Capítulo 5
Noa
Me había pasado la mañana intentando organizar lo inorganizable.
La casa de mis abuelos, que durante catorce años había sido un museo del silencio, de repente necesitaba convertirse en un hogar funcional.
Había barrido el polvo de la terraza, había comprado café y leche en el supermercado de la esquina, había intentado hacer que el sofá de la sala pareciera menos un sarcófago victoriano y más un lugar donde sentarse sin contraer tétanos.
Pero nada de eso importaba, porque mi estómago estaba en constante revolución y mis manos no dejaban de temblar cada vez que escuchaba pasar un coche por la calle.
Gabriel había llamado a las nueve de la mañana.
—Vamos para allá —dijo, y en su voz había una emoción contenida que me contagió—. Marcos y Lucía vienen conmigo. Y después... después vendrán las tías.
Las tías. Claudia y Sara. Mis amigas. Mis hermanas de sangre sin compartir genética.
Había pasado una hora delante del espejo intentando decidir si ponerme un vestido o vaqueros, como si la elección de mi armario pudiera protegerme de la avalancha emocional que se avecinaba.
Finalmente, opté por unos vaqueros blancos y una camiseta de lino azul, con el pelo suelto y sin maquillaje.
Quería parecerme a mí misma, a la Noa que ellos recordaban, no a la versión madrileña, pulida, distante.
Cuando sonó el timbre, salté del sofá como si me hubieran electrocutado.
Abrí la puerta y allí estaban los tres. Gabriel, que ya había pasado el día anterior y que ahora sonreía como si hubiera inventado la felicidad.
Marcos, que tenía una manzana en la mano y masticaba con una naturalidad insultante, como si verme después de catorce años fuera lo más normal del mundo. Y Lucía.
Dios, Lucía.
La última vez que la vi tenía tres años.
Era una niña menuda, con trenzas y una obsesión por las princesas Disney que yo alimentaba comprándole DVDs cada vez que podía.
Ahora era una mujer. Una chica de diecisiete años, alta, morena, con el pelo largo y ondulado que caía sobre sus hombros como una cascada.
Tenía los ojos de su padre, esos ojos verdes que me habían desarmado tantas veces, pero en ella había algo más suave, más abierto.
Nos miramos durante un segundo que duró una eternidad.
Y entonces Lucía soltó un sollozo.
No un grito, no una exclamación. Un sollozo profundo, que le salió del estómago, y antes de que pudiera reaccionar, se lanzó hacia mí y me abrazó con una fuerza que me cortó la respiración.
—Noa —gimió contra mi hombro—. Noa, Noa, Noa.
Y yo, que había prometido mantener la compostura, que había jurado no llorar delante de ellos, sentí cómo las lágrimas me corrían por las mejillas sin permiso.
—Lucía —susurré, acariciándole el pelo como hacía cuando era pequeña—. Mi niña.
—No soy una niña —protestó, pero me abrazó más fuerte.
Marcos se acercó entonces, más lento, con esa cautela que tienen los adolescentes que intentan parecer adultos. Tenía diecinueve años, el pelo revuelto, una camiseta de algún grupo de rock que no reconocí y una sonrisa torcida que recordaba a la de su padre.
—Eh —dijo, encogiéndose de hombros—. Yo también existo, ¿sabes?
Solté a Lucía a regañadientes y me volví hacia él. Marcos. El niño que una vez vomitó encima de mi vestido favorito después de comer demasiado helado de chocolate. El niño al que enseñé a montar en bici. El niño que...
—Ven aquí, pedazo de sinvergüenza —dije, y él sonrió de verdad.
El abrazo de Marcos fue diferente, más rápido, más masculino, pero cuando nos separamos vi que tenía los ojos brillosos.
—Estás... —Empecé, mirándolos a los tres—. Estáis grandísimos. Joder, estáis enormes.
Marcos se echó a reír, con una risa profunda, de adulto joven.
—Eso es lo que pasa cuando no ves a la gente durante catorce años —dijo, con ese tono irónico que debía de haber heredado de su tío Sergio—. Crecemos. Somos como las plantas, pero con mejor conversación.
