Capítulo 29
Noa
Me quedé en el suelo del recibidor mucho después de que Adrián se hubiera ido.
El mármol frío se pegaba a mi piel a través de la ropa, pero apenas lo notaba.
Todo mi cuerpo temblaba con una violencia que no podía controlar, y las lágrimas corrían por mis mejillas sin cesar, formando charcos silenciosos sobre la piedra pulida de mis abuelos.
Qué estúpida había sido. Qué absolutamente idiota e inconsciente.
Me abracé a mí misma, encogiéndome como si pudiera protegerme de mi propia estupidez, de mi propia traición.
Los sollozos me sacudían el pecho con fuerza, haciéndome jadear, haciéndome sentir que me ahogaba en mi propia vergüenza.
Había vuelto a caer. Como si los catorce años que habían pasado no hubieran servido para nada.
Como si toda la terapia, todo el trabajo de reconstrucción de mi autoestima, todo el amor que había empezado a sentir por Álvaro, no hubieran existido.
Adrián había aparecido sin avisar. Había llamado al timbre esa mañana, cuando yo estaba sola, vulnerable, todavía flotando en la felicidad de los últimos días con Álvaro.
Había dicho que necesitaba hablar, que tenía cosas importantes que decirme, que no me iba a tocar, que solo quería cinco minutos de mi tiempo.
Y yo, estúpida, ingenua, incapaz de cerrar la puerta, lo había dejado pasar.
Había empezado como una conversación. Él hablando de Madrid, de su nueva vida, de cómo se había dado cuenta de que había cometido errores.
Yo escuchando, tensa, manteniendo la distancia.
Pero luego se había acercado demasiado. Había puesto su mano en mi mejilla.
Y yo... yo me había quedado paralizada. No por deseo, Dios, no por deseo, sino por esa parálisis antigua, por ese miedo a ser grosera, a hacerle daño, a enfrentar un conflicto.
Y entonces me había besado. Y yo no le había empujado.
Y luego... luego todo se había descontrolado.
Había pasado tan rápido. Las manos que me quitaban la ropa, el cuerpo contra la pared, la urgencia primitiva que no había sido amor ni siquiera deseo auténtico, sino solo...
solo una repetición de patrones viejos, de dinámicas tóxicas que creía superadas.
Cuando terminó, cuando Adrián se fue con esa sonrisa satisfecha de quien cree haber recuperado un territorio perdido, me di cuenta de lo que había hecho.
Me di cuenta de que había traicionado a Álvaro de la forma más vil posible.
No solo con el cuerpo, sino con el corazón, porque en ese momento, mientras Adrián me tocaba, no había pensado en Álvaro.
No había pensado en nada. Había dejado que mi cuerpo actuara por miedo, por inercia, por esa cobardía que me definía desde siempre.
Y ahora... ahora tenía que contárselo.
La verdad me pesaba en el pecho como una losa de hormigón.
Tenía que llamar a Álvaro, decirle que viniera, explicarle todo antes de que se enterara por otro lado.
Tenía que confesarle que Adrián estaba en Marbella, que había venido a buscarme, que yo había sido débil, que había cometido un error imperdonable pero que no significaba nada, que no amaba a Adrián, que nunca lo había amado de verdad, que solo era un fantasma del pasado al que no había sabido decir que no.
Tenía que hacerlo ya, antes de que fuera demasiado tarde, y por eso le había enviado ese mensaje.
Pero no podía moverme. Estaba petrificada en el suelo, sucia, rota, sintiendo el olor de Adrián impregnado en mi piel y queriendo arrancarme la piel para eliminarlo.
Cómo iba a mirar a Álvaro a los ojos después de esto.
Cómo iba a pedirle perdón. Cómo iba a explicarle que, aunque mi cuerpo había fallado, mi corazón era suyo, que solo era suyo, que nunca había dejado de ser suyo desde hacía quince años.
Estaba tratando de recuperarme, con las manos temblorosas, cuando sonó el timbre.
El sonido me sobresaltó tanto que di un respingo y golpeé la pared con el codo.
El dolor físico me hizo jadear, pero el miedo que sentía era infinitamente peor.
Miré hacia la puerta, con el corazón desbocado, preguntándome quién podía ser.
¿Adrián, otra vez? ¿Claudia? ¿Algún vecino que había oído algo?
Me levanté con esfuerzo, limpiándome las lágrimas con el puño, intentando recomponer mi aspecto. Sabía que parecía un desastre. Tenía el pelo revuelto, la cara hinchada de llorar, la ropa torcida. Pero tenía que abrir. Tenía que enfrentarme a quien fuera.
Me acerqué a la puerta con pasos inseguros. Miré por la mirilla, pero el sol de la mañana creaba un reflejo cegador y no distinguía nada. Solo vi una silueta alta, oscura, inmóvil.
Respiré hondo. Una vez. Dos. Abrir la puerta fue como abrir la puerta del infierno, y al mirar, allí estaba Álvaro.
Pero no era el Álvaro que había dejado esa mañana en su hotel, elegante, controlado, sonriendo.
Era un hombre hecho añicos. Tenía el pelo completamente despeinado, revuelto, como si se hubiera pasado las manos mil veces por la cabeza.
