Cuando volviste a mí Capítulo 25
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Capítulo 25

Noa

Desperté con el sol filtrándose entre las contraventanas verdes, dibujando rayas de oro sobre la colcha de patchwork que mi abuela había hecho con retazos de sus vestidos viejos.

Durante unos segundos, ese estado entre el sueño y la vigilia, me sentí de nuevo a los quince años, con toda la vida por delante y sin una sola cicatriz en el corazón.

Pero el cuerpo me recordó rápidamente que ya no era aquella niña.

Sentí el dolor agradable de la noche anterior, esa tensión en los músculos que solo viene después de horas de amor intenso.

Álvaro se había ido hacía apenas dos horas, obligado por una reunión de emergencia en el hotel, pero su olor aún impregnaba la almohada junto a la mía. Su colonia cítrica, su piel, el sexo.

Hacía una semana de aquella mañana en la suite. Una semana desde que sus hijos nos habían pillado en albornoz, desde que él me había cargado en brazos prometiendo buscarle una hermanita a Lucía, desde que habíamos decidido —sin decirlo en voz alta, sin firmar ningún contrato— que estábamos juntos.

Juntos y revueltos, como había dicho Marcos con esa naturalidad suya para nombrar lo evidente.

Me senté en la cama, estirando los brazos hacia el techo abovedado.

La casa de los abuelos había cobrado vida de una forma que nunca habría imaginado.

Ya no era solo mi refugio, mi lugar de transición entre Madrid y el vacío.

Ahora era nuestro refugio, aunque Álvaro aún mantuviera su casa en la calle Ancha y yo insistiera en no mudarme formalmente con él.

No quería precipitarme. O eso me decía.

La verdad era que tenía miedo. Miedo de que todo fuera demasiado bonito para ser verdad, demasiado intenso para durar. Miedo de que, si daba el paso definitivo de dejar esta casa e irme a vivir con él, el universo se diera cuenta de mi felicidad y decidiera arrebatármela.

Pero esa semana había sido... Increíble.

Álvaro venía cada noche. A veces temprano, con una bolsa de la compra y ganas de cocinar juntos en mi cocina antigua, con sus azulejos azules y su olor a café.

Otras veces tarde, después de medianoche, cuando el hotel cerraba sus puertas y él se escapaba como un ladrón, llegando a mi cama despertándome con besos que iban desde la ternura hasta la voracidad más absoluta.

No hablamos de etiquetas. No habíamos tenido la conversación de «somos novios», de «esto es exclusivo», de «¿hacia dónde vamos?». Pero cada mirada, cada caricia, cada vez que me tomaba la mano mientras caminábamos por la playa al atardecer, me decía que no necesitábamos palabras.

Él estaba tan hambriento de mí como yo de él. Y eso me aterraba y me excitaba por igual.

Durante el día, yo trabajaba desde casa.

Mis clientes de Madrid habían aceptado la modalidad remota sin problemas, y había empezado a tomar nuevos encargos de empresas locales, incluyendo —irónicamente— la asesoría fiscal del Hotel Bahía Esmeralda.

Álvaro había cumplido su promesa de ese correo electrónico que me envió la primera noche, y ahora pasaba dos mañanas a la semana en su oficina, revisando números, mientras él intentaba concentrarse en sus reuniones sabiendo que estaba a dos puertas de distancia.

Era un juego peligroso. Un juego que nos excitaba a los dos.

Me levanté de la cama, caminando descalza por el suelo de barro cocido, todavía frío a pesar del calor de agosto. Me puse una camiseta vieja de Álvaro que había quedado colgada del respaldo de una silla —una de esas camisetas de algodón gastado que olían a él— y bajé a la cocina a preparar café.

La rutina se había establecido con una naturalidad que me desarmaba. Café negro, tostadas con tomate, el periódico digital en la Tablet. Y luego, el mensaje de buenos días de Álvaro, que nunca fallaba, aunque fueran las seis de la mañana y acabara de irse de mi lado hacía minutos.

Álvaro: Buenos días, amor. Te extraño ya.

Era simple y directo, pero tremendamente devastador.

Contesté rápidamente, sonriendo como una tonta ante la pantalla del móvil, diciéndole que yo también lo extrañaba, que la noche anterior había sido...

La noche anterior había sido intensa. Nos habíamos quedado en su casa, finalmente, después de que Lucía insistiera en que pasara la noche allí, en mi antigua habitación de invitados, que ahora parecía guardar mi esencia. Habíamos cenado con los chicos, habíamos reído, habíamos sido una familia.

Y luego, cuando todos se fueron a dormir, Álvaro me había tomado en el pasillo, contra la pared, con la mano sobre mi boca para silenciar mis gemidos mientras me follaba con una urgencia que nos consumía a los dos.

Estaba distraída, pensando en eso, en la forma en que sus ojos se oscurecían cuando estaba dentro de mí, cuando el móvil vibró de nuevo.

Pensé que sería él. Que me enviaría alguna foto provocativa desde su despacho, o alguna promesa de lo que me haría esa noche.

Pero no era Álvaro.

Era un número desconocido. Un mensaje de WhatsApp que empezaba con una foto: el puerto deportivo de Marbella, tomada desde uno de los restaurantes de lujo, con el yate de fondo y una copa de vino blanco en primer plano.

Y debajo, el texto.

