Capítulo 26
Noa
Lo vi allí, en el umbral de mi puerta, con el sol de agosto iluminándolo desde atrás como si fuera un dios pagano venido a reclamar su ofrenda.
Adrián. Con la misma sonrisa fácil, el mismo aire de quien sabe que va a conseguir lo que quiere, la misma capacidad de hacer que el mundo se incline a su favor.
—¿Me invitas a pasar? —repitió, y su voz me transportó quince años atrás, a coches estacionados en calles oscuras, a hoteles de carretera, a noches de sexo sin compromiso que al día siguiente sabían a ceniza.
Quise cerrar la puerta. Quise decirle que no, que se fuera, que no tenía nada que hablar con él. Pero mi cuerpo, traicionero, dio un paso atrás, abriendo el paso.
Entró con esa seguridad que siempre le caracterizó. Olía a colonia cara, a tabaco, a algo cítrico que me resultaba demasiado familiar. Llevaba vaqueros oscuros y una camisa blanca abierta en el cuello, mostrando ese pecho que una vez me había parecido el más hermoso del mundo.
—Has cambiado —dijo, mirándome de arriba abajo, con una intensidad que me hizo sentir desnuda, aunque llevaba la camiseta de Álvaro y unos pantalones cortos—. Estás más... madura. Más mujer.
—¿Qué quieres, Adrián? —pregunté, cruzando los brazos sobre el pecho, intentando crear una barrera física entre nosotros.
Él se acercó. Un paso. Dos. Hasta que estuvo demasiado cerca, invadiendo mi espacio personal, respirando mi aire.
—Quiero hablar —dijo, suavizando la voz, adoptando ese tono que usaba cuando quería algo—. Quiero explicarte por qué estoy aquí. Por qué me he mudado a Marbella.
—No me interesa —mentí, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba.
—Mientes —sonrió, y levantó una mano para acariciar mi mejilla.
Quise apartarme. Debería haberme apartado. Pero mis pies se quedaron clavados en el suelo de barro, paralizados por una mezcla de miedo y algo más oscuro, más primitivo.
Adrián representaba lo fácil. Lo conocido. Lo físico puro, sin complicaciones emocionales, sin promesas que cumplir, sin futuros que construir. Con él todo era aquí y ahora, fuego rápido que quemaba sin dejar cicatrices visibles, solo cenizas que soplaba el viento.
Álvaro, en cambio, era lo profundo. Lo emocional. Lo incierto y aterrador. Con Álvaro cada mirada era una promesa, cada caricia un compromiso, cada beso una puerta abierta a un futuro que me daba miedo porque era real, porque importaba, porque si se rompía me destruiría.
No quería elegir entre ellos. No quería estar en esta situación. Pero sentía la presión creciente, como una ola que viene de fondo y amenaza con arrastrarlo todo.
—Recuerdo cuando entraba en tu casa así —dijo Adrián, bajando la voz, acercándose más—. Sin avisar. Y tú me recibías con esa sonrisa... esa sonrisa de niña buena que en realidad quería ser mala.
Los recuerdos llegaron sin permiso. Noches en su apartamento, cuando su novia estaba de viaje.
Tardes en mi coche, con las ventanas empañadas, con la ropa revuelta, con la urgencia de quienes saben que el tiempo se acaba.
Él me tomaba sin preguntar, sin delicadeza, con una intensidad brutal que me dejaba vacía pero satisfecha, usada pero deseada.
Era sexo puro. Sin amor, sin esperanza, sin mañana. Solo el ahora, solo el cuerpo, solo la necesidad animal de conectar, aunque fuera por minutos.
—Eso se acabó —dije, pero mi voz sonó débil, insegura.
—¿De verdad? —preguntó, y su mano bajó por mi cuello, por mi clavícula, deteniéndose en el borde de la camiseta—. Porque yo veo en tus ojos que me recuerdas. Que me extrañas. Que echas de menos lo que teníamos.
—No teníamos nada —protesté, pero el sonido salió ronco, cargado de deseo reprimido.
—Teníamos fuego —corrigió, y entonces me besó.
