Cuando volviste a mí Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

Abrí el bote. El aroma dulce de las almendras llenó la habitación. Vertí un poco en mis manos, calentándolo, y empecé a masajear su espalda. Masajes largos, profundos, relajándola, preparándola. Ella gemía suavemente, disfrutando del tacto, de la atención.

Pero mis manos no se quedaron ahí.

Bajé. Masajeé sus nalgas, separándolas suavemente, exponiendo ese punto que tanto deseaba. Vertí más aceite, esta vez directamente sobre su hendidura, viendo cómo el líquido corría, brillante, hacia su sexo y más allá.

—Álvaro... —jadeó, tensándose.

—Relájate —susurré, acariciando su sexo con una mano mientras con la otra empezaba a tocar su ano con suavidad—. Solo siente.

Empecé a jugar con ella. Con una mano acariciaba su clítoris, húmedo, hinchado, sensible. Con la otra, masajeaba su ano, presionando suavemente, haciendo círculos, preparándola. Introduje un dedo, apenas la punta, sintiendo cómo se tensaba, cómo se resistía.

—Respira —instruí, manteniendo la presión en su clítoris para mantenerla excitada—. Empuja hacia afuera. Confía en mí.

Lo hizo. Y mi dedo entró un poco más. Estaba caliente, apretada, increíblemente suave por dentro. Moví el dedo con suavidad, acostumbrándola, mientras mi otra mano la masturbaba con ritmo constante.

Ella empezó a gemir de nuevo, pero diferentes gemidos. Más profundos. Más sucios. Gemidos que salían de su vientre.

—Dios... eso es... es extraño... pero... Dios...

—¿Te gusta? —pregunté, introduciendo otro dedo en su vagina, llenándola por ambos lados, sintiendo cómo los separaba solo por una fina pared—. ¿Te gusta sentirme aquí? ¿En tus dos agujeros?

—Sí —jadeó, moviéndose contra mis manos—. Sí, Álvaro, por favor... no pares...

La prepare durante largos minutos. La llevé al borde del orgasmo con mis dedos en su vagina, luego retrocedí, luego volví a empujar. Hasta que estuvo frenética, hasta que su ano se abrió suficientemente, hasta que estuvo lista para mí.

Me posicioné detrás de ella. Vertí más aceite sobre mi miembro, masturbándome un par de veces, asegurándome de que estaba completamente lubricado. Coloqué la punta contra su entrada apretada.

—Dime que quieres esto —exigí, con voz ronca—. Dime que me quieres aquí.

—Te quiero —susurró ella, con voz temblorosa pero segura—. Quiero sentirte en todos lados. Quiero ser tuya por completo, Álvaro. Fóllame el culo. Por favor.

Esa palabra. Esa entrega.

Empujé.

Fue un avance lento, constante, exquisito. Ella gritó, un sonido entre dolor y placer, y me detuve, dándole tiempo de adaptarse, de respirar, de abrirse para mí.

—¿Estás bien? —pregunté, con la mandíbula tensa por el esfuerzo de contenerme.

—Sí... sí, sigue... es... es intenso... pero no pares...

Continué. Entré más profundo, centímetro a centímetro, hasta que estuve completamente dentro de ella, hasta que mis caderas rozaron sus nalgas. Nos quedamos quietos un momento, ambos jadeando, sintiendo la intensidad de la conexión.

—Dios, Noa... estás increíble —gruñí—. Tan apretada. Tan caliente.

—Muévete —suplicó ella—. Por favor, muévete. Necesito sentirte moverte dentro de mí.

Empecé a follarla. Movimientos lentos al principio, saliendo casi por completo y volviendo a entrar, sintiendo cómo se estiraba para recibirme, cómo se adaptaba a mí. Luego más rápido, más fuerte, estableciendo un ritmo que la hacía gritar en cada embestida.

Introduje dos dedos en su vagina, sintiendo mi propio miembro a través de la pared delgada, y ella perdió la cabeza.

