Cuando volviste a mí Capítulo 27
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Capítulo 27

Álvaro

Estaba en mi despacho, intentando concentrarme en los números del mes, cuando Julia llamó por el interfono. Su voz sonó extraña, tensa, como si tuviera miedo de decir lo que venía a continuación.

—Señor Reyes... hay alguien en recepción que insiste en verle. Dice que es urgente.

—¿Quién? —pregunté, sin levantar la vista del informe de ocupación.

Hubo una pausa. Un silencio que debería haberme alertado.

—Su exmujer, señor. Patricia Salas.

Sentí que el bolígrafo se me resbalaba entre los dedos. Patricia. Después de años sin verla, sin saber nada de ella. Después de que se fuera a Barcelona con su vendedor de seguros y nos abandonara a mí y a los críos sin mirar atrás.

—Dile que no estoy —respondí automáticamente, con la mandíbula tensa.

—Dice que sabe que está aquí, señor. Y que... —otra pausa—. Y que, si no la recibe, irá a buscarle a casa. O a buscar a Noa Valverde.

El nombre de Noa en boca de Patricia fue como un puñetazo en el estómago. ¿Cómo sabía Patricia sobre Noa? ¿Qué quería con ella?

—Que suba —dije finalmente, con voz ronca—. Pero que la acompañen hasta la puerta. Y que alguien espere fuera.

Colgué. Me levanté. Caminé hasta la ventana y miré el mar, intentando calmarme.

Patricia no venía por amor. Lo sabía. Después de diecisiete años de matrimonio roto, de silencios, de traiciones, sabía exactamente cómo funcionaba su mente.

No quería reconciliación. Quería algo más peligroso: poder.

Control. La satisfacción de saber que aún podía alterar mi vida.

Y ahora había descubierto a Noa.

La puerta se abrió sin que llamara. Entró ella, como siempre había hecho, como si el mundo le perteneciera.

Llevaba un vestido de Chanel negro, gafas de sol de diseño, y el pelo recogido en un moño perfecto que dejaba ver un rostro que los años habían tratado con benevolencia.

Estaba más elegante que nunca. Y sus ojos...

sus ojos tenían el mismo brillo frío, calculador, de quien juega ajedrez con personas en lugar de piezas.

—Álvaro —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Cuánto tiempo.

—¿Qué quieres, Patricia? —corté, sin rodeos, sin ofrecerle asiento—. No tenemos nada de qué hablar.

—Oh, pero sí tenemos —respondió ella, sentándose ella misma en el sofá de cuero, cruzando las piernas con elegancia—. Tenemos mucho de qué hablar. Sobre tus hijos. Sobre tu hotel. Sobre tu nueva... amiga.

Apreté los puños a los costados.

—Noa no es asunto tuyo.

—¿No? —arqueó una ceja, sacando el móvil del bolso con movimientos lentos, deliberados—. Me parece que sí lo es. Porque afecta a mis hijos. A su estabilidad emocional. A su bienestar.

—Mis hijos están perfectamente —protesté—. Y felices. Más felices de lo que nunca fueron contigo.

Patricia no se inmutó. Siguió sonriendo esa sonrisa de víbora, moviendo el dedo sobre la pantalla del teléfono.

—He estado investigando, Álvaro. Como madre preocupada que soy.

—¿Madre preocupada? No me jodas.

—Y he descubierto cosas... interesantes sobre tu nueva novia —continuó, ignorando mis palabras—. Cosas que creo que deberías saber antes de entregarle tu corazón, y el de tus hijos.

—No te creo nada —dije, pero sentí un escalofrío recorrer mi espalda—. Nunca fuiste madre preocupada. Fuiste madre ausente. Egoísta. Que se fue cuando Lucía tenía dos meses.

—Fui madre joven —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Cometí errores. Pero ahora estoy aquí para proteger a mi familia. De amenazas externas.

—Noa no es una amenaza.

—¿No? —Patricia levantó la vista, y en sus ojos vi algo que me heló la sangre: triunfo, venganza, odio contenido durante años—. Entonces dime, Álvaro. ¿Sabes dónde está Noa ahora mismo?

Quise decir que sí. Que estaba en su casa, trabajando, esperándome. Pero el tono de Patricia, la seguridad con la que hablaba, me hizo dudar.

—¿Qué has hecho? —pregunté, con voz peligrosamente baja.

—Yo no he hecho nada —dijo ella, levantándose, acercándose a mí con el teléfono en la mano—. Solo soy la mensajera. La que viene a abrirte los ojos. Porque tú, pobre, sigues siendo el mismo ingenuo de siempre. El que cree en el amor. El que piensa que la gente cambia.

Estaba demasiado cerca. Podía oler su perfume, caro, frío, artificial.

