Cuando volviste a mí Capítulo 34
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Capítulo 34

Álvaro

Los minutos siguientes fueron un infierno. Caminaba de un lado a otro de la sala de espera, con las manos en los bolsillos, mordiéndome el labio hasta hacerlo sangrar. Cada vez que pasaba frente a la puerta por donde habían desaparecido Claudia y Sara, sentía una punzada física en el pecho.

Gabriel estaba sentado en una silla, con la cabeza entre las manos. Marcos paseaba nervioso, mirando el reloj cada treinta segundos. Lucía estaba de pie junto a la ventana, con los brazos cruzados, temblando, mirando hacia el exterior con una intensidad que me preocupaba.

Y yo... yo estaba perdiendo la cabeza.

No podía dejar de pensar en ella. En cómo la había tratado.

En la carta que le había enviado, tan llena de orgullo herido, tan despiadada.

En cómo me había negado a escucharla, a darle la oportunidad de explicarse.

En cómo había preferido creer lo peor de ella antes que arriesgarme a ser vulnerable.

Si le pasaba algo... si se moría...

El pensamiento me dobló las rodillas. Tuve que agarrarme a una silla para no caer. Sergio vino a mi lado, preocupado, pero lo aparté con un gesto brusco.

—Estoy bien —mentí, con voz ronca.

—No estás bien —dijo Sergio, bajando la voz—. Pareces un muerto andante. Y hueles a whisky y a desesperación. Deberías ir a lavarte la cara, al menos.

—No me voy de aquí —respondí, con firmeza—. No hasta que sepa qué le pasa. No hasta que... hasta que la vea.

—Álvaro... —Sergio suspiró, pasándose una mano por la cara—. Hermano, tienes que prepararte para lo peor. Si está tan mal como dice Gabriel, si lleva días sin comer, sin beber... es grave. Y si encima los médicos han encontrado algo en los análisis...

—No digas eso —corté, sintiendo que el pánico me ahogaba—. No digas eso, Sergio. Por favor.

—Solo digo que... que quizás deberías pensar en lo que vas a hacer si... si las cosas se complican.

—No se van a complicar —dije, con una determinación que no sentía—. No puede ser. No después de todo. No después de haberla encontrado otra vez. No puede ser que la pierda así. No es justo.

—La vida no es justa —murmuró Iván, que se había acercado sin que me diera cuenta—. Lo sabemos bien.

Lucía se giró de repente. Había estado escuchando nuestra conversación, y ahora tenía los ojos brillantes, llenos de una furia contenida que nunca le había visto.

—¿Sabéis qué? —dijo, con voz temblorosa pero fuerte—. Estoy harta de esto. Harta de que nadie nos diga nada. Harta de esperar. Harta de sentirme inútil.

—Lucía, cálmate... —empecé a decir.

—¡No me calmo! —gritó ella, y su voz resonó en la sala de espera, haciendo que todos los presentes se giraran hacia nosotros—. ¡Llevo tres días viendo cómo mi padre se convierte en un zombi, cómo Noa desaparece de nuestras vidas, y ahora está aquí, enferma, y nadie nos deja verla! ¡Es una mierda!

—Hija, por favor... —dije, acercándome a ella, intentando calmarla.

—¡No me toques! —se apartó de un tirón, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡No me toques cuando tú eres el culpable de todo esto! ¡Si la hubieras escuchado, si no hubieras sido tan orgulloso, ella no estaría así! ¡No se habría desmayado! ¡No estaría sola en esa habitación!

Las palabras me golpearon como puñetazos. Porque tenía razón. Dios, tenía toda la razón.

—Tienes razón —susurré, sintiendo cómo las lágrimas corrían por mis mejillas—. Tienes razón, Lucía. Soy el culpable. Soy un idiota. Y si le pasa algo... si se muere... no me lo perdonaré nunca.

Lucía me miró, con la respiración agitada, con el pecho subiendo y bajando. Y entonces, hizo algo que me dejó paralizado.

Se dirigió hacia la enfermera, que había vuelto a su puesto, y habló con una claridad y una determinación que helaron la sangre de todos los presentes.

—Quiero ver a Noa Valverde —dijo, con voz firme—. Y no me importa lo que tenga que hacer para entrar. Puedo gritar, puedo hacer una escena, puedo llamar a la policía si es necesario. Pero voy a entrar. Porque esa mujer es mi madre.

El silencio que siguió fue absoluto. La enfermera la miró boquiabierta. Yo me quedé petrificado, con los ojos muy abiertos, sintiendo que el mundo se detenía bajo mis pies.

—Lucía... —susurré.

Ella se giró hacia mí, hacia todos nosotros, con las lágrimas corriendo libremente por su rostro, pero con la barbilla alta.

—No me miréis así —dijo, con voz quebrada pero fuerte—.

Porque esa mujer es más madre mía que la que me trajo al mundo y me abandonó hace diecisiete años.

Me crió. Me cantaba para dormir. Me leía cuentos.

Estaba ahí cuando mi verdadera madre se largó a Barcelona con su amante.

