Cuando volviste a mí Capítulo 33
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Capítulo 33

Álvaro

Llegué al hospital con el corazón en la garganta.

El coche apenas había aparcado cuando salí disparado hacia la entrada de urgencias, dejando las llaves puestas, sin importarme si me la iban a robar, sin importarme nada que no fuera ella.

Gabriel me había llamado veinte minutos antes, con una voz que nunca le había oído: agitada, asustada, rota.

—Papá, escúchame. Estoy en casa de Noa. Se ha desmayado.

Esas palabras habían resonado en mi cabeza como un disparo durante todo el trayecto. Conduje como un loco, saltándome semáforos, adelantando por la derecha, con las manos temblorosas sobre el volante y una única imagen grabada en la retina: Noa, en el suelo de su casa, pálida, fría, muerta.

No. No podía estar muerta. No podía haberla perdido así, sin haberle dicho qué. ¿Que la perdonaba? ¿Que la quería? ¿Que era un idiota orgulloso que prefería perderla antes que enfrentar el dolor?

El vestíbulo de urgencias olía a desinfectante y a miedo. Miré a mi alrededor, desorientado, buscando una cara conocida entre la multitud de enfermos y familiares que esperaban en sillas de plástico azul. Y entonces le vi.

Gabriel estaba de pie junto a la máquina de café, con el teléfono aún en la mano, mirando hacia la puerta con una expectación que se transformó en alivio cuando me vio. Corrió hacia mí, agarrándome por los hombros con fuerza.

—Papá, gracias a Dios.

—¿Dónde está? —jadeé, sin aliento, sintiendo que el pecho se me iba a explotar—. ¿Cómo está?

—Está en una sala —respondió Gabriel, señalando hacia el fondo del pasillo—. La han metido en la sala de observación tres. Pero no me han dejado entrar. Dicen que solo familiares directos, y yo... yo no soy familia, según ellos.

—¿Está consciente?

—A ratos —dijo Gabriel, pasándose una mano por el pelo, visiblemente agitado—. Se desmayó de repente, luego despertó unos minutos, habló un poco, estaba desorientada. Luego perdió la conciencia otra vez. Los médicos están haciéndole pruebas.

—¿Qué clase de pruebas? —pregunté, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mí—. ¿Qué le pasa? ¿Es grave?

—No lo saben —respondió Gabriel, encogiéndose de hombros, impotente—. Dicen que está deshidratada, desnutrida… pero hay algo más. Quieren hacerle análisis de sangre, un electrocardiograma. No me dicen nada concreto.

Apreté los puños. Quería gritar, quería exigir que me dejaran verla, que me dijeran qué coño le pasaba a la mujer que amaba. Pero en ese momento, la puerta giratoria se abrió de golpe y entraron Lucía y Marcos.

Lucía corría, con el pelo suelto y despeinado, con los ojos hinchados de llorar. Marcos venía detrás, más lento, con la cara pálida, con esa expresión de niño asustado que no le había visto desde que tenía diez años.

—¿Dónde está? —gritó Lucía, agarrándose a mi brazo—. ¿Dónde está Noa? ¿Está bien? ¿La has visto?

—No —respondí, sintiendo que la voz se me quebraba—. No me han dejado entrar. Está en observación.

—Esto es una mierda —soltó Marcos, dando una patada a una silla vacía—. Una puta mierda. ¿Cómo que no te dejan entrar? Eres su... eres...

Se detuvo. No sabía cómo definir lo que yo era para Noa. Ni yo lo sabía. ¿Su ex? ¿Su amante? ¿El hombre que la había echado de su vida hacía tres días?

—Llegan más —dijo Gabriel, señalando hacia la entrada.

Efectivamente, por la puerta entraban Claudia y Sara, corriendo, seguidas de cerca por Sergio e Iván. Mi familia completa. Mi tribu. Todos con la misma expresión de pánico, todos preguntando a la vez qué pasaba, cómo estaba, por qué nadie les decía nada.

La sala de espera se convirtió en un caos organizado. Claudia tomó el mando, como siempre hacía, acercándose a la recepción con paso firme, exigiendo información. Sara la seguía, más pálida de lo normal, con las manos temblorosas entrelazadas.

