Cuando volviste a mí Capítulo 28
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Capítulo 28

Álvaro

Seguí destrozando todo lo que encontraba a mi paso.

El escritorio ya estaba volcado, los cristales del jarrón brillaban esparcidos por la alfombra como lágrimas congeladas, y el marco de la fotografía de los niños yacía hecho añicos junto a la pared, pero no podía parar.

Necesitaba que el ruido ahogara el eco de lo que acababa de ver, necesitaba que el dolor físico de mis manos cortadas por los vidrios anestesiara el otro dolor, ese que me desgarraba el pecho desde dentro y me impedía respirar.

Noa.

Su nombre resonaba en mi cabeza como un martillo golpeando contra mi cráneo.

Noa, con los ojos cerrados, con la boca abierta en ese gemido que yo creía que solo yo podía provocar.

Noa, con las piernas rodeando la cintura de Adrián, entregándose a él con la misma urgencia con la que se había entregado a mí apenas unas horas antes, o eso creía yo.

Dios, qué estúpido había sido.

Durante toda esa semana, esa semana gloriosa que acabábamos de vivir, había creído que era real.

Que, por fin, después de quince años de espera, de silencios, de miradas cargadas de todo lo que no nos atrevíamos a decir, por fin éramos nosotros.

Que la vida me estaba devolviendo lo que me había robado el tiempo y la cobardía.

Que sus risas en mi cocina, sus manos buscándome bajo las sábanas, sus susurros de te quiero en la oscuridad eran verdaderos.

Pero no. Todo había sido una mentira. Una ilusión construida sobre mi estupidez, sobre mi necesidad de creer que era diferente, que esta vez ella me había elegido a mí y no al fantasma del pasado.

Y lo peor, lo absolutamente devastador, era que no se trataba de un recuerdo lejano.

Durante años había imaginado a Noa con Adrián cuando éramos jóvenes, cuando ella tenía veinte años y yo treinta y siete y ella corría tras un hombre que no la merecía.

Eso dolía, sí, pero era el pasado. Era algo que podía archivar en la categoría de errores de juventud, de cosas que pasaron antes de que ella me viera a mí.

Pero esto... Esto era ahora. Hoy. Mientras yo estaba en mi despacho firmando putos informes de ocupación, ella estaba en su casa, en el recibidor donde yo la había besado tantas veces esa semana, follando con él.

En tiempo real. Con la misma urgencia, con la misma entrega, con el mismo cuerpo que yo había creído que era solo mío.

Esa imagen se grabó en mi retina con una nitidez cruel.

Cada detalle: la forma en que él la levantaba contra la pared, la inclinación de su cabeza, sus manos agarrándole las caderas con una posesión que me resultaba demasiado familiar porque yo mismo la había sentido hacía apenas horas.

Y ella... ella recibiéndolo. Sin resistencia.

Sin vergüenza. Como si los últimos siete días conmigo no hubieran existido, como si nuestras noches de amor intenso, nuestras confesiones, nuestras promesas silenciosas no fueran más que humo.

Cogí el monitor del ordenador y lo estrellé contra el suelo. El plástico se rompió con un crujido seco que me liberó un grito ahogado que llevaba minutos conteniendo.

—¡Maldita seas! —grité, con la voz rota, desgarrada—. ¡Maldita seas, Noa! ¡Y maldito seas tú, Adrián, hijo de puta!

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.

Sergio entró primero, con la cara pálida, los ojos desorbitados, seguido de cerca por Iván, que parecía haber envejecido diez años en cuestión de segundos.

Ambos se quedaron parados en el umbral, contemplando el caos: los muebles volcados, el cristal esparcido por el suelo, los papeles destrozados flotando en el aire como confeti funerario, y a mí, de rodillas en medio de todo, con las manos ensangrentadas y el pecho agitado por jadeos que parecían sollozos.

—Álvaro, hermano... —empezó Sergio, dando un paso cauteloso hacia mí—. ¿Qué coño está pasando? Los empleados dicen que han oído gritos, que han oído algo romperse...

—¿Que qué está pasando? —repetí, y mi risa salió amarga, desquiciada—. ¿Que qué está pasando, Sergio? ¡Que me han jodido la vida, eso está pasando! ¡Que soy el mayor imbécil del planeta!

Me levanté de golpe, tambaleándome, y Iván dio un paso hacia mí con las manos levantadas, como quien se acerca a un animal herido que puede atacar en cualquier momento.

—Calma, Álvaro. Calma, por favor. Cuéntanos qué ha pasado. ¿Es el hotel? ¿Ha pasado algo con los niños?

—Los niños... —solté una carcajada que sonó a llanto—. Los niños están bien, Iván. Los niños son lo único que tengo. Lo único real. Lo único que no me ha mentido.

—¿Quién te ha mentido? —preguntó Sergio, acercándose por el otro lado, intentando flanquearme sin que me diera cuenta—. ¿Patricia? ¿Ha venido Patricia?

