Cuando volviste a mí Capítulo 6
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Capítulo 6

Álvaro

El volante se calentaba bajo mis manos, aunque tenía el aire acondicionado a tope. Era el calor de agosto, sí, pero también algo más. Era el calor que produce la sangre cuando corre demasiado rápido, cuando el corazón late contra la costilla como si quisiera escapar.

Conducía despacio. Más despacio de lo necesario. Un anciano en un utilitario me adelantó por la izquierda, haciéndome señas con la mano que probablemente no eran amistosas. No me importó.

Necesitaba tiempo. Necesitaba estos minutos de trayecto para intentar recomponer lo que catorce años de disciplina habían deshecho en cuestión de horas.

Por el retrovisor vi el mar alejándose, esa línea azul que había contemplado durante toda la noche, buscando en las olas respuestas que no llegaban.

Había dormido dos horas en el coche, aparcado en el puerto, con el cuello torcido y la boca seca.

No me atreví a volver a casa. No con los niños —mis hijos adultos— preguntándome con los ojos qué demonios me pasaba.

Ahora iba hacia allí. Hacia ella.

Y mientras conducía, mientras las calles de Marbella pasaban a mi lado como escenas de una película que ya había visto demasiadas veces, llegaron los recuerdos. No pidieron permiso. Nunca lo hacían.

Tenía veinte años cuando la conocí. No, eso no era cierto.

Ella tenía veinte años. Yo tenía treinta y tres, recién divorciado hacía dos años, con tres hijos que no entendían por qué su madre se había ido a Barcelona con un vendedor de seguros, y yo intentaba explicárselo sin llamarla puta egoísta delante de ellos.

La conocí en una barbacoa en casa de Sergio.

Mi hermano pequeño, el alocado, el que siempre había tenido la suerte de atraer a las mujeres más guapas sin esfuerzo.

Él e Iván, mi otro hermano, habían traído a sus nuevas novias, Claudia y Sara.

Dos chicas veinteañeras que parecían haber salido de una revista.

Y con ellas, ella. Noa.

No era la más llamativa. Eso fue lo primero que noté.

Claudia era rubia, explosiva, con una risa que se oía desde la calle.

Sara era morena, elegante, con un aire de misterio que intrigaba.

Pero Noa... Noa estaba sentada en el césped con Marcos —mi hijo de cuatro años— en brazos, haciéndole cosquillas con una pluma, y reía. Esa risa.

Era una risa que no intentaba impresionar a nadie. No era estridente ni forzada. Era una risa que brotaba de algún lugar genuino, como el agua de un manantial. Y Marcos, mi hijo, el niño que apenas hablaba desde que su madre se fue, reía con ella. De verdad reía.

Me acerqué sin saber por qué. Me senté en el césped, manchándome el pantalón, sin importarme.

— ¿Y tú quién eres? —Me preguntó ella, levantando la vista.

— El padre de este monstruo —dije, señalando a Marcos.

— Ah —dijo, y sonrió. Y esa sonrisa... Dios, esa sonrisa me partió el pecho en dos partes iguales—. Entonces tú eres el famoso Álvaro. Gabriel habla mucho de usted.

— ¿Gabriel? —parpadeé—. ¿Mi hijo? ¿Habla de mí?

— Dice que eres el mejor papá del mundo —respondió ella, encogiéndose de hombros como si eso fuera lo más natural—. Aunque también dice que haces unas tortillas horribles.

Me reí. Fue la primera vez en meses que me reí de verdad.

Y así empezó todo. No con fuegos artificiales, no con un flechazo cinematográfico. Empezó con una risa, con una conversación sobre tortillas quemadas, con la forma en que ella escuchaba.

Porque eso era lo que hacía Noa. Escuchaba. De verdad escuchaba.

Cuando hablaba de Patricia, de cómo me sentía fracasado como padre, de cómo temía que mis hijos terminaran odiándome, ella no me daba consejos.

No me decía «todo se arreglará» ni «eres un buen padre».

Solo escuchaba. Asentía. Hacía preguntas.

Y cuando terminaba de hablar, cuando había vaciado todo el veneno que llevaba dentro, ella decía:

— Eso debe de ser muy duro. Llevar todo eso solo.

Y eso era todo. Pero era suficiente.

Tenía veintiún años cuando todo cambió. Cuando ella empezó a venir a casa más a menudo.

Cuando los domingos se convirtieron en nuestros días, en nuestro ritual.

Cuando la veía reír con mis hijos, cuando la escuchaba leerles cuentos antes de dormir, cuando la encontraba dormida en el sofá con Lucía en brazos...

