Cuando volviste a mí Capítulo 12
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Capítulo 12

Álvaro

El sol golpeaba el cristal de la ventana de mi despacho con una intensidad que convertía la habitación en un invernadero.

Apreté el botón del aire acondicionado, subiendo la potencia, pero el frío artificial no lograba calmar el calor que llevaba dentro desde hacía tres días.

Desde que ella había vuelto. Desde que casi la había besado en el jardín de su infancia.

Desde que mi hija me había mirado con esos ojos que lo sabían todo.

Me quedé mirando el informe de ocupación que tenía sobre la mesa. Las cifras eran excelentes. Agosto nos estaba dejando beneficios récord. El hotel funcionaba como un reloj suizo, cada pieza en su sitio, cada engranaje lubricado con la precisión que exigía un establecimiento de cinco estrellas.

Pero yo no estaba allí.

Mi cuerpo estaba sentado en la silla de cuero, vestido con el traje azul marino que me había puesto con automatismo esa mañana, mirando papeles que no veía.

Pero mi mente... mi mente estaba a tres kilómetros de distancia, en una casa con paredes blancas y contraventanas verdes, preguntándose si ella había leído el correo que le envié a las seis de la mañana, después de otra noche sin dormir.

—Jefe, ¿me oyes?

Levanté la vista. Diego, mi director de operaciones, estaba de pie frente a mi mesa, con una carpeta en las manos y una expresión de preocupación contenida.

—Disculpa —murmuré, aclarándome la garganta—. Dime.

—Hablaba de la boda del próximo sábado —repitió Diego, con paciencia profesional—. La del futbolista. Han ampliado la lista de invitados. Cien personas más. Necesitamos reorganizar el salón de banquetes y contratar a más camareros temporales.

—Hazlo —dije, asintiendo automáticamente—. Lo que sea necesario. Presupuesto abierto.

Diego arqueó una ceja. No era propio de mí dar cheques en blanco. Normalmente revisaba cada céntimo, negociaba cada contrato, supervisaba cada detalle.

—¿Estás seguro? —preguntó—. Es un desembolso considerable...

—Seguro —corté, y mi voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Que sea perfecto. Esa boda nos dará publicidad durante años.

Diego asintió, anotando algo en su Tablet, pero me observó con una mirada que decía que sabía que algo andaba mal. Llevaba diez años trabajando conmigo. Me conocía demasiado bien.

Cuando salió, me quedé solo con el murmullo distante del hotel.

Desde mi despacho en la planta alta podía oír el eco de la vida que pululaba abajo: el tintineo de copas en la terraza, el murmullo de las conversaciones en el lobby, el sonido de las olas rompiendo contra la playa privada que habíamos construido con tanto esfuerzo.

El Hotel Bahía Esmeralda.

Nuestro sueño. El sueño de tres hermanos que un día ganaron un premio de lotería y decidieron apostarlo todo en un terreno abandonado frente al mar.

Sergio había querido poner un chiringuito.

Iván había sugerido una inversión segura en fondos.

Yo... yo había querido construir un lugar donde la gente pudiera ser feliz, aunque fuera por unos días.

Un lugar donde yo pudiera olvidar.

Miré hacia la ventana. Desde allí se veía la piscina infinita, de un azul turquesa que competía con el del mar.

Había parejas tomando el sol en hamacas blancas, niños jugando en el agua poco profunda, camareros vestidos de blanco circulando con bandejas de cócteles coloridos.

Todo era perfecto. Ordenado. Controlado.

Exactamente lo contrario de lo que sentía dentro.

Sonó el teléfono interno. Era recepción.

—Señor Reyes, su hermano está en la terraza preguntando por usted. Dice que es urgente.

—Dile que suba —respondí, aunque sabía que urgente en boca de Sergio podía significar cualquier cosa, desde un problema con un proveedor hasta que se le había acabado el hielo en su gin-tonic.

No tardó en aparecer. Sergio irrumpió en mi despacho con la energía que siempre había tenido, esa capacidad de llenar cualquier espacio con su sola presencia.

Llevaba pantalones de lino blanco, una camisa hawaiana que era un crimen contra la moda, y gafas de sol puestas a pesar de estar en el interior.

