Cuando volviste a mí Capítulo 14
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Capítulo 14

Álvaro

Caminaba por el pasillo con la precisión de un hombre que se dirige hacia su propia ejecución. Cada paso resonaba en la moqueta gruesa, amortiguado pero presente, como el latido de mi corazón que intentaba mantenerse profesional, distante, controlado.

Esta Noa —la que tenía frente a mí ahora, girándose lentamente al escuchar mis pasos— era otra persona.

Llevaba un vestido de lino color arena, sencillo pero impecable, que caía sobre su cuerpo con una elegancia que no recordaba.

El pelo lo llevaba recogido en un moño bajo, pulcro, profesional.

Y sus ojos... Dios, sus ojos me miraban con una claridad que me desarmó.

No había confusión en ellos. No había la timidez de antaño.

Había determinación. Una mujer que sabía quién era y qué valía.

—Álvaro —dijo, y mi nombre en su boca sonó como un contrato que estaba a punto de firmar.

—Noa —respondí, deteniéndome a tres metros de distancia. La distancia de seguridad. La distancia que impedía que pudiera oler su perfume, que pudiera ver las pequeñas motas doradas de sus ojos, que pudiera perderme en ella como había hecho durante quince años.

Lucía estaba entre nosotros, consciente de la tensión, moviéndose inquieta como un árbitro que sabe que el partido se le va de las manos.

—Papá, Noa quería ver la suite —dijo mi hija, con una voz que intentaba sonar inocente pero que traicionaba su complicidad—. Le estaba enseñando el hotel.

—Ya veo —murmuré, sin apartar la vista de Noa.

Ella no se inmutó. No se sonrojó. No bajó la mirada. Me sostuvo los ojos con una firmeza que me desconcertó. ¿Dónde estaba la chica que se ruborizaba cuando le decía que era hermosa? ¿Dónde estaba la joven insegura que buscaba mi aprobación en cada gesto?

Se había ido. Se había quedado en Madrid, supuse. O quizás nunca existió. Quizás siempre fue esta mujer, y yo solo había visto lo que quería ver: una niña que necesitaba protección, cuando en realidad era una reina que necesitaba un reino.

—Es impresionante —dijo Noa, haciendo un gesto vago que abarcaba la habitación—. El hotel. Todo. No me lo esperaba... tan grande.

—Ha crecido —dije, y la palabra me pareció ridícula, inadecuada, como si habláramos de un hijo y no de un edificio de cristal y acero—. Con el tiempo.

—El tiempo hace eso —respondió ella, y en su voz había una capa de significado que no quise descifrar—. Hace crecer las cosas. O las destruye.

El silencio que siguió fue denso. Lucía tosió discretamente.

—Yo... voy a buscar agua —dijo mi hija, con una excusa tan transparente que casi me hizo reír—. Vuelvo enseguida.

—Lucía...

—Agua —repitió, y desapareció por el pasillo antes de que pudiera detenerla.

Nos quedamos solos.

La suite presidencial nos envolvió con su lujo silencioso: la seda de las cortinas, el mármol del suelo, el murmullo distante del mar que entraba por las ventanas abiertas.

Era mi territorio. Mi reino. El lugar donde nadie me cuestionaba, donde el control era absoluto, donde las emociones se dejaban en la puerta junto con el calzado.

Pero con ella allí, el control se resquebrajaba.

—Deberíamos... —empecé, buscando la formalidad como quien busca un salvavidas—. Deberíamos hablar del correo que te envié. De la propuesta profesional.

—¿Era profesional? —preguntó ella, arqueando una ceja.

—Por supuesto —mentí, sintiendo el calor subir a mi cuello—. Necesitamos una asesora fiscal externa. Tienes la formación. La experiencia. Es... es una oportunidad legítima.

—Álvaro —dijo, y dio un paso hacia mí. Solo uno. Pero suficiente para que el perfume de su piel —vainilla y algo cítrico— llegara hasta mí—. No me has pedido que venga al hotel para hablar de impuestos.

—Noa, yo...

—Me has pedido que venga —continuó, con una voz baja pero firme—. Porque no puedes soportar la distancia. Porque necesitas verme. Porque anoche, en el jardín, nos quedamos a centímetros de... de algo que los dos hemos estado evitando durante quince años.

Tragué saliva. Su franqueza me desarmaba. La Noa de antes no habría dicho eso. La Noa de antes habría esquivado, habría usado el humor, habría huido.

Pero esta Noa... esta Noa me enfrentaba.

—Tienes razón —admití, y la confesión me costó más de lo que esperaba—. No puedo soportar la distancia. Pero tampoco puedo soportar la cercanía. No sé cómo... no sé cómo estar cerca de ti sin querer...

