Cuando volviste a mí Capítulo 15
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Capítulo 15

Noa

El puerto olía a sal marina y a nafta, esa mezcla que siempre había asociado con el final del verano, con las despedidas, con las cosas que se terminan. Caminaba por el muelle con pasos lentos, sin rumbo, intentando que el aire nocturno calmara el tumulto que llevaba dentro desde que dejé el hotel.

Desde que dejé a Álvaro.

Desde que nos interrumpieron otra vez.

Lucía me había dejado en casa hacía una hora, con excusas de tener que estudiar para un examen que sospechaba que era inventado.

Me había quedado sola en la villa, caminando de habitación en habitación, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí.

Necesitaba salir. Necesitaba aire. Necesitaba no pensar en ojos verdes y en palabras que no llegaron a pronunciarse.

Terminé en el puerto.

Era un lugar que conocía bien. De adolescente, venía aquí con mis amigas a mirar los barcos, a fantasear sobre vidas que no serían las nuestras, a fumar cigarrillos que nos sabían a libertad y a futuro.

Ahora, a los treinta años, el puerto me parecía más pequeño, más ruidoso, más falso.

Los yates brillaban con luces de neón, los restaurantes de lujo vomitaban turistas con camisas de diseño, y el mar…

el seguía ahí, indiferente, testigo de todos nuestros dramas.

Me senté en un banco de madera frente al agua. Saqué el móvil. Mensaje de Claudia.

Claudia: ¿Dónde estás? Te he estado llamando.

Lo ignoré. Otro de Sara.

Sara: ¿Todo bien?

También ignorado.

No estaba bien. Estaba rota en dos partes iguales.

Una parte quería volver corriendo al hotel, subir a esa suite, y decirle a Álvaro que sí, que aceptaba el trabajo, que aceptaba todo, que no me importaba si éramos solo nostalgia o algo real, que solo quería dejar de sentirme así, atrapada entre el ayer y el mañana.

Y la otra parte... la otra parte quería marcharse. Coger el primer avión a Madrid, volver a mi piso gris, a mi vida ordenada, a mi soledad segura.

—Noa.

La voz me hizo girarme. No era una voz que esperaba escuchar. No era una voz que quería escuchar.

Era una voz del pasado.

Adrián estaba de pie frente a mí, con una sonrisa que recordaba demasiado bien.

Llevaba una chaqueta azul marino sobre una camisa blanca abierta en el cuello, vaqueros oscuros, y zapatos de cuero que brillaban bajo las farolas del puerto.

El pelo, antes oscuro y desordenado, ahora tenía canas estratégicas en las sienes que le daban un aire de madurez forzada.

Y los ojos... esos ojos castaños que una vez me habían parecido profundos, ahora me parecieron simplemente vacíos.

—Adrián —susurré, y el nombre me supo a ceniza en la boca.

—¿Te sorprende verme? —preguntó, y se sentó a mi lado en el banco sin pedir permiso, invadiendo mi espacio personal con la naturalidad de quien cree que los derechos sobre ti nunca expiraron.

—Sí —dije, alejándome unos centímetros—. Mucho. ¿Qué haces en Marbella?

—Lo mismo que tú, supongo —dijo, encogiéndose de hombros—. Escapando de Madrid. Buscando... ¿qué buscabas tú, Noa? ¿Aire? ¿Espacio? ¿O a alguien?

Su tono era ligero, pero había una punta de acero bajo la superficie. Siempre había estado ahí, aunque yo había sido demasiado joven para verlo.

—No te sigo —mentí.

—No me sigues —rio, y el sonido me erizó la piel—. Claro que no. Nunca me seguiste, ¿verdad? Siempre fuiste tú la que se iba. La que desaparecía. La que cortaba el contacto sin mirar atrás.

Apreté los puños en los bolsillos de la chaqueta. No iba a permitir que me hiciera sentir culpable. No otra vez. No después de todo el trabajo terapéutico, de todas las noches llorando en Madrid, de haber reconstruido mi autoestima pieza a pieza después de que él la destrozara.

