Capítulo 29 #2
Me dejé caer contra el marco de la puerta, incapaz de sostenerme en pie.
Las piernas me fallaban, el mundo giraba.
Quería explicarle que no era cobardía, que era algo más complejo, que Adrián me había paralizado, que yo no lo amaba, que solo había sido un error, un momento de debilidad, una recaída en una adicción emocional que creía superada.
Pero ¿qué sentido tenía?
Había visto el vídeo. Había visto mi traición con sus propios ojos. Nada de lo que yo dijera cambiaría esa imagen. Nada borraría el hecho de que le había fallado. De que había manchado lo único bueno que había tenido en quince años.
—Se acabó —dijo Álvaro, dando un paso atrás, alejándose de mí—. Esto... lo que sea que había entre nosotros... se acabó.
—Álvaro, no... —sollocé, alargando la mano hacia él, pero él la apartó con un gesto brusco.
—No me supliques —dijo, con voz fría, definitiva—. No quiero ver llorar. No quiero ver arrepentimiento. Porque no es real. Solo es otra actuación más. Otra mentira para conseguir lo que quieres.
Se dio la vuelta. Empezó a caminar hacia el coche, que estaba aparcado en la calle con la puerta abierta, con el motor aún en marcha.
—Catorce años atrás —dijo, sin girarse, con la voz flotando en el aire entre nosotros—, tú te fuiste. Sin mirar atrás. Sin explicaciones. Me dejaste con el corazón roto y tres niños que preguntaban por ti. Y ahora... ahora soy yo quien se va. Soy yo quien se aleja. Soy yo quien dice se acabó.
Se detuvo junto al coche, apoyando las manos en el techo, con la espalda hacia mí. Vi cómo se encogía, cómo respiraba hondo, cómo intentaba contener las lágrimas.
—No voy a quedarte a ver llorar por un hombre que nunca te quiso —continuó, y ahora su voz sonaba más lejana, más rota—. No voy a ser el segundo plato, Noa. No voy a ser el paño de lágrimas al que acudes cuando el otro no está disponible. No voy a ser tu opción de reserva.
Se giró una última vez. Sus ojos estaban húmedos, brillantes, pero su expresión era de piedra.
—Olvídame —dijo—. Como hiciste durante los últimos catorce años. Borra mi nombre de tu memoria, borra mis besos, borra todo lo que fuimos. Porque para mí... para mí ya no existes. Eres un fantasma. Alguien a quien amé y que nunca fue real.
—Álvaro, te lo suplico... —me arrastré hacia él, cayendo de rodillas en el umbral—. Te amo. De verdad te amo. Fue un error, solo un error...
—Los errores se pagan —cortó él, abriendo la puerta del coche—.
Y yo ya he pagado suficiente. No te voy a llamar, Noa.
No te voy a escribir. No voy a volver a buscarte en la vida.
Porque si lo hiciera, si volviera, solo sería para repetir el mismo patrón.
Y yo merezco algo mejor. Merezco a alguien que me elija a mí. No a mí y a otro. Solo a mí.
Se subió al coche. Arrancó. Y antes de marcharse, bajó la ventanilla y me miró una última vez.
—Adiós, Noa.
Y se fue.
El coche se alejó por la callejuela, levantando polvo, dejando un silencio absoluto que resonaba en mis oídos como un grito.
Me quedé en el suelo, en el umbral de la puerta, con las rodillas dobladas bajo el cuerpo, con las manos agarradas al marco de madera como si fuera el único anclaje que me quedaba en el mundo. Y lloré.
Lloré como no había llorado nunca. Ni cuando Adrián me dejaba plantada una y otra vez. Ni cuando me fui de Marbella hacía catorce años, creyendo que huía de un amor imposible. Ni siquiera cuando mi abuela murió y sentí que perdía mi último refugio.
Este dolor era diferente. Era un dolor profundo, visceral, que me desgarraba desde dentro. Era el dolor de saber que había tenido algo real, algo verdadero, algo que valía la pena, y lo había tirado por la borda por estupidez, por cobardía, por no saber decir que no.
Pensé en Adrián. En todos esos años en los que creí que lo amaba, en los que lloré por él, en los que sentí que me moría cuando me abandonó.
Pero ahora, comparado con esto, con ver a Álvaro alejarse definitivamente, con saber que él me odiaba, que para él ya no existía...
el dolor por Adrián parecía una tontería de niña.
Porque Adrián nunca me había querido. Y yo, en el fondo, nunca le había querido a él. Solo había querido la idea de ser elegida por alguien que no me elegía. Había confundido la obsesión con el amor, la toxicidad con la pasión.
Pero Álvaro... Álvaro me había querido de verdad. Me había querido durante quince años, en silencio, pacientemente, sin pedir nada a cambio. Me había querido cuando yo no me quería a mí misma. Me había ofrecido un amor puro, incondicional, real.
Y yo se lo había arrojado a la cara.
Me dejé caer completamente en el suelo, con la mejilla contra el frío mármol del recibidor, sintiendo el polvo en mi piel, la vergüenza impregnada en mi ropa, el olor de Adrián que ahora me resultaba repulsivo.
— Lo siento... —susurré al vacío, a la casa vacía, a la calle vacía donde su coche había desaparecido—. Lo siento tanto...
Pero no había nadie para escucharlo. Álvaro se había ido. Y esta vez, no volvería.
Y mientras estaba allí, destrozada, sola, con el corazón hecho añicos en el suelo junto a mí, comprendí la terrible verdad que tardaba quince años en llegar: que había amado a Álvaro desde el primer día, desde aquella barbacoa en la que me senté en el césped con Marcos en brazos.
Que todo mi amor por Adrián había sido solo una excusa para no ver lo que tenía delante. Para no arriesgarme a amar de verdad.
Y ahora que lo sabía, ahora que entendía que Álvaro era el amor de mi vida...
Era demasiado tarde. Demasiado tarde para todo.