Cuando volviste a mí Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—No puedes ayudar —susurré, negando con la cabeza—. Nadie puede. Lo he estropeado todo, Lucía. Todo. Y lo único que puedo hacer ahora es irme. Para no hacer más daño. Para que tu padre pueda olvidarme. Para que tú... para que todos podáis seguir adelante sin tener que verme.

—¿Irte? —su voz subió de tono, alarmada—. ¿A dónde?

—A Madrid —dije, y la palabra sonó extraña en mi boca, como un nombre ajeno—. Voy a volver a Madrid. Antes de que termine agosto. Voy a cerrar la casa. Volver a mi vida anterior. Antes de que... antes de que sea demasiado tarde para todos.

Lucía dio un paso hacia mí, pero yo retrocedí, levantando una mano para detenerla. Se detuvo, con el corazón en los ojos, con una tristeza que no correspondía a sus diecisiete años.

—Noa, eso es... eso es huir —dijo, con suavidad—. Otra vez. Como hiciste hace catorce años. ¿No aprendiste nada? ¿No ves que...?

—Lo sé —la interrumpí, con voz dura, más dura de lo que pretendía—.

Sé que es huir. Sé que soy cobarde. Pero es lo único que sé hacer, Lucía.

Es lo único que sé hacer bien. Y esta vez...

esta vez es diferente. Porque antes huía de algo que no era real.

Ahora huyo de algo que destruí yo misma.

Y no hay vuelta atrás. No hay arreglo. Tu padre me odia. Y tiene todo el derecho.

Lucía abrió la boca para decir algo, pero no salió ningún sonido. Solo quedó ahí, en el umbral, con los croissants olvidados en la mano, mirándome con una mezcla de compasión y desesperación que me resultó insoportable.

—Vete, por favor —susurré, sintiendo cómo las lágrimas volvían a mis ojos—. Y dile a tu padre... dile que lo siento. Aunque no sirva de nada. Dile que... que ojalá hubiera sido la mujer que él creía que era. Pero que no lo soy. Que nunca lo fui.

Lucía me miró un segundo más. Luego, lentamente, dejó la bolsa de papel en el suelo, junto a la puerta.

—Te dejo esto —dijo, con voz apenas audible—. Por si cambias de opinión. Por si... por si decides que no tienes que estar sola.

Se dio la vuelta. Caminó hacia su coche con pasos lentos, pesados. Se subió. Arrancó. Y se fue.

Cerré la puerta. Me apoyé en ella, deslizándome hasta sentarme en el suelo, junto a la bolsa de croissants que ya no me apetecían, que nunca me apetecerían.

El silencio volvió. Pero ahora era peor. Ahora era un silencio definitivo.

Pasé el resto de la mañana haciendo planes concretos para irme.

Llamé a la agencia inmobiliaria. Les dije que quería cerrar la casa, dejarla en alquiler o en venta, no me importaba.

Solo quería deshacerme de ella, de este lugar que me había traído solo dolor.

Hablé con mi casera de Madrid, le dije que volvía antes de lo previsto.

Busqué vuelos para el lunes siguiente. En tres días, estaría fuera de aquí.

En tres días, Marbella volvería a ser un recuerdo lejano, una página más de mi historia de errores.

Miré mi maleta abierta en el dormitorio.

Empecé a doblar ropa sin pensar, metiendo vestidos que no volvería a ponerme, libros que no volvería a leer, recuerdos que debería haber tirado hacía años.

Cada prenda tenía un olor, una textura, una memoria asociada a Álvaro.

La camiseta blanca que llevaba cuando cocinamos juntos.

El vestido ámbar de la noche en la azotea.

El pijama que me había puesto la mañana en que nos descubrieron los niños.

Todo iba a la maleta. Todo iba a ser guardado, olvidado, enterrado.

El teléfono sonó varias veces durante la tarde. Claudia. Sara. Incluso mi madre, que debía de haberse enterado por alguna vía. No contesté a ninguno. Dejé que sonaran hasta que se cansaran, hasta que el silencio volviera a reinar.

Porque ese era mi destino ahora. El silencio.

El silencio de no tener a nadie a quien hablar. El silencio de las noches en vela. El silencio de un corazón que seguía latiendo pero que ya no tenía nada que decir, nada que esperar, nada que soñar.

Me senté en el porche al atardecer, con una taza de té frío que no bebía.

El jardín se tenía de naranjas y morados, y las cigarras empezaban su concierto nocturno.

