Capítulo 32
Rowen llegó al castillo de Lochranza pasados diez minutos, tan rápido como se lo permitió el semental que Blake tuvo a bien cederle, que era, con diferencia, el caballo más veloz de las cuadras del castillo.
Tal y como Munro había ordenado, el resto de los invitados habían disuelto la reunión para emprender la búsqueda por los alrededores.
Incluso Beth había querido colaborar con la pequeña en brazos, a pesar de las quejas de su marido.
Desmontó del caballo antes de que la criatura detuviera el trote y empujó las puertas del castillo con las dos manos. Uno de los lacayos, que en ese momento abrillantaban los pomos de los portones renovados, dio un respingo y le dirigió una mirada aprensiva.
Todos allí estaban al corriente de la historia de Rowen Carmichael, y el muchacho debía haber supuesto que la boda se había frustrado una vez más.
—¿Dónde está Lillias? —exigió saber—. ¿Ha llegado a salir?
El joven, de nombre Archie, se giró hacia Rowen con gesto desorientado.
—No lo creo, señor. No me he movido de aquí en los últimos cuarenta y cinco minutos y no la he visto abandonar el castillo; al menos, no por la puerta principal.
Aunque... —agregó, justo cuando Rowen emprendía nuevamente la marcha.
Frenó de forma abrupta y le lanzó a Archie una mirada que le encogió—.
La-lady Lillias ha r-recibido una vi... una visita, señor Carmichael. Supongo que se ha entretenido.
—¿Una visita?
Rowen no esperó a que Archie le proporcionara una descripción. Con un mal presentimiento, y sospechando que solo podía tratarse de un hombre, echó a correr escaleras arriba sin detenerse a exigir explicaciones, aunque sin duda lo reprendería más adelante.
¿Cómo se le había ocurrido abrirle las puertas a un desconocido cuando ni el señor del castillo ni su hermano Blake estaban presentes? ¿Con qué clase de artimañas habría logrado colarse Brendan?
Porque era Brendan, Rowen estaba seguro.
Temiendo no encontrarla en ninguna de las estancias por haber llegado demasiado tarde, Rowen aceleró por el pasillo que conducía al dormitorio de Lillias.
El corazón se le encogió al oír de lejos un sollozo entrecortado.
Sin pensarlo dos veces, empujó las puertas con toda su fuerza y se topó con una escena que permanecería grabada en su memoria hasta el día que le enterraran.
Brendan había acorralado a Lillias contra el suelo, que giraba la cabeza a un lado y a otro, huyendo de sus labios.
Con una rodilla le inmovilizaba las piernas, y con las manos sujetaba sus frágiles muñecas por encima de la cabeza.
Varias heridas abiertas salpicaban de sangre el rostro de Lillias, que lloraba como si supiera que no tenía escapatoria.
Brendan se dio cuenta de la entrada estelar de Rowen antes de que este lograra emitir palabra.
—El héroe salvador... —saludó el susodicho, curvando los labios con una sonrisita condescendiente—. Me preguntaba cuánto tardarías en llegar.
—No he tardado tanto como te habría gustado, hijo de puta —bramó Rowen.
Sobrevenido por un ramalazo de rabia que le hinchó las venas, avanzó hacia él y le pateó el costado para apartarlo de Lillias.
Ella ni se movió al verse libre de Brendan, aturdida aún por el desarrollo de los acontecimientos.
Rowen se debatió entre atender sus heridas y matar con Brendan.
Viendo que este se doblaba de la risa, aferrándose las costillas afectadas por el golpe, Rowen se decantó por acabar con su amenaza para siempre.
Rodeó a Lillias con los puños crispados.
—Levántate, bastardo, y resolvamos esto como debimos zanjarlo hace diez años.
Brendan enarcó las cejas. Aún se retorcía de dolor —y de la risa— cuando contestó.
—¿Qué se supone que debimos zanjar hace diez años? Si crees que yo te separé de ella, no sabes cuánto te equivocas. Lillias me eligió, y nos divertimos de lo lindo...
Rowen se agachó y lo agarró por las solapas de la chaqueta.
Sacudiéndolo como si fuera un saco de harina, lo incorporó hasta que solo sus rodillas rozaban la alfombra.
Brendan era un hombre alto y espigado, pero no tan corpulento como Rowen, y la vida acomodada le había desinflado los músculos de los que solía fardar. Una década no pasaba en vano.
—Puede que a una muchacha de veinte años pudieras manipularla a tu antojo, aprovechando que su padre acababa de morir y que yo no estuve a la altura —siseó Rowen—, pero para meterte en mi cabeza vas a necesitar mucho más que ese ridículo argumento.