Y ahora está ahí, sola, y yo voy a estar con ella. Así que intentad detenerme.

Nadie intentó detenerla.

La enfermera, visiblemente conmovida o intimidada, no dijo nada cuando Lucía se dirigió hacia la puerta de las salas de observación. Marcos y Gabriel intercambiaron una mirada y corrieron detrás de ella, siguiéndola por el pasillo.

Yo me quedé quieto, paralizado por sus palabras. Por la verdad que había soltado al aire como una bofetada.

Tenía razón. Noa había sido más madre para Lucía que Patricia. Había estado ahí en los momentos importantes. Había llenado un vacío que yo no podía llenar solo. Había dado amor incondicional a mis hijos mientras yo luchaba por mantenernos a flote.

Y yo se lo había arrebatado. Por orgullo. Por dolor. Por incapacidad para perdonar.

—Álvaro —dijo Sergio, sacándome de mi trance—. Deberías ir con ellos.

Asentí. No confiaba en mi voz. Caminé despacio hacia la puerta, con las piernas de plomo, con el corazón golpeando contra las costillas.

En ese momento, Claudia y Sara salieron del pasillo. Venían pálidas, con los ojos rojos, con expresiones que no podía interpretar. Mi estómago se cayó a los pies.

—¿Cómo está? —pregunté, deteniéndome frente a ellas, con la voz ronca—. ¿Qué han dicho los médicos?

Claudia y Sara se miraron. Hubo un silencio que duró una eternidad. Un silencio en el que oí cómo se me partía el alma en mil pedazos.

—Está... estable —dijo Claudia finalmente, suspirando profundamente—. La tienen con suero puesto. Estaba severamente deshidratada y desnutrida. Le han hecho análisis de sangre, un TAC, radiografías...

—¿Y? —insistí, sintiendo que me ahogaba—. ¿Qué más? Han dicho que han encontrado algo. ¿Qué han encontrado?

Claudia miró a Sara. Sara negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas.

—Eso... —dijo Sara, con voz suave, casi inaudible—. Eso le corresponde a Noa contarlo, Álvaro. No a nosotras.

—¿Qué? —exclamé, sintiendo que la desesperación me consumía—. ¿Por qué no pueden decirme...?

—Porque es su cuerpo —interrumpió Claudia, con firmeza pero con ternura—. Es su historia. Y ella tiene que ser quien te lo cuente. Si es que quiere. Si es que... si es que te perdona lo suficiente como para hacerlo.

—Pero... —empecé a protestar.

—Si no fuera grave —intervino Marcos, que había vuelto corriendo al oír la conversación—, se lo dirían ellas, ¿verdad? Así que tiene que ser jodido de narices. Tiene que ser algo muy serio.

—Marcos, cállate —dijo Gabriel, que también había regresado.

—¡No me voy a callar! —gritó Marcos, con la voz quebrada—. ¡Noa está ahí, sola, y nadie nos dice si se va a morir o no! ¡Y papá aquí, parado, sin hacer nada!

—Voy a entrar —dije de repente, con una determinación que venía de lo más profundo de mi ser.

—Álvaro... —dijo Sara, intentando detenerme.

—No —corté, mirándola a los ojos—. Ya no me importa lo que digan las normas, o los médicos, o el mundo entero. Si está enferma, si tiene algo grave... no la voy a dejar sola. Otra vez no.

Caminé por el pasillo despacio, con pasos pesados, como si cada paso me costara años de vida. Sergio venía detrás de mí, pero no intentó detenerme. Solo me seguía, como un guardián silencioso.

Pensaba en todo lo que podía estar pasando en esa habitación. En lo que le podían haber encontrado. Un tumor. Una enfermedad grave. Algo relacionado con el corazón. Algo que la había debilitado hasta el punto del desmayo.

Y pensaba en cómo la había tratado. En la carta fría, despiadada. En cómo le había dicho que aprendería a vivir sin ella. En cómo había preferido mi orgullo antes que su amor.

Si se moría... si se moría sin saber que la quería, que la perdonaba, que era un idiota...

No. No podía pensar en eso. Tenía que llegar a tiempo. Tenía que verla. Tenía que decírselo.

Llegué a la puerta de la sala tres. Estaba entreabierta. Podía oír voces dentro. La de Lucía, suave, llorosa. La de Marcos, intentando ser fuerte. La de Gabriel, seria, adulta.

Y luego... la de ella. Débil y rota, pero viva.

—Noa... —susurré, empujando la puerta.

La habitación era pequeña, con una cama en el centro, rodeada de máquinas que pitaban suavemente. Y allí estaba ella, recostada contra las almohadas, con el pelo recogido en una coleta desordenada, con la piel translúcida, con los ojos cerrados.

Pero viva.

Lucía estaba sentada a su lado, agarrando su mano. Marcos y Gabriel estaban de pie al pie de la cama, mirándola con una mezcla de alivio y terror.

Y yo... yo me quedé en el umbral, incapaz de entrar, incapaz de moverme, sintiendo que finalmente, después de tres días de infierno, podía respirar.