Cuando volviste a mí Capítulo 24
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Capítulo 24

Álvaro

La tenía contra la pared de la ducha, con el agua caliente cayendo sobre nosotros como una cortina de vapor, y no podía parar.

No quería parar. Había esperado quince años para esto, y ahora que tenía a Noa en mis brazos, desnuda, húmeda, entregada, sentía que una bestia salvaje se había desatado dentro de mí.

Levanté su pierna derecha y la enganché alrededor de mi cadera, abriéndola para mí, exponiéndola. Ella se agarró a mis hombros con fuerza, con las uñas clavándose en mi piel, y sus ojos... Dios, sus ojos brillaban con una mezcla de deseo y algo más profundo, algo que me hacía sentir invencible.

—Álvaro... —jadeó, arqueándose contra mí.

No dije nada. Solo la miré fijamente mientras me posicionaba entre sus piernas y entraba de golpe.

Ella gritó. El sonido resonó en el baño de mármol, amplificado por el eco del agua. Estaba tan caliente, tan apretada, tan perfecta que por un segundo temí perder el control demasiado pronto. Pero no. Iba a durar. Iba a hacer que esto durara toda la eternidad si era posible.

Empecé a moverme con fuerza, embistiendo una y otra vez, sintiendo cómo su cuerpo se estiraba para recibirme, cómo sus paredes internas me acariciaban con una presión deliciosa.

El agua corría por nuestros cuerpos, creando un ruido blanco que ahogaba nuestros gemidos, pero no lo suficiente.

Seguía escuchando cada jadeo suyo, cada respiración entrecortada, cada vez que mi nombre salía de sus labios como una plegaria.

—Más... —suplicó ella, con la cabeza echada hacia atrás contra los azulejos—. Por favor, Álvaro, más fuerte...

Obedecí. La cogí por las caderas con ambas manos y la penetré con una fuerza que hizo que sus piernas temblaran.

Cambié el ángulo, buscando ese punto que la volvería loca, y cuando lo encontré, cuando sentí cómo se tensaba, cómo sus gemidos se volvían más agudos, más desesperados, supe que estaba cerca.

—Córrete conmigo —gruñí, acelerando el ritmo, sintiendo cómo se acercaba mi propio final, cómo se tensaban mis testículos, cómo todo mi cuerpo se preparaba para el estallido—. Ahora, Noa. Ahora.

Nos corrimos juntos.

Fue una explosión cósmica, un big bang que nos creó y nos destruyó al mismo tiempo.

Ella se contrajo violentamente a mi alrededor, sus uñas se clavaron en mi espalda con fuerza suficiente para dejar marcas, y yo vacié dentro de ella con un gemido gutural que pareció venir de lo más profundo de mi ser.

Nos quedamos así durante largos segundos, jadeando, temblando, con el agua cayendo sobre nosotros como si el mundo exterior no hubiera dejado de girar. Apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos, sintiendo su respiración entrecortada contra mis labios.

—Quince años imaginando cómo sería —susurré, con voz rota, emocionada—. Y es mil veces mejor de lo que nunca pensé. Eres perfecta para mí en todos los sentidos, Noa. Siempre lo pensé, pero ahora lo corroboro.

La besé. Suavemente. Profundamente. Con la promesa de eternidad sellada en nuestros labios.

Cuando nos separamos, la vi sonreír. Una sonrisa perezosa, satisfecha, que iluminaba todo su rostro. Y en sus ojos vi algo que me detuvo el corazón: amor. Amor puro, absoluto, incondicional. El amor que había estado buscando toda mi vida sin saberlo.

Terminamos de ducharnos en silencio cómodo, intercambiando miradas cómplices, sonrisas secretas, caricias que no podíamos evitar. Salimos del baño envueltos en los albornoces blancos del hotel, con el pelo mojado, con la piel brillante, con el corazón lleno.

Justo en ese momento, sonó un golpe suave en la puerta de la suite.

—Será el desayuno —dije, sonriendo hacia Noa—. Justo a tiempo.

Caminé hacia la puerta, todavía sonriendo, con la satisfacción del hombre que acaba de hacer el amor con la mujer que ama. Me pasé una mano por el pelo mojado, ajusté el albornoz, y abrí.

Y entonces me quedé helado.

No era el camarero del servicio de habitaciones, eran mis hijos.

Los tres. Gabriel, Marcos y Lucía. De pie en el pasillo, con el carrito del desayuno delante de ellos, sonriendo como gatos que han comido al canario.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté, con voz que sonó más áspera de lo que pretendía, confundida, alarmada.

Lucía fue la primera en hablar. Su sonrisa se amplió, traviesa, completamente ajena a la catástrofe que estaba causando.

—Buenos días a ti también, papá —dijo, alegremente.

Intenté bloquear la puerta con mi cuerpo, pero era inútil. Los tres ya estaban entrando, empujando el carrito, invadiendo mi santuario, mi refugio, mi guarida de amor ilícito.

—Deberíais estar en casa —espeté, intentando recuperar algo de autoridad paterna, aunque estaba en albornoz y obviamente acababa de follar—. No aquí. ¿Qué demonios...?