Número desconocido: Marbella me está tratando mejor de lo que esperaba. Tanto que he decidido quedarme un tiempo. Un tiempo más bien permanente, diría. Tenemos que hablar, Noa. No puedes ignorarme para siempre.

Adrián.

Sentí que el café se me atragantaba. Tosí, golpeándome el pecho con el puño, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba hasta un ritmo peligroso.

Adrián. En Marbella. De forma permanente.

Leí el mensaje tres veces. Cuatro. Las letras se movían, se distorsionaban, volvían a formar la misma amenaza velada.

Un tiempo más bien permanente. ¿Qué significaba eso? ¿Se había mudado? ¿Por qué? ¿Por mí?

El pasado se alzaba contra mí con una fuerza que me dejó sin aliento. Adrián, con sus sonrisas fáciles, sus promesas rotas, su capacidad para hacerme sentir pequeña e invisible. Adrián, el hombre por el que había llorado, por el que había huido de esta ciudad hacía catorce años.

Y ahora estaba aquí. De nuevo. En mi ciudad. En mi espacio.

Mis manos temblaban sobre la mesa de la cocina. Quise borrar el mensaje, bloquear el número, hacer como si nunca hubiera llegado. Pero sabía que no serviría de nada. Adrián siempre había sido persistente. Si quería algo —o a alguien— no paraba hasta conseguirlo.

Y ahora parecía quererme de nuevo. O peor: parecía querer fastidiarme.

Miré alrededor de la cocina, buscando consuelo en los objetos familiares: el jarrón de cerámica de mi abuela, el reloj de pared que hacía tictac, el limonero que asomaba por la ventana.

Todo me pareció frágil de repente, como si Adrián pudiera entrar y romperlo todo con solo existir en la misma ciudad que yo.

Necesitaba hablar con Álvaro. Necesitaba decírselo antes de que se enterara por otro lado, antes de que Adrián apareciera por el hotel o por la calle y lo encontrara por sorpresa.

Pero ¿cómo se lo decía? ¿"Oye, cariño, resulta que el hombre con el que mantuve una relación clandestina durante tres años, el que me dejó plantada mil veces, el que me hizo huir de Marbella, ha vuelto y parece que se queda"?

Sonaba a excusa. Sonaba a drama. Sonaba a algo que podría estropear todo lo que estábamos construyendo, esa felicidad frágil que aún no habíamos nombrado.

Guardé el móvil en el bolsillo de la camiseta, intentando ignorar el peso que sentía contra mi muslo. Terminé el café de forma mecánica, lavé la taza, ordené la cocina. Todo con los movimientos automáticos de quien intenta mantener la normalidad mientras el mundo se desmorona.

No iba a responderle. No iba a darle el gusto. Si Adrián quería algo, que viniera a buscarme. Que me mirara a los ojos y me lo dijera. No iba a jugar a su juego de mensajes ambiguos, de apariciones sorpresa, de manipulación emocional.

Estaba con Álvaro ahora. De verdad con él. Y nadie, ni el fantasma de mis errores juveniles, iba a arruinarlo. O eso intentaba convencerme a mí misma.

Pasé la mañana intentando trabajar, pero los números se movían en la pantalla del ordenador sin sentido. Cada vez que el móvil vibraba, daba un respingo, temiendo que fuera otro mensaje de Adrián, o peor, que fuera Álvaro diciendo que había sabido algo.

A las once, no pude más. Llamé a Álvaro.

—Dime —respondió al primer tono, y su voz me calmó un poco—. ¿Echo de menos a mi asesora fiscal?

—Echo de menos a mi jefe —respondí, intentando sonar ligera—. ¿Puedes venir a comer? Tengo... tengo que hablar contigo.

Hubo una pausa. Una de esas pausas que duran una eternidad.

—¿Ha pasado algo? —preguntó, y su tono cambió, se volvió protector, alerta.

—No —mentí—. Bueno, sí. Pero no por teléfono. Ven, por favor.

—Estoy allí en veinte minutos.

Colgué y suspiré, mirando la pantalla negra del móvil. Veinte minutos. Veinte minutos para prepararme, para decidir qué decir, para armarme de valor.

Pero no tuve esos veinte minutos.

Porque justo cuando guardaba el teléfono en el escritorio, sonó el timbre de la puerta principal.

Un sonido insistente, fuerte, que resonó en toda la casa.

Me quedé quieta, con el corazón en la garganta. No era Álvaro. Él nunca llamaba al timbre. Tenía llave, o entraba directamente por el jardín, o me avisaba por teléfono.

¿Quién era entonces?

¿Claudia? ¿Sara? ¿Algún vecino?

Caminé hacia la puerta con pasos lentos, cautelosos, como si fuera hacia mi propia ejecución. El pasillo pareció alargarse, las paredes blancas se estrecharon. Llegué a la puerta y miré por la mirilla.

No vi nada. El sol de la mañana creaba un reflejo cegador en el cristal.

Respiré hondo. Una vez. Dos.

Y abrí la puerta.

El sol me golpeó en la cara, cegándome por un segundo. Vi una silueta alta, morena, con una sonrisa que conocía demasiado bien. Una silueta que no pertenecía a mi presente, sino a mi pasado, a mis errores, a las noches de llanto en Madrid.

—Hola, Noa —dijo Adrián, levantando una mano en saludo casual, como si no hubieran pasado catorce años desde la última vez que me abandonó—. ¿Me invitas a pasar? Tenemos mucho de qué hablar.