Cuando volviste a mí Capítulo 18
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Capítulo 18

Lucía

No podía dormir. Estaba tendida en la cama, mirando el techo, con el ventilador girando sobre mi cabeza y haciendo que las sombras de la habitación bailaran como fantasmas. Pero no eran fantasmas lo que me impedía conciliar el sueño.

Eran ellos. Mi padre y Noa estaban en el banco.

Esa noche había visto algo que no podía ignorar, aunque quisiera. Algo que iba más allá de la nostalgia, más allá de la amistad recuperada, más allá de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.

Me incorporé en la cama, apoyándome en los codos.

Desde mi ventana se veía el jardín, oscuro ahora, salvo por la luz de la luna que iluminaba el limonero.

Mi padre estaba abajo. Lo había oído llegar hacía media hora, después de dejar a Noa en su casa.

No se había ido directamente a la cama. Estaba en el jardín, como tantas noches últimamente, fumando un cigarro que no se permitía fumar durante el día, mirando hacia la dirección de la villa de los Souto.

Sabía que la estaba mirando. Aunque no pudiera verla desde allí, sabía que su mente estaba en esa casa, con esa mujer.

Y yo... yo estaba dividida.

Desde que Noa había vuelto, había estado observando. No podía evitarlo. Era como si alguien hubiera encendido una luz en una habitación que llevaba catorce años a oscuras, y de repente todo era visible, demasiado visible, demasiado brillante.

Mi padre había cambiado. No en cosas grandes, no en gestos evidentes. Había cambiado en pequeñas cosas que solo yo, que había pasado mi vida estudiándolo como un mapa del tesoro, podía notar.

Se vestía diferente. No más elegante, no más informal.

Solo... más cuidadoso. Como si cada mañana, al elegir la camisa, pensara en quién la vería.

Se afeitaba con más frecuencia. Se ponía colonia los fines de semana, cuando antes solo lo hacía para ir al hotel.

Y sonreía más. Esa sonrisa triste que tenía desde siempre, esa que parecía pesarle en la cara, se había vuelto... diferente. Más ligera. Más genuina.

Pero también se angustiaba más. Lo veía en las noches, cuando creía que dormíamos. Lo oía pasear por el pasillo, detenerse frente a la ventana del salón, suspirar. Lo veía mirar el teléfono con una intensidad que rayaba en la obsesión, esperando algo, temiendo algo.

Y luego estaba Noa.

Ella también había cambiado desde que llegó.

La primera vez que la vi, en el jardín de su casa, parecía perdida, abrumada, como un pájaro que había entrado por la ventana equivocada y no sabía cómo salir.

Pero a medida que pasaban los días, algo en ella se afirmaba.

No era solo que se acostumbrara a Marbella.

Era que se acostumbraba a nosotros. A mi padre.

Y la forma en que lo miraba...

Recordaba esa mirada. La recordaba de cuando era pequeña, aunque entonces no sabía interpretarla.

Recordaba cómo Noa se quedaba quieta cuando mi padre entraba en la habitación, cómo su cara se iluminaba de una manera especial, cómo dejaba de prestar atención a lo que estuviera haciendo para centrarse solo en él.

De niña pensaba que era porque mi padre era el centro de todo, el sol alrededor del que girábamos todos. Ahora entendía que era algo más. Que era amor. El tipo de amor que se disfraza de amistad porque tiene miedo de ser nombrado.

Me levanté de la cama. Necesitaba agua. O necesitaba moverme. O necesitaba pensar en voz alta, aunque fuera solo para mí misma.

Bajé las escaleras descalza, evitando los peldaños que chirriaban —el segundo y el cuarto—, siguiendo el camino invisible que había memorizado desde los cinco años para escapar a la cocina a medianoche sin despertar a nadie.

Mi padre estaba en el jardín, como esperaba.

No me oyó llegar. Estaba sentado en el banco de piedra que había junto al limonero, con la mirada perdida en algún punto del horizonte donde el cielo se encontraba con el mar.

