Capítulo 22
Álvaro
No habíamos dormido. No podíamos. El cuerpo de Noa brillaba con un sudor fino bajo la luz de la luna que entraba por los ventanales, y yo la observaba desde la oscuridad, con la respiración aún agitada, con mi miembro ya duro de nuevo solo por verla respirar.
Estaba de espaldas a mí, con el pelo revuelto sobre la almohada, los labios entreabiertos, las sábanas apenas cubriendo sus caderas. Parecía una diosa pagana dispuesta en un altar. Y yo, su adorador, estaba dispuesto a sacrificar mi cordura una y otra vez sobre ese altar.
Me incorporé sobre el codo. La miré fijamente, memorizando cada curva, cada sombra, cada pequeña imperfección que la hacía real. Quince años había esperado para tener esto, y ahora que lo tenía, sentía un hambre insaciable que crecía con cada bocado, no se saciaba, solo se avivaba.
—¿No duermes? —murmuró ella, sin girarse, pero sonriendo. Sabía que la observaba.
—No puedo —respondí, y mi voz sonó áspera, peligrosa—. Estoy demasiado ocupado pensando en todas las formas en las que voy a follarte esta noche.
Ella se giró entonces. Sus ojos brillaron en la penumbra, oscuros, húmedos, llenos de esa misma lujuria que sentía yo.
—¿Todas? —preguntó, con voz traviesa, provocadora.
—Todas —confirmé, alcanzando mi corbata, que había quedado tirada sobre la silla junto a la cama—. Empezando por ahora.
La cogí de la muñeca antes de que pudiera reaccionar.
Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendidos pero excitados.
Con habilidad rápida, amarré su mano derecha al cabecero de la cama con un nudo firme pero suave, que no apretara pero que no pudiera soltar.
Luego la izquierda, extendiéndola hacia el otro lado, abriéndola para mí, inmovilizándola, exhibiéndola.
—Álvaro... —jadeó, tirando suavemente de las ataduras, probando su resistencia.
—Shhh —susurré, colocándome entre sus piernas, besando su vientre, subiendo lentamente hacia sus pechos—. Déjate hacer. Esta noche eres mía para jugar contigo como quiera.
Ella se retorció, pero no para escapar. Era un movimiento de entrega, de ofrecimiento. Estaba expuesta, vulnerable, completamente a mi merced. Y esa idea me volvía loco.
Bajé por su cuerpo, dejando un rastro de besos húmedos, mordiscos posesivos, marcas que mañana recordarían quién la había poseído.
Llegué a su sexo, ya húmedo, brillante, abierto para mí como una flor carnal.
La miré desde allí, desde entre sus muslos, y vi cómo ella me observaba con los ojos vidriosos, con la respiración entrecortada.
—Voy a devorarte —advertí, y no era una amenaza, era una promesa.
Y cumplí.
Sumergí mi cara en ella con una urgencia animal. Mi lengua la recorrió de arriba abajo, saboreándola, perdiéndome en su sabor, en su calor, en su esencia. Ella gritó, un sonido agudo que resonó en la suite, y sus caderas se arquearon contra mi boca, buscando más presión, más contacto, más de todo.
—Dios, Álvaro... ¡sí, por favor, no pares!
No paré. La tomé con la boca con una devoción que rozaba la locura.
Succioné su clítoris, lo acaricié con la punta de la lengua, lo mordisqueé suavemente mientras mis dedos se hundían en ella, buscando ese punto que la volvería loca.
Encontré su punto G y presioné, masajeé, golpeteé con los dedos mientras mi boca seguía torturando su clítoris.
Ella se volvió frenética. Tiraba de las corbatas, arqueaba la espalda, gemía sin control, sin pudor. Era la imagen más erótica que jamás había visto: mi Noa, atada a mi cama, perdiendo la cabeza por mi boca, entregándome su placer como un regalo sagrado.
Se corrió contra mi lengua con una violencia que me sorprendió.
Su cuerpo se tensó como un arco, sus piernas se cerraron alrededor de mi cabeza, y soltó un grito ronco, gutural, que sonó a mi nombre.
La sentí contraerse, palpitar, inundarme con su esencia mientras yo seguía lamiéndola, prolongando su orgasmo, no dejándola bajar del pedestal.
Cuando terminó, jadeante, deshecha, levanté la vista. Tenía los ojos cerrados, el pecho subiendo y bajando agitadamente, las mejillas sonrojadas.
—Eso ha sido... —empezó, sin aliento.
—El primero —interrumpí, limpiándome la boca con el dorso de la mano, mirándola con hambre renovada—. Vamos por el segundo.
—Álvaro, no puedo... es demasiado...
—Puedes —corté, y volví a sumergirme en ella.
Esta vez fui más lento, más torturador. Usé solo la lengua, trazando círculos lentos, evitando su clítoris hinchado hasta que ella suplicó, hasta que me rogó, hasta que sus palabras se convirtieron en un balbuceo incoherente de «por favor» y «más» y «te necesito».
Entonces, y solo entonces, la hice mía de nuevo, succionando con fuerza, llevándola al borde y dejándola caer una y otra vez, hasta que estuvo llorando de placer, hasta que su cuerpo no pudo más y explotó en otro orgasmo que la dejó temblando incontrolablemente.
La miré desde abajo, con la barba húmeda de ella, con el corazón desbocado. Estaba hermosa. Destrozada. Mia.
—Por favor... —susurró ella, mirándome con ojos suplicantes—. Ahora quiero... quiero darte placer a ti.