—¡Sí, ha venido Patricia! —grité, girándome hacia él con violencia—. ¡Ha venido la puta de mi exmujer a abrirme los ojos! ¡A mostrarme la verdad! ¡A hacerme ver que soy un gilipollas, un idiota de manual, el segundo plato de siempre!

—Álvaro, baja la voz… —murmuró Iván, preocupado, mirando hacia el pasillo donde se empezaban a congregar curiosos—. La gente está escuchando. Los empleados...

—¡Que escuchen! —bramé, cogiendo una silla y estrellándola contra la pared—.

¡Que se enteren todos de que Álvaro Reyes es un completo idiota!

¡Que sepan que he estado una semana follando con una mujer que estaba follando con otro!

¡Que sepan que Noa me ha estado engañando, que nunca me quiso, que solo me usaba mientras el otro no estaba disponible!

Sergio y Iván intercambiaron una mirada de pánico. Sergio se atrevió a acercarse más, extendiendo la mano hacia mí con cautela.

—Espera, espera. ¿Estás diciendo que Noa...? No, eso no puede ser. Hemos visto cómo te miraba, Álvaro. Hemos visto cómo estáis los dos. Es imposible que...

—¡Tengo un vídeo! —interrumpí, sacando el móvil del bolsillo con manos temblorosas, mostrándoselo como si fuera una prueba del juicio final—.

¡Patricia me ha enseñado un vídeo! ¡Están juntos ahora mismo!

¡En su casa! ¡Follando contra la pared del recibidor mientras yo estaba aquí, pensando en ella, planeando nuestro futuro!

—Déjame ver eso... —dijo Iván, intentando coger el teléfono, pero yo lo aparté de un manotazo.

—¡No! ¡No lo voy a ver otra vez! ¡No quiero volver a ver esa imagen ni en mis peores pesadillas!

—me agarré la cabeza con ambas manos, tirando de mi propio pelo—.

Era en tiempo real, Iván. En tiempo real.

No era una grabación antigua. Estaba ocurriendo mientras Patricia estaba aquí, burlándose de mí.

Y yo... yo aquí, firmando papeles, pensando que era feliz.

Me desplomé contra la pared, resbalando hasta sentarme en el suelo entre los escombros. Las lágrimas empezaron a correr por mis mejillas, calientes, humillantes, de rabia y de dolor contenido durante demasiado tiempo.

—Pensaba que esta vez era diferente... —susurré, con la voz quebrada—.

Pensaba que ella sentía lo mismo. Que habíamos esperado quince años para estar juntos y que valía la pena.

Que éramos nosotros contra el mundo. Pero no...

no éramos nosotros. Era ella y él, y yo era el intruso.

El paño de lágrimas de siempre. El amigo de confianza al que se folla cuando el otro no está.

Sergio se agachó junto a mí, poniéndome una mano en el hombro con fuerza, intentando que le mirara a los ojos.

—Álvaro, escúchame. Eso no tiene sentido. Te conozco desde que naciste, y nunca te he visto así con nadie. Noa te quiere. Es evidente. Quizás... quizás el vídeo es mentira. Quizás Patricia lo ha montado, lo ha editado, lo ha...

—¡No! —grité, apartándome de un empujón—. ¡No es un montaje, Sergio! ¡He visto su cara! ¡He visto cómo gemía! ¡He visto su camiseta, la que yo dejé en su casa anoche, puesta y luego quitada! ¡Era ella, joder! ¡Era ella y estaba con él!

Me levanté de nuevo, caminando en círculos como un animal enjaulado, pasándome las manos ensangrentadas por la cara, dejando huellas rojas en mi piel que parecían lágrimas de sangre.

—Y lo peor... —continué, con la voz bajando a un susurro desgarrado—.

Lo peor es que yo sabía quién era Adrián.

Sabía que ella había estado obsesionada con él.

Sabía que había llorado por él, que había huido de Marbella por él.

Pero creí... creí que había pasado el tiempo, que ella había madurado, que me había elegido a mí.

Pero no. Nunca me eligió. Solo me utilizó.

Como un parche. Como un segundo plato que sirve mientras llega el principal.

Iván se acercó por el otro lado, intentando bloquear mi camino hacia la ventana, hacia la libertad, hacia el abismo.

—Álvaro, estás alterado. No estás pensando con claridad. Vamos a sentarnos, a hablar esto con calma. Quizás hay una explicación. Quizás Noa puede explicar...

—¡No hay explicación posible! —estallé, golpeando el pecho con el puño—. ¡No hay excusa para lo que he visto! ¡Ninguna! ¡Si ella me hubiera querido de verdad, no estaría con él! ¡Punto! ¡Es así de simple!

Estaba jadeando, deshecho, con la camisa desgarrada y sucia de polvo y sangre.

Mis hermanos me miraban con una mezcla de terror y compasión que me resultaba insoportable.

No quería su lástima. No quería que intentaran arreglarlo.