—Catorce años... —Murmuré, haciendo cuentas mentalmente.
—Sí, y yo ya tengo diecinueve años, Gabriel tiene veintiuno, Lucía tiene diecisiete, y ninguno de los tres es aquel niño al que le hacías cosquillas en la barriga para hacerle reír.
Me reí, una risa que me sorprendió a mí misma, que brotó de algún lugar olvidado.
—¿Recuerdas eso? —pregunté.
—Recuerdo todo —dijo Marcos, y por un segundo dejó caer la máscara de bromista—. Recuerdo que eras la única adulta que no nos trataba como si fuéramos estúpidos. Que nos escuchabas. Que...
—Basta —interrumpió Lucía, secándose las lágrimas con rabia—. Vas a hacer que llore otra vez.
Los abracé a los tres juntos, un abrazo de grupo torpe, desordenado, perfecto. Sentí sus cabezas contra mi pecho, sus cuerpos calientes, su respiración. Olían a colonia juvenil y a champú y a algo más indefinible que era solo... ellos. Mis niños.
—No habéis cambiado —dije, con la voz entrecortada—. A pesar de los años, no habéis cambiado.
Marcos se apartó primero, con una sonrisa forzada.
—Al menos no nos has olvidado —dijo.
Y ese comentario, inocente, directo, me golpeó como un puñetazo en el estómago. Sentí un nudo en la garganta tan grande que no pude tragar.
—Nunca —susurré—. Nunca os olvidé. Ni un solo día.
Intenté recomponerme mientras los llevaba al jardín. Les serví limonada, la que había preparado esa mañana siguiendo la receta de mi abuela, y nos sentamos en la terraza, en los viejos sillones de mimbre que, por algún milagro, aguantaban el peso del tiempo.
Marcos no paraba de hablar. Nos contó sobre la universidad, sus amigos y un viaje que había hecho a Lisboa el año anterior.
Lucía se quedaba callada la mayor parte del tiempo, pero me observaba con una intensidad que me hacía sentir expuesta, como si pudiera ver a través de mi piel hasta los huesos.
—¿Y tú? —preguntó Gabriel de repente—. ¿Cómo era Madrid?
—Gris —respondí, antes de poder contenerme—. Madrid era... gris.
Los tres me miraron en silencio.
—Pero ahora estás aquí —dijo Lucía, y no era una pregunta.
—Ahora estoy aquí —confirmé.
Fue entonces cuando escuché el ruido de coches aparcando en la calle. Puertas cerrándose. Voces. Muchas voces.
—Han llegado las tías —anunció Marcos, poniéndose de pie con una agilidad felina.
Y entonces el caos se desató.
Claudia entró primero, como siempre. Rubia, deslumbrante, con un vestido floreado que parecía demasiado elegante para una reunión improvisada en un jardín.
Detrás venía Sara, morena y serena, con gafas de sol puestas, a pesar de que estábamos a la sombra.
Y detrás de ellas, los maridos: Sergio, el hermano pequeño de Álvaro, con su eterna sonrisa de pillo; e Iván, el mayor, con su porte serio de quien lleva el peso del mundo sobre los hombros.
Y luego sus hijos adolescentes.
Hugo y Leo, los hijos de Claudia y Sergio, diecisiete y quince años respectivamente, imposiblemente parecidos a su padre. Martín y Nicolás, los hijos de Sara e Iván, diecisiete y catorce años, con esa mezcla de timidez y arrogancia propia de su edad.
La casa, que había estado en silencio durante años, explotó de repente con risas, abrazos, gritos, el sonido de pies corriendo por el jardín.
—¡Noa, cariño!
Claudia me levantó del suelo —literalmente, porque me agarró de los brazos y me incorporó a la fuerza— y me estrechó contra su pecho, hasta que casi me ahogaba con su perfume floral.
—Catorce años —decía, una y otra vez—. Catorce años, loca. ¿Cómo has podido?
