Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 33
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Capítulo 33

—Os habéis vuelto locos —comentaba Haye mientras vendaba con paciencia la herida de Rowen.

Este no había emitido un solo sonido, asombrando a los presentes con su elevado umbral del dolor y su admirable contención.

No habían podido recurrir a la Reina de las Hadas, que ni un rastro había dejado en el pueblo, y la de Rowen no era una herida que pudiera demorar la atención.

Así pues, había tenido que conformarse con Haye, que, rompiendo una lanza en su favor, debía decir que estaba tratándolo con esmero.

Había podido extraer la bala con unas finas pinzas, herramientas de calidad de las que la Reina no disponía, y recomponer la carne con un cosido que nada tendría que envidiarle al mejor médico de la capital inglesa.

Por suerte, el disparo no le había perforado ningún músculo o tendón, por lo que en cuestión de poco tiempo podría retomar sus labores en el campo.

Aprovechando que estaban solos en una modesta capilla anexa a la parroquia, Haye le había recomendado que se escudara en la lesión para exigirle a los Houston un trabajo menos demandante.

En su línea de seguir dando su opinión aun cuando no se la habían pedido, Haye había agregado que no comprendía las ansias por casarse; sobre todo cuando acababan de vivir una experiencia capaz de conmocionar hasta al que tuviera una piedra por corazón.

Es decir: a un hombre como el propio Andrew.

—Lillias lleva un vestido manchado de sangre —agregó Haye, meneando la cabeza.

Estaba terminando de afinar el cosido de la carne.

Rowen, que no era especialmente aprensivo, había tenido que mirar a otro lado para que no se le revolviera el estómago.

La falta de escrúpulos de Haye y de la Reina a la hora de enfrentarse a las heridas ajenas le asombraba—.

Yo no querría acordarme de mi gran día como aquel en el que mi esposa se lució cubierta de fluidos y moretones.

—No lo entiendes, sassenach —musitó Rowen—. Si algo me ha enseñado todo esto es que al amor no hay que hacerlo esperar.

—El amor, el amor... —Haye puso los ojos en blanco y se incorporó, satisfecho con su trabajo.

Le arrojó la camisa al pecho para que se vistiera, sin hacer siquiera ademán de ayudarlo—.

Qué manera tan curiosa de referirse al deseo por una mujer.

Hasta tú has caído en la ridícula costumbre de ponerle románticos sobrenombres a la pasión física para echarle el lazo a una muchacha bonita.

Pensaba que esta tontería era una tendencia defectuosa de los Houston, pero ya veo que no. Solo espero no acabar contagiado.

Rowen sacudió la cabeza, divertido con el desdén de Haye.

Nada podría eclipsar la esperanza que volvía a florecer en él ese día.

Si bien seguía hiperventilando por lo ocurrido hacía un par de horas, era Lillias la que estaba entusiasmada ahora que ninguna amenaza se cernía sobre ella.

Su ilusión le había contagiado, y se sentía con fuerzas para replicarle a Haye.

Incluso burlarse de él.

—¿No me vas a ofrecer algún opiáceo para el dolor? —se mofó Rowen, doblándose los puños de la camisa. Le dirigió una mirada con las cejas enarcadas, esperando que captara la referencia a la crítica más habitual que le hacía la Reina de las Hadas: que todo lo resolvía con láudano.

Haye lo miró de soslayo bajo la fina cortina del flequillo.

—Si puedes soportar la tirantez del cosido, será mejor que prescindas de ellos. No pienso permitir que se me vuelva a acusar de drogar a mis socios, como ya sucedió con Calder.

—Claro... y seguro que tu decisión de evitar los opiáceos no tiene nada que ver con que la Reina de las Hadas te haya argumentado en varias ocasiones que no es lo mejor.

Haye se llevó una mano al cuello de la camisa.

Rowen creyó que pretendía arreglarse las arrugas, como hacía a cada rato, como si no soportara no presentar un aspecto impecable, pero se dio cuenta de que, con aire pensativo, enrollaba un dedo en lo que parecía el cordel de un colgante que llevaba oculto bajo la chaqueta.

—En ciertos aspectos, la Reina de las Taradas ha resultado ser una buena escuela —acotó con indiferencia.

