Cuando volviste a mí Capítulo 10
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Capítulo 10

Noa

La cena no estaba planeada. O quizás sí, pero no por mí.

Lo cierto es que a las nueve de la noche el jardín de mi abuela se había transformado en un restaurante al aire libre improvisado.

Había mesas plegables sacadas del trastero, velas en tarros de cristal que Lucía había decorado con prisas y un olor a carne a la bruma que hacía que mi estómago rugiera después de horas de nervios.

—Noa, ¿dónde guardas los cubiertos? —gritó Claudia desde la cocina, con la cabeza metida en un cajón.

—¡No tengo ni idea! —respondí, riendo, con una mano llena de tomates del huerto de mi abuelo—. ¡Búscalos!

—¡Estoy buscando, pero esto es un desastre!

—¡Bienvenida a mi vida!

Álvaro pasó a mi lado en ese momento, llevando una caja de vino tinto. Nuestros brazos se rozaron, apenas un instante, el tiempo suficiente para que mi piel recordara cosas que mi mente intentaba olvidar.

—Perdona —murmuró, sin mirarme.

—No pasa nada —mentí, sintiendo el calor subirme a las mejillas.

Era así toda la tarde. Evitándonos. Buscándonos.

Encontrándonos en pasillos estrechos, en la cocina, en el jardín.

Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, él desviaba la vista primero.

Cada vez que yo intentaba acercarme a hablarle de algo banal —el tiempo, el vino, los niños—, alguien interrumpía.

Como si el universo conspirara para mantenernos separados. O como si conspirara para acercarnos. No sabía cuál de las dos opciones me aterrorizaba más.

La cena fue un caos organizado. Veinte personas sentadas en sillas de diferentes alturas, tamaños y estilos, compartiendo platos que nunca habían estado pensados para coexistir en la misma mesa: empanadas argentinas de Sergio, ensalada de mi abuela (la receta que nunca logré replicar en Madrid), carne a la brasa que Álvaro supervisó con una seriedad que me hizo reír y tarta de queso que Lucía había comprado en alguna pastelería, jurando que era casera.

—Mentira —dijo Marcos, probándola—. Esto es de la pastelería que hay en el callejón del puerto.

—¡Cállate! —protestó Lucía, sonrojada—. He dicho que parecía casera.

—Parece de supermercado —bromeó Marcos, esquivando el golpe que le intentó dar su hermana.

Risas. Muchas risas. El vino fluía con peligrosa generosidad, y yo sentía que la tensión de la tarde se disolvía un poco, transformándose en algo más manejable, más borroso, más peligroso.

Porque el alcohol, sabía, me hacía valiente. Y la valentía, con Álvaro cerca, era un riesgo.

—Noa, cuéntanos Madrid —pidió Sara desde el otro extremo de la mesa, con esa voz suave que siempre había tenido—. ¿Cómo es la vida allí?

—Gris —respondí, automática, y luego me corregí—. Quiero decir... diferente. Más rápida. Más solitaria, a veces.

—¿Y los hombres? —preguntó Claudia, con su habitual falta de tacto—. ¿Hay alguno que haya merecido la pena?

Sentí que Álvaro dejaba el vaso sobre la mesa. No miré hacia él, pero lo sentí. Lo sentí en cada célula de mi cuerpo.

—Algunos —dije, evasiva—. Nada serio.

—Vaya, vaya —dijo Claudia, arqueando una ceja—. La Noa de siempre. La reina del compromiso cero.

—Dejadla en paz —intervino Gabriel, sentado a mi derecha—. Noa tiene derecho a tener una vida privada.

Le sonreí, agradecida. Pero noté que Gabriel no me devolvía la sonrisa de forma inocente. Había algo calculador en su expresión, algo que me puso alerta.

—Tienes razón —dijo Gabriel, levantando su copa—. Por eso propongo un brindis. Por los regresos. Por las segundas oportunidades.

Todos levantaron las copas. Yo también. Pero cuando bebí, sentí que Gabriel me observaba con una intensidad que no supe interpretar.

Hasta que entendí.

Gabriel estaba forzando situaciones.

Lo vi media hora después, cuando se ofreció a ayudarme a recoger los platos y «casualmente» dejó que Álvaro fuera el único que me ayudara a llevar la bandeja de cristal a la cocina.

—Cuidado, que pesa —dije, cuando Álvaro tomó el otro extremo.