—Lo siento —murmuré, y lo decía en serio.
Sara se acercó entonces, más comedida, pero cuando nos abrazamos sentí que temblaba.
—Te he echado de menos —dijo, simplemente.
Y yo, que había mantenido el contacto con ellas a través de videollamadas esporádicas, mensajes de cumpleaños y fotos de Navidad compartidas, me di cuenta de que no era lo mismo.
No era lo mismo verlas en una pantalla que tenerlas aquí, reales, con el calor de sus cuerpos y el sonido de sus voces sin retardo digital.
—¿Cómo estáis? —pregunté, mirándolas a las dos, a sus maridos, a ese grupo que una vez fue mi familia elegida.
—Viejas —dijo Claudia, encendiendo un cigarro con gesto teatral—. Pero tú estás igual. Me das asco.
—Gracias —reí.
—De nada.
Nos sentamos todos en el jardín, en sillas que trajeron del coche, en el suelo, en el borde de la piscina vacía.
Alguien puso música que sonó demasiado alto y, de repente, estábamos quince años atrás, con la diferencia de que ahora había adolescentes mirando sus móviles y bebiendo refrescos en lugar de cerveza.
Intenté mantener el control. Sonreí, respondí preguntas sobre Madrid, sobre mi trabajo, sobre por qué había decidido volver ahora. Mentí diciendo que era el momento, que necesitaba un cambio, que la herencia de la casa me había dado la oportunidad.
Pero la verdad era que no podía ni pensar con claridad.
La casa se había llenado de vida demasiado rápido.
Había demasiadas voces, demasiadas risas, demasiada energía concentrada en un espacio que solo había conocido el silencio.
Me sentía abrumada, emocionada, aterrorizada y feliz al mismo tiempo, una mezcla de sensaciones que me hacía sentir como si estuviera borracha, aunque solo hubiera tomado limonada.
—¿Y Álvaro? —preguntó Claudia de repente, en medio de una conversación sobre el hotel.
El nombre cayó en el jardín como una piedra en un estanque. Las risas se apagaron un poco. Marcos y Lucía intercambiaron una mirada que no supe interpretar.
—¿Qué pasa con Álvaro? —pregunté, y mi voz sonó extrañamente alta, forzada.
—Que no viene —dijo Sergio, encogiéndose de hombros—. Dijo que tenía cosas que hacer en el hotel.
—Cosas —bufó Claudia, haciendo un gesto despectivo—. Siempre tiene cosas. Ese hombre no sabe relajarse ni en su puta...
—Claudia —la interrumpió Sara, suavemente—. Los niños.
—Los niños ya saben decir puta —replicó Claudia, pero bajó la voz.
Intenté parecer indiferente. Me encogí de hombros, di un sorbo a mi limonada, miré hacia el limonero como si de repente me interesara profundamente la botánica.
—Me da igual —mentí—. Tengo mucho que hacer con la casa. No tengo tiempo para...
—Noa —dijo Lucía, interrumpiéndome.
La miré. Ella me devolvió la mirada con una intensidad que me inquietó.
—¿Qué?
—Mi padre... —Empezó, pero se detuvo.
—¿Qué pasa con tu padre? —Pregunté, y mi corazón empezó a latir demasiado rápido.
Fue entonces cuando Gabriel se levantó de repente, mirando hacia la puerta de la calle. Su cuerpo se tensó. Se llevó una mano al pelo, nervioso, y murmuró algo que no entendí.
—¿Qué pasa? —preguntó Marcos.
Gabriel no respondió. Solo señalo.
Todos nos giramos.
Y allí, en la entrada del jardín, con un traje azul marino arrugado y una expresión que no supe leer, estaba él.
Álvaro.
—Está aquí —dijo alguien, no supe quién, porque el zumbido en mis oídos lo ahogaba todo.
Y yo, que había pasado catorce años construyendo muros, sentí cómo se derrumbaban todos a la vez, dejándome expuesta, vulnerable, desnuda ante los ojos verdes del único hombre que nunca había dejado de querer.