Capítulo 30
Noa
Desperté a las ocho y doce minutos. Lo supe porque el reloj de la cocina, ese antiguo reloj de pared con forma de gato que mi abuela había comprado en algún mercadillo de los años sesenta, hacía su tic-tac obstinado, y cuando abrí los ojos, vi que las manecillas marcaban exactamente esa hora.
Ocho y doce. Tres días, cuatro horas y veintisiete minutos desde que Álvaro se había ido.
El silencio en la casa era diferente. No era el silencio tranquilo de los domingos de mi infancia, ni el silencio expectante de las primeras semanas de agosto cuando aún creía que podía reconstruir mi vida aquí.
Era un silencio denso, opresivo, un silencio que pesaba sobre el pecho como una losa de mármol.
Un silencio que tenía color gris, textura áspera, olor a cerrado y a despedida.
Me quedé mirando el techo abovedado de la habitación.
La pintura blanca estaba agrietada en las esquinas, formando mapas diminutos que parecían representar territorios perdidos.
Hacía tres días que no salía de la casa.
Tres días que no respondía a los mensajes de Claudia ni de Sara.
Tres días que no atendía el teléfono cuando sonaba, dejando que la voz de Lucía se quedara en el buzón una y otra vez, cada vez más preocupada, más urgente.
«Noa, por favor, llámame». «Noa, estoy preocupada». «Noa, sé lo que pasó. Mi padre no quiere hablar, pero yo lo sé. Por favor, déjame entrar».
Borré todos los mensajes sin escucharlos hasta el final.
No podía. No podía enfrentarme a ella, a sus ojos verdes que tanto se parecían a los de su padre, a su juventud, a su esperanza.
No podía soportar que me mirara con lástima, o peor, con comprensión.
Porque yo no merecía comprensión. Merecía exactamente lo que tenía: este silencio absoluto, este vacío que me rodeaba como un muro invisible.
Me levanté de la cama con movimientos mecánicos.
El suelo de barro cocido estaba frío bajo mis pies descalzos, a pesar de que agosto apretaba fuera.
La casa había cambiado. Ya no era el refugio acogedor que había encontrado al llegar.
Ahora parecía más grande, más amplia, con pasillos que se alargaban de forma imposible y habitaciones que resonaban con ecos de pasos que no eran míos.
Cada rincón guardaba un recuerdo de Álvaro: la cocina donde cocinamos juntos esa primera noche, el jardín donde me besó bajo el limonero, el porche donde nos sentamos a mirar las estrellas mientras hablábamos de construir un futuro.
Ahora todo eso era solo arquitectura vacía. Madera y piedra y cristal sin alma.
Me vestí sin mirarme al espejo. Sabía lo que vería: ojeras profundas, piel pálida, ojos hinchados de llorar hasta quedarme sin lágrimas.
Había llegado a un punto donde el dolor ya no se manifestaba con sollozos, sino con una especie de adormecimiento general, una anestesia emocional que me permitía moverme, respirar, existir, pero nada más.
Bajé a la cocina y preparé café con los movimientos automáticos de quien realiza rituales vacíos.
El café negro, fuerte, amargo. Lo bebí mirando por la ventana hacia el jardín.
El limonero seguía allí, verde y arrogante, indiferente a mi tragedia.
Las flores de jazmín que trepaban por la reja seguían abriéndose cada mañana, despidiendo su perfume dulce que antes me recordaba a mi abuela y ahora solo me recordaba a él.
El silencio entre nosotros no era solo físico.
No era solo la ausencia de llamadas, de mensajes, de visitas.
Era un silencio emocional, una ruptura de la conexión que habíamos compartido durante quince años, aunque no siempre la hubiéramos nombrado.
Era como si alguien hubiera cortado el hilo invisible que nos unía, ese hilo que había resistido catorce años de distancia y que ahora, en cuestión de minutos, se había roto para siempre.
Pensé en los últimos tres días. En cómo había pasado el tiempo en esta casa, encerrada, evitando el mundo exterior.
Había intentado trabajar, abrir el ordenador, mirar los números de mis clientes, pero las cifras se movían en la pantalla sin sentido.
Había intentado leer, pero las palabras se convertían en manchas borrosas.
Había intentado dormir, pero el insomnio se había convertido en mi única compañía, en ese espectro que me visitaba cada noche para recordarme la imagen de Álvaro alejándose, la certeza de su desprecio, la finalidad de su adiós.
Y ahora, mientras el café se enfriaba en la taza, me di cuenta de algo que me aterrorizó más que su ausencia: me di cuenta de que podía vivir así.
De que podía seguir existiendo en este limbo, en este purgatorio de silencio y arrepentimiento.
De que podía pasar los días, las semanas, los años, arrastrando este peso como una losa atada a los tobillos. Pero no quería.
No quería convertirme en una de esas mujeres que se quedan ancladas en un lugar por culpa, que dejan que la vida pase mientras se consumen en el arrepentimiento.
