Capítulo 11
Noa
Pero no lo era. Nada lo era.
La casa respiraba a mi alrededor con una vida propia que no recordaba haberle concedido.
Desde que Gabriel irrumpiera en el jardín tres días atrás, desde que Álvaro y yo nos hubiéramos quedado a centímetros de cometer el error más hermoso de nuestras vidas, desde que Lucía nos hubiera interrumpido con esa bolsa de helados derretidos, la villa se había convertido en un imán de visitas inesperadas.
No lograba establecer una rutina. No lograba encontrar el silencio necesario para pensar.
Intenté centrarme en los números. En las cifras.
En el mundo ordenado y predecible de los balances contables, donde dos más dos siempre eran cuatro, donde no había espacio para los sentimientos que se desbocaban, donde no existían los hombres de ojos verdes que te miraban como si llevaran décadas esperándote.
Pero incluso los números me traicionaban.
Cada vez que tecleaba una cifra, mi mente divagaba hacia la noche anterior.
Hacia el jardín oscuro, hacia la voz ronca de Álvaro confesándome que me había querido desde siempre, hacia su mano en mi mejilla, hacia la electricidad que había vibrado entre nuestros labios a punto de encontrarse.
Y luego, el sonido de Lucía. Esa interrupción que había salvado mi cordura, o quizás la había condenado, y que nos devolvía a la realidad con la brutalidad de un cubo de agua helada.
Después de que Lucía se fuera, después de que Álvaro murmurara algo sobre que era tarde y tenía que revisar unas reservas, nos habíamos despedido con una educación que nos había costado años de silencio.
Un simple hasta mañana. Un gesto torpe. Una distancia de tres metros que se había vuelto infranqueable.
Y yo había pasado la noche en vela, mirando el techo de mi habitación de infancia, preguntándome si había cometido un error al volver.
Si no habría sido más sabio quedarme en Madrid, en mi piso gris de Chamberí, lejos de tentaciones que no podía controlar, lejos de un amor que nunca tuve el valor de reclamar.
El móvil vibró sobre la mesa y vi que era un mensaje de Claudia.
Claudia: Cariño, hoy quedamos para comer. No te hagas la remolona. Te recojo a las dos.
Suspiré. No quería ver a nadie. Quería encerrarme en esa casa y pretender que el mundo exterior no existía. Pero sabía que Claudia no aceptaría un no por respuesta. Nunca lo había hecho.
Volví a la pantalla. Intenté escribir una línea. «En relación con la optimización fiscal del tercer trimestre...»
La borré. Era inútil.
El timbre sonó a las diez y media.
Salté en la silla, con el corazón desbocado, convencida de que sería él. Convencida de que Álvaro había venido a terminar lo que no pudimos decir, a reclamar esos centímetros de aire que nos separaban de un beso que nos pertenecía desde hacía quince años.
Pero cuando abrí la puerta, no era Álvaro. Era Lucía.
Llevaba un vestido verde de verano, sandalias blancas y el pelo recogido en una coleta alta que dejaba ver su rostro juvenil pero maduro. En las manos sostenía una cesta de mimbre cubierta con un paño de cuadros.
—Noa —dijo, sonriendo con esa timidez que no le había visto el día anterior, cuando estaba demasiado ocupada organizando el caos de la cena—. Espero no molestar.
—Lucía —susurré, sintiendo una mezcla de alivio y... ¿Decepción? No quería admitir que había esperado ver a su padre—. Claro que no molestas. Pasa.
Entró con esa familiaridad que me descolocaba.
No como una visita cualquiera, sino como quien entra en su propia casa.
Cruzó el salón, dejó la cesta sobre la mesa de la cocina y empezó a sacar el contenido: unos termos de café recién hecho, croissants envueltos en papel de estraza, fruta fresca en un táper, incluso un ramillete de flores silvestres que debía haber recogido por el camino.
—He pensado que quizás no tenías nada para desayunar —dijo, sin mirarme a los ojos, concentrada en colocar las cosas sobre la mesa—. Y que quizás... quizás no querías salir a comprar. Después de... bueno, después de anoche.
Su voz se apagó en la última frase. Yo me quedé quieta, observándola, con el corazón encogido.
—Lucía...
—Es solo desayuno —interrumpió, levantando las manos en un gesto defensivo—. No es... no es nada importante. Mi abuela Mercedes siempre dice que no se puede pensar con el estómago vacío, y tú parecías... parecías necesitar pensar.
