Capítulo 9
Lucía
Estaba sentada en el muro desde hacía diez minutos, fingiendo que me interesaba más mi Coca-Cola que la escena que se desarrollaba a tres metros de mí. Pero en realidad no veía el vaso. En realidad, miraba a mi padre.
Y a ella.
Los veía a los dos, juntos, de pie junto a la mesa de los vasos, hablando en voz tan baja que no podía oír lo que decían.
Pero no necesitaba oír. Podía leerlo todo en sus cuerpos, en la forma en que se inclinaban el uno hacia el otro sin tocarse, en la tensión que vibraba entre ellos como el aire antes de la tormenta.
Mi padre. Mi padre de cuarenta y siete años, que dirigía un hotel, que crió a tres hijos solo, que nunca se quejaba, que siempre parecía tener el control de todo.
Ese hombre que yo había visto enfrentarse a clientes difíciles, a crisis económicas, a mi madre cuando vino a por nosotros aquella vez que intentó llevarnos a Barcelona. Ese hombre inquebrantable.
Ahora temblaba.
Lo veía en sus manos, que se movían sin descanso, tocándose los botones de la chaqueta, el cuello de la camisa, el pelo.
Lo veía en la forma en que se apoyaba en la mesa, como si las piernas no le sostuvieran bien.
Lo veía en sus ojos, esos ojos verdes que eran iguales a los míos, brillando de una manera que nunca los había visto.
Parecía nervioso. No, peor: parecía asustado. Como un adolescente que va a declararse y no sabe si le van a rechazar.
Y ella… ella parecía igual de perdida.
Noa. Mi Noa.
Aunque nunca había sido mía. Aunque siempre había sido de todos, y de nadie, y especialmente de mi padre, aunque ninguno de los dos lo supiera ver en aquel entonces.
Cerré los ojos un segundo, dejando que los recuerdos llegaran. No me costaba. Los tenía guardados como fotos en un álbum mental, revisados tantas veces durante años que ya no sabía si eran recuerdos reales o construcciones de mi nostalgia.
Tenía dos años cuando la conocí. Dos años y una lengua de trapo, como decía mi abuela Mercedes.
No hablaba. Bueno, hablaba, pero en mi propio idioma, un dialecto de balbuceos y sonidos que solo yo entendía.
Mis padres —mi padre y mi madre, antes de que ella se fuera— estaban preocupados.
Llevaban meses intentando que dijera «papá» o «mamá» o «agua», y yo me negaba.
Me negaba con la terquedad que ya caracterizaba mi personalidad.
Y entonces llegó ella.
Recuerdo el primer momento con una claridad que desafía la lógica. Recuerdo el color de su jersey, azul, como el mar, y el olor de su pelo, a vainilla y a algo dulce, y la forma en que se agachó hasta mi altura, hasta el suelo donde yo estaba jugando con un oso de peluche que se llamaba Pepe.
— Hola —dijo ella.
Yo la miré. Y algo en su sonrisa, en esa sonrisa que iluminaba todo, hizo que mi pecho se sintiera cálido por primera vez en semanas.
Mi madre se había ido hacía dos meses. Yo no entendía por qué, solo sabía que la mujer que debía besarme por las noches ya no estaba, y que mi padre intentaba sustituirla, pero olvidaba las palabras, y que Gabriel y Marcos estaban tan tristes como yo, pero intentaban ser fuertes.
Pero ella... ella sonrió como si no existiera nada malo en el mundo.
— Me llamo Noa —dijo, extendiendo una mano—. ¿Y tú cómo te llamas?
Yo no respondí. Solo la miré con mi oso apretado contra el pecho.
—¿Ese es Pepe? —preguntó, señalando al oso.
Asentí. Fue el primer gesto de comunicación que hacía con alguien que no fuera de la familia en semanas.
— Es muy guapo —dijo ella—. ¿Te importa si me siento aquí contigo?
No me importó. Me senté en el suelo, cruzada de piernas, y ella hizo lo mismo, con una facilidad que mi madre nunca tuvo. Mi madre siempre tenía prisa, siempre estaba elegante, siempre parecía incómoda en el suelo. Noa parecía estar exactamente donde quería estar.
Jugamos con Pepe durante una hora. Ella inventó una historia absurda sobre que el oso era un pirata que buscaba un tesoro escondido en el jardín.
Yo reí. Reí tanto que mi padre salió de la cocina para ver qué pasaba, y cuando nos vio, a ella y a mí, sentadas en el suelo cubiertas de tierra y hierba, vi algo en su cara. Alivio, creo. O esperanza.
A partir de ese día, Noa vino todos los domingos.
