Capítulo 23
Noa
El despertar no fue gradual. No fue el despertar de siempre, ese lento retorno a la conciencia entre sábanas grises y el sonido distante del tráfico de Madrid. Este fue un estallido de sensaciones, un choque eléctrico que partió mi sueño en dos mitades irreconciliables.
Noté calor. Un calor húmedo, insistente, centrado entre mis piernas. Y movimiento. Una lengua que trazaba círculos lentos, deliberados, alrededor de mi clítoris, que ya estaba hinchado, sensible, despertando antes que el resto de mi cuerpo.
Gemí antes de poder abrir los ojos. Fue un sonido que salió de mi garganta sin permiso, un gemido ronco, de animal recién despertado.
—Buenos días —escuché su voz, profunda, ronca, vibrando contra mi piel.
Abrir los ojos fue un esfuerzo. La luz de la mañana entraba a raudales por los ventanales, dorada, cegadora, y por un segundo me sentí expuesta, vulnerable, desnuda bajo el sol.
Pero entonces le vi.
Álvaro estaba entre mis muslos, con la cabeza hundida en mi sexo, mirándome desde abajo con esos ojos verdes que brillaban con una mezcla de hambre y adoración. Tenía la barba incipiente de la mañana, áspera, sexy, marcando mi piel interior de mis muslos.
Y tenía un dedo dentro de mí.
Lo movía con lentitud, acariciando mi punto G con una precisión que me hizo arquear la espalda y golpear la almohada con los puños.
—Dios... Álvaro...
—Shhh —susurró, y su aliento caliente sobre mi sexo hizo que me estremeciera—. No hables. Solo siente. Déjame darte los buenos días como se merecen.
Y volvió a sumergirse.
Su lengua fue implacable. No fue suave, no fue tierno.
Fue voraz, devoradora, como si mi sexo fuera su único sustento y llevara años de hambre.
Succionó mi clítoris con fuerza, haciendo que mis piernas se cerraran involuntariamente alrededor de su cabeza, pero él las separó con las manos, manteniéndome abierta, expuesta, completamente a su merced.
El dedo dentro de mí aceleró el ritmo. Golpeteaba ese punto mágico una y otra vez, mientras su lengua giraba, lamiendo, mordisqueando, volviéndome loca.
—Por favor... —jadeé, agarrando las sábanas, sintiendo cómo se acercaba el orgasmo con una rapidez vertiginosa—. Álvaro, voy a...
No terminé la frase. Estallé.
Fue un orgasmo matutino, intenso, devastador.
Mi cuerpo se convulsionó sobre la cama, mis caderas se alzaron del colchón, y solté un grito que debió de oírse en toda la planta.
Él no se detuvo. Siguió lamiéndome, succionándome, prolongando cada espasmo hasta que estuve temblando, jadeante, completamente deshecha.
Cuando terminó, cuando el último temblor abandonó mi cuerpo, subió por mí como un depredador. Su boca brillaba con mi humedad, sus ojos brillaban con triunfo.
—Buenos días —repitió, sonriendo con malicia.
Lo alcancé por el cuello y lo atraje hacia mí. Nuestros labios se encontraron en un beso frenético, desesperado, saborizado con mi propio placer. Su lengua invadió mi boca y la devoré con la misma urgencia con la que él me había devorado a mí.
Sentí su miembro dura contra mi muslo, caliente, palpitante, exigiendo atención.
—Te necesito dentro —susurré contra su boca, arañando su espalda—. Ahora. No puedo esperar más.
No dijo nada. Solo me miró con fuego en los ojos y se posicionó entre mis piernas. Entró de una embestida, llenándome por completo, estirándome, poseyéndome.
Grité. No pude evitarlo. La sensación de estar llena de él, tan pronto después del orgasmo, era casi demasiado.
—Joder, estás apretada —gruñó, empezando a moverse con fuerza—. Tan caliente. Tan mía.
