Cuando volviste a mí Capítulo 21
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Capítulo 21

Álvaro

La boda del futbolista se estaba convirtiendo en un desastre antes de empezar. Escuché a Diego hablar sin parar, vi las cifras en rojo, asentí donde debía asentir y firmé el cheque que pedían para contratar a más camareros de urgencia. Pero mi mente estaba en la azotea. Con ella.

—Álvaro, ¿me estás escuchando? —Diego me tocó el brazo, preocupado.

—Sí. Doble personal de cocina, cambio en el menú de los entrantes, y hablas con el DJ para que no ponga reguetón durante la ceremonia —recité mecánicamente, ya caminando hacia la puerta—. Resuélvelo tú, Diego. Confío en ti.

—Pero ¿dónde vas? ¡La boda es mañana!

—Tengo algo más importante —murmuré, y salí del despacho antes de que pudiera verme correr.

Caminé por los pasillos con paso decidido, casi rompiendo a trotar.

El corazón me golpeaba contra las costillas como un preso que quiere salir.

Quince años. Quince años esperando este momento, y ahora que estaba a punto de tenerlo, el universo conspiraba para separarnos con urgencias de catering y problemas de protocolo.

Pero ya no más.

Subí las escaleras de la azotea de dos en dos. Empujé la puerta de cristal. Y allí estaba.

La vi antes de que ella me viera.

Estaba de pie junto a la barra, riendo de algo que había dicho Marcos, con una copa en la mano que giraba sin beber.

Lucía estaba a su lado, iluminada por las luces de las velas, y Gabriel les contaba alguna historia con sus manos en el aire.

Los cuatro juntos. Mi familia. Y ella en el centro, como siempre debió estar.

El aire se me cortó en la garganta.

Fue como viajar en el tiempo. De repente no estaba aquí, sino catorce años atrás.

Un domingo cualquiera. Ella venía a casa con su bolsa de magdalenas, y los niños se le tiraban encima como cachorros hambrientos.

Yo la observaba desde la cocina, fingiendo revisar papeles, mientras ella reía con ellos en el salón, mientras les leía cuentos, mientras convertía mi casa fría en un hogar solo con su presencia.

La misma escena. Los mismos rostros. Solo que ahora los niños eran adultos, y yo ya no era el hombre asustado que se quedaba en la cocina. Ahora sabía lo que quería. Y no iba a quedarme quieto.

Noa levantó la vista.

Nuestros ojos se cruzaron a través del espacio.

Su sonrisa se amplió. Una sonrisa que empezó en los labios, pero llegó hasta los ojos, iluminándolos de esa manera que me volvía loco desde el primer día.

Vi cómo se sonrojaba, cómo mordisqueaba su labio inferior con los dientes, cómo apartaba la mirada un segundo para volver a encontrarme, más intensa, más provocadora.

Dios, esa mirada.

Era la mirada de una mujer que sabía que iba a ser poseída. La mirada de quien ha tomado una decisión tan antigua como el tiempo. Y en ese instante, sentí algo romperse dentro de mí. La última cadena. La última reserva. El último miedo.

Esta noche, o nunca.

Me acerqué. Los chicos me vieron llegar. Gabriel dejó de hablar. Marcos se enderezó. Lucía sonrió con complicidad.

—Os la robo un momento —dije, sin ceremonias, extendiendo la mano hacia Noa.

Ella me miró, sorprendida pero no tanto. En sus ojos vi un desafío, una pregunta, una respuesta.

—¿Un momento? —preguntó, con voz traviesa.

—Toda la noche —corregí, y mi voz sonó grave, posesiva, inevitable.

Cogí su mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una naturalidad que me erizó la piel. La atraje hacia mí, sintiendo su cuerpo cálido contra el mío por un segundo fugaz que prometía eternidad.

—Vamos —susurré contra su oído, oliendo su perfume, esa mezcla de vainilla y algo cítrico que me volvía loco.

No preguntó adónde. No dijo nada. Solo dejó que la guiara entre la gente, atravesando la azotea, bajando las escaleras, caminando por pasillos donde el mundo se reducía a la palma de su mano en la mía y el sonido de nuestra respiración agitada.

El hotel estaba lleno de gente, pero no vimos a nadie.

Subimos al ascensor privado que llevaba a las suites.

Mis manos temblaban ligeramente cuando introduje la tarjeta de acceso.

El número 101. La suite que nadie ocupaba nunca.

Mi santuario. Mi refugio de noches en vela mirando hacia su casa, preguntándome si ella también miraba hacia aquí.

La puerta se abrió, entramos, y el silencio nos envolvió como un manto. La ciudad brillaba a través de los ventanales panorámicos, pero no encendí las luces. La luz de la luna y el resplandor lejano del paseo marítimo eran suficientes. Suficientes para verla. Para devorarla con los ojos.

