Capítulo 13
Noa
Lucía no me había dado opción. O, más bien, me había dado tantas opciones falsas que al final no tuve más remedio que ceder a su voluntad.
¿Quería quedarme en casa organizando cajas?
No, porque ella había traído a dos chicos del barrio para hacerlo.
¿Prefería ir al supermercado? Imposible, porque ya había hecho la compra esa mañana.
¿Tal vez una siesta? Absurdo, con el calor que hacía.
—Vamos al hotel —había dicho finalmente, con esa sonrisa que no admitía réplica—. Necesitas salir de esa casa antes de que te vuelvas loca. Y mi padre... bueno, mi padre necesita ver que no te has ido a Madrid de nuevo.
Y así, sin más ceremonia, me había subido a su coche —un utilitario rojo con pegatinas de bandas indie en la luneta trasera— y habíamos atravesado Marbella en dirección a la costa, dejando atrás el barrio antiguo, las calles estrechas de mi infancia, el mundo conocido.
Ahora estábamos allí, frente al Hotel Bahía Esmeralda, y yo sentía que me costaba respirar.
—Joder —susurré, sin darme cuenta de que hablaba en voz alta.
Lucía sonrió, satisfecha.
—Impresiona, ¿verdad? —dijo, apagando el motor—. La primera vez que lo vi terminado, lloré. No te lo creerías, pero es cierto. Lloré como una tonta en el aparcamiento.
Miré hacia el edificio. No era un hotel.
Era un monumento. Una estructura de cristal y piedra blanca que se alzaba imponente frente al mar, con terrazas que parecían flotar sobre el agua, jardines tropicales que bajaban en suaves pendientes hasta la arena, y una entrada principal con una pérgola de madera que dejaba caer sombras geométricas sobre el mármol pulido.
Pero lo que más me impactó no fue la arquitectura. Fue la vida.
El lugar bullía. Había coches de lujo aparcados en la entrada.
Un Bentley, un Mercedes descapotable y algo que parecía un Ferrari, pero no sabía distinguir modelos.
Gente bien vestida entraba y salía por las puertas giratorias.
Un portero con uniforme impecable abría puertas y sonreía con la naturalidad de quien ha visto de todo.
Y el mar... Dios, el mar estaba allí, justo al fondo, como si el hotel hubiera sido construido para enmarcarlo.
—Vamos —dijo Lucía, agarrándome de la mano con una familiaridad que me desarmó—. Te enseño todo.
—Lucía, yo no creo que sea buena idea... —empecé, pero ella ya me arrastraba hacia la entrada.
—Relájate —dijo, sin girarse—. Eres prácticamente familia. Además, hoy mi padre está ocupado con una boda. No nos cruzaremos con él... probablemente.
Esa última palabra debería haberme alertado. Pero estaba demasiado ocupada intentando procesar lo que veía.
El vestíbulo era una catedral de luz. Techos altísimos con vigas de madera oscura, enormes ventanales que dejaban entrar el sol de la tarde y lo convertían en partículas doradas flotando en el aire, y una recepción de mármol blanco donde tres personas atendían a los clientes con una eficiencia que parecía coreografiada.
—Esto es... —empecé, sin encontrar las palabras.
—Esto es lo que soñaban —terminó Lucía, y en su voz había un orgullo que no podía disimular—.
Mi padre, el tío Sergio y el tío Iván. Cuando éramos pequeños, se pasaban las noches hablando de esto.
De un lugar donde la gente pudiera ser feliz.
De un hotel que no fuera solo un negocio, sino... un refugio.
Cerré los ojos por un segundo, y los recuerdos llegaron.
Eran las tres de la mañana. Estábamos en el jardín de la casa de Álvaro, después de una cena que se había alargado demasiado.
Los niños dormían arriba. Sergio e Iván se habían quedado a dormir en el sofá, borrachos de cerveza y risas.
Pero Álvaro y yo estábamos despiertos, sentados en el escalón de la terraza, mirando las estrellas.
— Algún día —había dicho Álvaro, con la voz ronca por el alcohol y la conversación —, tendré un lugar propio. No una casa, no un piso. Un lugar. Algo grande.
—¿Un hotel? —había bromeado yo, apoyando la cabeza en su hombro.
— Quizás —respondió, y su tono era serio, a pesar de mi broma—. Un lugar donde la gente venga a olvidar sus problemas. Donde puedan mirar el mar y sentir que el mundo no es tan malo.
— Suena caro —dije.
— Lo será —rio—. Pero los tres lo haremos. Sergio, Iván y yo. Juntos. Como siempre.
—¿Y yo? —pregunté, medio en broma, medio en serio —. ¿Dónde encajo yo en ese plan de superhombres?
