Cuando volviste a mí Capítulo 17
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Capítulo 17

Noa

El banco estaba exactamente donde lo recordaba.

Esa tabla de madera gastada por el sol y la sal, pintada de verde hace tanto tiempo que el color se había convertido en un susurro.

Estaba situado en un pequeño mirador apartado del paseo principal, oculto entre dos pinos que resistían el viento marino con terquedad andaluza.

Álvaro me había llevado allí en silencio. Habíamos caminado desde el puerto, separados por unos centímetros de aire que vibraban con electricidad, sin tocarnos, sin hablar, como si cualquier contacto o cualquier palabra pudiera desencadenar una reacción en cadena irreversible.

Ahora estábamos sentados en el banco, mirando el mar. La noche había caído completamente, y el agua se había vuelto negra, reflectante, un espejo roto por las luces de los barcos pesqueros que regresaban al puerto.

—Este lugar —dije finalmente, rompiendo el silencio que se había vuelto insoportable—. No había vuelto desde...

—Desde aquella noche —terminó él, y su voz sonó ronca, lejana—. La noche antes de que te fueras.

Asentí. No necesitaba describirla. La recordaba con una claridad que me dolía: estábamos sentados exactamente aquí, con el frío de noviembre calándonos los huesos, y él me había dicho que Madrid me haría bien. Que necesitaba alejarme. Que era lo correcto.

Y yo, estúpida, ciega, había creído que me estaba despidiendo de un amigo. No sabía que estaba abandonando al hombre que me amaba en silencio.

—¿Por qué me trajiste aquí? —pregunté, sin girarme hacia él.

Álvaro tardó en responder. Lo sentí moverse a mi lado, ajustándose en el banco, cruzando las piernas, descruzándolas. Nervioso. Inquieto. Nada que ver con el hombre de control absoluto que dirigía un imperio hotelero.

—Porque aquí —dijo finalmente— es el único lugar donde siempre he podido decirte la verdad.

Me giré. Lo miré. Y en su perfil iluminado por la luz lejana de un faro vi algo que me detuvo el aliento: vulnerabilidad. Álvaro, siempre tan seguro, tan imperturbable, tenía los labios apretados y las manos entrelazadas con fuerza entre las rodillas.

—Entonces habla —susurré—. Dime la verdad. Por una vez.

La conversación empezó educada. Demasiado educada.

—¿Cómo es Madrid? —preguntó, con una cortesía que sonó falsa, forzada.

—Gris —respondí, automática—. Como te dije antes.

—¿Y el trabajo? ¿Te gusta?

—Me gusta. Es ordenado. Predecible.

—¿Y la vida? ¿Tienes... amigos?

—Algunos. Compañeros de trabajo. No es lo mismo que...

Me detuve. No quería decir "que esto". No quería admitir que mi vida en Madrid era un simulacro, una representación de la adultez que no sentía del todo.

—¿Que qué? —insistió él, girándose hacia mí.

—Nada —murmuré, mirando de nuevo al mar—. No importa.

El silencio volvió, pero ahora era diferente. Cargado. Pesado. Lleno de palabras que ninguno de los dos se atrevía a pronunciar.

—He visto a Adrián —dijo Álvaro de repente, y su voz cambió, se volvió más dura, más áspera.

Sentí que el corazón se me detenía.

—Álvaro, yo...

—No tienes que explicarme —interrumpió, levantando una mano—. No es asunto mío. Tú eres libre de ver a quien quieras. De besar a quien quieras.

—No lo besé —espeté, con más fuerza de la que pretendía—. Él me besó. Y yo me aparté. Y tú... tú lo viste todo, ¿verdad?

Nos miramos. Y en sus ojos verdes vi un torbellino de emociones: celos, dolor, confusión, algo parecido a la esperanza.

—Lo vi —admitió, y la confesión le costó—. Y quise matarlo. Quise cruzar esos metros y romperle la cara. Quise...

Se detuvo. Respiró hondo. Y cuando habló de nuevo, su voz temblaba.

—Pero no tengo derecho. No tengo derecho a sentirme traicionado. No tengo derecho a los celos. Porque nunca fuimos nada, ¿verdad? Nunca te dije lo que sentía. Nunca te pedí que te quedaras. Nunca...

—Nunca me elegiste —terminé por él, y las palabras salieron más amargas de lo que quería—. Eso es lo que ibas a decir. Que nunca me elegiste.

Álvaro se quedó quieto. Muy quieto. Como si le hubiera golpeado.

—No —dijo finalmente, con voz apenas audible—. Eso no es verdad. Te elegí cada día. Cada maldito día durante quince años. Pero elegirte en silencio no es lo mismo que elegirte en voz alta. Y yo... yo era cobarde.

La conversación se volvió incómoda. No, peor: se volvió peligrosa.

—¿Por qué nunca dijiste nada? —pregunté, y mi voz sonó acusadora, herida—. ¿Por qué me dejaste ir si me querías?

