Capítulo 16
Álvaro
Me quedé inmóvil. Esa fue mi primera reacción. El instinto de supervivencia, quizás. O la costumbre de quince años de contenerme, de tragarme las emociones, de convertirme en un hombre de piedra cuando todo dentro de mí gritaba.
Vi el beso.
Vi su mano en su mejilla. Vi la inclinación de su cuerpo hacia él. Vi la cercanidad que solo pueden tener dos personas que comparten un pasado íntimo.
Y a pesar de todo, a pesar de que mi cabeza —esa cabeza racional, sensata, de cuarenta y siete años— me decía que no tenía derecho a sentirme traicionado, que nunca habíamos sido nada, que ella era libre de besar a quien quisiera...
Mi cuerpo no escuchaba.
Mi cuerpo sentía como si alguien le hubiera clavado un cuchillo en el estómago y lo retorciera con deliberada crueldad.
Me dolía respirar. Me dolía ver. Me dolía existir en un mundo donde Noa podía ser besada por otro hombre mientras yo estaba a metros de distancia, paralizado, inútil.
Adrián.
Conocía ese nombre. Lo había escuchado en susurros durante años, en conversaciones a media noche, en confidencias que ella me hacía creyendo que yo era solo su amigo.
Adrián, el hombre que la tenía en un cajón.
Adrián, el que nunca la elegía del todo, pero tampoco la dejaba ir.
Adrián, el fantasma que había perseguido mi amor por ella como una sombra alargada.
Y ahora estaba aquí. En carne y hueso. En mi ciudad. Besando a mi... a la mujer que amaba.
No tenía derecho a llamarla "mi". Eso lo sabía. Pero el conocimiento no calmaba la tormenta.
Cerré los ojos. Intenté respirar. El aire olía a sal y a nafta, a noches de verano que se terminaban, a oportunidades perdidas. Apreté los puños hasta que los nudillos se volvieron blancos, hasta que sentí que las uñas se clavaban en la palma.
Control.
Era mi mantra. Mi religión. El control me había salvado cuando Patricia se fue. Me había mantenido cuerdo cuando tuve que criar a tres hijos solo. Me había permitido construir este hotel, este imperio de cristal y orden, mientras por dentro me desmoronaba.
Pero ahora, frente a esta escena, el control se resquebrajaba.
Abri los ojos. Ellos seguían allí. Noa se apartaba, se limpiaba la mejilla con rabia. Vi su gesto, violento, desesperado, y algo dentro de mí se alivió un milímetro. No quería que la besara. No se había quedado quieta por placer, sino por parálisis.
Pero el alivio duró poco. Porque Adrián seguía sonriendo, seguía hablando, seguía ocupando el espacio que yo debería ocupar.
Y yo seguía aquí, al final del muelle, invisible, inexistente.
Intenté razonar. Era lo que hacía mejor, después de todo. El hombre de los números, de las cifras, de los balances que siempre cuadraban.
Nunca fuimos nada, me dije. Nunca tuvimos una relación. Nunca le dije lo que sentía. Ella nunca me prometió nada. Ni siquiera sabía que la amaba.
Por tanto, no tenía derecho a estos celos. No tenía derecho a sentir que me traicionaba. No tenía derecho a querer atravesar esos metros de madera y empuñar a ese hombre contra el barco más cercano.
Pero el corazón —ese órgano estúpido, irracional, que nunca había entendido de lógica— latía con una furia que me mareaba.
La quería.
La había querido desde que tenía veinte años y venía a mi casa los domingos con magdalenas de supermercado.
La había querido cuando me contaba sus problemas con Adrián, y yo escuchaba, y por dentro moría un poco cada vez que decía su nombre.
La había querido cuando se fue, cuando dejó de llamar, cuando construyó una vida en la que yo no cabía.
Y la quería ahora, cuando la veía enfrentarse a su pasado con una valentía que yo no tenía.
Un flashback llegó, imprevisto y cruel.
Ella tenía veintiún años. Estábamos en mi coche, aparcados frente a su casa, y ella lloraba. Adrián la había dejado plantada otra vez, una excusa más, una mentira más. Y yo, estúpido, cobarde, la consolaba. Le pasaba un pañuelo. Le decía que merecía algo mejor.
