Capítulo 32
Noa
La carta estaba arrugada en mis manos. La había leído tantas veces que ya conocía cada palabra de memoria, pero seguía volviendo a ella, una y otra vez, como quien vuelve a una herida para asegurarse de que sigue sangrando.
Porque eso era lo que hacía: mantenía abierta la herida para no olvidar el dolor, para no olvidar lo que había perdido, para no olvidar que me lo merecía.
Estaba sentada en el suelo del salón, con la espalda apoyada en el sofá de mi abuela, con las piernas extendidas sobre la alfombra que ahora me parecía enorme, desproporcionada, un océano de lana que me separaba del resto del mundo.
La casa estaba en silencio, ese silencio opresivo que se había convertido en mi única compañía durante los últimos días.
Afuera, el sol de agosto seguía su curso indiferente, pero dentro todo era gris, todo era sombra, todo era ausencia.
Volví a desdoblar la carta con cuidado, como si las palabras pudieran romperse, como si el papel pudiera desintegrarse bajo mis dedos temblorosos.
La letra de Álvaro era firme, controlada, incluso en medio de su dolor.
Esa caligrafía precisa que tanto se parecía a él, a su forma de ser: ordenada, metódica, impecable en la superficie, pero tempestuosa en el fondo.
«He escrito esta carta cien veces en mi cabeza antes de ponerla en el papel.
He intentado encontrar palabras que no suenen a reproche, a rabia, a dolor.
Pero creo que es imposible. Porque eso es lo que siento.
Dolor. Un dolor que creía conocer, que creía que había superado hace catorce años, pero que ahora vuelve con una intensidad que me dobla las rodillas.
No voy a pedirte explicaciones. No voy a preguntarte por qué.
Porque en el fondo, creo que ya lo sé. O quizás no importa.
Lo que importa es que vi lo que vi, y esa imagen se ha grabado en mi retina para siempre.
Y sé que no puedo borrarla. Sé que cada vez que te mire, la veré.
Cada vez que te toque, sentiré su presencia entre nosotros.
Y eso... eso es algo que no puedo soportar.
Así que te lo digo como te lo dije catorce años atrás: si marcharte es lo mejor para ti, hazlo.
Vete a Madrid. Vuelve a tu vida. Olvida que existo.
Porque esta vez, Noa, no voy a esperarte.
No voy a guardar tu recuerdo como un tesoro.
Voy a aprender a vivir sin ti. Como lo hice entonces.
Como siempre he hecho, en realidad, porque incluso cuando estabas aquí, cuando creía que éramos nosotros, en el fondo siempre estuviste ausente. Siempre fuiste de otro.
Pero hay una diferencia entre entonces y ahora. Catorce años atrás te dejé ir porque pensaba que te hacía feliz. Ahora te dejo ir porque sé que no me haces feliz. Y merezco ser feliz, Noa. Incluso si eso significa construir una vida donde tú no existas.
Te deseo que seas feliz. De verdad. Aunque sea con él.
Aunque sea lejos de aquí. Aunque sea sin mirar atrás.
Porque en el fondo, a pesar de todo, a pesar del dolor y la traición, sigues siendo la mujer que amé durante quince años.
Y probablemente seguiré amándote, de alguna forma, en silencio, desde la distancia, como siempre lo he hecho.
Pero sin tenerte. Sin esperarte. Sin que importe.
Adiós, Noa. Álvaro.»
Las lágrimas volvieron a caer sobre el papel, haciendo que la tinta se corriera ligeramente en algunas palabras, borrando bordes, difuminando sentimientos.
Lo había leído hasta la saciedad, analizando cada frase, cada punto, cada silencio entre líneas.
Y lo peor, lo absolutamente devastador, era que tenía razón. En todo tenía razón.
Pensé en la conversación con Lucía, en cómo me había mirado con esos ojos que eran idénticos a los de su padre, en cómo había intentado salvarme, rescatarme de mi propia destrucción.