—Disculpe —dijo Claudia a la enfermera de guardia, con esa voz autoritaria que usaba cuando no aceptaba un no por respuesta—. Somos familia de Noa Valverde. La que acaban de traer. Queremos saber cómo está.

La enfermera, una mujer de mediana edad con cara de pocos amigos, consultó unos papeles.

—Están haciéndole pruebas —respondió, secamente—. Tienen que esperar.

—¿Qué clase de pruebas? —insistió Sara, con voz suave pero urgente—. ¿Es grave?

—No puedo dar información médica a personas que no sean familiares directos —respondió la enfermera, mirándonos con desconfianza.

—Yo soy su hermana —mintió Claudia, sin inmutarse—. Y estas son nuestras... primas. Y este —señaló a mí—. Él es su marido.

La enfermera me miró, evaluando mi aspecto. Llevaba tres días sin afeitarme, con la misma ropa de ayer arrugada y manchada, los ojos rojos, las manos temblorosas. No parecía el marido de nadie. Parecía un vagabundo.

—Está bien —dijo finalmente la enfermera, bajando la voz—. Están haciéndole análisis de sangre completos, un TAC, y le están poniendo suero. Llegó en estado de deshidratación severa y desnutrición. Pero hay algo más... algo en los análisis preliminares que los médicos quieren confirmar.

—¿Algo más? —pregunté, dando un paso hacia ella, sintiendo que el suelo se movía—. ¿Qué quiere decir con algo más?

—No puedo decirle más hasta que el médico hable con la paciente —respondió la enfermera, cerrando el archivo—. Solo puedo decirle que está estable, pero que necesita reposo y cuidados.

—¿Está consciente ahora? —intervino Gabriel.

—A ratos —repitió la enfermera—. Ha estado despierta, pero muy confusa. Ahora está dormida. Es lo mejor para ella.

Claudia y Sara intercambiaron una mirada. Luego, sin decir nada, se dirigieron hacia la puerta que conducía a las salas de observación.

—Disculpe, ¿adónde van? —preguntó la enfermera.

—A ver a nuestra amiga —respondió Claudia, con determinación—. Somos familia. Y si no nos dejan entrar juntas, entraremos por turnos. Pero vamos a entrar.

La enfermera pareció evaluar la situación, mirando la multitud de personas preocupadas que llenaban la sala. Finalmente suspiró.

—Síganme —dijo—. Pero solo dos personas a la vez. Y máximo cinco minutos.

Claudia y Sara asintieron y desaparecieron por el pasillo.

Yo di un paso para seguirlas, pero la enfermera me bloqueó el camino con el brazo.

—Usted no —dijo, con firmeza.

—¿Por qué no? —estallé, sintiendo que la rabia y el miedo se mezclaban en una explosión inminente—. ¡Soy su... soy su pareja! ¡Soy el padre de...!

Me detuve. No era el padre de nada. No tenía ningún derecho legal sobre ella. No estábamos casados. No éramos nada oficialmente.

—Lo siento —dijo la enfermera, sin simpatía—. Solo familiares directos o personas autorizadas por la paciente. Y usted... —me miró de arriba abajo—. Usted parece necesitar un médico usted mismo.

—Déjalo, Álvaro —dijo Sergio, agarrándome del brazo, tirando de mí hacia atrás—. No hagas una escena. No va a ayudar.

—¡Pero tengo que verla! —grité, sintiendo cómo la voz se me quebraba—. ¡Tengo que... tengo que decirle...!

—¿Qué? —interrumpió Iván, con suavidad—. ¿Qué vas a decirle, Álvaro? ¿Que la perdonas? ¿Que la quieres? ¿Que eres un imbécil? Puedes decírselo cuando salga. Si es que quiere escucharte.

Me quedé quieto. Jadeaba, con el pecho agitado, sintiendo cómo las lágrimas de frustración quemaban mis ojos.

Tenía razón. No tenía derecho a estar ahí.

No tenía derecho a nada. La había echado de mi vida con una carta cobarde, la había dejado ir sin escucharla, y ahora... ahora estaba pagando el precio.