Nos movimos como animales. Él me penetraba una y otra vez, con golpes profundos que resonaban en mi vientre, mientras yo envolvía mis piernas alrededor de su cintura, empujándolo más adentro, pidiendo más.
Cambiamos de posición sin separarnos. Me puso a cuatro patas y me tomó desde atrás, agarrando mis caderas con fuerza, dejando marcas de sus dedos en mi piel.
Luego me giró, me levantó una pierna sobre su hombro y volvió a entrar, mirándome a los ojos mientras me follaba con una intensidad que me robaba el aliento.
—Mírame —ordenaba—. Mírame mientras te hago mía.
Nos corrimos juntos, como si nuestros cuerpos estuvieran sincronizados por algún mecanismo divino. Él gruñó mi nombre, vaciándose dentro de mí, y yo me contraje a su alrededor, sintiendo cada pulso, cada chorro, cada prueba de su posesión.
Colapsamos sobre las sábanas, sudorosos, jadeantes, enredados en una maraña de piernas y brazos que no queríamos deshacer.
—Dios —suspiré, con la cara hundida en su cuello, oliendo su piel, ese olor a sexo y a él que me volvía adicta—. ¿Qué hora es?
—Temprano —murmuró, acariciando mi espalda con pereza—. Muy temprano.
—¿Deberíamos levantarnos?
—Nunca —respondió, besando mi frente—. Quiero pasar el día aquí. Encerrado contigo. Sin salir de esta cama.
Reí, un sonido flojo, satisfecho.
—Vamos a morir de hambre —protesté débilmente.
—Imposible —dijo él, levantándose sobre un codo para mirarme a los ojos—. Por si lo has olvidado, soy el dueño de este hotel. Tenemos un excelente servicio de habitaciones. Podemos pedir lo que queramos. Desayuno, almuerzo, cena. Todo sin salir de aquí.
—Eso no es lo que quería decir —dije, sonriendo—. Quería decir que es imposible que tú, Álvaro Reyes, el hombre del control absoluto, el que trabaja doce horas al día, quieras pasar el día en la cama sin hacer nada productivo.
Él me miró con una intensidad que me detuvo el aliento.
—No entiendes, Noa —dijo, y su voz se volvió seria, profunda—. Cuando estoy contigo, no soy el mismo. El hotel, el trabajo, el control... todo eso desaparece. Tú eres lo único que importa. Tú eres mi productividad ahora. Mi única obligación es hacerte sentir bien.
Me besó entonces, pero no con lujuria, sino con ternura. Un beso suave, profundo, que decía cosas que las palabras no podían expresar.
—Voy a pedir el desayuno —dijo finalmente, levantándose de la cama con reluctancia—. ¿Qué quieres?
—Café —respondí—. Mucho café. Y algo dulce. Y fruta.
—Hecho —dijo, cogiendo el teléfono y marcando mientras caminaba desnudo hacia el escritorio.
Lo observé. Su espalda musculosa, sus nalgas firmes, la forma en que se movía con esa elegancia natural que tenía incluso desnudo. Era hermoso. Era mío.
Me levanté de la cama, sintiendo el dolor agradable de la noche anterior y la mañana, la sensación de haber sido usada, poseída, marcada. Fui hacia el baño, necesitando agua, necesitando refrescarme.
El baño era enorme, de mármol blanco, con una ducha de cristal que daba al mar. Abrí el grifo, ajustando la temperatura hasta que estuvo caliente pero no abrasadora, y entré bajo el chorro.
Apoyé las manos en la pared de azulejos fríos. Cerré los ojos. Dejé que el agua corriera por mi espalda, por mis pechos, entre mis piernas, limpiando el rastro de nuestra pasión.
Y suspiré. Un suspiro profundo, que salió de lo más hondo de mi ser.
Quince años. Quince años de amistad, de complicidad, de silencios cargados que nunca supe interpretar.
Quince años viéndolo como mi mejor amigo, como mi paño de lágrimas, como el hombre paciente que escuchaba mis miserias amorosas con Adrián, que me consolaba cuando otro me dejaba plantada, que nunca juzgaba mis errores.