—¿Qué quieres, Adrián? —pregunté, directa, sin rodeos.

Se giró hacia mí, y ahora la sonrisa había desaparecido. En su lugar había una intensidad que me resultó familiar y repulsiva al mismo tiempo.

—Verte —dijo, simplemente—. Hace meses que sé que estabas en Madrid.

He estado a punto de llamarte mil veces.

Pero... —hizo una pausa, mirando hacia el mar—.

Pero quería que fuera el momento adecuado.

Y ahora que sé que estás aquí, en Marbella, sin tu escudo de Madrid... pensé que quizás era el momento.

—El momento para qué.

—Para hablar —dijo, y su mano se posó sobre la mía en el banco.

Retiré la mano de golpe, como si me quemara.

—No hay nada de qué hablar —dije, con voz más firme de lo que sentía—. Lo nuestro terminó hace catorce años, Adrián. Catorce años. No es que lo dejáramos por un tiempo. Es que nunca fue nada.

—Nunca fue nada —repitió, y su tono se volvió amargo—. Eso es lo que piensas. Eso es lo que decidiste pensar para poder dormir por las noches. Pero yo... yo nunca dejé de pensar en ti, Noa. Nunca dejé de...

—De qué —interrumpí, levantándome del banco—. ¿De usarme? ¿De mantenerme en un cajón para sacarme cuando tu novia no estaba? ¿De decirme que me querías, pero nunca dejarla por mí?

Mi voz se había elevado. Unos turistas que pasaban cerca nos miraron. Adrián se levantó también, con esa calma que siempre le caracterizaba, esa capacidad de parecer sereno mientras el mundo se desmoronaba a su alrededor.

—Era complicado —dijo—. Ya lo sabes. Ella dependía de mí. Había dejado su país, su familia...

—Y yo no dependía de ti —protesté—. ¿Verdad? Por eso podías dejarme plantada una y otra vez. Por eso podías decirme que me querías los miércoles y desaparecer los fines de semana. Porque Noa era fuerte, Noa no necesitaba nada, Noa...

Me interrumpí, porque sentía que estaba a punto de llorar, y no iba a darle esa satisfacción.

—Noa, por favor —dijo, y su voz se suavizó, adoptando ese tono que una vez me derretía—. Sentémonos. Hablemos. He cambiado. Ya no estoy con ella. Hace años que terminamos. Y yo... yo he madurado. He entendido lo que perdí. Lo que dejé escapar.

Me miró con esos ojos que me habían visto llorar, que me habían visto desnuda, que me habían visto en mi peor momento, cuando me conformaba con migajas pensando que era amor.

—No hay nada de qué hablar —repetí, pero mi voz sonó menos convincente.

—¿Estás segura? —preguntó, dando un paso hacia mí—. ¿O es que ahora tienes miedo? ¿Es que ahora que estás aquí, en tu ciudad natal, rodeada de fantasmas del pasado... has encontrado a alguien que te hace olvidar lo que tuvimos?

Pensé en Álvaro. En sus ojos verdes. En su paciencia. En su forma de mirarme como si fuera la única persona en el mundo.

—Eso no es asunto tuyo —dije.

Adrián sonrió, y en esa sonrisa vi algo peligroso. Celos. Posesión. Esa necesidad de tener lo que no podía tener.

—Así que sí hay alguien —dijo, asintiendo lentamente—. ¿Quién es? ¿Algún antiguo amor de juventud? ¿El cuñado de tus amigas? He oído que los Reyes han hecho fortuna con un hotel...

—Cállate —susurré, sintiendo un escalofrío—. ¿Cómo sabes eso?

—Marbella es pequeña, cariño —dijo, encogiéndose de hombros—.

Y yo tengo amigos. Amigos que me cuentan cosas.

Como que la hija de los Souto ha vuelto a la ciudad.

Como que ha estado en el Hotel Bahía Esmeralda.

Como que el dueño, Álvaro Reyes, la mira de una forma que...

bueno, que no es precisamente profesional.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies. ¿Me había estado espiando? ¿Cuánto sabía?