Me acerqué a ella. Estaba tan cerca que podía oler su champú —el mismo que usaba cuando era pequeña, ese olor a manzana y canela que me transportaba quince años atrás—.
La abracé. No lo planeé, simplemente ocurrió.
La atraje hacia mí y sentí cómo su cuerpo se tensaba primero y luego se relajaba, cómo sus brazos rodeaban mi cintura con una fuerza desesperada.
—Gracias —murmuré contra su pelo—. Gracias por venir.
—Tú siempre venías —dijo ella, con la voz ahogada contra mi hombro—. Los domingos. Siempre traías magdalenas. Decías que eran de tu abuela, pero yo sabía que las comprabas en el supermercado.
Me eché a reír, una risa que se mezcló con algo parecido a las lágrimas.
—¿Lo sabías?
—Siempre lo supe —dijo, separándose y secándose los ojos con rabia—. Pero me gustaba fingir que eran caseras. Me gustaba... me gustaba todo lo que hacías.
Nos sentamos a la mesa. Lucía sirvió el café —negro, fuerte, exactamente como me gustaba— y puso un croissant delante de mí. Comimos en silencio durante unos minutos, ese silencio cómodo que solo existe entre personas que comparten un pasado profundo, aunque el presente sea incierto.
—Mi padre no durmió —dijo Lucía de repente, mirando su taza.
El café se me atragantó. Tosí, disimulando, sintiendo el calor subirme a las mejillas.
—¿Qué?
—Anoche —continuó ella, con esa madurez que contrastaba con su edad—. Lo oí. Se levantó a las tres de la mañana. Estuve en la cocina bebiendo agua y lo vi salir al jardín. Se quedó ahí, mirando hacia aquí, hacia tu casa, durante casi una hora.
No supe qué decir. Mi mano tembló al dejar la taza sobre el plato.
—Lucía, yo... —empecé, pero ella levantó una mano.
—No tienes que explicarme nada —dijo, con una seriedad que me partió el alma—. Solo quería que lo supieras. Porque... porque creo que tú tampoco dormiste. Y creo que... —hizo una pausa, buscando las palabras—. Creo que os estáis haciendo daño los dos por no decir lo evidente.
—¿Y qué es lo evidente, Lucía? —pregunté, con voz apenas audible.
Ella me miró. Y en sus ojos verdes, tan parecidos a los de su padre, vi una sabiduría que no correspondía a sus diecisiete años.
—Que siempre habéis estado enamorados —dijo simplemente—. Y que catorce años son demasiados para seguir fingiendo.
El silencio que siguió fue denso, cargado de verdad. Quise negar, quise decirle que no entendía la situación, que era más complicado, que había razones por las que nos habíamos separado, por las que no podíamos...
Pero no dije nada, porque Lucía tenía razón.
Después de que se fuera prometiendo volver al atardecer para ayudarme a organizar el desván, intenté retomar el trabajo. Abrí el correo electrónico, respondí a dos mensajes de clientes madrileños, revisé unas facturas. Pero mi mente estaba en otra parte.
Estaba en el Hotel Bahía Esmeralda.
Gabriel me había contado sobre él durante la cena.
Cómo los tres hermanos, Álvaro, Sergio e Iván, habían invertido el dinero de un premio de lotería en ese proyecto loco.
Cómo habían convertido una finca abandonada en la costa en un hotel de cinco estrellas que atraía a famosos, a empresarios, a gente que buscaba exclusividad lejos del bullicio de Puerto Banús.
— Es el orgullo de mi padre —había dicho Gabriel, con un toque de admiración en la voz—. Vive para ese hotel. Trabaja siete días a la semana, doce horas al día. Dice que es su legado para nosotros.
Pero yo sabía la verdad. O al menos la intuía.
El hotel no era solo un negocio. Era una distracción. Una forma de llenar el tiempo, de llenar el vacío, de no tener que enfrentarse a la soledad de una casa donde faltaba alguien. Donde faltaba yo.
Cada vez que alguien mencionaba el nombre del hotel Bahía Esmeralda, sentía un escalofrío en la nuca.
Era como si el lugar me llamara, como si las paredes de ese edificio que nunca había visto contuvieran pedazos de Álvaro que yo desconocía.
Catorce años de su vida que había pasado sin mí, construyendo algo hermoso mientras yo construía muros en Madrid.