Nunca pensé que sentiría esto con él.
Nunca imaginé que esos ojos verdes que me miraban con tanta paciencia escondían este fuego.
Que esas manos que me servían café los domingos podían hacerme sentir esto.
Que ese hombre tranquilo, serio, responsable, pudiera convertirse en este amante voraz, posesivo, capaz de hacerme perder la cabeza.
Suspiré de nuevo, sintiendo cómo el agua calentaba mi piel, cómo los recuerdos de la noche anterior se mezclaban con la realidad de la mañana.
Y entonces lo sentí. Un beso en mi cuello. Manos fuertes rodeándome por la cintura. Su cuerpo desnudo pegado a mi espalda, duro, cálido, ya excitado de nuevo.
—Te echaba de menos —susurró contra mi piel mojada—. Dos minutos fuera de tu vista y ya me moría.
Me giré entre sus brazos. El agua nos envolvió a los dos, creando una burbuja privada de vapor y deseo.
Nos miramos a los ojos. Y entonces lo vi. Realmente lo vi.
No al amigo de quince años atrás. No al hombre que conocía. Vi al amante. Vi al hombre que me amaba en silencio durante toda una década y media. Vi la intensidad de sus sentimientos, la profundidad de su deseo, la ternura mezclada con la lujuria.
Y supe que siempre había estado ahí. Que siempre había sentido esto por él, pero que lo había enterrado tan profundo que ni yo misma podía verlo. Que lo llamaba amistad cuando era amor. Que lo llamaba comodidad cuando era pasión. Que lo llamaba seguridad cuando era destino.
Me lancé a sus labios y lo besé con todo lo que tenía, con quince años de besos no dados, de caricias no compartidas, de amor no confesado. Mis manos bajaron entre nosotros, encontrando su miembro duro, y lo envolví con firmeza, empezando a masturbarlo bajo el chorro de agua.
Él gimió contra mi boca, un sonido que resonó en mi pecho.
—Joder, Noa...
—Tócame —susurré—. Quiero sentir tus manos en mí.
Obedeció. Sus dedos encontraron mi sexo, aún sensible, aún húmedo, y empezó a acariciarme con ritmo, mientras yo seguía moviendo mi mano sobre él, creando un ritmo sincronizado, un vaivén de placer mutuo.
Nos besamos con desesperación, con la lengua entrelazada, con los dientes rozándose, mientras nuestras manos nos llevaban al borde.
Pero no quería terminar así. Me separé de él, jadeante, y caí de rodillas sobre el suelo de la ducha.
—Noa...
—Shhh —dije, mirándolo desde abajo, con el agua cayendo sobre mi cara—. Quiero probarte. Quiero sentirte en mi boca.
Y lo tomé.
Era la primera vez que hacía esto con ganas. La primera vez que no lo hacía por obligación, o por devolver un favor, o porque me lo pedían. Con Álvaro era diferente. Con él quería darle todo el placer que pudiera. Quería adorarlo. Quería poseerlo de la forma más íntima posible.
Lo envolví con mis labios, sintiendo su sabor salado, su textura suave, su calor. Usé la lengua para acariciar la parte inferior de su glande, ese punto que sabía que le volvía loco, y lo escuché gemir, alto, sin control, mientras sus manos se hundían en mi pelo húmedo.
—Dios, Noa... eso es... no sabes lo que me haces...
Pensé en eso mientras lo succionaba. En que nunca antes había querido hacer esto. En que siempre había sido un acto mecánico, una transacción. Pero con él... con él quería quedarme allí para siempre. Quería que se corriera en mi boca, quería tragármelo, quería...
Pero él me detuvo. Me agarró por los hombros y me levantó con fuerza.
—No —gruñó, con los ojos brillantes de deseo—. No quiero correrme así. Quiero estar dentro de ti. Quiero sentirte alrededor de mí.