Hacía solo tres semanas que había vuelto a esta casa.

Tres semanas que parecían tres vidas. Tres vidas en las que había sido feliz, brevemente, intensamente, antes de arruinarlo todo.

Pensé en Álvaro. En dónde estaría, qué estaría haciendo.

Si también estaba haciendo maletas, si también estaba borrando mi número de su teléfono, si también estaba intentando olvidar.

Probablemente sí. Probablemente estaba en su hotel, sumergido en el trabajo, como siempre había hecho cuando el dolor era demasiado grande.

O quizás estaba con sus hijos, intentando explicarles por qué Noa ya no estaba, por qué habían vuelto a perder a la mujer que habían recuperado.

La culpa me consumía por dentro, lenta, inexorable.

Era como un cáncer emocional que se extendía por cada célula de mi cuerpo, recordándome constantemente que había tenido algo verdadero, algo puro, algo que valía la pena, y lo había tirado por la borda por estupidez, por cobardía, por no saber decir que no a un fantasma del pasado.

El sol se puso completamente. La noche cayó sobre la casa como un manto negro. No encendí las luces. Me quedé allí, en la oscuridad, con el té frío en las manos, escuchando el silencio que me rodeaba y que ahora era mi única compañía.

Fue al día siguiente, cuando ya había amanecido y yo no había dormido en toda la noche, cuando ocurrió.

Estaba en la cocina, empacando los últimos utensilios que pensaba llevarme o donar, cuando sonó el timbre de la puerta.

Mi corazón dio un vuelco. Por un segundo, una fracción de segundo, pensé que podía ser él. Que había venido a decirme que no podía dejarme ir, que el silencio entre nosotros era insoportable, que teníamos que hablar, aunque fuera para despedirnos de verdad, para cerrar heridas, para algo.

Corrí hacia la puerta con una esperanza que me avergonzó sentir. La abrí de golpe.

No era Álvaro, era el cartero. Un hombre mayor, con el uniforme azul desgastado, que me miró con sorpresa al ver mi aspecto: despeinada, con la misma ropa de ayer, ojeras que competían con las sombras de la noche.

—Señorita Valverde —dijo, consultando una libreta—. Tengo una carta certificada para usted. Tiene que firmar.

Una carta certificada.

Mi mano tembló mientras tomaba el bolígrafo y firmaba el recibo. El cartero me entregó un sobre blanco, grueso, de buen papel. Lo miré fijamente, confundida. Nadie me escribía cartas. Todo era email, WhatsApp, mensajes instantáneos. ¿Quién...?

Y entonces vi la letra. Reconocería esa caligrafía en cualquier parte.

Esa letra firme, elegante, con las mayúsculas rematadas de forma característica.

Esa letra que había visto en cientos de notas, en la planificación del hotel, en los mensajes que me dejaba en la nevera cuando salía temprano. Álvaro.

El remitente decía simplemente A. Reyes.

El cartero se había ido ya. Yo estaba sola en el umbral, con el sobre en las manos, con el corazón desbocado, con el silencio de la casa a mi espalda y el silencio del mundo exterior frente a mí.

Era una carta manuscrita de Álvaro.

Mis dedos temblaban tanto que apenas podía abrir el sobre. Lo rasgué con torpeza, sacando las hojas de dentro. Eran dos páginas, escritas por ambos lados, con su letra perfecta, metódica, que contrastaba con el caos de lo que estábamos viviendo.

Me senté en el escalón de la puerta, con las piernas temblando, con la carta en las manos.

Miré la primera línea y dejé de respirar.

«Noa.

No sé si debería escribirte esto. No sé si tienes derecho a saber lo que pienso, lo que siento, después de lo que vi.

Pero el silencio entre nosotros me está matando más de lo que imaginé, y antes de que te vayas —porque sé que te vas, Lucía me lo ha dicho—, necesito que leas esto.

Necesito que sepas la verdad. Toda la verdad.

No la que crees, no la que hemos construido entre mentiras y medias verdades, sino la que existe en el fondo de todo esto... »

Mis manos temblaban tanto que las palabras se movían en la página. Dejé de leer. Miré hacia el horizonte, hacia el mar que brillaba al final de la callejuela, hacia el futuro que se abría ante mí como un abismo.

Y supe, con una certeza absoluta, que mi vida estaba a punto de cambiar otra vez. Para bien o para mal.

La carta en mis manos pesaba como plomo. Y el silencio, por primera vez en tres días, pareció contener la respiración.