercó a la cama, y ahora estaba frente a mí, frente a todos nosotros, con una determinación que cortaba el aire.

—Y si no es mío —continuó, y su voz tembló ligeramente, pero mantuvo la firmeza—, si por algún motivo ese niño no es mío...

te lo juro por lo más sagrado, Noa, que me da igual.

No voy a dejarte sola. No voy a permitir que Adrián te joda la vida.

No voy a permitir que te vayas a Madrid a criar a ese bebé sola. Te quedas. Conmigo. Con nosotros.

Lo miré, incapaz de hablar, incapaz de procesar lo que estaba diciendo. Estaba dispuesto a quedarse conmigo, a criar a este hijo, aunque no fuera suyo. Estaba dispuesto a perdonar, a olvidar, a empezar de cero.

—Álvaro... —susurré.

—Dime que es mío —pidió, acercándose más, agarrando mi mano con fuerza—. Dime que es nuestro.

—Estoy de poco tiempo —dije, con voz temblorosa—. Las fechas... por las fechas, es de la primera noche. De la suite. De... de cuando nosotros...

No necesité terminar la frase. Vi cómo sus ojos se iluminaban, cómo una sonrisa empezaba a dibujarse en su rostro, cómo la tensión abandonaba su cuerpo.

—De la suite —repitió, como si fuera un mantra—. Es nuestro. Es nuestro hijo.

Lucía, que seguía abrazándome, soltó una carcajada.

—¡Lo sabía! —exclamó—. ¡Lo sabía! ¡Encargaron un hermano antes de que yo lo pidiera!

Así que más os vale —dijo, dirigiéndose a su padre y a mí con severidad fingida—, más os vale dejaros de tonterías y ser formales de una vez por todas.

Porque yo no quiero a otra madre que no sea Noa.

¿Me habéis entendido? No quiero otra madrastra.

No quiero que nadie más entre en esta familia.

Quiero a Noa. Y ahora voy a tener un hermano, y quiero que crezca con sus padres juntos, como debe ser.

Marcos se rio, una risa genuina y cálida.

—La niña tiene razón —dijo—. Y oye, si vais a tener un bebé, lo mínimo es que estéis juntos, ¿no? Aunque sea por el crío.

Gabriel no decía nada. Seguía mirándome, y luego miraba a su padre, y de nuevo a mí. Finalmente, habló.

—Si la haces sufrir otra vez —dijo, dirigiéndose a Álvaro con una voz que heló la habitación—, si la dejas sola otra vez, si la haces llorar... te juro que no te lo perdonaré. Ni a ti ni a nadie. Noa es familia. Y la familia se cuida, no se abandona.

Álvaro asintió, grave.

—Lo sé —dijo—. Y no voy a fallar. Nunca más. Ahora, salid —dijo entonces Álvaro, girándose hacia sus hijos—. Dejadnos solos. Por favor.

Lucía me abrazó una vez más, susurrándome al oído:

—Te quiero, Noa. Y voy a cuidarte. Y a ese bebé.

Marcos me guiñó un ojo.

—Bienvenida oficialmente a la familia, madrastra.

Y salieron. Primero Marcos, luego Lucía, arrastrando a su hermana pequeña que no quería irse. Gabriel fue el último. Se detuvo en la puerta, miró a su padre con una severidad que nunca le había visto, y dijo:

—Te estoy vigilando. No la hagas sufrir.

Y salió, cerrando la puerta tras de sí.

Estábamos solos, Álvaro se acercó a la cama y se sentó en el borde, cuidadosamente, como si temiera romperme. Me miró, y en sus ojos vi todo: el amor, el miedo, el dolor, la esperanza.

—Noa —empezó, con voz suave—. No puedo olvidar lo que vi.

No puedo borrar esa imagen de mi cabeza.

Pero... pero voy a intentar que no se interponga entre nosotros.

Voy a intentar que no importe. Porque lo que importa es esto —señaló mi vientre, aunque aún no se notara nada—.

Es esto que estamos creando. Es el futuro. No el pasado.

Lloré. No pude evitarlo. Las lágrimas corrían libremente mientras le hablaba, mientras le contaba todo.

—Fue como siempre —susurré—. Con Adrián...

me paralizaba. Era como volver a tener quince años, veinte años.

Era como caer en un bucle del que no podía salir.

Me sentía pequeña, insegura, y… caí. Como una idiota.

Como años atrás. Y lo siento, Álvaro. Dios, cómo lo siento.

No debería haberlo hecho. No tenía excusa.

Pero te amo. Te amo a ti. Y me he dado cuenta de que siempre te he amado.

Siempre. Solo que no lo veía. Tenía miedo de verlo.

Él me cogió la barbilla con suavidad. Me obligó a mirarle a los ojos. Y vi que también él lloraba, aunque disimulaba.

—Yo también te amo —dijo, con voz ronca—.

Y si tú estás dispuesta a perdonarme por haberte dicho aquello, por haberte enviado esa carta, por haberte hecho sufrir...

si estás dispuesta a perdonarme por ser un cobarde, por no escucharte, por no darte la oportunidad de explicarte...

yo olvidaré todo. Olvidaré a Adrián, olvidaré el dolor, olvidaré el orgullo.

Y te amaré el resto de mi vida si me dejas.

—Te perdono —susurré, sin dudar—. Y te pido perdón. Por todo.

Él me besó. Fue un beso suave, reverente, lleno de promesas y de perdón. Un beso que sellaba una paz que ambos necesitábamos desesperadamente.

—Te amo —dijo contra mis labios—. Y cuando salgas de aquí, voy a hacerte olvidar el tacto de ese hombre.

Voy a hacerte olvidar sus besos, todo lo que te hizo sentir.

De ahora en adelante, solo yo seré quien te haga gemir.

Solo yo seré quien te haga disfrutar del sexo, del amor, de todo.

Voy a borrarlo de tu memoria, Noa. Y voy a llenar ese vacío con tanto amor que no cabrá nada más.

Me estremecí. No de miedo, sino de deseo. De amor. De la certeza de que era cierto.

—Me darán el alta en unas horas —dije, con voz temblorosa—. Y...

—Y es pronto para esfuerzos —interrumpió él, sonriendo con malicia—. Lo sé. Tienes que alimentarte bien, descansar, recuperarte. Y en unos días... en unos días hablaremos. De todo. De nosotros. Del futuro. De este hijo que viene.

Volvió a besarme, esta vez con más pasión, con más urgencia.

—Te quiero —dije, cuando nos separamos—. Siempre te he querido. Solo que no lo veía. Tenía miedo.

—Ya no hay miedo —dijo él, acariciando mi mejilla—. A partir de ahora, Noa, tenemos todo el tiempo del mundo para demostrarnos el uno al otro cuánto nos amamos. Y voy a pasar cada día de mi vida haciéndolo.

Apoyé mi cabeza en su hombro, sintiendo su calor, su fuerza, su amor.

Agosto se acababa. Pero nosotros... nosotros estábamos empezando. Y esta vez, sería para siempre.