—Hermano —exclamó, dejándose caer en el sofá de cuero sin pedir permiso—. Estás más gris que el cemento de la obra. ¿No has dormido?

—He dormido lo suficiente —mentí, cerrando el informe de ocupación que no había leído.

—Mentira —dijo Sergio, quitándose las gafas y clavándome esos ojos verdes que compartíamos—. Llevas tres días así. Desde la cena en casa de Noa. Desde que casi te la comiste a besos en el jardín mientras todos fingíamos no veros.

Sentí que el calor subía a mis mejillas. Me levanté y caminé hacia la ventana, dándole la espalda.

—No sé de qué hablas —dije, mirando el mar.

—Claro que sí —rio Sergio, y el sonido me irritó—. Álvaro, soy tu hermano. Te conozco desde que naciste. Y te conozco especialmente desde que esa chica apareció en nuestras vidas hace quince años. Cada vez que está cerca, te conviertes en un desastre andante.

—Estoy trabajando —espeté, girándome—. Tengo un hotel que dirigir. No tengo tiempo para...

—¿Para qué? —interrumpió Sergio, poniéndose serio de repente—.

¿Para ser feliz? ¿Para dejar de torturarte?

Álvaro, la mujer ha vuelto. Después de catorce años.

Y tú... tú estás aquí, encerrado en este despacho, mandándole correos electrónicos como un adolescente en lugar de ir a buscarla y decirle lo que sientes.

Me quedé quieto. ¿Cómo sabía lo del correo?

—Lucía —dijo Sergio, leyendo mi mente—. Me lo ha contado esta mañana. Dice que su padre se ha vuelto loco. Que le ha ofrecido trabajo a Noa para tenerla cerca. Que eso es acoso laboral disfrazado de romanticismo.

—No es acoso —defendí, indignado—. Es... es una oportunidad legítima. Necesitamos una asesora fiscal externa. Ella es perfecta para el puesto.

—Ella es perfecta para ti —corrigió Sergio, poniéndose de pie y acercándose a mí—. Eso es lo que importa. No el puesto, no el hotel, no las putas cifras de ocupación. Ella, Álvaro. Noa es perfecta para ti. Siempre lo fue. Y tú la dejaste ir.

—Ella se fue —dije, y mi voz salió ronca, quebrada—. Yo no la dejé. Ella eligió irse.

—Porque nunca le dijiste que la querías —replicó Sergio, suavemente—. Porque te quedaste callado como un cobarde, convencido de que no eras suficiente para ella, de que tus hijos eran una carga, de que...

—¡Basta! —grité, golpeando el escritorio con la palma de la mano.

El eco resonó en la habitación. Sergio no se inmutó. Me miró con esa mezcla de compasión y frustración que solo pueden tener los hermanos que te han visto en tus peores momentos.

—No estoy enfadado contigo —dijo, bajando la voz—. Estoy enfadado por ti. Porque llevas quince años enamorado de una mujer, y ahora que el destino te da una segunda oportunidad, te escondes aquí, entre papeles y reuniones, como si el tiempo no se te estuviera acabando.

No respondí. No podía, `porque tenía razón. Sergio suspiró y se dirigió hacia la puerta.

—Ve a buscarla —dijo, con la mano en el pomo—. O al menos ve a la terraza. Tienes una reunión con los proveedores del catering en cinco minutos. Y ponte gafas de sol. Tienes ojeras que dan miedo.

Cuando se fue, me quedé solo de nuevo. Miré mi reflejo en el cristal de la ventana. Tenía cuarenta y siete años, pero esa mañana parecía tener sesenta. La barba de tres días me daba aspecto de indigente, y los ojos... Dios, los ojos estaban vacíos, consumidos por la espera.

Saqué el móvil. Abrí la aplicación de correo. No había respuesta de Noa.

La había escrito a las seis de la mañana, cuando el insomnio me tenía despierto, cuando la necesidad de contactarla se había vuelto física, insoportable. Le había ofrecido el trabajo sabiendo que era una excusa barata, sabiendo que ella lo vería, sabiendo que quizás la enfurecería o la asustaría.

Pero no podía soportar la distancia. No podía soportar no saber si volvería a verla, si me dejaría entrar en su vida de nuevo, si tendría otra oportunidad de terminar lo que empezamos aquella noche en el jardín.

