Capítulo 20
Noa
La invitación había llegado de forma inesperada. Una nota escrita a mano por Lucía, dejada en mi buzón esa misma mañana.
«Fiesta privada en la azotea del hotel. Al atardecer. Ven. Por favor.»
No había mencionado a Álvaro. Pero no necesitaba hacerlo. Sabía que él estaría allí. Era su hotel, su reino, su vida.
Me vestí con cuidado. No demasiado elegante, porque no quería parecer que me había esforzado, pero tampoco descuidada.
Un vestido de verano color ámbar, sandalias planas, el pelo suelto cayéndome por la espalda.
Me miré en el espejo antes de salir y vi a una mujer que no reconocía del todo: los ojos brillantes, las mejillas sonrojadas, una expectativa que no podía disimular.
Llevaba una semana desde la noche en el banco. Una semana de silencios incómodos, de miradas que se cruzaban y se apartaban, de mensajes de Lucía que insistían en que fuera al hotel, de llamadas de Álvaro que cortaba antes de que pudiera contestar.
Una semana de fuego contenido.
La azotea del Hotel Bahía Esmeralda era incluso más impresionante de lo que imaginaba.
Un espacio abierto de cristal y madera, con sofás blancos distribuidos en rincones íntimos, velas flotando en cuencos de agua, y una barra de madera iluminada donde un camarero preparaba cócteles con destreza.
Pero lo que robaba el aliento era la vista: el mar extendiéndose hasta el infinito, teñido de naranjas y rosas por el atardecer, como si alguien hubiera vertido pintura líquida sobre el agua.
La música sonaba baja, jazz suave que se mezclaba con el murmullo de las conversaciones. Había unas treinta personas, quizás cuarenta: amigos de los hermanos Reyes, empleados del hotel, algunos rostros famosos que reconocí de la televisión.
Pero yo solo buscaba uno.
—Noa.
Me giré. Era Gabriel, con una sonrisa que intentaba parecer casual pero que traicionaba nerviosismo.
—Gracias por venir —dijo, besándome en la mejilla—. Lucía está obsesionada con que pruebes el cóctel especial. Dice que tiene tu nombre.
—¿Mi nombre?
—El «Noa» —dijo, y se rio—. Es mezcla de vodka, maracuyá y algo más que no recuerdo. Dulce, pero con chispa. Como tú.
Arqueé una ceja, divertida.
—¿Me estás tomando el pelo?
—Nunca —dijo, y su expresión se volvió seria un segundo—. Estoy contento de que estés aquí. De que estés... de vuelta.
Antes de que pudiera responder, Lucía apareció de entre la multitud, tirando de mi mano.
—Ven —dijo, casi sin aliento—. Te enseño la terraza. Es el mejor sitio para ver el atardecer.
Me dejé llevar. A través del espacio, entre grupos de gente que reía y bebía, entre el humo de los cigarros y el perfume de las flores que decoraban la barra. Lucía caminaba rápido, demasiado rápido, como si tuviera prisa por llegar a algún sitio.
Y entonces lo vi.
Estaba de pie junto a la barandilla de cristal, con la espalda hacia nosotros, mirando el mar. Llevaba una camisa blanca de lino, remangada hasta los codos, y pantalones oscuros. El pelo revuelto por el viento. Una copa en la mano que no bebía, simplemente sostenía.
Mi corazón se detuvo.
Gabriel me soltó la mano.
—Ve —susurró—. Yo... tengo que hablar con el DJ.
Y desapareció antes de que pudiera protestar.
Me quedé sola a metros de él. La música seguía sonando, y sentí que esa canción parecía escrita para momentos como este. La gente pasaba a mi alrededor, pero de alguna manera, había un círculo invisible de silencio a mi alrededor, un espacio vacío que solo esperaba ser llenado.
Di un paso hacia él. Luego otro.
El suelo de madera crujía suavemente bajo mis sandalias. El viento del mar traía el olor a sal y a verano. Y el sol, Dios, el sol se estaba poniendo en ese preciso instante, tiñendo todo de un dorado imposible que hacía que el mundo pareciera irreal.
—Álvaro —dije, y mi voz sonó extrañamente segura.
Se giró. Y en sus ojos vi el reflejo del atardecer, pero también algo más. Algo que me detuvo el aliento.
—Noa —dijo, y la forma en que pronunció mi nombre fue como una caricia—. No sabía que vendrías.
—Yo tampoco —admití, acercándome hasta quedar a su lado en la barandilla—. Lucía insistió.
—Lucía —repitió, y una sonrisa tensa cruzó su rostro—. Sí. Lucía ha estado muy... insistente últimamente.
Nos miramos. Y en ese segundo, en ese instante suspendido entre el día y la noche, supe que algo había cambiado desde el banco. Que la semana de silencio no había sido vacía, sino llena de decisiones tomadas en silencio.
—¿Has evitado mis llamadas? —preguntó de repente, directo.
—Sí —confesé, sin avergonzarme—. Necesitaba... espacio. Para pensar.
—¿Y has pensado?
—Demasiado —dije, y me reí, un sonido breve, nervioso—. He pensado hasta el agotamiento. He hecho listas de pros y contras. He intentado ser racional, práctica, sensata.
—¿Y?
—Y he fracasado —dije, mirándolo a los ojos—. Porque no hay racionalidad posible cuando se trata de ti. De nosotros. De esto.
El silencio que siguió fue denso, cargado, eléctrico. Álvaro dejó su copa en la barandilla y se volvió hacia mí completamente.