Me había traído croissants que no había tocado, que seguían en la bolsa de papel sobre la mesa de la cocina, endurecidos e inútiles.
Me había dicho que no huyera, que esta vez fuera diferente, que me quedara y peleara.
Pero ¿cómo podía pelear cuando ya había perdido?
¿Cómo podía quedarme cuando cada rincón de esta ciudad me recordaba lo que había destrozado?
La casa de los abuelos, que antes me había parecido un refugio, ahora era una cárcel de recuerdos.
Cada habitación guardaba un eco de su voz, de su risa, de sus promesas.
El jardín donde nos habíamos besado. La cocina donde habíamos cocinado juntos.
El porche donde habíamos soñado despiertos.
Y ahora, con esta carta, él me daba permiso para irme.
Pero no era un permiso generoso, no era una bendición.
Era una sentencia. Una declaración de que, para él, yo ya no existía.
Que iba a seguir adelante, que iba a aprender a vivir sin mí, que iba a amarme desde la distancia como siempre había hecho, pero sin que importara.
Esa frase me destrozaba más que cualquier otra. «Sin que importe.»
Porque durante quince años, mi existencia había importado para él. Aunque fuera en silencio, aunque fuera desde lejos, yo había sido importante. Y ahora... ahora era solo alguien a quien amaría como se ama un recuerdo, un fantasma, algo inmaterial e inalcanzable.
Me sequé las lágrimas con el puño, pero seguían saliendo. No tenía hambre. No tenía sueño. Solo tenía este dolor agudo, físico, que me atravesaba el pecho como una espada de hielo.
Estaba decidida. Irme el lunes. Dejar todo atrás. Volver a Madrid, a mi piso gris, a mi vida de antes. A la soledad que al menos no dolía tanto porque no conocía otra cosa. Porque aquí, habiendo probado la felicidad, habiendo tenido a Álvaro, perderlo era insoportable.
Estaba llorando todavía, con la carta apretada contra el pecho como si pudiera absorber sus palabras, hacerlas mías, encontrar en ellas algún consuelo que no existía, cuando sonó el timbre.
El sonido me sobresaltó. Me quedé quieta, con el aliento contenido, esperando que quien fuera se cansara y se fuera. No quería ver a nadie. No podía enfrentarme a Claudia ni a Sara, con sus preguntas y sus consejos. No podía enfrentarme a los vecinos, a los curiosos, a nadie.
Pero el timbre volvió a sonar. Insistente. Y luego golpes en la puerta. Fuertes, decididos.
—¡Noa! ¡Soy Gabriel! ¡Abre, por favor!
Su voz sonó clara, autoritaria, llena de una urgencia que me obligó a moverme. Gabriel. El hijo mayor. El que siempre había sido el más racional, el más calmado, el que observaba desde la distancia. ¿Qué hacía aquí?
Me levanté con esfuerzo. El mundo giró ligeramente, y tuve que agarrarme al respaldo del sofá para no caer. Llevaba tres días comiendo apenas: un té aquí, una tostada seca allá. Mi cuerpo estaba débil, agotado, pero la adrenalina del momento me impulsó hacia la puerta.
Me miré en el espejo del recibidor antes de abrir. Parecía un fantasma. Piel pálida, ojos hinchados y rojos, pelo enmarañado, ropa arrugada. Pero ya no me importaba. Nada me importaba.
Abrí la puerta.
Allí estaba Gabriel. Alto, moreno, con esa mandíbula firme que tanto se parecía a la de su padre, pero con una determinación en los ojos que nunca había visto en Álvaro.
Llevaba vaqueros y una camiseta simple, y tenía el coche aparcado en la calle con la puerta abierta, como si hubiera venido con prisa.
—Gabriel... —susurré, y mi voz sonó ronca, extranjera.
—Noa —dijo, y su tono era firme, sin margen para evasivas—. Necesito que hables conmigo. Necesito que entres en razón.
—No puedo —empecé a decir, intentando cerrar la puerta, pero él la bloqueó con la mano.