—Lo sé —respondió él, y nuestras manos se rozaron de nuevo, esta vez más tiempo, más intencionadamente.

Nos quedamos en la cocina, solos, con la puerta abierta hacia el jardín donde seguían las risas y las conversaciones. El silencio entre nosotros era denso, cargado de electricidad.

—Noa, yo... —Empezó él.

—¡Papá, Noa! —gritó Gabriel desde el jardín—. ¿Necesitáis ayuda?

Y apareció en la puerta, sonriente, inocente, demasiado inocente.

—No, gracias —respondimos los dos al unísono, y Gabriel asintió, satisfecho, antes de volver con los demás.

Pero el momento se había roto. Álvaro se apartó, tomó una distancia que se sentía como kilómetros, y yo suspiré, frustrada y aliviada al mismo tiempo.

Después de la cena, cuando la mayoría se había ido —Claudia y Sara se llevaron a sus maridos e hijos, murmurando sobre reuniones de trabajo al día siguiente—, el jardín quedó extrañamente tranquilo.

Quedaban los tres hijos de Álvaro. Quedaba Lucía, sentada en el muro, observando todo con ojos demasiado maduros para su edad. Quedaba Álvaro, recogiendo las últimas botellas. Y quedaba yo, intentando parecer ocupada con unos vasos que no necesitaban ser lavados todavía.

—Yo me encargo de esto —dijo Gabriel de repente, quitándome los vasos de las manos—. Vosotros... id a dar un paseo. Hace buena noche.

—Gabriel... Empecé, sospechando.

—El jardín necesita airearse —interrumpió, con una sonrisa que no admitía réplica—. Y vosotros dos también.

Miré a Álvaro. Él me miró a mí. Y algo en nuestras expresiones debió de convencer a Lucía, porque se levantó del muro y se acercó a su hermano.

—Vamos, Marcos —dijo—. Vamos a comprar helados. Yo invito.

—¿Ahora? —protestó Marcos—. Si son las diez y media...

—Ahora —insistió Lucía, agarrándolo del brazo—. Vamos.

Y se fueron, los tres, dejándonos solos.

El silencio que quedó fue absoluto, solo roto por el sonido de las cigarras y el viento moviendo las hojas del limonero.

—Gabriel... —Dije de nuevo, pero esta vez sin convicción.

—Es un sinvergüenza —murmuró Álvaro, pero no sonaba enfadado. Sonaba... derrotado. O liberado. No sabía cuál.

—Lo es —confirmé.

Nos miramos. Y por primera vez en todo el día, no hubo evasión. No hubo miradas que se desviaran. No hubo excusas.

Hubo solo nosotros. Y catorce años de silencio. Y la noche de agosto que envolvía todo como una promesa.

—¿Quieres dar un paseo? —preguntó él, finalmente.

Asentí. No confiaba en mi voz.

Caminamos por el jardín sin rumbo, sin dirección, simplemente moviéndonos entre las sombras y la luz de las velas que aún no se habían apagado. El aire olía a jazmín y a verano, a noches que no terminan, a posibilidades que se abren como flores nocturnas.

—He pensado en ti —dijo Álvaro de repente, sin preámbulos.

Me detuve. Él también.

—Cada día —continuó, y su voz era ronca, rota, honesta de una manera que me dolía—. Cada maldito día durante catorce años.

—Álvaro...

—No —me interrumpió, suave pero firme—. Déjame hablar. Porque si no hablo ahora, si no digo esto ahora, quizás no tenga valor nunca más.

Se acercó un paso. Yo no me moví.

—Te quise —dijo, y la palabra cayó en el jardín como una piedra preciosa, pesada, brillante—.

Te quise desde el primer día. Desde que te vi con Marcos en brazos, riendo de esa manera que tienes.

Te quise cuando me escuchabas hablar de Patricia sin juzgarme.

Te quise cuando te ibas los domingos y dejabas la casa vacía de luz.

Su voz temblaba. Sus manos también.

—Y no dije nada —continuó—. Porque tenías veinte años. Porque yo tenía treinta y siete y tres hijos y un divorcio reciente. Porque pensé que te merecías algo mejor. Alguien mejor. Alguien que no llevara tanto peso.

—Álvaro...