Recuerdo una noche en particular. Una noche de verano, como esta. Estábamos en el jardín, ella y yo, después de que los niños se hubieran dormido. Habíamos bebido demasiado vino, estábamos hablando de todo y de nada.

— Álvaro —dijo ella de repente, seria—. ¿Crees que volveré a enamorarme de alguien que me elija de verdad?

Yo sabía que hablaba de Adrián. De ese imbécil que la tenía en un cajón, que la sacaba cuando le convenía, que nunca la vería como yo la veía.

— Sí —mentí, porque no podía decirle la verdad. No podía decirle: «Elige ahora. Elígeme a mí. Te elegí yo desde el primer día»—. Claro que sí.

Ella me miró entonces, y en sus ojos vi algo. Una pregunta. Una posibilidad. Una puerta entreabierta que yo no me atreví a empujar.

Y luego sonrió, y la puerta se cerró.

— Gracias por escucharme —dijo—. Siempre te quedas cuando los demás se van.

Esa frase me persiguió durante años. «Siempre te quedas». Como si quedarse fuera un mérito. Como si quedarse no fuera lo más egoísta que podía hacer, porque me quedaba esperando, esperando, esperando a que ella viera lo que tenía delante.

Pero nunca lo vio. O sí lo vio, pero no era lo que necesitaba.

Aparqué el coche a dos calles de la casa. No quería llegar. Sí quería llegar. Estaba paralizado por el deseo y aterrorizado por sus consecuencias.

Me quedé sentado, mirando el volante, repitiéndome una frase como un mantra. No cambies nada. No cambies nada. No cambies nada.

La había leído en algún sitio, en alguna novela barata de aeropuerto, y se me había quedado grabada.

Era lo que quería decirle. Era lo que quería pedirle.

Que no hubiera cambiado. Que siguiera siendo la chica de veinte años que reía con mis hijos, que escuchaba mis miserias, que se quedaba cuando los demás se iban.

Pero sabía que era imposible. Todo había cambiado.

Yo tenía canas en las sienes y arrugas alrededor de los ojos que no tenía antes.

Ella tenía treinta y cinco años, una vida en Madrid, una carrera, experiencias que yo no conocía, hombres que yo no quería imaginar.

Los niños eran adultos. Lucía ya no era la niña que dormía en su regazo.

Marcos ya no vomitaba helado en mi sofá.

Gabriel ya no me necesitaba para aprender a leer.

Y lo peor era que yo también había cambiado. Catorce años de quererla en silencio me habían vuelto amargo, me habían enseñado a reprimir, a controlar, a no sentir demasiado para no sufrir demasiado. Catorce años de ser el padre perfecto, el amigo leal, el hombre que nunca se queja.

Catorce años de mentir.

Me bajé del coche. Caminé despacio por la callejuela, con las manos en los bolsillos, intentando parecer un hombre que tiene el control cuando por dentro era un caos.

La casa de los abuelos de Noa apareció al final de la calle, blanca y verde, con el jazmín trepando por la verja como siempre. Podía oír voces desde el exterior. Risas. Música.

Me detuve en la esquina.

Podía dar la vuelta. Podía irme. Podía decir que tenía una emergencia en el hotel, que no podía venir, que...

No cambies nada.

Pero ella había cambiado. Y yo había cambiado. Y el mundo entero había girado diez veces sobre su eje desde la última vez que estuvimos juntos en ese jardín.

Y sin embargo...

Y, sin embargo, allí estaba yo. Con el corazón en la mano, como un adolescente estúpido, a punto de entrar en una fiesta a la que no había sido invitado, a punto de verla después de catorce años de ausencia.

Respiré hondo, doblé la esquina, y allí, a través de la verja abierta, vi el jardín lleno de gente. Vi a Claudia fumando sentada en el muro. Vi a Sergio riendo con Marcos. Vi a mis hijos, mis tres hijos, agrupados como si fueran un solo cuerpo. Vi a Sara abrazando a alguien que no distinguía.

Y entonces la vi a ella.

Estaba de espaldas a mí, con el pelo suelto cayéndole por la espalda, con una camiseta blanca que contrastaba con su piel bronceada. Estaba riendo, y esa risa, Dios mío, esa risa, y tenía una mano sobre el hombro de Lucía, que estaba sentada a su lado.

No había cambiado nada. O quizás todo había cambiado, pero seguía siendo ella.

Y en ese segundo, en esa fracción de eternidad antes de que alguien me viera, antes de que ella se girara, antes de que el mundo volviera a girar, me permití sentirlo todo.

El amor, la pérdida, la esperanza, el miedo.

Y supe, con una certeza que me dobló las rodillas, que este verano iba a ser diferente a todos los demás.

Este verano, o la recuperaba, o la perdía para siempre.