—Te esperamos toda la noche —interrumpió Marcos, con esa naturalidad suya para meterse en líos—. Y no volviste. Estábamos preocupados.

—No es cierto —dijo Gabriel, encogiéndose de hombros, pero sonriendo—. Bueno, sí estábamos preocupados, pero sobre todo queríamos comprobar con nuestros propios ojos cómo estabas. Y cómo estaba ella.

Señaló hacia el interior de la suite, donde Noa estaba de pie en el salón, envuelta en su albornoz, con el pelo mojado, la cara roja como un tomate. Dio unos pasos hacia nosotros, torpe, visiblemente mortificada.

—Buenos días —dijo, con voz tan pequeña que apenas se oyó.

Los tres se giraron hacia ella. La miraron de arriba abajo, tomando nota de cada detalle: el albornoz, el pelo mojado, el rubor, la forma en que yo estaba plantado entre ella y ellos como si pudiera protegerla de la vergüenza.

Y entonces sonrieron. Los tres. Al unísono. Sonrisas amplias, cómplices, insoportables.

—¿A qué vienen esas sonrisas? —pregunté, sintiendo cómo el calor subía a mi cuello—. ¿Qué es tan gracioso?

Marcos fue el primero en hablar. Se echó a reír, un sonido profundo, irreverente.

—A que ya era hora, joder —dijo, golpeándose el muslo con la mano—. Un año entero viendo vuestras miraditas hace años, catorce años esperando que ella regresara a casa como el turrón, y por fin, por fin, habéis follado.

—¡Marcos, hijo, mira que eres bruto! —exclamó Lucía, golpeándole en el brazo—. No han follado, han hecho el amor. Hay una diferencia.

Gabriel soltó una carcajada, sonora, genuina.

—A juzgar por el rojo que está adquiriendo la cara de Noa, me da que tierna y romántica no ha sido la noche, hermanita —dijo, guiñándole un ojo a Noa, que parecía querer desaparecer bajo la moqueta.

—Ya vale —dije, con voz firme, aunque sentía que yo también me estaba sonrojando—. Los dos estáis en la edad de las hormonas revolucionadas y no tenéis filtro. Noa, no hagas caso a estos dos.

Caminé hasta ella, le acaricié la mejilla con ternura, la besé en los labios sin importarme que los niños estuvieran mirando. Quería que vieran que era serio. Que esto no era una aventura de una noche.

Noa sonrió contra mis labios, y su sonrisa me dio fuerzas.

—Entonces... —dijo Lucía, dando un paso hacia nosotros, con los ojos brillantes de esperanza—. ¿Estáis juntos?

—Juntos y revueltos —respondió Marcos, antes de que pudiera hablar—. De eso no hay duda. Miradlos. Parecen dos gatos satisfechos.

—Me alegro de que mi plan haya funcionado —dijo Gabriel, cruzándose de brazos, satisfecho.

Noa frunció el ceño. Se separó un poco de mí y miró a Gabriel, confundida.

—¿Qué plan? —preguntó.

Yo también miré a mi hijo mayor. ¿Qué plan?

Gabriel y Lucía intercambiaron una mirada. Era Lucía quien hablaba ahora.

—Bueno... —empezó, con una timidez que no le caracterizaba—. Nosotros... quiero decir, Gabriel y yo... bueno, y Marcos también al final... planeamos esto. La fiesta en la azotea. Dejaros solos. Empujaros un poco para que dejarais de ser cobardes.

—¿Planeasteis...? —repetí, incrédulo.

—Alianza secreta —confirmó Gabriel, sonriendo sin remordimientos—. Estábamos hartos de veros miraros como dos cachorros tristes. Alguien tenía que hacer algo.

Noa y yo nos miramos. Y entonces, no pude evitarlo. Me eché a reír. Una risa profunda, liberadora, que salió de mi pecho sin control.

—Sois unos sinvergüenzas —dije, pero sin enfado—. Unos conspiradores. ¿Desde cuándo?

—Desde que ella volvió —dijo Lucía, simplemente—. Desde que vimos cómo la mirabas, papá. Desde que vimos que nunca habías dejado de quererla.

El silencio que siguió fue denso, cargado de emoción. Noa tenía los ojos brillosos. Yo sentía un nudo en la garganta.

—Vamos a desayunar —dije finalmente, aclarándome la voz—. Y me contáis todo. Pero todo.

Empujamos el carrito hasta el salón de la suite.

Había café, zumo de naranja recién exprimido, croissants, fruta fresca, tortilla española.

Los chicos se sentaron en el sofá, Noa y yo en los sillones frente a ellos, envueltos en nuestros albornoces, sintiéndonos como adolescentes pillados por sus padres, aunque éramos nosotros los padres.

Mientras comíamos, Marcos miraba a su alrededor, a la suite, a nosotros, y sonreía.

—Ahora sí que es como en los viejos tiempos —dijo, con voz nostálgica—. Todos desayunando juntos. Bueno, no exactamente igual... —señaló nuestros albornoces—. Antes Noa venía de visita, no se quedaba a dormir. Pero el espíritu es el mismo.