Me besó con una pasión que me cortó el aliento. Luego, sin separarse de mi boca, levantó una de mis piernas y la rodeó alrededor de su cadera. Me apoyó contra la pared de la ducha, el azulejo frío contra mi espalda caliente, y se posicionó entre mis piernas.
Entró de golpe y grité. El sonido resonó en el baño, amplificado por el eco del agua. Él empezó a moverse inmediatamente, con fuerza, sin piedad, embistiendo una y otra vez contra mi punto G, mientras el agua caía sobre nosotros, creando un ritmo primitivo, salvaje.
—Más —supliqué, agarrándome a sus hombros—. Álvaro, por favor, más fuerte...
Me obedeció. Me folló contra la pared con una fuerza que me dejó sin aliento, que hizo que mis piernas temblaran, que mi cabeza cayera hacia atrás golpeando suavemente los azulejos.
Sentía cada centímetro de él dentro de mí, cada embestida que resonaba en mi vientre, cada golpe de caderas que nos acercaba al abismo.
—Córrete conmigo —gruñó, acelerando el ritmo—. Ahora, Noa. Ahora.
Y nos corrimos.
Fue un estallido simultáneo, un fuego artificial de sensaciones. Mi cuerpo se contrajo violentamente, mis uñas se hundieron en su espalda, y sentí cómo él pulsaba dentro de mí, cómo me llenaba, cómo me marcaba como suya una vez más.
Se quedó quieto, jadeando, con la frente apoyada contra la mía, el agua cayendo sobre nuestros rostros unidos.
—Quince años —susurró, con voz rota, emocionada—. Quince años imaginando cómo sería, y es mil veces mejor de lo que nunca pensé. Eres perfecta para mí en todos los sentidos, Noa. Siempre lo pensé, pero ahora lo corroboro.
Me besó, un beso suave y profundo. Y mientras el agua seguía corriendo, mientras él seguía dentro de mí, mientras nuestros corazones latían al unísono, pensé en lo cierto que era.
Era perfecto. Él era perfecto. Nosotros éramos perfectos.
Y esta vez, no habría marcha atrás. No habría Madrid. No habría silencios. Solo esto. Solo nosotros. Solo para siempre.
Terminamos de ducharnos en silencio cómodo, intercambiando sonrisas perezosas, besos robados, caricias que no podíamos evitar. Salimos del baño envueltos en los albornoces blancos del hotel, con el pelo mojado, con la piel brillante, con el corazón lleno.
Álvaro fue hacia la puerta, donde alguien llamaba suavemente.
—Será el desayuno —dijo, sonriendo—. Justo a tiempo.
Abrió la puerta, todavía sonriendo, con la satisfacción del hombre que acaba de hacer el amor con la mujer que ama.
—¿Sí? —preguntó, con voz amable.
—Buenos días —respondió una voz femenina, joven, familiar.
Mi sangre se heló.
Álvaro se quedó quieto. Vi cómo se tensaba, cómo su sonrisa se borraba, cómo su cuerpo se ponía rígido.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó, y ahora su voz sonaba diferente, confundida, alarmada.
—Buenos días a ti también, papá —dijo Lucía, y su voz sonó clara, alegre, completamente ajena a la catástrofe que estaba causando.
Se había dado cuenta.
Me quedé quieta en el centro de la habitación, envuelta en el albornoz, con el pelo chorreando, con la cara enrojecida no solo por el sexo reciente sino por la vergüenza más absoluta que había sentido en mi vida.
Lucía estaba en la puerta. Detrás de ella, vi la silueta de Gabriel. Y de Marcos. Los tres hijos de Álvaro.
Y yo estaba allí, en albornoz, obviamente recién follada, con su padre, en albornoz, obviamente satisfecho. En la suite, a las nueve de la mañana.
Quise morirme. Quise que el suelo se abriera y me tragara. Quise teletransportarme a Madrid, a Australia, a Marte.
— Oh, Dios mío —susurré, sintiendo cómo el rubor subía por mi cuello, mi cara, hasta las puntas del pelo—. Voy a morir. Literalmente voy a morir de vergüenza.