—No vas a cerrarme la puerta —dijo, y su voz no era agresiva, pero sí implacable—. No esta vez. Me debes cinco minutos. Solo cinco minutos de tu tiempo. Y luego, si quieres, puedes volver a esconderte aquí hasta que te mueras de hambre, pero al menos habrás escuchado.
Me quedé quieta, paralizada por su intensidad. Nunca le había visto así. Siempre había sido el más educado, el más respetuoso, el que mantenía las distancias. Pero ahora... ahora parecía dispuesto a todo.
—Cinco minutos —repetí, como un eco.
—Cinco minutos —confirmó.
Me aparté de la puerta y caminé hacia el salón, tambaleándome ligeramente.
Él entró detrás de mí, cerrando la puerta con cuidado.
Se quedó de pie en medio de la habitación, mirando alrededor, viendo el desorden, las cortinas cerradas, la bolsa de croissants intacta en la cocina, la carta arrugada en mi mano.
—Estás hecha un desastre —dijo, y no era un juicio, solo una constatación.
—Lo sé —respondí, sentándome en el borde del sofá, sintiendo que las piernas no me sostenían bien.
—Y te vas a morir si sigues así —añadió, señalando la bolsa de comida—. ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo decente?
—No tengo hambre.
—Eso no importa —cortó él, dando un paso hacia mí—. Lo que importa es que mi padre se está muriendo también, pero de otra forma. Y tú... tú eres la única que puede salvarlo. Y a ti misma.
Sacudí la cabeza, sintiendo que las lágrimas volvían.
—No, Gabriel. No puedes pedirme eso. No después de lo que hice. No después de la carta...
—¿Qué carta? —interrumpió, frunciendo el ceño.
Le mostré el papel arrugado. Él lo tomó, lo leyó rápidamente, y vi cómo su expresión cambiaba, cómo la mandíbula se le tensaba.
—Está herido —dijo finalmente, devolviéndome la carta—. Está herido y está siendo un idiota orgulloso. Pero eso no cambia lo que siente por ti. Ni lo que tú sientes por él.
—Él dice que va a aprender a vivir sin mí —susurré—. Que voy a ser solo un recuerdo. Que...
—¡Y tú le vas a permitir que lo haga! —explotó Gabriel, dando un paso que lo acercó hasta quedar a un metro de mí—. ¿En serio, Noa? ¿Vas a dejar que se rinda? ¿Vas a dejar que vuelva a esa vida de mierda que tenía antes de que llegaras? ¿Sola, amargado, enterrado en su trabajo?
—No tengo elección —grité, levantándome de golpe, tambaleándome, agarrándome al respaldo del sofá—. ¡Él me odia, Gabriel! ¡Me vio con Adrián! ¡Cómo puedo mirarle a los ojos después de eso!
—¡Pues lo haces! —gritó él, igualando mi volumen—. ¡Le miras a los ojos y le pides perdón, y le explicas por qué lo hiciste, y le suplicas una oportunidad! ¡Porque eso es lo que hace la gente que se ama, joder! ¡Lucha! ¡No se rinde! ¡No huye!
El mundo giró. Literalmente giró. Los colores se mezclaron, las voces se convirtieron en un zumbido lejano. Sentí que las piernas se me doblaban, que la fuerza abandonaba mi cuerpo, que la habitación se inclinaba peligrosamente hacia un lado.
—Noa... —escuché la voz de Gabriel, pero sonaba lejana, como si hablara desde el fondo de un pozo.
Intenté responder, pero no salió ningún sonido. Solo oscuridad. Una oscuridad cálida, acogedora, que me envolvía y me arrastraba hacia abajo.
Sentí que caía. Sentí un golpe lejano, como si mi cuerpo impactara contra algo blando. Y luego... nada.
O casi nada.
Estaba flotando en un espacio gris. Podía oír voces, pero distorsionadas, como bajo el agua. Sentía el cuerpo pesado, anclado, pero la mente vagaba libre, flotando entre recuerdos y sensaciones.