—Noa —dijo, y su voz era un susurro que competía con el viento—. Si te digo lo que siento, si abro esta puerta, no habrá vuelta atrás. Y no quiero presionarte. No quiero...
—¿Qué? —interrumpí, acercándome un paso más—. ¿Qué no quieres?
—No quiero que te vayas otra vez —dijo, y la vulnerabilidad en su voz me destrozó—. No quiero construir algo contigo si vas a desaparecer en dos semanas. No quiero... no quiero sobrevivir a tu ausencia otra vez.
Estábamos tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas de sus ojos, el temblor de su labio inferior, la forma en que su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas.
—¿Y si me quedo? —susurré—. ¿Y si esta vez no me voy?
—¿Te quedarías? —preguntó, y en su voz había una esperanza tan frágil que temí romperla—. ¿Por mí? ¿Por esto?
—Me quedaría —dije, y era la verdad más pura que había dicho nunca—. Pero necesito que tú también te quedes. Que no huyas. Que no te escondas detrás de tu trabajo, de tu hotel, de tu control.
Se movió. Un paso hacia mí. Y otro.
El espacio entre nosotros se redujo a casi nada. Podía sentir el calor de su cuerpo, oler su colonia, escuchar su respiración entrecortada.
—No voy a huir —dijo, y su mano subió para acariciar mi mejilla—. No esta vez.
La música cambió. Una melodía lenta, sensual, que parecía envolvernos.
—Baila conmigo —susurró Álvaro.
—¿Aquí? —pregunté, mirando a mi alrededor—. ¿Ahora?
—Aquí —confirmó—. Ahora. Antes de que algo o alguien nos interrumpa. Antes de que el mundo vuelva a colocarse entre nosotros.
Posó sus manos en mi cintura. Yo puse las mías en sus hombros. Y empezamos a movernos, lentamente, sin dejar de mirarnos a los ojos, en medio de la azotea llena de gente que de repente parecía no existir.
Era como flotar. Como estar suspendidos en el aire, en el tiempo, en ese preciso instante donde todo es posible. La luz dorada del atardecer nos envolvía, convirtiendo nuestras siluetas en sombras alargadas que se confundían en el suelo de madera.
—Te quiero —susurró Álvaro, y la frase cayó entre nosotros como una piedra preciosa—. Te he querido durante quince años. Te querré otros quince. Y otros quince más. No hay fecha de caducidad para esto, Noa. No hay lógica. No hay control.
—Yo también te quiero —dije, y las palabras salieron como un alivio, como una liberación—. Siempre te he querido. Solo que era demasiado cobarde para verlo. Demasiado estúpida para elegir lo que realmente importaba.
Nos detuvimos de bailar. Estábamos quietos, en el centro de la azotea, con el mar de fondo y el cielo ardiendo en naranja y rosa.
—Entonces elígeme —dijo Álvaro, y su frente rozó la mía—. Ahora. Elígeme a mí.
—Te elijo —susurré—. Te elijo siempre.
Se inclinó. Lentamente, dándome tiempo de apartarme, de retroceder, de cambiar de opinión.
Pero no me aparté.
Cerré los ojos.
Y esperé.
Sus labios estaban a centímetros de los míos. Podía sentir su aliento, cálido, a whisky, a promesas. El mundo se había detenido. No había música, no había gente, no había pasado ni futuro. Solo nosotros. Solo este momento. Solo el beso que llevábamos quince años esperando.
—¡Álvaro!
La voz nos separó como un latigazo. Saltamos hacia atrás, desorientados, como despertando de un sueño profundo.
Diego, el director de operaciones del hotel, apareció en la escalera que subía a la azotea, con una expresión de urgencia que no admitía demora.
—Lo siento —dijo, sin aliento—. Es la boda de mañana. Ha habido un problema con el catering. Necesitan hablar contigo ahora. Es urgente.
Álvaro lo miró. Luego me miró a mí. Y vi la guerra en sus ojos: el deber contra el deseo, la responsabilidad contra el amor, el hombre que era contra el hombre que quería ser.
—Ve —dije, antes de que pudiera decidir—. Es tu trabajo. Es importante.
—Noa...
—Ve —repetí, con una sonrisa forzada—. Estaremos bien. Tenemos tiempo.
Pero mientras decía eso, supe que era mentira. Que el tiempo era el enemigo. Que cada interrupción, cada obligación, cada "urgencia" era el universo conspirando para mantenernos separados.
Álvaro me miró una última vez. Y en sus ojos vi todo lo que no habíamos dicho, todo lo que estábamos a punto de construir, todo el amor que habíamos desperdiciado y que ahora, finalmente, estábamos a punto de reclamar.
—No me vayas a esperar —dijo, medio en broma, medio en serio.
—Nunca —mentí.
Se fue, y me quedé sola en la azotea.
La música seguía sonando, ahora una canción animada que no reconocía. La gente seguía riendo, bebiendo, celebrando. El sol se había puesto completamente, dejando solo un resplandor púrpura en el horizonte.
Caminé hasta la barandilla. Apoyé las manos en el cristal frío. Miré el mar, ahora negro, insondable, misterioso.
Y susurré, para mí misma, para el viento, para las estrellas que empezaban a asomar:
—Esto no debería estar pasando...
Pero estaba pasando.
Y a pesar del miedo, a pesar de las dudas, a pesar de la voz en mi cabeza que gritaba que era demasiado tarde, que éramos demasiado diferentes, que el daño estaba hecho...
Sonreí.
Porque por primera vez en quince años, sentía que estaba exactamente donde debía estar.
En el lugar correcto. Con la persona correcta. Aunque el universo conspirara para mantenernos separados un poco más.