Cerré la puerta con llave y el clic sonó definitivo en la habitación.

Noa se giró hacia mí. Estábamos a dos metros de distancia. El espacio se contraía y expandía con cada respiración. Podía ver cómo subía y bajaba su pecho, cómo sus ojos brillaban en la penumbra, cómo se humedecía los labios.

—Álvaro... —empezó, con voz ronca.

No dejé que terminara.

Cerré la distancia en dos zancadas. La tomé entre mis brazos con una fuerza que bordeaba la violencia, pero era solo desesperación. Quince años de hambre. Quince años de sueños frustrados. Y ahora, por fin, su cuerpo contra el mío, real, tangible, caliente.

Nuestros labios se encontraron con un choque que resonó en mi cráneo.

Fue un beso que no pedía permiso. Un beso que tomaba, que reclamaba, que decía mía en cada movimiento de lengua, en cada mordisco, en cada jadeo.

La empujé contra la pared, atrapándola entre el cristal frío y mi cuerpo ardiente.

Mis manos se hundieron en su pelo, tirando suavemente, inclinando su cabeza para acceder mejor a su boca, para saborearla, para perderme en ella.

Ella gemía. Sonidos ahogados que vibraban contra mis labios. Sus manos se aferraron a mi camisa, arrancando botones en su desesperación por tocarme, por sentir mi piel.

—Te he esperado tanto —murmuré contra su cuello, besando su mandíbula, mordiendo su clavícula, dejando un rastro de fuego en su piel—. Demasiado. No voy a esperar más.

—No esperes —jadeó ella, arqueándose contra mí—. Tómame. Ahora.

Esa palabra hizo que perdiera el control.

La cogí en brazos. Ella soltó un grito ahogado que se convirtió en risa nerviosa, pero sus ojos brillaban con una lujuria que me volvía loco.

La llevé hasta el dormitorio, dejándola caer sobre la cama de dosel con suavidad, pero ella me arrastró consigo.

Nos revolcamos sobre las sábanas de seda, enredados en piernas y brazos, arrancándonos la ropa con una urgencia primitiva.

Su vestido se deslizó por su cuerpo como agua, dejando al descubierto piel dorada por el sol. Yo me deshice de mi camisa rasgada, de los pantalones, hasta quedar desnudo frente a ella, jadeando, mirándola como un hombre hambriento mira un banquete.

Ella estaba desnuda ante mí. Perfecta. Real. Más hermosa de lo que había imaginado en mil noches de fantasía.

—Eres perfecta —susurré, arrodillándome en el borde de la cama.

—Ven aquí —pidió ella, extendiendo los brazos.

Pero yo tenía otros planes. Quería saborearla. Devorarla. Adorarla.

Separé sus piernas con suavidad, pero con firmeza. Ella jadeó, sorprendida, cuando besé el interior de sus muslos, subiendo lentamente, dejando que mi aliento caliente anticipara mi boca. Podía oler su excitación, ese aroma embriagador que me hacía perder la cabeza.

—Álvaro... —gimió, cuando mi lengua rozó su centro.

La tomé con la boca con una devoción que me sorprendió a mí mismo. Quería darle placer, sí, pero también quería poseerla de la forma más íntima posible. Quería que sintiera mi lengua en cada fibra de su ser, que olvidara donde terminaba ella y donde empezaba yo.

Mis manos agarraron sus caderas, manteniéndola quieta mientras lamía, succionaba, jugaba con ella. Ella se retorcía sobre las sábanas, agarrando los cabeceros, arqueando la espalda. Sus gemidos llenaban la habitación, música gutural, primitiva, auténtica.

—Dios, Álvaro... no pares... por favor...

No paré. La llevé más alto, más rápido, encontrando el ritmo perfecto con mi lengua, presionando justo donde sabía que la volvería loca. Sentí cuando empezó a tensarse, cuando sus muslos se cerraron alrededor de mi cabeza, cuando sus manos se hundieron en mi pelo tirando, guiando, suplicando.

Se corrió con un grito que debió de oírse en toda la planta. Un orgasmo que la sacudió de arriba abajo, que la dejó temblando, jadeante, con los ojos vidriosos y la boca abierta en una "o" perfecta de placer.

La miré desde entre sus muslos. Vi ese brillo en sus ojos, esa mezcla de incredulidad y éxtasis, y supe que nunca, jamás, dejaría de querer ver esa mirada.

—Eso... eso era solo el aperitivo —murmuré, subiendo por su cuerpo, besando su vientre, sus pechos, su cuello.

Ella rio, un sonido ebrio, satisfecho, pero con hambre todavía.

—Ven —susurró, abriendo las piernas para recibirme—. Quiero sentirte dentro. Ahora. Sin esperar más.

Me posicioné entre sus muslos y la miré a los ojos mientras guiaba mi miembro hacia su entrada. Estaba empapada, lista y caliente como el fuego.