Rowen sonrió de oreja a oreja, divertido y a la vez halagado por estar presenciando el milagro de la década: Andrew Haye reconociéndole cierta habilidad a otro ser humano.

—No me digas. ¿Estás admitiendo que es mejor que tú?

—Estoy admitiendo que hasta un reloj parado acierta la hora dos veces.

Rowen puso los ojos en blanco, aunque aún divertido. Le palmeó la espalda al químico y abandonó la estancia con la intención de unirse a la ceremonia.

El que fuera un modesto chaqué era ahora una chaqueta arrugada y una camisa manchada de sangre.

Por más que había tratado de atusarse los mechones rebeldes, tenía revuelto el cabello pajizo, una mejilla amoratada, y el dolor físico le hacía renquear hacia el altar.

Pero todos sus males se desvanecieron en el aire al ver que esta vez era Lillias la que esperaba de pie junto al hombre de Dios que los uniría en santo matrimonio.

Ella tampoco estaba en su mejor momento, como Haye había tenido el descaro de mencionar: no se había cambiado el vestido, salpicado en el escote por la sangre propia, el rostro churreteado por las lágrimas y el elaborado moño descolgado a la altura de la nuca.

Poco importó aquello cuando su mirada coincidió con la de ella, emocionada por el acontecimiento que tendría lugar. Eso era lo que Lillias quería, y huelga decir que Rowen estaba desesperado por hacerla suya.

Rowen se detuvo a su altura y le ofreció la palma de la mano, a la que una llorosa Lillias se aferró como si le fuera la vida en ello. Con los dedos entrelazados, e incapaces de quitarse la vista de encima, le hicieron un gesto al párroco para que comenzara el sermón.

Todos sus seres queridos, o, al menos, seres para los que Rowen era querido y que después de los favores y sacrificios habían empezado a significarlo todo para él, se encontraban desperdigados por las banquetas de la parroquia.

Blake silbó cuando los ahora proclamados marido y mujer se besaron, Johnson aplaudió entre carcajadas, y hasta la pequeña Yvaine abrió los ojos tras la siesta.

Una hora más tarde se celebraba el convite en el salón principal del castillo de Lochranza, que, en un generoso gesto —y siendo también una grata sorpresa—, Calder y Beth Houston habían mandado organizar como regalo de bodas.

—Creo que todos los aquí presentes nos merecemos un buen festín —anunció el señor del castillo, incorporándose con dificultad y alzando la copa a rebosar de vino.

Posó una mirada cálida en cada uno de los presentes—.

En los últimos tiempos nos ha ocurrido de todo.

Disparos, huidas, desapariciones, traiciones, lesiones de todo tipo, abuso de opiáceos, pérdidas de memoria...

Demasiadas tragedias para contarlas. Pero tengo la sensación, y espero no equivocarme, de que esta mala racha está tocando a su fin y con la boda del señor y la señora Carmichael inauguramos una etapa en la que nos lloverán las buenas noticias.

O eso espero. —Y enarcó las cejas para recalcar con tono adusto—: No pienso permitir más idioteces bajo mi techo, damas y caballeros.

Creo que todos hemos tenido suficiente, y que ni nuestra paciencia ni nuestros pobres nervios soportarán otra desgracia.

Por eso os pido, y mantengo la esperanza de que hagáis cuanto esté en vuestra mano para conseguirlo, que vuestros actos honren los diez mandamientos y no volvamos a inmiscuir a las autoridades en nuestros problemas.

Eso último lo dijo mirando con sorna al inspector Munro, al que habían invitado al convite como gesto de gratitud hacia su confianza.

Johnson no dejaba de mirarlo con una mezcla de aprensión y orgullo, como si no terminara de decidirse entre tenerle miedo o agradecerle sus servicios.

El inspector Munro se haría cargo de la muerte de Brendan Maxwell, al que presentarían ante la policía del reino como una amenaza.

Roland era un miembro muy respetado en la comunidad y dudaban bastante que fueran a castigarlo por haber salvado la vida de una pareja de amantes.