Fue un beso que no pedía permiso. Un beso que tomaba, que reclamaba, que me recordaba quién había sido antes de convertirme en la mujer de negocios, antes de Álvaro, antes de madurar. Un beso de lengua invasora, de dientes chocando, de manos que se hundían en mi pelo tirando con fuerza.
Quise detenerlo. Realmente quise. Pero no lo hice.
Mis manos se agarraron a su camisa, arrugándola, tirando de él hacia mí.
Mi boca respondió con la misma urgencia, con la misma hambre reprimida durante años.
Era como caer en un vicio olvidado, como volver a fumar después de años sin tocar un cigarro, como rendirse ante una tentación que sabía que era mala pero que me hacía sentir viva.
—Te he echado de menos —gruñó contra mi boca, empujándome contra la pared del recibidor—. Tanto, Noa. Tanto.
Y entonces todo se desató.
Me empujó contra la pared con fuerza, levantando mis brazos por encima de la cabeza, sujetándome las muñecas con una mano mientras la otra bajaba a desabrocharme los pantalones.
No era delicado. No era tierno. Era Adrián, con su urgencia, con su egoísmo, con su capacidad de hacerme sentir que solo existía para su placer.
Y yo me dejaba. Me dejaba porque era fácil. Porque no requería pensar, no requería sentir, no requería abrir el corazón y exponerlo al dolor. Era solo carne contra carne, sudor contra sudor, el olvido momentáneo de todo lo que me atormentaba.
Me bajó los pantalones y las bragas de un tirón. Me levantó una pierna, enganchándola alrededor de su cadera, y sentí su miembro dura contra mi sexo, presionando, exigiendo entrada.
—Dime que lo quieres —ordenó, con voz ronca, con los ojos brillando de lujuria.
—Fóllame —susurré, y la palabra salió de mi garganta antes de que pudiera contenerla—. Ahora. Sin pensar.
Entró de golpe y grité. No de dolor, sino de liberación. De esa sensación de estar llena, de estar viva en la forma más primitiva. Empezó a moverse inmediatamente, con embestidas duras, profundas, que resonaban contra la pared de mi casa ancestral, profanándola con nuestro sexo salvaje.
—Joder, estás igual de apretada —gruñó, mordiendo mi cuello, dejando marcas que después tendría que ocultar—. Igual de caliente. Igual de mía.
Cerré los ojos. Dejé que mi cuerpo respondiera, que se moviera contra el suyo, buscando la fricción, el placer, el olvido. Pero en la oscuridad de mis párpados cerrados, vi a Álvaro. Vi sus ojos verdes, su sonrisa triste, su paciencia infinita.
Y entonces Adrián se retiró.
—No te corras todavía —dijo, con una sonrisa maliciosa—. Quiero probarte primero. Quiero sentir cómo te corres en mi boca.
Me puso a cuatro patas en el suelo del recibidor, con la cara contra la pared y con el culo en alto. Y entonces sumergió su cara entre mis piernas.
Su lengua fue ruda, insistente, sin delicadeza.
Lamió mi sexo con hambre animal, gruñendo contra mi piel, introduciendo dos dedos en mí mientras su boca atacaba mi clítoris.
Era diferente a Álvaro. Álvaro me devoraba con adoración, con ternura, como si mi placer fuera su religión.
Adrián me comía con egoísmo, como si mi cuerpo fuera su derecho, su posesión.
Y funcionaba. Funcionaba porque mi cuerpo recordaba, porque respondía a esa crudeza, porque a veces lo que necesitamos no es el amor sino el olvido.
Me corrí contra su boca con una violencia que me sorprendió. Un orgasmo rápido, intenso, superficial. Como una descarga eléctrica que pasa y deja oscuridad.
Pero él no paró. Me giró, me levantó, me volvió a poner contra la pared y me penetró de nuevo, esta vez mirándome a los ojos, con una sonrisa triunfal.
—Vamos a follar hasta que no recuerdes su nombre —dijo, y supe que se refería a Álvaro—. Hasta que solo exista yo. Hasta que vuelvas a ser mía.