Intenté convencerme de que mi lugar no estaba aquí.
Miré alrededor de la cocina. La casa de mis abuelos era hermosa, sí.
Pero era un museo del pasado. Un lugar de recuerdos, de nostalgia, de dolores antiguos que aún no habían cicatrizado del todo.
Mi vida estaba en Madrid. Mi trabajo, mis clientes, mi piso, mi rutina.
Allí no había fantasmas que me miraran con ojos verdes.
Allí no había promesas interrumpidas ni besos que no se dieron.
Allí estaba segura. ¿Verdad?
Saqué el móvil y abrí la aplicación de mensajería. Escribí a mi madre:
Noa: ¿Crees que hice bien en venir?
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Mamá : Cariño, solo tú sabes eso. Pero recuerda que huyendo no se resuelve nada. Solo se pospone.
Dejé el teléfono sobre la mesa con brusquedad.
No necesitaba su sabiduría ahora. Necesitaba...
¿qué? ¿A Álvaro irrumpiendo por esa puerta y diciéndome que no se iría hasta que habláramos de verdad?
¿Necesitaba que el tiempo retrocediera quince años y que yo tuviera el valor de elegirlo a él en lugar de perseguir sombras?
El ordenador emitió un ping. Un correo nuevo.
Lo abrí distraídamente, pensando que sería otra factura, otra solicitud de reunión virtual. Pero era diferente.
Era de una dirección que no reconocía: « [email protected] »
Mi corazón se detuvo. Era él.
El asunto decía: «Propuesta de colaboración»
Abrí el mensaje con dedos temblorosos:
«Noa:
Sé que esto es impropio. Sé que debería hablar contigo en persona, no escondiéndome detrás de un correo profesional. Pero después de anoche, después de lo que casi... de lo que no pudimos..., necesito verte. Necesito hablar contigo sin testigos, sin interrupciones, sin miedo.
El hotel necesita una asesora fiscal externa. Es una excusa, lo sé. Pero es la única forma que se me ocurre de tenerte cerca sin que huyas.
Por favor, Noa. No huyas otra vez.
Álvaro.»
Leí el mensaje tres veces. Cuatro. Las palabras se mezclaban, se separaban, volvían a formar sentido. Sentía el pulso en las sienes, un latido salvaje que me impedía pensar con claridad.
Era una trampa. Una trampa emocional disfrazada de oportunidad laboral. ¿Debería aceptar? ¿Debería rechazarlo? ¿Debería...
Un sonido me sacó de mis cavilaciones. Un crujido. Fuera, en el jardín.
Levanté la vista de la pantalla, con el corazón en la garganta. La ventana de la cocina daba al patio trasero, al limonero, al columpio donde Álvaro y yo nos habíamos quedado a centímetros de besarnos.
Y allí, entre las sombras de la mañana que avanzaba hacia el mediodía, vi algo moverse.
No era el viento. Era una figura. Una silueta oscura, inmóvil, observando la casa desde detrás del limonero.
No podía distinguir los rasgos. El sol estaba en contra, creando un halo de luz que oscurecía los contornos. Pero sentía la mirada. Sentía que alguien me observaba con una intensidad que me erizaba la piel.
Me levanté despacio, con las piernas de gelatina. El ordenador se quedó abierto sobre la mesa, con el correo de Álvaro brillando en la pantalla.
Caminé hacia la ventana, paso a paso, como si me moviera bajo el agua.
La figura no se movió. Estaba allí, quieta, esperando.
¿Era Álvaro? ¿Había venido a buscarme después de enviar el correo? ¿O era alguien... otra cosa?
Mi mano tocó el marco de la ventana. Estaba a punto de abrirla, a punto de gritar, a punto de...
La figura se movió. Un paso adelante. Y otro. Y entonces, cuando salió de la sombra del limonero y el sol iluminó su rostro, sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
No era Álvaro. Era Adrián.
Adrián, mi pasado, mi error, el hombre que nunca me eligió, estaba de pie en mi jardín, sonriendo con esa sonrisa que una vez me había vuelto loca, levantando una mano en saludo, con los ojos fijos en mí como si catorce años no hubieran pasado, como si yo siguiera siendo la chica de veinte años que se conformaba con migajas de amor.
Y en ese segundo, mientras mi presente y mi pasado colisionaban en el jardín de mi infancia, supe que el verano acababa de complicarse de una manera que jamás había previsto.
Supe que el dolor apenas empezaba.