Álvaro se quedó callado un largo rato. Tan largo que pensé que se había quedado dormido. Pero cuando habló, su voz tenía una intensidad que me erizó la piel.
— Tú serías la razón por la que la gente querría quedarse —dijo—. La razón por la que yo querría quedarme.
No supe cómo responder. Lo miré, confundida, esperando que aclarara esa frase extraña. Pero él solo sonrió, esa sonrisa triste que tenía a veces, y señaló una estrella.
— Mira —dijo—. Esa es la nuestra.
—Noa.
La voz de Lucía me devolvió al presente. Estaba de pie frente a un mural enorme que cubría toda una pared del vestíbulo. Representaba una bahía al atardecer, con tonos esmeralda y dorados. Era hermoso, pero lo que me dejó sin aliento fue la firma en la esquina inferior.
Álvaro Reyes.
—Lo pintó él —dijo Lucía, suavemente—. Durante la construcción. Decía que necesitaba recordar por qué hacíamos esto. Que si alguna vez perdíamos el rumbo, miráramos esto y recordáramos que el hotel no es solo cemento y cristal. Es... —buscó la palabra—. Es un sueño hecho realidad.
Sentí un nudo en la garganta. Álvaro pintaba. No lo sabía. En todos esos años, nunca me había mostrado ese lado de él. O quizás sí, y yo había estado demasiado ocupada persiguiendo fantasmas como para verlo.
—Vamos a la terraza —dijo Lucía, tirando de mi mano de nuevo—. Desde allí se ve todo.
La terraza era incluso más impresionante que el vestíbulo.
Se extendía en varios niveles hacia el mar, con piscinas infinitas que parecían fundirse con el horizonte, hamacas blancas dispuestas con geometría perfecta, y un bar central donde un camarero preparaba cócteles con la destreza de un cirujano.
Pero lo que más me impactó fue la gente, porque no eran turistas sin más.
Reconocí a un actor español de moda, sentado en un rincón con gafas de sol y un libro. A una presentadora de televisión que sonreía para una foto con unos fans. A un empresario famoso dueño de unas aerolíneas del que ahora no me acordaba del nombre, hablando con alguien que parecía su asistente.
—Famosos —murmuré.
—Clientes —corrigió Lucía, encogiéndose de hombros—. Mi padre odia esa palabra. Dice que aquí todos son huéspedes, y todos son iguales. Pero sí, vienen muchos famosos. Por la privacidad. Porque mi padre les garantiza que no habrá paparazzis dentro de estas paredes.
—¿Cómo lo consigue?
—Con dinero —dijo Lucía, y se rio—. Y con intimidación. Dice que si alguien filtra una foto, no volverá a trabajar en la Costa del Sol en su vida. Y la gente le cree. Mi padre tiene... tiene una forma de mirar que asusta cuando quiere.
Pensé en esa mirada. En la intensidad de sus ojos verdes cuando se enfadaba. Sí, podía imaginar a Álvaro siendo intimidante. Aunque para mí siempre había sido solo... dulzura. Paciencia. Una presencia constante que nunca me juzgaba.
—Háblame de él —dije de repente, sin pensarlo.
Lucía me miró, sorprendida.
—¿De quién?
—De tu padre. De cómo es... ahora. —tragó saliva—. He estado leyendo sobre el hotel, viendo fotos. Pero tú... tú has estado aquí todo el tiempo. Cuéntame cómo es.
Lucía se sentó en el borde de una de las hamacas, y yo hice lo mismo. El sol empezaba a caer, tiñendo todo de dorado, y el aire olía a sal y a crema solar.
—Es... complicado —empezó Lucía, eligiendo las palabras con cuidado—. Trabaja mucho. Demasiado. Desde que... bueno, desde siempre. Pero especialmente desde que nosotros crecimos. Como si necesitara ocupar cada segundo para no pensar.
—¿En qué?
—En todo —dijo, mirándome directamente a los ojos—. En que nosotros nos íbamos de casa. En que Marcos empezaba la universidad. En que yo... en que yo ya no necesitaba que me cantara para dormir.
Sentí un pinchazo en el corazón.
—¿Lo hacía? —pregunté, con voz apenas audible—. ¿Te cantaba?
—A veces —dijo Lucía, y sonrió con tristeza—. Cuando tenía pesadillas. O cuando estaba triste. Siempre la misma canción. Una titulada Lucy y algo más. Decía que me la cantabas tú.
Cerré los ojos. Las lágrimas amenazaban con desbordarse, pero las contuve. No aquí. No ahora.
—Yo te la cantaba —confirmé—. Cuando eras pequeña. Para que durmieras.