Tenía un vaso de whisky en la mano —otra señal, nunca bebía solo en casa— y la postura encorvada de quien lleva un peso demasiado grande.

Quise acercarme. Quise sentarme a su lado y preguntarle: "¿Papá, estás enamorado de Noa?" Quise que me lo dijera, que me lo confirmara, que me permitiera hablar de ello en voz alta.

Pero no me atreví.

Porque también tenía miedo. Miedo de que dijera que sí. Miedo de que dijera que no. Miedo de descubrir que llevaba toda mi vida esperando algo que quizás nunca pasaría.

Me quedé en la sombra del porche, observándolo. Y por primera vez, vi a mi padre no como el hombre invencible que siempre había sido para mí, sino como un ser humano. Frágil. Solo. Enamorado de una mujer que quizás no le correspondía, o que quizás sí, pero tenían demasiado miedo para admitirlo.

Y sentí algo que no esperaba: rabia.

Rabia contra el tiempo. Rabia contra el pasado.

Rabia contra mi madre, que se había ido y nos había dejado incompletos.

Rabia contra Noa, que se había ido también, que nos había abandonado cuando más la necesitábamos.

Rabia contra mi padre, que nunca había luchado por ella, que se había quedado quieto mientras la vida se llevaba a la mujer que amaba.

Pero, sobre todo, rabia contra mí misma. Porque yo también me había quedado quieta. Porque yo también había dejado que pasaran los años sin decir lo que sentía, sin pedir lo que necesitaba.

Volví a mi habitación sin que me viera. Cerré la puerta con cuidado y me dejé caer contra ella, respirando agitadamente.

Tenía que hacer algo. No podía seguir siendo espectadora de mi propia vida, de la vida de mi padre, de esta historia que se estaba escribiendo a mi alrededor sin mi permiso.

Pero ¿qué podía hacer?

No era una niña. A mis diecisiete años sabía que no podía forzar a dos adultos a enamorarse, o a confesar su amor, o a dejar de tener miedo.

Pero también sabía, porque lo había leído en mil novelas, porque lo había visto en películas, porque lo intuía en mi propio corazón, que a veces la gente solo necesitaba un empujón.

Un pequeño empujón en la dirección correcta.

El problema era que no sabía cuál era la dirección correcta.

¿Debería animar a mi padre a que se declarara?

¿Debería hablar con Noa, decirle que mi padre la ama, obligarla a enfrentarse a sus sentimientos?

¿O debería dejarles en paz, dejar que la naturaleza siguiera su curso, aceptar que si estaban destinados a estar juntos, el universo se encargaría de unirlos?

La última opción me parecía cobarde. Y yo no quería ser cobarde. No más.

Pero tampoco quería traicionar a mi padre.

Ni a Noa. Había algo sagrado en lo que había visto esa noche en el banco, algo íntimo que no me pertenecía.

Si intervenía, ¿estaría violando ese espacio?

¿Estaría arriesgándome a que se cerraran definitivamente, avergonzados, obligados a enfrentar algo que aún no estaban listos para enfrentar?

Me acosté de nuevo, pero el sueño seguía siendo imposible.

Miré el techo, pensando en todas las veces que Noa me había cantado para dormir.

En todas las veces que mi padre me había mirado con esa mezcla de amor y tristeza que ahora entendía: me amaba a mí, pero también me veía a ella en mí.

En mi forma de reír, en mi obsesión por los Beatles, en mi manera de inclinar la cabeza cuando pensaba.

Eran ellos. Los dos. Siempre habían sido ellos, aunque yo no lo supiera.

Y yo... yo era testigo de un amor que nunca se consumó. De una historia inacabada. De un casi que se prolongó durante décadas.

No quería seguir siendo testigo de un casi. Quería ser testigo de un sí. De un por fin. De un siempre.

Sonó el despertador a las siete de la mañana, aunque no había dormido. Lo apagué con violencia y me quedé mirando el techo, con los ojos irritados y la cabeza pesada.

Había tomado una decisión.