—Mírame —ordené, con voz ronca—. No cierres los ojos. Quiero verte cuando te haga mía.

Y entré.

Fue como volver a casa. Un calor perfecto, un ajuste perfecto, una conexión que trascendía lo físico. Nos gemimos al unísono, un sonido de alivio y placer mezclados. Estaba dentro de ella, finalmente, después de quince años de sueños frustrados.

—Dios, Noa... eres increíble —gruñí, empezando a moverme.

Establecí un ritmo intenso desde el principio. No había tiempo para suavidad, para delicadeza. Necesitaba poseerla, marcarla, hacerla mía de una vez por todas. Cada embestida era una declaración. Cada golpe de caderas decía te quiero, te necesito, no te vayas nunca.

Ella respondía con la misma urgencia. Sus uñas arañaban mi espalda, sus piernas se enroscaban alrededor de mi cintura, empujándome más adentro. Nos movíamos como una sola criatura, sudorosos, desesperados, sin aliento.

—Más fuerte —gemía ella—. Álvaro, por favor, más fuerte...

La obedecí. La cogí por las caderas, inclinándola para penetrarla más profundo, buscando ese punto que la haría gritar de nuevo. La cambié de posición, poniéndola a cuatro patas, y entré desde atrás con una fuerza que la hizo jadear.

—Eres mía —gruñí, agarrando su pelo, tirando suavemente para que arqueara la espalda—. Mía por fin.

—Soy tuya —jadeó ella, mirándome por encima del hombro con ojos vidriosos—. Siempre he sido tuya. Fóllame, Álvaro. Fóllame como si no hubiera mañana.

Esas palabras, esa entrega… Perdí cualquier resto de control.

La poseí con una ferocidad que duró minutos que parecían horas.

Cambiamos de posición una y otra vez. Ella encima, cabalgándome con los pechos rebotando frente a mi cara, que mordí y succioné sin piedad.

Yo encima, mirándola a los ojos mientras la penetraba lentamente, profundamente, sintiendo cada centímetro de su interior.

De lado, con una pierna levantada, permitiéndome llegar a lugares que la hacían gemir sin control.

El placer era cegador. No solo físico, sino emocional. Cada mirada, cada roce de manos, cada beso robado en medio del caos decía cosas que las palabras no podían expresar. Estaba haciendo el amor con ella, sí, pero también estaba reclamando quince años de ausencia, de silencio, de noches vacías.

—Me voy a correr —avisó, temblando—. Álvaro, córrete conmigo...

—Juntos —gruñí, acelerando el ritmo, sintiendo cómo se tensaba mi propio cuerpo, cómo se acercaba el punto de no retorno—. Ahora, Noa. Ahora.

Y nos corrimos juntos.

Fue un estallido. Un tsunami. Un big bang particular. Ella gritó mi nombre, contrayéndose a mi alrededor con una fuerza que me arrastró consigo. Yo vacié dentro de ella con un gemido gutural, ronco, animal, llenándola, marcándola, poseyéndola en la forma más primitiva y verdadera.

Colapsamos juntos sobre las sábanas, jadeantes, sudorosos, enredados en una maraña de piernas y brazos que no queríamos deshacer.

El silencio volvió, pero ahora era diferente. Era el silencio de la paz. De la realización.

La miré. Estaba despeinada, sonrojada, con los labios hinchados por mis besos, los ojos brillantes. Nunca había visto nada más hermoso.

—Eso... —empezó ella, con voz rota.

—Eso ha sido solo el principio —interrumpí, besando su frente, su nariz, sus labios con ternura ahora, no con urgencia, pero con la misma intensidad—.

No voy a dejarte salir de esta habitación en toda la noche, Noa.

Voy a tomarte una y otra vez, hasta que no recuerdes cómo es no sentirme dentro de ti.

Hasta que tu cuerpo lleve grabado mi nombre.

Hasta que sepas, con absoluta certeza, que eres mía y que yo soy tuyo.

Ella cerró los ojos, sonriendo con una satisfacción que iluminó toda la habitación.

—Prometido —susurró.

La abracé fuerte, sintiendo su corazón latir contra el mío, sincronizados por fin.

Y mientras la besaba de nuevo, mientras mi cuerpo ya empezaba a despertar para la segunda ronda, pensé en lo que realmente significaba esto. No era solo sexo. No era solo pasión contenida durante años.

Era el comienzo. El comienzo de todo.

La mujer que amaba estaba en mis brazos, finalmente, sin miedos, sin barreras.

Y mientras el mundo giraba fuera de esas cuatro paredes, mientras el hotel seguía su ritmo y la vida continuaba, nosotros estábamos aquí, en nuestro refugio, construyendo el futuro que deberíamos haber tenido desde siempre.

Noa era mi hogar. Mi paz. Mi pasión. Y esta noche, por fin, era mía.

Del todo. Para siempre.