Mi padre trabajaba mucho. Salía antes de que amaneciera y volvía cuando yo ya estaba dormida. Gabriel intentaba hacerme de padre, pero tenía tan solo cuatro años más que yo y no sabía cómo. Marcos también era un niño, y necesitaba cuidados él mismo.
Pero los domingos... los domingos eran nuestro día.
Noa llegaba a media mañana, con bolsas de chucherías que mi padre intentaba prohibir y ella ignoraba con una sonrisa.
Jugábamos en el jardín, pintábamos, hacíamos galletas en la cocina que nunca salían bien, pero que comíamos igual.
Y luego, cuando caía la tarde y el sol se volvía dorado, ella me llevaba a mi cuarto y me preparaba para dormir.
Era un ritual sagrado.
Primero, el baño. Ella me sentaba en la bañera y cantaba canciones mientras me enjabonaba el pelo. Había una en inglés que tenía el nombre de Lucy en el título que siempre, siempre, era la primera que cantaba. Decía que mi nombre le recordaba a esa canción, aunque se escribiera diferente.
Luego, el pijama. Siempre me dejaba elegir cuál ponerme, aunque mi padre solo me compraba dos. Ella decía que la elección era importante, que debía practicar para cuando fuera mayor.
Y luego, lo más importante: la cama.
Me metía entre las sábanas, me arropaba con cuidado y se sentaba en el borde. Cogía mi mano entre las suyas —sus manos eran suaves, cálidas, con uñas pintadas de colores que cambiaban cada semana— y me miraba a los ojos.
— Buenas noches, mi niña —decía, siempre con la misma voz, suave, cantarina y segura—. Que sueñes solo con cosas bonitas.
Y me daba un beso. No un beso rápido en la frente, como hacía mi padre cuando se acordaba. Un beso verdadero, en la mejilla, que dejaba una huella húmeda y un olor a vainilla que me acompañaba toda la noche.
—¿Qué es soñar con cosas bonitas? —Le pregunté una vez, cuando ya había empezado a hablar mejor, cuando las palabras empezaban a obedecerme.
— Es soñar con cosas que te hacen sonreír —respondió ella—. Con personas que te quieren. Con lugares donde te sientes segura. Con momentos que te hacen feliz.
—¿Tú puedes aparecer en mis sueños?
— Siempre —dijo ella, sonriendo—. Siempre que me necesites, apareceré.
Y yo la creí.
Creí que siempre estaría ahí. Que los domingos durarían para siempre. Que el mundo era un lugar seguro porque ella existía.
Tenía tres años cuando desapareció.
No hubo despedida. No hubo «hasta luego». Un domingo vino, como siempre. Me dio el beso de las buenas noches, como siempre. Dijo: «Nos vemos la semana que viene», como siempre.
Y nunca volvió.
Mi padre dijo que se había mudado a Madrid. Que tenía un trabajo importante. Que estaba bien, que no debía preocuparme. Gabriel intentó explicarme que a veces la gente se va, que no era nuestra culpa, que ella nos quería, pero necesitaba espacio.
Yo no entendí.
Durante años, durante toda mi infancia, guardé la última foto que tenía de ella.
Estaba arrugada, gastada por haberla mirado tantas veces.
En la foto, Noa me tenía en brazos —yo tenía cuatro años, con un vestido rosa ridículo— y ambas reíamos a cámara.
Al fondo se veía el jardín de esta misma casa: el limonero y el columpio.
La guardé debajo de la almohada durante años. Y todas las noches, durante años, esperé que apareciera. Que abriera la puerta de mi habitación, se sentara en el borde de mi cama y dijera: «Buenas noches, mi niña. Que sueñes solo con cosas bonitas».
Pero nunca vino. Y aprendí que las promesas de los adultos no valen nada. Que «siempre» significa «hasta que me canse». Que el amor es algo que se puede retirar sin avisar, como un banco que cierra una cuenta.
Odié a mi madre por irse. Pero de alguna manera, entendí que ella nunca nos quiso. Era una extraña, alguien que nunca encajó en nuestra familia.
Pero Noa...
Noa nos había querido. Yo lo sabía. Lo sentía en cada beso, en cada «buenas noches», en cada domingo que hizo que mi infancia fuera soportable a pesar de la ausencia de mi madre.
¿Por qué se fue? ¿Por qué nos abandonó? ¿Por qué dejó de querernos?
Abrí los ojos. La Coca-Cola había perdido el gas y sabía a agua azucarada estancada.
Pero no importaba. Porque ella estaba ahí. Realmente ahí. A tres metros de distancia, hablando con mi padre, viva, real, respirando el mismo aire que yo.
Y mi padre...