La camisa blanca que llevaba estaba arrugada, sucia de polvo y de...
Dios, de sangre. Había sangre en sus manos, en sus nudillos, en la manga derecha.
Y en su cara, una línea roja en la mejilla izquierda, como si se hubiera arañado o le hubieran golpeado.
Pero lo peor eran sus ojos. Eran esos ojos verdes que yo amaba, pero ahora estaban vacíos. Muertos. Mirándome con una frialdad que me heló la sangre.
—Álvaro... —susurré, y mi voz salió rota, irreconocible.
Intenté dar un paso hacia él, alargando la mano instintivamente para tocarle, para verificar que era real, para preguntarle qué le había pasado, por qué estaba así, quién le había hecho daño.
Pero él retrocedió. Fue un movimiento brusco, violento, como si mi mano fuera un cuchillo que le fuera a herir. Levantó las suyas, ensangrentadas, en un gesto de defensa, y su voz salió como un látigo cortando el aire entre nosotros.
—No me toques.
Las tres palabras cayeron como piedras. Me quedé quieta, con la mano suspendida en el aire, sintiendo cómo las lágrimas volvían a mis ojos, pero esta vez de terror.
—Álvaro, por favor... —empecé, pero él me interrumpió.
—No digas nada —dijo, y su voz era baja, peligrosa, un murmullo que contenía años de dolor—. No digas una sola palabra, Noa. Porque no quiero oírte. No quiero oír tus excusas, tus mentiras, tus explicaciones baratas.
Se acercó un paso, invadiendo mi espacio personal, pero sin tocarme. Estaba tan cerca que podía oler su colonia mezclada con el olor metálico de la sangre, podía ver cada detalle de su rostro destrozado por la emoción contenida.
—He venido a decirte algo —continuó, y ahora su voz temblaba, no de debilidad, sino de rabia contenida—. Y voy a decírtelo una sola vez. Así que escúchame bien.
Tragué saliva. Intenté hablar, pero las palabras se negaron a salir. Tenía la garganta cerrada por el miedo, por la culpa, por la certeza de que sabía algo. De que lo sabía todo.
—Te he visto —dijo Álvaro, y esas dos palabras me atravesaron como una espada—. Te he visto follando con Adrián. En tu recibidor. Contra la pared. Hace menos de una hora.
Cerré los ojos. El mundo se tambaleó bajo mis pies. Quise caer, desmayarme, desaparecer. Pero seguí de pie, obligada a escuchar, obligada a sufrir cada palabra como un latigazo.
—Patricia me lo ha enseñado —continuó, y ahora su voz se volvió más dura, más fría—.
Un vídeo en directo. En tiempo real. Mientras yo estaba en mi despacho, pensando en ti, planeando nuestro futuro, tú estabas aquí, entregándote a él como si los últimos siete días no hubieran existido. Como si yo no existiera.
Abri los ojos. Las lágrimas corrían libremente por mis mejillas, pero él no parecía verlas. O quizás sí las veía, pero ya no le importaban.
—Álvaro, por favor, déjame explicar... —tartamudeé.
—¡No! —gritó, dando un puñetazo contra la puerta, haciéndome saltar del susto—.
¡No hay explicación posible! ¡Ninguna! ¿O vas a decirme que fue un accidente?
¿Que te obligó? ¿Que no querías? Porque he visto tu cara, Noa.
He visto cómo gemías. He visto cómo lo recibías.
Y no era violación. Era deseo. Era entrega.
Era todo lo que tú y yo habíamos sido, pero con él.
Se apartó de mí, caminando en círculos en el umbral de la puerta, pasándose las manos ensangrentadas por el pelo, dejando huellas rojas en su cuero cabelludo.
—Patricia tenía razón —dijo de repente, deteniéndose para mirarme con una mezcla de asco y dolor—.
Me dijo que eras una puta. Que siempre lo habías sido.
Y yo... yo la defendí. Le dije que se equivocaba, que te conocía, que eras diferente.
Pero no, Noa. No eres diferente. Eres exactamente lo que ella dijo.
Una mujer que no sabe lo que quiere. Que juega con los sentimientos de los demás.
Que se folla a un hombre mientras le promete amor a otro.
—No es así... —susurré, pero mi voz era tan débil que apenas se oyó.
—¡Sí es así! —bramó—. ¡Es exactamente así!
Me has utilizado, Noa. Otra vez. Como hace quince años.
Como siempre. Cuando Adrián no estaba disponible, venías a mí.
Cuando necesitabas un hombro para llorar, estaba yo.
Cuando necesitabas que te hicieran sentir deseada, yo estaba ahí.
Pero él... él siempre era el primero. Siempre.
Se acercó de nuevo, y por un momento pensé que me iba a golpear. Pero no. Se detuvo a centímetros de mí, mirándome desde arriba con una tristeza infinita que me partió el alma.
—No eres la mujer que yo creía —dijo, y su voz se quebró finalmente, revelando el dolor que intentaba ocultar—. Esa mujer que imaginé durante catorce años, esa mujer buena, leal, digna de amor... no existe. Solo eres tú. Con tus mentiras. Con tu incapacidad para elegir. Con tu cobardía.