—¿Por qué te fuiste si yo te importaba? —replicó él, y ahora también había rabia en su tono—. ¿Por qué nunca llamaste? ¿Por qué nunca escribiste? ¿Por qué desapareciste de nuestras vidas como si nunca hubieras existido?

—Porque me dolía —grité, y el sonido se perdió en el viento del mar—.

Porque verte, verte a ti, siendo tan bueno, tan paciente, tan perfecto, mientras yo me moría por un imbécil que no me quería...

era demasiado. Porque cada vez que te veía, sabía que estaba enamorada de ti.

Y sabía que era demasiado tarde. Que ya te había perdido.

Que nunca me habías mirado de esa manera.

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el mar pareció contener la respiración.

Álvaro me miraba con una intensidad que me quemaba. Sus ojos brillaban, demasiado brillantes, y vi que tenía las manos temblorosas.

—¿Has dicho...? —empezó, y su voz se quebró.

—No —susurré, retrocediendo, aterrada de lo que acababa de confesar—. No he dicho nada. Olvídalo. Estoy confusa. Es el pasado. Es...

—No —dijo él, y se movió.

Se inclinó hacia mí. Demasiado cerca. Podía oler su colonia, su piel, el miedo y la esperanza mezclados en su aliento.

—Has dicho que estabas enamorada de mí —repitió, y cada palabra cayó entre nosotros como una piedra pesada—. ¿Eso es cierto? ¿Lo estás? ¿Lo estabas?

No respondí. No podía. Porque decir la verdad era abrir una puerta que quizás no pudiera cerrar. Y decir que no era una mentira que me destrozaría.

—Noa —insistió, y su mano se posó sobre la mía en el banco.

Era un tacto simple. Dos manos, una sobre otra. Pero sentí la electricidad recorrer mi cuerpo desde las yemas de los dedos hasta el corazón, un circuito cerrado de deseo contenido durante demasiado tiempo.

—No deberíamos... —empecé.

—¿Qué? —preguntó, acercándose más—. ¿Qué no deberíamos hacer?

—Esto —susurré—. Hablar así. Estar así. Porque si empezamos, si decimos lo que realmente sentimos, no hay vuelta atrás. Y yo... yo no sé si puedo. No sé si estoy preparada para...

—¿Para qué? —su voz era un susurro contra mi mejilla. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su piel—. ¿Para ser feliz? ¿Para dejar de huir? ¿Para dejar de tener miedo?

Cerré los ojos. El mundo se redujo a su presencia, a su voz, a la mano que ahora entrelazaba sus dedos con los míos con fuerza, como si temiera que fuera a escapar.

—Álvaro —dije, y mi voz sonó extraña, rota, viva—. Yo...

—Dime —susurró, y ahora su frente casi tocaba la mía—. Dime lo que sientes. Aunque sea terrible. Aunque sea imposible. Aunque sea...

—Os he estado buscando por todas partes.

La voz nos separó como un latigazo. Saltamos hacia atrás, soltándonos las manos como si nos hubieran quemado.

Lucía estaba de pie a metros de distancia, con una linterna en la mano, con el pelo revuelto por el viento, con una expresión que no supe leer. Parecía preocupada. O quizás algo más.

—Lucía —dije, con la voz todavía temblorosa—. ¿Qué... qué haces aquí?

—Te he llamado mil veces —dijo, acercándose—. Tu móvil está apagado. He ido a la casa, no estabas. He ido al hotel, tampoco. Finalmente he pensado en este sitio. El banco del que siempre habla papá. El banco donde...

Se detuvo. Miró a su padre. Miró a mí. Y vi que entendía. Que veía nuestros rojos sonrojados, nuestras posturas incómodas, el aire cargado entre nosotros.

—¿Os interrumpo? —preguntó, y su tono era extraño, demasiado maduro para sus diecisiete años.

—No —dijimos los dos al unísono, demasiado rápido, demasiado fuerte.

Lucía nos observó. Y en sus ojos verdes vi que sabía exactamente lo que había interrumpido. Que había llegado en el momento preciso en que estábamos a punto de cruzar una línea que quizás no deberíamos cruzar. O que quizás deberíamos haber cruzado hacía quince años.

—Vale —dijo finalmente, encogiéndose de hombros con una naturalidad forzada—. Entonces os llevo a casa. Los dos parecéis muertos de frío.

Se dio la vuelta, empezando a caminar hacia el paseo.

Álvaro y yo nos miramos. Y en su mirada vi la frustración que sentía, el deseo de terminar lo que habíamos empezado, la necesidad de decir lo que el silencio había guardado durante demasiado tiempo.

Pero también vi algo más. Algo que me aterrorizó e ilusionó por igual.

Vi que ya no había vuelta atrás. Que la verdad, aunque no dicha, ya estaba en el aire. Y que el fuego que conteníamos estaba a punto de quemarlo todo.