Y de todos modos, Brendan... —Se acercó a su rostro con la mandíbula apretada—, no he venido a hablar.
Brendan esbozó una sonrisa orgullosa.
—Quién me iba a decir que serías lo bastante hombre para enzarzarte en una pelea...
El honrado Carmichael —pronunció con retintín—, dispuesto a todo con tal de devolverle a su querida la respetabilidad que siempre le ha faltado.
¿No te da vergüenza arriesgar tu vida y tu reputación por una fulana como esta?
Rowen lo sorprendió con un derechazo en la mejilla que volvió a hacerle caer al suelo. El golpe fue tan fuerte que no le extrañó que Brendan perdiera el habla unos instantes.
—No vuelvas a referirte a ella en esos términos —le advirtió con voz de ultratumba, alzando el dedo índice.
—¿Por qué no? Lillias y yo pasamos años revolcándonos en la cama, y no voy a dármelas de especial diciendo que la seduje con mis grandes habilidades.
Tu adorada prometida se habría metido bajo las sábanas con cualquiera, porque el vicio le gana a la razón.
Deberías tratarme con más respeto. De no haber sido por las constantes atenciones que le prodigaba, más de una docena de hombres se habrían corrido dentro de ella, no solo yo.
Rowen le sostuvo la mirada sin mostrarse en lo absoluto afectado por el argumento. Lillias se lo había confesado con tristeza, convencida de que su afección, como la misma Reina de las Hadas lo había llamado, bastaría para ahuyentarlo.
Brendan había llegado tarde para escandalizarlo.
—Tal vez se metiera en tu cama, pero no se habría casado contigo ni por todo el oro del mundo —repuso Rowen con desdén—.
Por eso intentaste matarla, ¿no es así? Porque nunca te daría sus favores, y eso era lo que tú querías más que nada: garantizarte un lugar en Dundee Castle después de que tu único vínculo, la difunta lady Murray, se desvaneciera.
»Vas a pagar por todo lo que has hecho —le aseguró Rowen, agachándose para agarrarlo de la cabellera oscura—. Precisamente porque soy el honorable Carmichael, voy a darte muerte, que es lo que mereces. Después de esa hazaña, pasaré de ser un santo a convertirme en un ángel de los cielos.
Los ojos de Brendan emitieron un destello peligroso, como si Rowen acabara de pronunciar las palabras mágicas; las que desataban su implacable victoria. Rowen supo por qué empezaba a sonreír, seguro de sí mismo, en cuanto guio su mano derecha al interior de la chaqueta y extrajo un revólver.
Apuntó a Rowen con el cañón de la pistola y apretó el gatillo, con la suerte de que este pudo esquivar el disparo a tiempo para que no perforase ningún órgano vital.
Aun así, la bala le atravesó el hombro y se quedó dentro.
El gemido de dolor de Rowen, seguido de su caída sobre la alfombra, fue amortiguado por el grito de espanto de Lillias, que intentó incorporarse a pesar de que sus movimientos renqueantes indicaban la ruptura de unas cuantas costillas.
Brendan se levantó sin dejar de sonreír. Apuntó de nuevo a Rowen, esta vez a la frente.
—¿Quieres decir algo antes de que te mate?
Quizá recordarle a Lillias que la amas, o rogar que te deje vivir...
O quizá quieras saber qué es lo que haré en cuanto me libre de ti.
—Dio un paso hacia él y apoyó el cañón de la pistola en el entrecejo de Rowen, que se estremeció al sentir el calor del cerco.
Se aferraba el hombro herido, temblando por la conmoción y el inefable dolor físico—.
En cuanto desaparezcas de este mundo, voy a tomar a tu querida Lillias, en honor a nuestra diversión del pasado; justo como iba a hacer antes de que me interrumpieras.
Después, cuando la adorable dama no sea más que un despojo humano, me dirá por su propio pie dónde demonios está Johnson, lo subiré en un barco destino Escocia, y...
Bueno, aún no sé qué ocurrirá. Tal vez naufraguemos y las olas abduzcan al pequeño, o quizá suframos un accidente en el carruaje que nos llevará a Dundee, o a lo mejor unos bandidos nos asaltarán en el camino, demostrando muy poco respeto por la vida de los infantes.
La cuestión es que ni tú, ni Lillias, ni el pequeño Johnson cumpliréis un año más.
Este será el último día de vuestra vida, así que mantenedlo en vuestra mente: treinta de enero de...
El sonido de otro potente disparó cortó el aire.