—¿Y vas a quedarte? —preguntó Lucía de repente, mirando a Noa con una intensidad que me partió el corazón—. ¿O vas a volver a Madrid?

Noa dejó la taza de café en la mesa. Nos miró a todos, uno por uno. Luego sus ojos se posaron en mí, y vi la decisión en ellos.

—Por el momento me quedo —dijo, y su voz sonó firme, segura—. No sé qué pasará mañana. Pero hoy... hoy me quedo.

Sentí que el aliento regresaba a mis pulmones. No me había dado cuenta de que había estado conteniéndolo.

La cogí de la mano. Se la besé en los nudillos, mirándola a los ojos. Luego me incliné y la besé en los labios, suavemente, dulcemente, sellando la promesa.

Cuando nos separamos, nos quedamos mirando fijamente, perdidos el uno en el otro, olvidando que había tres testigos en la habitación.

Fue Gabriel quien rompió el hechizo.

—Que si queréis nos vamos —dijo, con voz casual, como si estuviera hablando del tiempo—. Y podéis encargarnos un hermano, que, por nosotros, no hay problema.

Noa abrió mucho los ojos. Se giró hacia Gabriel, incrédula.

—¿Estás loco? —exclamó, con la cara volviendo a ponerse roja.

—Yo con una hermana sería feliz —intervino Lucía, sonriendo ampliamente—. Estoy harta de tanta testosterona en mi vida. Marcos y Gabriel son unos cerdos, y papá... bueno, papá es papá. Necesito aliadas femeninas.

Todos nos reímos. Una risa conjunta, liberadora, que llenó la suite de luz y calor.

Terminamos el desayuno entre risas y bromas.

Los chicos se levantaron, y uno a uno fueron a abrazar a Noa.

Gabriel primero, con un abrazo fuerte, de hermano.

Luego Marcos, más torpe, más rápido. Y finalmente Lucía, que se quedó abrazada a ella durante largos segundos, susurrándole algo al oído que hizo que Noa sonriera con lágrimas en los ojos.

Luego vinieron a despedirse de mí. Cada uno me abrazó, y cada uno me susurró algo diferente al oído.

—Cuídala, papá. O te mato —le dijo Gabriel.

—Por fin, joder. Por fin —comentó Marcos.

—Gracias por ser feliz —dijo Lucía, sonriendo.

Y se fueron. Dejaron la suite con el carrito vacío, con sus risas resonando en el pasillo, dejándonos solos de nuevo.

Me giré hacia Noa. Estaba de pie junto a la ventana, con el albornoz abierto por arriba, dejando ver el escote, con el pelo todavía húmedo, con la luz de la mañana iluminándola como si fuera un ángel.

Caminé hacia ella. Le cogí la mano. La atraje hacia mí y la besé con pasión, con todo el amor que había guardado durante quince años, con toda la urgencia de quien sabe que el tiempo es precioso.

La cogí en brazos. Ella soltó un gritito sorprendido, pero enseguida envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, aferrándose a mí.

—¿Dónde me llevas? —preguntó, con voz traviesa, aunque ya sabía la respuesta.

Sonreí. Una sonrisa lenta, posesiva, llena de promesas.

—A buscar esa hermanita para nuestra Lucía —dije, y volví a besarla, caminando hacia el dormitorio.

Ella se apartó un poco, mirándome con los ojos abiertos.

—¿En serio? —preguntó—. No pensaba que fueras a ir tan rápido...

Me reí, un sonido profundo, feliz.

—Noa —dije, recostándola suavemente sobre la cama, quitándole el albornoz, devorándola con los ojos—. Después de quince años enamorado de ti, y de catorce años esperándote, no voy a perder más tiempo. Ni un segundo más.

La cubrí con mi cuerpo, sintiendo su piel contra la mía, su calor, su entrega.

—Lo del hijo es broma —añadí, besando su cuello, su clavícula, bajando hacia sus pechos—. Bueno, más o menos. Pero si llega... —la miré a los ojos—. Ya tengo edad suficiente como para no asustarme por ello. Y tú... tú serías una madre maravillosa.

La besé de nuevo, y mientras mis manos empezaban a acariciarla, mientras ella gemía suavemente bajo mí, mientras el sol de la mañana entraba a raudales por la ventana iluminando nuestra piel desnuda, tuve un pensamiento profundo.

Esta era mi vida. Esta era mi felicidad. No el hotel, no el dinero, no el éxito. Ella. Solo ella.

Y mientras la hacía el amor con esa hambre insaciable que ella despertaba en mí, mientras nuestros cuerpos se movían al unísono una vez más, supe que nunca, jamás, la dejaría ir.

Era mía. Y yo era suyo. Y juntos, finalmente, íbamos a construir todo lo que deberíamos haber construido hacía quince años.

El tiempo perdido no importaba. Solo importaba el tiempo que teníamos por delante.

Y eso, pensé mientras nos corrimos juntos una vez más, mientras ella gritaba mi nombre y yo vaciaba mi alma dentro de ella, eso era eternidad.