—Ahora que Brendan ha mordido el polvo, ¿os marcharéis a Dundee? —inquirió Blake, mirando a Lillias y a Johnson. Su rostro tenso delataba que no le haría ninguna ilusión perder de vista al pequeño—. La herencia del muchacho sigue allí.

—Es demasiado pequeño para hacerse cargo de ella.

Tiene que cumplir cierta edad. Mientras tanto, contactarán a alguno de los hermanos de mi padre, como correspondía en un primer momento, para que cuiden de las tierras y del castillo.

Una vez Johnson sea mayor, y solo si así lo desea —especificó Lillias, posando una mano cariñosa sobre la de su hermano—, podrá marcharse a Escocia y reclamar lo que le pertenece por derecho.

—Yo estoy muy bien aquí. —Johnson se encogió de hombros.

—No será porque la vida es apaciblemente aburrida —rezongó Calder con ironía—. Un hombre no puede pegar ojo por las noches preguntándose cuál será la siguiente tragedia.

El resto del almuerzo discurrió entre anécdotas divertidas, carcajadas y sendas copas de vino, que todos a excepción de los recién casados apuraron con verdaderas ansias.

Ellos también estaban desesperados por darse cierto gusto, pero no tenía nada que ver con las bebidas descorchadas para la ocasión.

Tan pronto como el postre fue servido y Lillias pudo disimular que no tenía más hambre para seguir comiendo, ambos pusieron una excusa para retirarse a sus aposentos.

Poco podrían hacer con las heridas abiertas salvo tenderse en la cama y contemplar maravillados el rostro del otro. Lo habían conseguido.

En vista de que los homenajeados no estaban ya presentes, Calder estaba a punto de imitarlos y marcharse a descansar cuando el inspector Munro se limpió las comisuras de los labios y se incorporó.

Él tampoco había bebido una sola gota de alcohol, y, de hecho, había mantenido una actitud entre distante y tensa durante toda la comida.

—¿A usted también le ha llegado el momento de marcharse? —inquirió Blake, pasándole un brazo por los hombros a Cullodenna para mantenerse en pie—. Se le echará de menos, Munro.

—Por desgracia para los propósitos del señor Houston de ahorrarse problemas, mi cometido no ha acabado aquí —anunció con solemnidad, y quizá con una pizca de tristeza.

Su mirada rapaz se posó en Haye, que, afectado por la bebida, no se dio cuenta de que era el foco de atención—.

Ya me he acordado de qué me suena usted, señor Haye.

Ha hecho un excelente trabajo cubriéndose la cara, cambiando el acento del sur por el de Liverpool y perdiendo tanto peso, pero siempre me quedo con las caras de los buscados.

Ahora bien: no me habría molestado en hacer memoria si no hubiera hecho ese desacertado comentario sobre mi esposa.

Haye espabiló al oír las acusaciones del inspector. Se puso en pie despacio, con las manos entretenidas en doblar y desdoblar la servilleta que reposaba a un lado del plato.

—¿Las caras de los buscados? —inquirió Beth sin entender.

—Hay grabados de este caballero por toda Inglaterra, señora Houston —contestó con severidad—. Se le lleva buscando años por el asesinato de la hija del duque de Blythesea, lady Helen Everly.

Calder puso los ojos como platos. Incluso se tambaleó, a pesar de haber echado todo el peso en el bastón.

—¿Qué? ¿Asesinato, dice? —jadeó. Ladeó la cabeza hacia el acusado—. ¿Haye?

El químico terminó de doblar la servilleta, curvando los labios en un amago de sonrisa incrédula. Soltó una pequeña risita, alzó la barbilla y, después de asentirle con la cabeza al inspector Munro, como si le felicitara por su agudeza mental, echó a correr como alma que llevaba al diablo.

—Maldito sea —masculló el inspector, que salió en pos de él a trompicones.

Calder se quedó estático, tratando de encajar la última noticia. Beth le puso la mano en un hombro con el fin de transmitirle ánimos; Cullodenna y Blake compartieron una mirada que parecía decir «no me extraña en absoluto».

El señor del castillo se dejó caer en el asiento y hundió el rostro en las manos.

—Dios santo... ¿Qué tiene que hacer un hombre para estar tranquilo un solo minuto?