—Adrián, esto es...

—¿Qué? —interrumpió, acortando la distancia entre nosotros—. ¿Inapropiado? ¿Incómodo? ¿Como lo fue cuando tú te acostabas conmigo sabiendo que tenía novia?

Su voz era un susurro, pero golpeaba con la fuerza de un grito.

Retrocedí un paso, pero él avanzó otro. Estábamos demasiado cerca.

Podía oler su colonia, esa misma que usaba antes, y el olor me transportó a noches de coches en la oscuridad, de hoteles de carretera, de sentirme barata y usada pero incapaz de soltarme.

—Por favor —dije, y odié que mi voz sonara suplicante—. Déjame en paz. Vuelve a Madrid. O quédate en Marbella, pero lejos de mí.

—No puedo —dijo, y su mano subió para acariciar mi mejilla.

Quise apartarme. Quise gritar. Pero me quedé quieta, paralizada por el pasado, por el miedo, por la sensación de estar otra vez atrapada en ese círculo del que había tardado años en salir.

—Eres igual —murmuró, con los ojos fijos en los míos—. Exactamente igual. Y yo... yo sigo queriéndote. Aunque no me creas. Aunque me odies. Te quiero, Noa. Siempre te he querido. Solo que antes era demasiado cobarde para dejarlo todo por ti. Pero ahora...

—Ahora nada —dije, encontrando finalmente la fuerza para apartarme—. Ahora somos dos desconocidos, Adrián. Y lo único que quiero es que me dejes en paz.

Me di la vuelta para irme. Pero él me agarró del brazo, suave pero firme.

—Espera —dijo—. Al menos... al menos déjame desearte suerte. Si eso es lo que realmente quieres. Si quieres a ese hombre, a ese hotelero... déjame despedirme como se debe.

Me giró hacia él con suavidad. Yo estaba rígida, tensa, con el corazón desbocado. No quería que me tocara. No quería que estuviera cerca. Pero tampoco sabía cómo rechazarlo sin escenificar un drama en medio del puerto deportivo.

—Adiós, Noa —dijo, y su voz sonó extrañamente triste.

Y entonces se inclinó, y me besó en la mejilla.

Un beso que duró demasiado tiempo. Un beso que no era solo despedida, sino marca. Posesión. Un «fuiste mía» disfrazado de «adiós».

—Que seas feliz —susurró contra mi piel.

Me separé de golpe, limpiándome la mejilla con el dorso de la mano, con rabia, con asco, con una mezcla de emociones que no podía nombrar.

—No me vuelvas a buscar —dije, y esta vez mi voz no tembló.

Me di la vuelta y caminé rápido, casi corriendo, alejándome de él, de su colonia, de su pasado, de su capacidad de hacerme sentir pequeña de nuevo.

Caminé sin mirar atrás, con las lágrimas quemándome los ojos, con el corazón en la garganta, buscando aire, buscando escape, buscando...

Y entonces lo vi.

Al final del muelle, donde la luz de las farolas se mezclaba con las sombras, había una figura inmóvil.

Alto. Moreno. Con un traje que parecía demasiado formal para una noche de verano, y una chaqueta que llevaba sobre el hombro, y unos ojos verdes que brillaban con una emoción que no podía leer.

Álvaro.

Estaba allí. Quieto. Mirándonos. Mirándome.

Y en su rostro, en su postura, en la forma en que sus manos se cerraron en puños a los costados, supe que lo había visto todo.

Que había visto a Adrián besarme. Que había visto que no me apartaba a tiempo. Que había visto el pasado alzándose contra nosotros con la fuerza de un tsunami.

Nos miramos a través de la distancia. Y en ese segundo, en ese instante suspendido entre el mar y la noche, supe que todo se había complicado de una manera que quizás no tuviera solución.

Porque en los ojos de Álvaro, por primera vez en quince años, vi algo que nunca había visto antes.

Duda. Y la duda siempre era el principio del fin.