Epílogo
Bonnibelle suspiró, satisfecha tras un trabajo bien hecho. Se quedó un buen rato admirando con los brazos en jarras los estantes que acababa de desempolvar, en los que había optado por redistribuir los frascos para dar impresión de mayor amplitud.
En los últimos meses apenas había pasado por la cabaña.
Solo para tomar las hierbas que necesitaba para según qué lesiones y algunas prendas limpias.
No habría permitido que lady Beth, señora Houston o como prefiriera llamarse le hubiera encasquetado alguno de sus flamantes vestidos de noche para arrodillarse ante las prostitutas de Brodick, y, de todos modos, dudaba que le hubiera sentado bien la talla de la dama del castillo. Ni siquiera mientras estuvo embarazada.
Lo cierto era que había echado de menos su hogar. Había pasado tanto tiempo viviendo en la cabaña que no reconocía ningún otro lugar como su casa, y eso que algunos de sus visitantes habían comentado, fuera verbalmente o con una mueca aprensiva, que aquello apenas podía pasar por un almacén.
Lo era: era un almacén. Bonnibelle guardaba allí sus preciadas mezclas, y solo tumbaba el colchón sobre el suelo astillado cuando era la hora de descansar.
El resto del tiempo permanecía de pie, escondido tras una de sus estanterías preferidas.
No necesitaba bañera, puesto que se bañaba en el río, ni tampoco una mesa: prefería comer sentada entre los arbustos de la montaña, desde donde se apreciaba una vista incomparable del mar.
Bonnibelle siempre había sido una gran amante de la naturaleza. La vida en el castillo de Lochranza le había hecho olvidar aquello, como otros tantos principios de importancia vital. Entre estos, que debía mantenerse alejada de los sinvergüenzas de la talla de Andrew Haye.
Tantos meses expuesta a su mala influencia había acabado trastocándole el ánimo, y eso no era algo que una sanadora se pudiera permitir.
Sus pacientes la necesitaban con el ojo avizor, sin que le temblara el pulso y concentrada en su tarea, no pensando en el abrazo de un pseudomédico de baja estofa.
Bonnibelle bufó en voz alta.
También le gustaba estar alejada de la civilización porque le permitía hablar sola, o, dicho de otro modo, comunicarse de forma más espiritual con ella misma, la única persona cuya opinión respetaba.
Mientras preparaba un modesto emparedado para saciar el hambre, pues era salvaje incluso a la hora de comer —solo se molestaba en hacerlo cuando le rugía el estómago, sin horarios establecidos—, meditaba a viva voz sobre la visita intempestiva de una joven embarazada, ocurrida hacía un par de horas.
Por lo visto, su madre, su abuela y su bisabuela habían fallecido de una compleja preeclampsia al dar a luz, y temía correr el mismo destino.
Bonnibelle cerró la puerta de la cabaña y rodeó la estructura de piedra musgosa para adentrarse entre los árboles.
Apenas tuvo que retirar un par de hermosos abetos para acomodarse en el que era su lugar preferido, un hermoso banquito de madera que ella misma había tallado para disfrutar del aire fresco.
—Maldita sea, he olvidado las especias —se lamentó.
Se incorporó en el acto y regresó a la cabaña a paso ligero, sin necesidad de agarrarse las faldas de un pomposo vestido. Eso era, sin duda alguna, lo que más le gustaba de vivir en las montañas: podía moverse con un sencillo camisón sin miedo a que nadie la juzgara.
O eso pensó ella.
En cuanto entró en la cabaña con la mano alargada hacia la balda, una presencia desconocida se delató haciendo crujir la madera tras ella.
A Bonnibelle no le dio tiempo a girarse o estirar el otro brazo para agarrar el cuchillo con el que había cortado el pan: el intruso le cubrió la boca con la palma y apretó tan fuerte que los gritos de Bonnibelle fueron sofocados.
Tampoco pudo usar los puños para defenderse, puesto que el tipo había actuado con una rapidez asombrosa inmovilizándole las muñecas a la espalda.
—Así que este es el lugar donde se hace la magia...
—ronroneó una voz masculina. Aunque habló contra su oído, Bonnibelle estaba tan sorprendida por el ataque que no lo reconoció enseguida—.
¿Sabes? Este sería el momento perfecto para que demostraras que tienes poderes: un hechizo y ya te verías libre de mi agarre...
Pero no eres más que pura fachada, ¿verdad?
Puedes reconocerlo ahora que estamos solos, Reina de las Infamias.
Bonnibelle supo quién era por el título que le atribuyó. Solo un hombre la llamaba así, y solo un hombre olía a esa mezcla de corteza de nuez, bayas negras y sales de plomo: Andrew Haye.
Curiosamente, Bonnibelle no solo no intentó zafarse de él, sino que se relajó entre sus brazos. Haye, confiado ahora que no oponía resistencia, retiró la mano, pero no le soltó las muñecas.
—Hechicera o no —prosiguió él con su voz lánguida—, tu ayuda me vendrá de perlas.
—¿Qué quieres? —gruñó Bonnibelle—. No creo que hayas venido porque me echaras de menos.
—Te sorprendería lo autodestructivo que puedo llegar a ser..., pero no, estás en lo cierto. No he venido porque te eche de menos, sino para que tú me eches a mí una mano.
»Necesito esconderme, y me parece que Elphame está lo suficientemente lejos del mundo real para que no me encuentren.