Me penetró una y otra vez, con fuerza, sin piedad. Mis piernas rodearon su cintura, mis uñas se clavaron en su espalda, y me dejé llevar por la mecánica del sexo, por el ritmo primitivo, por la sensación de ser simplemente un cuerpo, sin corazón, sin alma, sin culpa.
Nos corrimos juntos, finalmente. Él vaciándose dentro de mí con un gemido gutural, yo contrayéndome a su alrededor con un placer que era más físico que emocional, más mecánico que espiritual.
El silencio que siguió fue denso, cargado de realidad.
Adrián se apoyó en mí, jadeando, con la frente contra la mía. Sonreía, satisfecho, como si hubiera ganado una batalla.
—Igual de fogosos que entonces —dijo, acariciando mi mejilla—. Lo sabía. Sabía que seguíamos siendo así. Volvemos a empezar, Noa. Volvemos a lo que teníamos. Sin complicaciones, sin promesas, solo esto. Solo nosotros.
Lo miré. Realmente lo miré. Y vi el vacío.
Vi la ausencia de todo lo que Álvaro me daba. La ausencia de respeto, de ternura, de mirarme como si fuera la mujer más importante del mundo. Adrián me miraba como un trofeo. Como una posesión. Como algo que había recuperado y no pensaba soltar.
—Vístete —dije, con voz rota, sintiendo las lágrimas quemándome los ojos—. Por favor, vístete y vete.
Él frunció el ceño, confundido.
—¿Qué? Noa, acabamos de...
—Lo sé —interrumpí, apartándome de él, buscando mi ropa con manos temblorosas—. Sé lo que acabamos de hacer. Y no debería haber pasado. Nunca debería haber pasado.
Me vestí a toda prisa, con movimientos torpes, sintiendo su semen corriendo por mis muslos, sintiéndome sucia, usada, vacía.
—Noa, espera —dijo Adrián, intentando tocarme—. No entiendo. Ha sido increíble. Seguimos siendo perfectos juntos. ¿Por qué...?
—Porque no me quieres —grité, girándome hacia él, con las lágrimas ya corriendo por mis mejillas—. Porque nunca me quisiste. Porque esto —señalé el suelo donde habíamos follado—. Esto es solo sexo. Solo carne. No es amor. No es nada.
Adrián se quedó quieto. Por primera vez, vi algo parecido a la comprensión en sus ojos. Pero no duró.
—El amor está sobrevalorado —dijo, encogiéndose de hombros—. Esto es real. Esto es honesto.
—Vete —susurré, señalando la puerta—. Por favor, vete. Necesito estar sola.
Se acercó a mí. Me besó, un beso que intentó ser tierno pero que sabía a derrota.
—Volveré pronto —dijo—. Cuando hayas pensado. Cuando entiendas que esto es lo que necesitas.
Y se fue. La puerta se cerró con un clic que resonó en la casa vacía.
Me dejé caer en el suelo, justo donde habíamos estado, con la espalda contra la pared, con las piernas extendidas, con el cuerpo todavía temblando.
Y lloré. Lloré porque sabía que esto no debería haber pasado. Porque sabía que había traicionado a Álvaro, a nosotros, a todo lo que estábamos construyendo. Porque sabía que, aunque había dicho que no, aunque había intentado resistirme, al final había caído. Otra vez. Como siempre caía con Adrián.
Era inevitable. Como tantas otras veces que había pensado en que lo nuestro debería acabar, en que no podía seguir siendo la segunda opción, la amante oculta, la chica de los miércoles. Siempre acababa volviendo a caer en su seducción, en su facilidad, en su fuego sin calor.
Pero esta vez era diferente. Esta vez había algo que perder.
Esta vez había amor de verdad esperándome, y yo lo había arrojado por la borda por unos minutos de sexo fácil con un hombre que nunca me había valorado.
Me abracé a mí misma, temblando, sola en el suelo de mi casa, con el olor de Adrián impregnado en mi piel y el sabor de la traición en mi boca.
Y supe que, cuando Álvaro lo supiera, cuando se enterara de lo que había hecho, todo habría terminado.
Y esta vez, el vacío sería real.