— Tú eres lo mejor que me ha pasado —dijo Noa entonces, con la voz rota por los sollozos—. Tú siempre estás aquí. Siempre me escuchas. Siempre...
Se detuvo. Me miró. Y por un segundo, un segundo que duró una eternidad, vi algo en sus ojos. Una pregunta. Una posibilidad. Una puerta entreabierta.
Y yo no empujé.
Me quedé quieto, con el pañuelo en la mano, mientras ella se secaba las lágrimas y sonreía con tristeza.
— Eres el mejor amigo del mundo, Álvaro —dijo.
Y en ese momento supe que había perdido. Que la había perdido. Que mi silencio había sido más elocuente que mil palabras de amor.
Volví al presente. Noa se alejaba de Adrián, caminando rápido hacia donde yo estaba. Hacia mí.
Mi corazón se detuvo. Luego aceleró.
No me había visto. Estaba demasiado ocupada huyendo de su pasado como para notar que su futuro —o lo que yo quería que fuera su futuro— estaba de pie a metros de distancia, con el corazón en la mano.
Adrián se quedó atrás, con esa sonrisa que quería borrar de su rostro a golpes.
Y yo tuve que tomar una decisión.
Podía quedarme quieto. Dejarla pasar. Dejarla ir. Volver a mi hotel, a mi vida ordenada, a mi soledad segura. Podía seguir siendo el hombre de control, el hombre de piedra, el hombre que nunca arriesgaba.
O podía moverme.
Podía dejar de ser espectador de mi propia vida. Podía dejar de huir. Podía, por primera vez en quince años, decir la verdad.
El cuerpo decidió antes que la mente.
Di un paso adelante. Luego otro. Sentí que las piernas me temblaban, que la sangre resonaba en mis oídos, que el mundo se estrechaba hasta convertirse solo en ella, en su figura que se acercaba, en su rostro que ahora, alzando la vista, me veía.
Nuestros ojos se encontraron.
Y en los suyos vi el reflejo de todo lo que sentía. Confusión. Miedo. Esperanza. Preguntas que no sabía formular.
—Álvaro —susurró, deteniéndose a dos metros de mí.
—Noa —dije, y mi voz sonó extraña, rota, viva.
No supe qué más decir. No supe cómo empezar. No supe si debía mencionar lo que había visto, si debía preguntar quién era él, si debía confesar que me moría de celos, que me moría de amor, que me moría de haber esperado tanto tiempo.
Pero no necesité decir nada. Porque ella dio el paso que faltaba, se lanzó hacia mí y me abrazó.
Con fuerza. Con desesperación. Con una necesidad que yo comprendía perfectamente porque la compartía.
—Lo siento —susurró contra mi pecho, con la voz ahogada—. Lo siento, lo siento, no es lo que parece, él apareció de la nada, yo no quería...
—Shhh —dije, y mis brazos la cerraron contra mí, finalmente, después de quince años de espera—. No hables. No digas nada.
Pero ella se separó un poco, levantó la vista, y sus ojos brillaban con lágrimas que no caían.
—Tengo que hablar —dijo—. Tengo que explicarte...
—No —interrumpí, y esta vez mi voz salió firme, segura, decidida—. No tienes que explicarme nada. No me debes nada. Pero yo... yo tengo que decirte algo. Ahora. Esta noche. Antes de que sea demasiado tarde.
La miré. Realmente la miré. Y vi que ella también tenía miedo. Que ella también había estado esperando. Que ella también sabía que estábamos en un punto de inflexión, en un momento que definiría el resto de nuestras vidas.
—Álvaro...
—No digas nada —repuse, tomando su mano entre las mías—. Solo... solo ven conmigo. Déjame llevarte a algún sitio. Déjame hablar. Déjame, por una vez en mi vida, decir todo lo que nunca dije.
Ella me miró. Y en sus ojos vi que entendía. Que sabía. Que llevaba años esperando esto tanto como yo.
Asintió. Y en ese momento, mientras el mar rompía contra los muelles y las estrellas empezaban a asomar en el cielo de agosto, supe que el control había terminado.
Que la verdad comenzaba.
Y que, fuera lo que fuera lo que pasara después, al menos ya no sería un espectador de mi propia vida.
Sería el protagonista. O moriría en el intento.