—No sabes quién es realmente esa mujer —dijo, y su voz se volvió un susurro venenoso—. No sabes con quién te estás acostando. Pero vas a saberlo.

Me puso el teléfono delante de la cara.

La pantalla mostraba una imagen en directo. Un vídeo. Grabado desde fuera, a través de una ventana, pero perfectamente visible.

Noa.

En su casa. En el recibidor. Con Adrián.

Estaban follando contra la pared. Él la tenía levantada, penetrándola, y ella... ella tenía los ojos cerrados, la boca abierta en un gemido de placer, y las piernas rodeándole la cintura.

El mundo se detuvo.

Mi corazón dejó de latir. Mi respiración se cortó. Todo mi cuerpo se paralizó, petrificado, convertido en piedra mientras veía la escena. El movimiento de sus cuerpos. La urgencia. La entrega. La traición.

—No es una simple grabación —susurró Patricia, disfrutando cada segundo de mi destrucción—.

Está ocurriendo ahora mismo. Mientras tú estás aquí, trabajando, pensando en ella, ella está follando con su amante de siempre.

Con el hombre por el que huyó de Marbella hace catorce años.

¿Te ha contado eso? ¿Te ha dicho que es hombre está de vuelta? ¿Que nunca dejó de verlo?

No podía hablar. No podía moverme. El vídeo seguía reproduciéndose, mostrándome cada detalle de mi humillación. Cada embestida. Cada gemido. Cada segundo de su traición.

—Es una puta, Álvaro —dijo Patricia, guardándose el teléfono, dándome la espalda—. Siempre lo fue. Y tú eres un imbécil por creer que podías cambiarla. Por creer que eras especial.

Caminó hacia la puerta. Se detuvo en el umbral.

—Tus hijos se enterarán. Todo el mundo se enterará. A menos que hagas lo correcto. A menos que la dejes. Y vuelvas conmigo. No como pareja, claro. Solo como aliados. Por los niños.

Y se fue.

La puerta se cerró con un clic suave que resonó como un disparo en mi cabeza.

Me quedé quieto. Paralizado. Mirando al vacío donde ella había estado, viendo todavía la imagen grabada en mi retina. Noa. Adrián. Juntos. De nuevo.

El dolor llegó después. Un dolor físico, real, que me dobló las rodillas y me hizo caer al suelo. Apoyé las manos en la alfombra, jadeando, sintiendo cómo se me partía el pecho por la mitad.

Catorce años.

Catorce años esperándola. Catorce años construyendo un hotel para olvidarla, para tener la mente ocupada, para no pensar en ella. Y ahora, cuando por fin la había conseguido, cuando por fin creía que éramos felices, que ella sentía lo mismo que yo...

Ese hombre. Ese maldito hombre. Había vuelto a arrancarla de mis brazos. Otra vez. Como hacía quince años.

Algo se rompió dentro de mí. Algo se soltó. Me levanté, y entonces exploté.

Cogí el jarrón de cristal que había sobre la mesa y lo estrellé contra la pared.

Se hizo añicos con un estruendo que debió de oírse en toda la planta.

No me detuve. Cogí el informe de ocupación, lo arranqué en pedazos, los tiré al aire como confeti de locura.

Volqué la mesa. Las sillas. Rompí el marco de una foto que tenía de los niños.

Cogí un pisapapeles de bronce y lo estrellé contra el televisor, que se apagó con un chisporroteo.

Y seguí rompiendo todo. Todo lo que encontraba a mi paso.

Porque si no rompía cosas, rompería mi propio cuerpo. Me arrancaría el corazón del pecho para dejar de sentir este dolor insoportable, esta traición que me consumía desde dentro.

—¡Maldita seas! —grité, con la voz rota, rasgada—. ¡Maldita seas, Noa!

Caí de rodillas entre los escombros de mi propio despacho. El cristal crujió bajo mi peso, cortándome las manos, pero no sentí dolor. No sentía nada excepto el vacío absoluto.

Ella no me quería. Nunca me había querido.

Siempre había sido él. Adrián. El hombre que la tenía en un cajón. El hombre por el que había llorado. El hombre al que había vuelto una y otra vez, incluso ahora, incluso cuando yo creía que éramos felices.

Y yo... Yo era el segundo plato. El paño de lágrimas. El amigo de confianza. El hombre al que utilizaba cuando Adrián no estaba disponible.

Las lágrimas llegaron entonces. Calientes, amargas, de rabia y de dolor. Apoyé la frente en el suelo frío, entre los cristales rotos, y lloré como no había llorado desde que era niño.

Porque había creído. Había creído que era diferente esta vez. Había creído que ella sentía lo mismo. Y ahora... Ahora solo quedaba el vacío.

Y la certeza de que nunca, jamás, volvería a confiar en nadie.