Miré a mi padre de nuevo. Había cambiado de postura, se había enderezado, intentaba parecer normal.
Pero yo lo conocía demasiado bien. Veía el modo en que sus ojos la buscaban constantemente, incluso cuando miraba hacia otro lado.
Veía la forma en que sus manos se cerraban en puños para no tocarla.
Veía la tensión en sus hombros, en su mandíbula, en todo su cuerpo.
Mi padre, que enfrentaba clientes difíciles sin pestañear. Mi padre, que había criado a tres hijos solo sin quejarse jamás. Mi padre, que siempre parecía saber qué hacer en cada situación.
Ahora parecía un adolescente.
Un adolescente enamorado, aterrorizado, a punto de estallar.
Y algo hizo clic en mi cabeza.
No era solo nostalgia. No era solo alegría por ver a una amiga de la infancia. No era solo el reencuentro emocional de una niña con su niñera favorita.
Era algo más.
Mi padre la miraba como… Como yo nunca le había visto mirar a nadie.
Ni siquiera a mi madre, cuando ella estaba aquí.
Ni siquiera a otras mujeres que habían intentado acercarse a él durante años.
Había habido alguna cita, alguna cena, alguna «amiga» que venía a tomar café.
Pero mi padre siempre había sido cortés, distante y educado.
Como si estuviera cumpliendo una obligación social.
Ahora parecía estar en guerra consigo mismo. Como si quisiera correr hacia ella y alejarse al mismo tiempo. Como si quisiera hablarle y callar. Como si quisiera tocarla y temiera hacerlo.
Y ella… Ella lo miraba igual.
Con esa mezcla de anhelo y miedo. Con esos ojos que se humedecían y se secaban una y otra vez. Con esa sonrisa forzada que no engañaba a nadie.
No eran solo amigos.
Nunca lo habían sido, supuse. O quizás sí al principio, pero luego... luego algo había cambiado. Algo que ni ellos mismos supieron nombrar, o que nombraron demasiado tarde.
Y ahora, catorce años después, estaban frente a frente, y el aire entre ellos vibraba con todo lo que no se habían dicho.
Marcos se acercó a mí, interrumpiendo mis pensamientos.
—¿Qué haces aquí sentada como una estatua? —preguntó, sentándose a mi lado en el muro—. Vamos, come algo. Sergio ha traído unas empanadas que están para morirse.
—No tengo hambre —murmuré, sin apartar la vista de mi padre y Noa.
Marcos siguió mi mirada. Se quedó en silencio un segundo.
—Joder —dijo, bajando la voz—. ¿Lo ves tú también?
—¿El qué?
—La tensión. Esos dos parecen a punto de... no sé. De explotar.
Asentí. Marcos tenía diecinueve años, pero no era tonto. Nunca lo había sido.
—¿Crees que...? —empecé, pero no supe cómo terminar la frase.
—¿Que qué? —preguntó Marcos.
—¿Que algo va a pasar?
Marcos me miró. Y por primera vez en años, vi en sus ojos al niño que había sido, el niño que también había extrañado a Noa, que también había llorado su ausencia en silencio.
—Ya está pasando, Lucía —dijo suavemente—. Míralos. Ya está pasando desde el momento en que ella volvió.
Volví a mirar hacia ellos. Mi padre decía algo, gesticulaba con las manos. Noa negaba con la cabeza, con una sonrisa triste. Había algo entre ellos, algo invisible pero tangible, algo que había sobrevivido a catorce años de silencio y distancia.
Y de repente supe.
Supe con la claridad que solo tienen las intuiciones de diecisiete años, cuando aún no has aprendido a dudar de ti misma.
Esto no era solo una visita.
Noa no había vuelto solo para arreglar una casa heredada. No había vuelto solo para trabajar desde el ordenador en un lugar con mejor clima. No había vuelto por casualidad, por azar, por capricho.
Había vuelto porque debía volver.
Porque mi padre la necesitaba. Porque ella necesitaba a mi padre. Porque había algo entre ellos —algo que había empezado cuando yo era una niña pequeña con lengua de trapo y que ella me cantaba canciones de los Beatles— que no había terminado.
Que solo había esperado. Que solo había dormido. Y que ahora, en este jardín, en este agosto, en este preciso momento, estaba despertando.
Miré a Noa. Ella se giró, como si sintiera mi mirada, y nuestros ojos se encontraron.
Sonrió. Esa sonrisa de siempre, la que iluminaba todo, la que me había hecho sentir amada cuando creía que nadie podía quererme.
Y yo le devolví la sonrisa.
Pero en mi cabeza, una sola frase resonaba una y otra vez, como una campana de alerta, como una promesa, como una certeza:
Esto no es solo una visita.