No podía hacer esto sola. Necesitaba aliados. Necesitaba a alguien que viera lo que yo veía, que entendiera lo que estaba en juego, que me ayudara a decidir el mejor camino.

Y solo había una persona que podía ser ese aliado.

Gabriel.

Mi hermano mayor. El único que sabía, o intuía, tanto como yo. El único que también recordaba a Noa, que también la había echado de menos, que también había visto a nuestro padre sufrir en silencio durante años.

Era domingo. Gabriel vendría a almorzar, como todos los domingos. Pero no podía esperar hasta entonces. Necesitaba hablar con él ahora.

Saqué el móvil y le escribí.

Lucía: Necesito verte. Es urgente. En una hora en Villa Carmen. No le digas a nadie.

La respuesta llegó en segundos.

Gabriel: ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo?

Lucía: Sí. O sea, no. Es sobre papá. Y Noa. Y algo que he descubierto. Por favor, ven.

Gabriel: Voy de camino.

Me levanté de la cama y me miré en el espejo. Tenía ojeras que competían con las de mi padre, el pelo revuelto, una expresión de determinación que no reconocía.

Había elegido intervenir.

No sabía cómo. No sabía si funcionaría. No sabía si estaba haciendo lo correcto o cometiendo el error más grande de mi vida.

Pero al menos ya no sería una espectadora. Sería la directora de esta escena.

Y si el universo no se iba a encargar de unir a esos dos idiotas enamorados, entonces yo me encargaría. O moriría en el intento.

Estaba esperando en el jardín cuando Gabriel llegó. Venía en su coche, con la misma cara de preocupación que había tenido desde que Noa volvió. Como si también él sintiera que algo grande estaba a punto de pasar.

Se bajó del coche y corrió hacia mí.

—Lucía —dijo, agarrándome de los hombros—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo con papá?

—No —dije, y luego rectifiqué—. Bueno, sí. Pero no es lo que piensas. No es un accidente, ni una enfermedad, ni...

—Entonces ¿qué?

Respiré hondo. Miré a mi hermano, a esos ojos verdes que eran iguales a los de nuestro padre, a los de Noa, a los míos.

—Es sobre Noa —dije—. Y papá. Y el amor.

Gabriel parpadeó. Y luego, lentamente, una sonrisa empezó a dibujarse en su rostro.

—¿Tú también lo has visto? —preguntó.

—¿Tú también? —repetí, sorprendida.

—Lucía —dijo Gabriel, sentándose en el escalón de la terraza y tirando de mí para que hiciera lo mismo—.

He visto a papá mirarla. He visto cómo se le ilumina la cara cuando dice su nombre.

He visto cómo se queda quieto cuando ella entra en una habitación, como si el mundo se detuviera. Hasta Marcos lo nota.

—Yo también —susurré, sentándome a su lado—. Pero es más que eso, Gabriel. Es... es como si siempre hubieran estado enamorados. Como si nosotros, Marcos, tú y yo, hubiéramos crecido en el espacio vacío de un amor que nunca se atrevió a ser.

Gabriel asintió, grave.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó.

Y en esa pregunta, en ese vamos, sentí que ya no estaba sola. Que tenía un aliado. Que juntos, quizás, podíamos empujar al universo en la dirección correcta.

—No lo sé —admití—. Pero tengo una idea. Una locura. Algo que podría funcionar... o podría arruinarlo todo.

Gabriel me miró. Y en sus ojos vi la misma determinación que sentía yo.

—Cuéntame —dijo.

Y empecé a hablar. Mientras el sol de la mañana iluminaba el jardín donde una vez Noa nos cantaba canciones de los Beatles, mientras el limonero movía sus hojas con la brisa, mientras nuestro padre dormía arriba, agotado por una noche de amor no confesado, le conté a mi hermano el plan.

Un plan que podría unirlos definitivamente. O separarlos para siempre.

Pero que, al menos, terminaría con los casi. Con los quizás. Con los nunca. Y empezaría, por fin, con el ahora.