Sabía que estaba en el suelo del salón. Sabía que Gabriel estaba allí, agachado junto a mí, sacudiéndome suavemente, llamándome con voz urgente pero controlada.
—Noa, despierta. Por favor, despierta.
Pero no podía. El agotamiento físico había vencido. Días sin comer, sin dormir, llorando hasta la deshidratación. Mi cuerpo se había rendido finalmente, cerrando las puertas de la conciencia para protegerse.
Oí pasos. Oí que Gabriel se movía, que cogía su móvil. Oí su voz, ahora clara, autoritaria, pero con un deje de pánico contenido.
—Papá, escúchame. Estoy en casa de Noa. Se ha desmayado.
Sí, desmayado. Está blanca como un papel, no responde...
No, no creo que sea solo el shock. Lleva días sin comer, lo sé, lo veo...
No, no voy a esperar. Voy a llamar a una ambulancia.
Sí, ahora mismo. Papá... papá, si quieres verla, ven.
Pero date prisa. Porque esto... esto es grave.
La voz se volvió lejana otra vez. Sentí que me alejaba, que caía en un pozo de oscuridad cálida. Pensé, con una claridad extraña para alguien que estaba inconsciente, que todo esto era por mi culpa. Por mi estupidez. Por mi incapacidad para cuidarme, para comer, para dormir. Por mi cobardía.
Llevaba días sin comer en condiciones. Solo café y lágrimas. Mi cuerpo había dicho basta. Y ahora... ahora estaba aquí, en el suelo de la casa de mis abuelos, mientras el hijo del hombre al que amaba llamaba a una ambulancia para salvarme.
La ironía era demasiado grande. Quise reír, pero ni siquiera podía hacer eso.
La oscuridad se hizo más densa. Las voces se desvanecieron. Pero antes de perderme completamente, antes de que el sueño o el desmayo o lo que fuera me absorbiera por completo, escuché otra vez a Gabriel.
Estaba hablando por teléfono, supuse. Con el servicio de emergencias. Su voz era profesional, clara, pero temblaba ligeramente.
—Sí, casa de los abuelos Souto, callejón de la Cruz, número 7.
Mujer de treinta y cinco años, desmayada, posible deshidratación y desnutrición...
Sí, consciente intermitente... No, no ha comido en varios días...
Sí, vengo con ella en el coche. No esperaré a la ambulancia si tarda mucho. La llevaré yo al hospital.
Una pausa. Sentí que me levantaban ligeramente, que me colocaban en una posición más cómoda. Sentí una mano fría en mi frente. La voz de Gabriel de nuevo, ahora más cerca, más íntima, hablándome a mí, aunque supiera que no podía responder.
—Noa, escúchame. Voy a cuidarte. No vas a morirte. No permitiré que te mueras. Mi padre te necesita. Yo te necesito. Todos te necesitamos. Así que aguanta, ¿vale? Aguanta un poco más.
Quise decirle que lo siento. Que no merecía su preocupación. Que había arruinado todo y que era mejor dejarme ir, dejarme desaparecer en esta oscuridad cálida donde no había dolor ni culpa ni arrepentimiento.
Pero mi cuerpo no respondía. Mi boca no se movía. Solo mi mente, vagando libre, pensando en lo frágil que era la vida, en lo fácil que era destruirla todo, en cómo un error, un solo momento de debilidad, podía costarte todo lo que amabas.
Y mientras la oscuridad me envolvía por completo, mientras sentía que Gabriel me levantaba en brazos con una fuerza que me sorprendió, pensé en Álvaro. En su carta. En sus palabras de despedida.
Y por primera vez, sentí rabia. Rabia contra mí misma. Porque estaba permitiendo que se fuera. Que me dejara ir. Que convirtiera quince años de amor en un recuerdo.
Pero ya era tarde para la rabia. Demasiado tarde.
La oscuridad ganó.
Y me dejé llevar.