Guardé el teléfono. Tenía que salir de ese despacho. Tenía que moverme, hacer algo, fingir que era el hombre de negocios impecable que todos creían que era.

La terraza del hotel era el corazón de Bahía Esmeralda.

La había diseñado yo mismo, supervisando cada detalle con una obsesión que ahora me parecía patética.

Quería que fuera perfecta. Quería que la gente se enamorara allí, que pidieran matrimonio al atardecer, que celebraran aniversarios mirando el mar.

Quería construir el escenario de una felicidad que yo no tenía.

Caminé entre las mesas, saludando a los huéspedes con una sonrisa profesional que no sentía.

Una actriz famosa me hizo señas desde su mesa.

Le devolví el saludo. Un empresario italiano con el que había cerrado un acuerdo la semana pasada me estrechó la mano con efusividad.

Sonreí. Una familia con dos niños pequeños me pidió una foto y posé.

Todo era automático, mecánico, pero mi mente estaba en otra parte.

Estaba pensando en cómo sería tener a Noa allí. En cómo sería verla sentada en una de esas mesas blancas, con el sol iluminando su pelo castaño, riendo de algo que yo había dicho, siendo parte de mi mundo después de haber sido parte de mi vida durante años.

El catering ya estaba instalado en el extremo de la terraza. Los responsables del evento del sábado —la boda del futbolista— estaban montando una prueba de menú. El chef, Rafa, me saludó con la mano manchada de salsa.

—Jefe, ¿probamos el entrante?

—Sí —dije, acercándome—. ¿Qué es?

—Tartar de atún con aguacate y reducción de soja.

Probé un bocado. Estaba exquisito. Pero no sabía a nada. Mi paladar estaba anestesiado, como el resto de mis sentidos.

—Está bien —dije—. Pero ponle algo más de jengibre. La novia es inglesa. Les gustan los sabores fuertes.

Rafa asintió, tomando nota. Yo me alejé hacia la barra, necesitando un café, necesitando algo que me despertara de esa especie de letargo en el que vivía desde el regreso de Noa.

—Álvaro.

La voz me hizo girarme. Era Julia, la recepcionista, con su uniforme impecable y una expresión nerviosa.

—¿Qué pasa? —pregunté, preocupado.

—Es su hija —dijo Julia—. Lucía acaba de llegar. Pregunta por usted.

Miré hacia el lobby. Allí estaba Lucía, con su vestido verde del día anterior, el pelo suelto cayéndole sobre los hombros. Pero no estaba sola.

Mi corazón se detuvo.

A su lado, con gafas de sol oscuras y un vestido de lino blanco que se movía suavemente con la brisa del mar, estaba Noa.

Noa estaba en mi hotel. Había venido. Había leído el correo.

O no lo había leído. O había venido por otra razón.

No importaba. Estaba allí, a cincuenta metros de distancia, mirando a su alrededor con esa expresión de asombro que recordaba de cuando era joven, cuando todo le parecía nuevo y emocionante.

—Dios mío —murmuré, sin darme cuenta de que había hablado en voz alta.

Julia me miró con curiosidad, pero yo ya no estaba allí para ella. Caminé hacia el lobby, con las piernas de plomo, con el corazón golpeando contra las costillas como un pájaro atrapado.

Lucía me vio primero. Sonrió. Esa sonrisa traviesa, inteligente, que decía «lo he conseguido».

Y Noa… Noa se quitó las gafas de sol y cuando nuestros ojos se encontraron, vi algo que me detuvo en seco. No era solo sorpresa. No era solo la reacción de alguien que se encuentra con un conocido inesperado.

Era miedo, y esperanza. Y era todo lo que yo sentía, reflejado en esos ojos color miel que habían habitado mis sueños durante catorce años.

Estaba en mi hotel. Había cruzado la puerta. Había venido a buscarme.

O quizás había venido a decirme que no. Que no quería el trabajo. Que no quería verme. Que había cometido un error al volver a Marbella.

Pero no importaba. Estaba allí.

Y mientras caminaba hacia ella, mientras el mundo se reducía a esa mujer que se acercaba con pasos inseguros, supe que Sergio tenía razón.

El tiempo se me estaba acabando. Y esta vez, no podía dejar que se fuera.