—Pero, sobre todo —dijo, y ahora estaba más cerca, demasiado cerca, cerca como para oler su colonia, su piel, su aliento a vino—, sobre todo no dije nada porque tenía miedo. Miedo de que dijeras que no. Miedo de que te fueras. Miedo de que...

—Me fui igual —susurré, y mi voz sonó extraña, lejana, como si perteneciera a otra persona.

—Lo sé —dijo él, y en sus ojos vi el brillo de las lágrimas contenidas—. Y eso es lo peor. Que me quedé callado, y te fuiste igual. Y pasaron catorce años, Noa. Catorce años en los que te he buscado en cada cara, en cada risa, en cada silencio.

Estaba llorando. No sabía cuándo había empezado, pero las lágrimas corrían por mis mejillas, calientes, silenciosas, inevitables.

—Yo también —confesé, y la verdad me liberó y me destrozó al mismo tiempo—. Yo también te quise. Te quise y no lo vi. O lo vi y no quise verlo. Estaba tan enamorada de la idea de Adrián, tan obsesionada con ser elegida por alguien que nunca me elegiría, que no vi que tú...

Me interrumpí. Porque decirlo en voz alta era demasiado. Porque admitir que había amado a Álvaro durante años, que lo había comparado con todos los hombres que vinieron después, que ninguno había llegado ni a la suela de sus zapatos, era abrir una puerta que quizás no podría cerrar.

Pero él lo entendió. Lo vio en mis ojos, en mi silencio, en mis lágrimas.

Y dio el último paso.

Estaba frente a mí. Realmente frente a mí. Tan cerca que podía ver las pequeñas motas doradas de sus ojos verdes, el temblor de su labio inferior, el modo en que su pecho subía y bajaba con respiraciones agitadas.

—Noa —susurró, y mi nombre nunca sonó tan hermoso.

Levantó una mano. La posó en mi mejilla, suave, reverente, como si fuera de cristal. Sus dedos eran cálidos, ásperos, reales. Catorce años de ausencia se condensaron en ese simple gesto, en esa caricia que me recorrió el alma como un rayo.

—Te he extrañado —dijo, y su voz era un susurro, una oración, una promesa.

—Yo también —respondí, y era la verdad más pura que había dicho en años.

Nuestros rostros se acercaron. Lentamente, dándonos tiempo de arrepentirnos, de retroceder, de salvar lo que quedaba de nuestras vidas ordenadas.

Pero no queríamos salvar nada. Queríamos esto. Queríamos el caos. El fuego. El beso que llevábamos quince años esperando.

Nuestras bocas estaban a centímetros de distancia. Podía sentir su aliento, cálido, a vino, a algo que solo era él. Sus ojos se cerraban. Los míos también.

Y entonces...

—¿Papá? ¿Noa?

La voz de Lucía cortó el aire como un cuchillo frío.

Nos separamos de golpe, como adolescentes pillados en la habitación prohibida. Yo di un paso atrás, tropezando con una maceta. Álvaro se giró, con la mano todavía extendida en el aire vacío donde había estado mi rostro.

Lucía estaba en la puerta de la cocina, con una bolsa de helados en la mano, con los ojos muy abiertos, con una expresión que no supe leer.

—Lo siento —dijo, y no sonaba arrepentida. Sonaba... alerta. Consciente—. No sabía que... solo quería deciros que hemos vuelto con los helados.

El silencio que siguió fue denso y cargado.

Álvaro y yo nos miramos, y en sus ojos vi todo lo que habíamos estado a punto de perder, y todo lo que aún podíamos perder.

—Estábamos… —empecé, pero no supe cómo terminar.

—Hablando —terminó Álvaro, y su voz sonaba ronca, forzada—. Solo hablábamos.

Lucía nos observó. Y durante un segundo, un segundo que duró una eternidad, vi que no nos creía. Vi que había visto algo —nuestra cercanía, nuestras caras sonrojadas, el aire cargado entre nosotros— que delataba la mentira.

Pero solo asintió.

—Claro —dijo, dándose la vuelta—. Los helados se derriten. Venid cuando queráis.

Y se fue.

Pero la magia se había roto.

El momento se había ido, escapándose entre los dedos como el agua, como el tiempo, como todo lo que no se atreve a sujetarse con fuerza.

Álvaro y yo nos miramos por última vez. Y supe que el Acto I de nuestra historia acababa de terminar.

Pero que el verdadero drama, el verdadero riesgo, el verdadero amor, apenas comenzaba.