Me detuve. Porque lo que iba a decir era peligroso. Porque una vez dicho, no habría vuelta atrás.

—¿Sin querer qué? —preguntó ella, y ahora su voz temblaba un poco, esa grieta en la fachada profesional que me permitió ver que ella también estaba conteniéndose.

—Sin querer todo —susurré—. Todo lo que no nos atrevimos a querer entonces. Todo lo que dejamos escapar.

Dio otro paso. Estábamos a menos de dos metros. Podía ver la textura de su piel, el pequeño lunar en la sien que siempre le había gustado ocultar con el pelo, las líneas de expresión alrededor de su boca que no estaban antes y que la hacían más hermosa, más real.

—Yo también tengo miedo —confesó ella—. Pero no del pasado.

Tengo miedo de descubrir que todo esto es solo nostalgia.

Que nos estamos aferrando a un recuerdo que no se corresponde con la realidad.

Que tú eres un hombre de cuarenta y siete años con un hotel que dirigir, y yo soy una mujer de treinta años con una vida en Madrid, y que entre nosotros solo hay... solo hay...

—¿Qué? —pregunté, acortando la distancia sin moverme, solo inclinándome hacia ella—. ¿Qué hay entre nosotros, Noa?

Nos miramos. Y en ese segundo, en esa fracción de eternidad, el hotel dejó de ser un negocio. Dejó de ser mi reino, mi refugio, mi obsesión. Se convirtió en escenario. En el escenario de una historia que llevaba quince años esperando ser escrita.

Ella abrió la boca para responder. Y yo supe, con una certeza que me dobló las rodillas, que iba a decir algo que cambiaría todo. Que iba a nombrar lo que ambos sentíamos, lo que ambos temíamos, lo que...

—¡Señor Reyes!

La voz nos separó como un latigazo. Nos giramos simultáneamente hacia la puerta, donde Diego apareció con una expresión de urgencia que no admitía demora.

—¿Qué pasa? —espeté, con una brusquedad que no pude contener.

—Es el señor Vargas —dijo Diego, sin aliento—. El futbolista. Ha llegado antes de lo previsto. Insiste en conocerle personalmente. Dice que no se instalará en la habitación hasta que hable con el dueño.

Sentí que la sangre se me subía a la cabeza. No por el futbolista. No por la interrupción. Por la expresión de Noa. Esa mezcla de alivio y decepción que cruzó su rostro antes de que pudiera disimularla.

—Dile que ahora voy —respondí, con voz ronca.

—Dice que es ahora o nunca —insistió Diego—. Que tiene otra oferta del hotel de al lado. Que...

—Ya voy —corté, levantando una mano.

Diego asintió y desapareció. El silencio que quedó fue peor que el anterior. Cargado de frustración, de oportunidades perdidas, de palabras que volvían a quedar en el aire como humo.

—Deberías ir —dijo Noa, recuperando la compostura, volviendo a ser la profesional, la extraña—. Los clientes importantes esperan atención.

—Noa, lo que íbamos a decir...

—Nada —interrumpió ella, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. No íbamos a decir nada, Álvaro. Solo estábamos... recordando. Y el pasado, como sabes, es un lugar peligroso donde quedarse demasiado tiempo.

Dio media vuelta y se dirigió hacia la ventana, dándome la espalda.

La vi allí, contra la luz del atardecer, con el mar de fondo, y supe que había perdido algo.

Otra vez. Que la interrupción no había sido solo un contratiempo, sino un símbolo.

Una metáfora de nuestras vidas: siempre a punto de conectar, siempre interrumpidos por el mundo.

—Noa...

—Ve con tu cliente, Álvaro —dijo, sin girarse—. Yo encontraré a Lucía. Y luego me iré a casa.

—¿A casa? —repetí, y la palabra me dolió—. ¿A Madrid?

—A la casa de mis abuelos —corrigió ella, y ahora sí se giró, y vi que tenía los ojos húmedos—. Aunque ya no sé si eso es mi casa. O si alguna vez lo fue.

Quise cruzar la distancia que nos separaba. Quise tomarla en mis brazos. Quise decirle que mi casa era donde ella estuviera, que este hotel no significaba nada sin ella, que...

Pero el timbre del móvil volvió a sonar. Diego, insistiendo.

—Ve —dijo ella, con una suavidad que me destrozó—. Yo estaré bien.

Y me fui.

Caminé por el pasillo como un autómata, dejando atrás la suite, dejando atrás a la única mujer que había amado, dirigiéndome hacia un futbolista millonario que quería que le garantizara privacidad absoluta mientras celebraba su boda.

Mientras caminaba, mientras intentaba recomponer la máscara de hombre de negocios impecable, una sola certeza resonaba en mi cabeza como un tambor:

El hotel ya no era suficiente. Nada lo era. Sin ella.