—Lo sé —dijo Lucía—. Mi padre me lo contó. Muchas veces. Decía que... —hizo una pausa—. Decía que tú eras la única persona que sabía hacer que los tres durmiéramos. Que cuando te fuiste, ninguno de nosotros volvió a dormir bien en años.
—Lucía...
—No digas que lo sientes —interrumpió, levantando una mano—.
No quiero oírlo. No es... no es una acusación.
Es solo... —suspiró—. Es solo que a veces pienso que, si tú no te hubieras ido, todo habría sido diferente.
Que mi padre no habría construido este hotel para enterrar sus sentimientos. Que nosotros... que yo...
Se interrumpió, mirando hacia el mar. Vi que tenía los ojos brillosos.
—Yo también lo siento —dije, y mi voz salió rota—. Todos los días, Lucía. Todos los días de estos catorce años he pensado en vosotros. En cómo os habríais convertido. En si... en si me habríais olvidado.
Lucía se giró hacia mí. Y entonces hizo algo que no esperaba. Se abrazó a mí, con fuerza, con desesperación, como si tuviera diez años en lugar de diecisiete.
—Nunca —susurró contra mi hombro—. Nunca te olvidamos. Especialmente él. Mi padre te lleva dentro como... como si fueras parte de él. Como si le faltara un órgano vital desde que te fuiste.
La abracé fuerte, oliendo su pelo, sintiendo su cuerpo temblar contra el mío. Y en ese momento, en esa terraza dorada por el sol de agosto, sentí que algo se reconectaba. Que un vínculo que creía roto para siempre volvía a tejerse, fibra a fibra, silencio a silencio.
—Vamos —dijo Lucía finalmente, separándose y secándose los ojos con rabia—. Te enseño la suite presidencial. Es la mejor habitación del hotel. Mi padre la diseñó personalmente.
—Lucía, quizás deberíamos irnos...
—Una habitación más —insistió, levantándose y tirando de mi mano—. Y luego nos vamos. Prometido.
La seguí. No podía negarme. No quería negarme.
Caminamos por pasillos de moqueta gruesa que absorbían el sonido de nuestros pasos.
Las paredes estaban decoradas con fotografías en blanco y negro de Marbella antigua, de pescadores, de la costa antes del turismo de masas.
Había una elegancia discreta en todo, un gusto que olía a Álvaro en cada detalle.
—Aquí —dijo Lucía, deteniéndose frente a una puerta de madera oscura con el número ciento uno en placa de bronce—. La suite. Quiero que veas la vista.
Abrió la puerta con una llave que llevaba en el bolsillo y que yo no sabía de dónde la había sacado, y entramos.
La habitación era... no había palabras. Espaciosa, luminosa, con ventanales que ocupaban toda la pared este y que daban al mar como si el agua estuviera a punto de entrar a la habitación.
Una caja enorme con dosel, un sofá de terciopelo, un escritorio antiguo.
Y el baño... Dios, el baño tenía una bañera de piedra frente a una ventana panorámica.
—Es hermoso —susurré.
—Es su favorita —dijo Lucía—. La que siempre reserva para... —se interrumpió.
—¿Para quién?
—Para nadie —dijo rápidamente—. Quiero decir, normalmente está vacía. Es muy cara. Pero mi padre... a veces viene aquí. Cuando necesita estar solo. Dice que desde esta ventana se ve el amanecer mejor que desde ningún otro sitio.
Me acerqué a la ventana. El mar se extendía infinito, oscuro ya, con las primeras luces de los barcos pesqueros en el horizonte. Y entonces, en el reflejo del cristal, vi algo.
Una figura.
En el pasillo, al final del corredor, justo donde la luz del atardecer se mezclaba con las sombras de las lámparas de pared.
Alto. Moreno. Con un traje azul marino que conocía demasiado bien.
Álvaro.
Estaba allí, quieto, mirando hacia la habitación. No podía ver sus ojos desde esa distancia, pero sentía su mirada como un tacto físico, como una caricia que recorría mi espalda y me hacía estremecer.
—Papá —susurró Lucía, que también lo había visto.
Y entonces, antes de que pudiera reaccionar, antes de que pudiera decidir si esconderme o correr hacia él, Álvaro empezó a caminar.
Hacia nosotros.
Hacia mí.
Cada paso resonaba en el silencio del pasillo, en mi corazón desbocado, en el tiempo que parecía haberse detenido para siempre.
Estaba a punto de entrar.
Estábamos a punto de... ¿de qué?
No lo sabía. Pero mientras lo veía acercarse, mientras su figura se hacía más grande, más real, más inevitable, supe que el hotel no era solo un sueño hecho realidad.
Era una trampa.
Una trampa hermosa, dorada, brillante.
Y yo estaba a punto de caer en ella.