Me incorporé sobre las rodillas. Mi miembro estaba duro como el hierro, palpitando contra mi vientre, goteando con la excitación contenida. Noa la miró con hambre, con la lengua saliendo para humedecerse los labios.
—Suéltame —pidió—. Quiero tocarte. Quiero saborearte.
Negué con la cabeza, sonriendo con malicia.
—No. Te quiero así. Inmovilizada. Pero puedes usar tu boca. Muéstrame lo que quieres.
Me acerqué a su cabeza, arrodillándome junto a ella. Ella giró el rostro hacia mí, abrió la boca ansiosa, y cuando guié mi miembro hacia sus labios, los cerró alrededor de mí con un gemido de satisfacción.
Dios. Su boca era un infierno de placer. Cálida, húmeda, perfecta. Se movió sobre mí con entusiasmo, con desesperación, intentando tomar todo mi largo hasta que la punta tocó su garganta.
La vi ahogarse ligeramente, con los ojos llorosos, pero no se detuvo. Usó su lengua para acariciar la parte inferior de mi glande, ese punto sensible que me volvía loco, y succionó con fuerza, creando un vacío perfecto.
Mis manos se hundieron en su pelo, no para guiarla, sino para agarrarme a algo, para no perder el equilibrio. Mirarla así, atada, con mi miembro entre sus labios, con sus ojos mirándome con adoración mientras me devoraba, era casi demasiado. Sentí que me acercaba al borde demasiado rápido.
—Para —gruñí, retirándome de su boca con esfuerzo—. No quiero correrme ahí. Quiero estar dentro de ti.
Ella gimió de frustración, pero asintió, jadeando.
—Fóllame, Álvaro. Por favor. Necesito sentirte.
Me posicioné entre sus piernas. Estaba empapada, abierta, lista. Pero antes de entrar, la miré a los ojos.
—¿Estás segura? —pregunté, aunque mi cuerpo temblaba de necesidad.
—Nunca he estado más segura de nada —respondió ella—. Hazlo. Poséeme. Hazme tuya.
Y la penetré.
Fue un deslizamiento perfecto, un ajuste divino. Gemimos al unísono, un sonido de alivio y tensión. Empecé a moverme con fuerza, con profundidad, embistiendo una y otra vez, sintiendo cómo ella se estiraba para recibirme, cómo sus paredes me acariciaban, cómo su cuerpo se rendía ante el mío.
—Más fuerte —gritó ella—. ¡Más fuerte, Álvaro!
La cogí por las caderas, inclinándola para penetrarla más profundo, buscando ese ángulo que la volvería loca. La encontré, y ella gritó, un sonido estridente de placer absoluto. Mantuve ese ritmo, golpeando contra su punto G una y otra vez, sintiendo cómo se tensaba, cómo se acercaba.
Se corrió con fuerza, contrayéndose a mi alrededor con espasmos violentos que casi me arrastraron consigo. Pero me contuve. Quería más. Quería todo.
Salí de ella lentamente, viendo cómo gemía de protesta. Pero no había terminado. Estaba lejos de terminar.
—A cuatro patas —ordené, desatando una de sus muñecas para poder girarla, pero volviendo a amarrarla inmediatamente en la nueva posición.
La puse de rodillas, con la cara hundida en la almohada, las manos extendidas hacia el cabecero, el culo en alto, ofreciéndome la vista más erótica imaginable. Su sexo brillaba, húmedo, abierto. Pero mis ojos se fijaron en algo más. En ese pequeño agujero apretado entre sus nalgas.
Tocó allí con el dedo, apenas rozando, y ella se tensó.
—Álvaro...
—Shhh —susurré, acariciando su espalda, calmándola—. Confía en mí. ¿Alguna vez has estado aquí? ¿De verdad?
Ella dudó, con la respiración agitada.
—Una vez... —confesó, avergonzada—. Hace años. Con un amante. Pero... no me gustó. Dolió. Fue... desagradable.
Me reí, un sonido suave, no de burla sino de promesa.
—Eso es porque ese tipo no tenía ni puta idea de lo que hacía —murmuré, besando su columna vertebral, bajando lentamente hacia ese punto—. Voy a mostrarte cómo debe ser. Voy a hacerte sentir cosas que nunca imaginaste. Pero necesito que confíes en mí. ¿Confías?
—Sí —susurró ella, temblando—. Confío en ti, Álvaro. Siempre.
La besé en la espalda, en las nalgas, acariciando su piel con ternura y lujuria mezcladas. Luego me levanté de la cama. Vi su ceño fruncido cuando me alejé, la protesta en sus labios.
—No te muevas —ordené—. Vuelvo enseguida.
Fui al baño. Busqué en los armarios del hotel hasta encontrarlo: un bote de aceite corporal de almendras, caro, suave, perfecto para lo que tenía en mente. No era lubricante sexual, pero serviría. Serviría para prepararla, para abrirla, para hacerla mía de la forma más completa posible.
Mientras caminaba de regreso, mirando el bote en mis manos, pensé en ella.
En Noa. En que esta mujer iba a ser mía para siempre, en todos los sentidos.
No solo su corazón, no solo su mente, sino su cuerpo completo, cada centímetro de su piel, cada secreto, cada sombra.
No iba a dejar que se marchara nunca más.
No de mi cama, no de mi vida, no de mi lado.
Regresé. La encontré exactamente donde la había dejado, obediente, esperando, confiada.
—Eres perfecta —murmuré, subiendo a la cama detrás de ella.