—¡Dios, sí, eso es, eso es! ¡No pares, Álvaro, no pares!

La doble penetración la volvió loca. Sentía cómo se contraía a mi alrededor, cómo su cuerpo se preparaba para el orgasmo. Aceleré el ritmo, follando su culo con fuerza mientras mis dedos golpeaban su punto G desde dentro.

—Córrete, Noa —ordené—. Quiero sentirte correr con mi miembro en tu trasero y mis dedos en tu vagina. Quiero sentir cómo te deshaces, Noa. Ahora.

Y se corrió.

Fue un orgasmo devastador. Su cuerpo se convulsionó, sus piernas temblaron, y sentí cómo se empapaba, cómo chorreaba sobre mis dedos, cómo sus paredes internas palpitaban contra mí con una fuerza que casi me hizo explotar.

Pero no quería terminar ahí.

Salí de ella con cuidado, viendo cómo gemía de la pérdida. La giré de nuevo, poniéndola boca arriba, todavía atada. Volví a entrar en su sexo, ahora más húmedo que nunca, más receptivo, caliente como un horno.

—Mírame —exigí, tomando su cara entre mis manos—. Mírame mientras nos corremos juntos.

La penetré con fuerza, profundidad, amor y lujuria mezclados. Ella me miró a los ojos, y en esos ojos vi el universo entero. Ví pasado, presente y futuro. Ví amor absoluto. Ví hogar.

—Álvaro... voy a… no puedo...

—Juntos —gruñí, sintiendo cómo se acercaba mi propio final, cómo se tensaban mis testículos, cómo todo mi cuerpo se preparaba para el estallido—. Ahora, amor. Ahora.

Nos corrimos al unísono.

Fue una explosión cósmica. Sentí cómo ella se contraía a mi alrededor, cómo su cuerpo se arqueaba, cómo gritaba mi nombre. Y yo vacié dentro de ella, chorro tras chorro, llenándola, marcándola, poseyéndola en la forma más completa y absoluta.

Colapsé sobre ella, jadeante, sudoroso, temblando. Nos quedamos así durante largos minutos, conectados, fundidos, respirando el mismo aire.

Desaté las corbatas con manos temblorosas. Liberé sus muñecas, besando las marcas rojas que habían dejado, acariciándolas con ternura. Ella envolvió sus brazos alrededor de mí, hundiendo su cara en mi cuello, suspirando contra mi pecho con un sonido de satisfacción absoluta, de paz total.

La abracé fuerte, muy fuerte, como si temiera que fuera a desaparecer. Y mientras la sostenía, mientras sentía su corazón latir contra el mío, mientras el olor a sexo y a almendras y a nosotros llenaba la habitación, pensé en lo que realmente significaba esto.

Noa no era solo una amante. No era solo un capricho de verano. Era el amor de mi vida. La pieza que faltaba. La razón por la que había construido este hotel, esta vida, este mundo entero.

Y no iba a dejarla ir nunca más. No iba a permitir que se marchara a Madrid. No iba a permitir que otro hombre la tocara, que otro la hiciera reír, que otro ocupara el espacio que le pertenecía a ella en mi vida.

Era mía. Y yo era suyo. Y esta vez, no habría silencios, no habría miedos, no habría un casi.

Esta vez, la tendría para siempre. En mi cama, en mi vida, en mi corazón.

—No te vayas nunca —susurré contra su pelo, con voz ronca, emocionada—. Prométeme que no te irás.

Ella levantó la vista. Sus ojos brillaban con lágrimas no derramadas, pero sonreía. Esa sonrisa que iluminaba mi mundo.

—Nunca —prometió—. Ya no hay Madrid. Ya no hay nada. Solo esto. Solo tú.

La besé. Dulcemente. Profundamente. Con la promesa de eternidad sellada en nuestros labios.

Y mientras el amanecer empezaba a teñir el cielo de gris fuera de la ventana, supe que habíamos cruzado un punto de no retorno.

Y que nunca, jamás, volveríamos a estar separados.