Mi madre me había dicho una vez, en una de nuestras conversaciones telefónicas de los domingos, que el arrepentimiento es el único pecado que no tiene perdón porque lo infligimos nosotros mismos.
Tenía que irme.
La idea surgió de repente, con una claridad cristalina que me hizo jadear.
Tenía que irme de Marbella. Antes de que terminara agosto.
Antes de que el verano acabara y la ciudad se quedara vacía y yo me quedara sola con los fantasmas.
Tenía que volver a Madrid, a mi piso gris de Chamberí, a mi vida ordenada y silenciosa donde nadie me conocía, donde nadie esperaba nada de mí, donde podía ser invisible hasta que el dolor se convirtiera en algo manejable, en algo que pudiera llevar como una cicatriz invisible bajo la ropa.
Miré alrededor de la cocina. La casa de los abuelos.
La herencia. El refugio que había sido mi salvación y ahora era mi prisión.
Podía cerrarla de nuevo, dejarla en manos de una inmobiliaria, volver a alquilarla.
Podía irme sin mirar atrás, como había hecho hacía catorce años, aunque entonces huía de Adrián y ahora huía de la ausencia de Álvaro.
Era patético y cobarde, lo sabía, pero era lo único que podía hacer.
Estaba buscando el número de la agencia inmobiliaria en mi móvil cuando sonó el timbre.
El sonido me sobresaltó tanto que dejé caer el teléfono sobre la mesa de madera, haciendo un ruido sordo que resonó en el silencio. Me quedé quieta, conteniendo la respiración, esperando que quien fuera se fuera.
Pero el timbre volvió a sonar. Insistente. Y luego golpes en la puerta. Suaves, pero firmes.
—¡Noa! ¡Soy yo, Lucía! ¡Por favor, ábreme!
Su voz sonaba ahogada, distante, como si viniera de muy lejos.
Cerré los ojos, apretando los puños sobre la mesa.
No quería verla. No podía verla. Verla sería ver a Álvaro, sería recordar todo lo que había perdido, sería enfrentarme a la realidad de que incluso la hija del hombre al que amaba me había dejado de hablar, o eso creía yo.
—¡Noa! ¡Sé que estás ahí! He visto la luz en la cocina. Por favor... solo quiero saber que estás bien. Papá no me dice nada, está como un zombie, y tú... tú no contestas. Estoy preocupada.
Su voz se quebró en la última palabra. Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de culpa y ternura.
Lucía no tenía la culpa de nada. Era una chica de diecisiete años que había creído, como todos, que su padre y yo podíamos ser felices.
Que había conspirado para unirnos, que había soñado con una familia completa.
Y yo le había arruinado ese sueño.
Me levanté de la silla con esfuerzo. Caminé hacia la puerta con pasos lentos, como si cada paso me costara años de vida. Miré por la mirilla.
Allí estaba Lucía, con el pelo revuelto, sin maquillaje, con ojos hinchados que delataban que ella también había estado llorando. Llevaba una bolsa de papel en las manos, y detrás de ella, en la calle, vi el coche rojo aparcado con las puertas abiertas.
—Lucía... —susurré, sin abrir todavía.
—Por favor —dijo ella, apoyando la frente en la madera de la puerta—. Solo cinco minutos. Te traigo croissants. Y café. El de la pastelería de la esquina, el que te gusta. Por favor, Noa. No me dejes fuera.
Mi mano se posó en el pomo. Dudé. Si la dejaba entrar, si la abrazaba, si olía su colonia a manzana y canela que tanto me recordaba a cuando era pequeña, sabía que me desmoronaría. Que perdería la determinación que acababa de tomar de irme, de desaparecer, de no hacer daño a nadie más.
Pero tampoco podía dejarla ahí. No a ella. No a la niña que una vez había sido mi aliada, mi confidente, casi mi hija.
Abrí la puerta, Lucía levantó la vista y cuando me vio, sus ojos se abrieron de par en par, y vi el shock en su rostro. Debía de parecer un fantasma. Una sombra de la mujer que ella recordaba.
—Dios, Noa... —susurró.
—No entres —dije, con voz ronca, casi inaudible—. Por favor, Lucía. No entres.
Ella frunció el ceño, confundida, dolida.
—¿Por qué? Noa, solo quiero...
—No puedo —interrumpí, sintiendo cómo se me quebraba la voz—.
No puedo verte y no... no puedo explicarte.
No puedo pedirte perdón. No puedo soportar que me mires y que pienses en lo que le he hecho a tu padre.
Porque es verdad. Todo es verdad. Soy todo lo que él dice que soy.
Y tú no mereces tener que ver eso. Tú no mereces... esto.
Lucía me miró fijamente. Vi cómo se le humedecían los ojos, cómo apretaba la bolsa de papel hasta arrugarla.
—Noa, yo no... yo no te juzgo —dijo, con voz temblorosa—. No sé exactamente qué pasó. Mi padre no habla. Solo sé que está destrozado. Pero tú... tú también estás destrozada. Y yo... yo solo quiero ayudar.