Quería que el mundo entendiera que se había acabado.

Que mi felicidad había sido un espejismo.

Que había construido un castillo de naipes sobre un terreno minado y ahora todo se derrumbaba.

—No voy a ser el segundo plato de nadie —dije, con una determinación fría que cortaba mi propio dolor—. No voy a volver a ser su amigo de confianza, su paño de lágrimas, su follamigo de conveniencia mientras ella espera al otro. Ni una sola vez más.

Fue en ese momento exacto cuando sonó mi móvil. El tono especial que tenía asignado a Noa. Esa melodía tonta, romántica, que había elegido hacía una semana pensando que sería "nuestra canción".

Los tres nos quedamos paralizados. El móvil vibraba sobre el escritorio volcado, iluminando la pantalla con su luz azulada.

Sergio fue el primero en reaccionar.

—No lo cojas, Álvaro. No ahora. No estás en condiciones...

Pero ya era tarde. Me había abalanzado sobre el teléfono, desbloqueándolo con dedos temblorosos.

Era un mensaje de WhatsApp.

De Noa.

Noa: Álvaro, cariño, ¿vas a venir? Te estoy esperando. Necesito hablar contigo. Es importante.

Leí el mensaje tres veces. Cuatro. Cada palabra me parecía una burla, una provocación, una muestra de cinismo que me superaba.

Y entonces me eché a reír. Una risa amarga, desquiciada, que resonó en el despacho destrozado como el lamento de un alma en pena. Una risa que se convirtió en sollozo y de nuevo en risa, un sonido inhumano que asustó incluso a mí mismo.

—¿Lo ves? —dije, mostrándoles la pantalla a mis hermanos—. ¿Lo ves? ¡Me pide que vaya para hablar! ¡Para explicarme, supongo! ¡Para decirme que es un malentendido, que me quiere, que lo siente, que no volverá a pasar!

Sergio intentó leer el mensaje, pero yo aparté el teléfono.

—Voy a ir —dije, secándome las lágrimas con el dorso de la mano ensangrentada, dejando una mancha roja en mi mejilla—.

Por supuesto que voy a ir. Pero no para escuchar sus excusas.

No para perdonarla. Voy a ir para decirle que se acabó.

Que me ha perdido. Que puede quedarse con su Adrián, con su pasado, con sus mentiras.

Que yo no voy a ser el gilipollas que se folla cuando no está el otro.

Que no voy a volver a ser su puto paño de lágrimas.

Cogí las llaves del coche del cajón del escritorio, que afortunadamente seguía intacto. Mis hermanos intentaron bloquear la puerta, extendiendo los brazos, suplicando.

—Álvaro, no. No vayas así. No conduzcas así. Espera, por favor...

—¡Apartad! —grité, empujando a Sergio contra la pared—. ¡No me detengáis! ¡Tengo que decírselo! ¡Tengo que mirarla a los ojos y decirle que sé la verdad, que la he visto, que sé quién es realmente!

—¡Y los niños! —gritó Iván detrás de mí mientras caminaba hacia la puerta—. ¡Piensa en los niños, Álvaro! ¡En Gabriel, en Marcos, en Lucía! ¡Ellos la adoran! ¡Esto les va a destrozar!

Me detuve en el umbral. Me giré. Los miré a ambos, con el corazón desgarrado en mil pedazos, con la verdad más amarga posible saliendo de mi boca como veneno.

—Los niños... —dije, con voz quebrada—. Los niños se enterarán de que era mentira.

De que lo que vieron entre Noa y yo no era real.

Era una ilusión. Una mentira bonita. Y es mejor que lo sepan ahora, antes de que se encariñen más, antes de que crean que van a tener una familia completa. Porque eso nunca va a pasar. Nunca.

Salí del despacho.

Caminé por el pasillo con pasos firmes, decididos, mientras los empleados se apartaban de mi camino asustados, mientras oía a mis hermanos llamándome desde atrás, suplicándome que me calmara, que pensara, que no hiciera nada de lo que me pudiera arrepentir.

Pero yo seguí caminando. Porque ya no había nada que perder. Porque el amor de mi vida había resultado ser un espejismo.

Y porque, si tenía que vivir el resto de mis días sabiendo que ella nunca sería mía, así lo haría. Pero no como un segundo plato. No como una opción de reserva. No como un maldito paño de lágrimas.

Me subí al coche. Arranqué el motor. Y mientras salía del aparcamiento del hotel, mientras el sol de agosto me golpeaba en la cara y el mar brillaba indiferente a mi lado, pensé en todo lo que habíamos construido esa semana. En las risas. En los besos. En las promesas silenciosas.

Y en cómo, en cuestión de minutos, Patricia había conseguido reducirlo todo a cenizas.

Pero no iba a dejar que me humillaran más. Iba a enfrentarla. Y luego... luego vería si había vida después de la muerte.

O si simplemente me quedaba el hotel, los números, y la soledad de siempre.