Rowen cerró los ojos a la vez que el eco se expandía por la habitación, y esperó a que el dolor de la bala —que obviamente debía haberse desviado, porque seguía vivo— colapsara sus sentidos.
Pero oyó los gritos y sollozos entrecortados de Lillias, el aullido con el que pedía clemencia; luego, la estrepitosa caída de un cuerpo sin vida y, al fin, la voz familiar de un hombre en el que se podía confiar.
—De 1838 —completó el inspector Munro.
Rowen abrió los ojos y confirmó que había llegado en el momento justo.
Ni siquiera había entrado en el dormitorio.
Permanecía de pie bajo el umbral, con una Beretta en la mano y la posición de un disparador profesional.
Su rostro era una máscara de granito. Ni rastro quedaba de la calidez que reflejaba su semblante siempre dispuesto a colaborar y prestar ayuda.
Rowen pensó que haría un comentario divertido, como «si me aceptan una sugerencia, yo lo recordaría como el día que Roland Munro les salvó la vida», pero el hombre debía saber muy bien cuándo estaba el ánimo para bromas, y aquel no era el momento oportuno.
Munro actuó con rapidez. Se acercó a Lillias, la ayudó a incorporarse muy despacio, dedicándole tiernas palabras de consuelo, y la sentó en el borde de la cama. Temblaba y se abrazaba a sí misma, y aunque intentaba contener el llanto, no lo conseguía.
Luego, el inspector se arrodilló para valorar la herida de Rowen, que veía doble.
—¿Ha oído...? —Una tos violenta le interrumpió—. ¿Ha oído lo que pretendía hacer?
—He oído más que suficiente para zanjar este asunto, pero ya ve que, aunque no lo hubiera hecho, el señor Maxwell no volverá a molestarlos.
—Munro dirigió una mirada indescifrable al cadáver de Brendan.
Rowen creyó ver cierta aprensión en su semblante, y se solidarizó con el terrible hecho de que había matado a un hombre.
—Lamento que haya tenido que hacer esto —balbuceó Rowen, apoyando el peso en el hombro de Munro.
Este meneó la cabeza.
—Si puedo evitarlo, prefiero no arrebatarle la vida a nadie, pero el señor Maxwell no me ha dado otra opción.
Incluso si le hubiera disparado en una rodilla para desarmarlo, aturdirlo o ganar tiempo, dudo que hubiera soltado el arma, y al final habría salido herido alguno de los inocentes.
Y eso sí que no me lo habría perdonado. —Posó una mirada entristecida en Lillias—.
Lamento no haber llegado a tiempo para ahorrarle la desgracia.
Rowen siguió la trayectoria de la mirada de Munro y sintió que se le rompía el corazón al ver a Lillias en ese estado.
No había querido confrontar la dimensión de su error hasta ese momento, en el que no le quedaba otro remedio que aceptar que había llegado tarde por culpa de su desconfianza; porque había priorizado la posibilidad de que lo abandonara de nuevo a que estuviera corriendo peligro.
Rowen le puso una mano en el hombro a Munro, pidiéndole que le diera un instante a solas con Lillias.
—Tiene que verle un médico —replicó el inspector, turbado.
—Y le haré llegar a la Reina de las Hadas o a Haye que requiero sus servicios con urgencia..., pero no ahora. —Señaló a Lillias con un sutil gesto de barbilla, indicando cuál era su prioridad.
—¿Haye es médico? —inquirió Munro con enigmática extrañeza. Rowen asintió, sin saber qué pensar de que hiciera esa pregunta insignificante en un momento complicado—. Ya veo.
—Inspector —intervino Lillias antes de que Munro abandonara la habitación—. ¿Dónde está mi hermano? ¿Brendan vino solo, o es posible que alguno de sus... secuaces le haya...?
—Johnson se encuentra sano y salvo, y no tiene ni la menor idea de que Brendan Maxwell nos ha prestado una visita indeseada. Estaba llegando a la parroquia cuando nosotros nos desplegamos en su busca. Lo intercepté a tiempo y lo dejé a salvo con lady Beth.
Con aquella declaración, Lillias por fin respiró tranquila. Parte de su malestar se disolvió, y unos segundos después fue capaz de enfocar la vista y estrechar las manos de Rowen, que este había posado sobre su regazo al agacharse ante ella.
—Siento no haber llegado antes —murmuró Rowen—. Pensaba que me habías abandonado otra vez. Ni se me ocurrió que...
—Mejor que no se te hubiera ocurrido. Esto es una pesadilla —musitó ella con voz temblorosa. La apretó las manos de nuevo, como si fuera él quien necesitara que le transmitieran fuerzas—. Pero has de saber que nunca... que yo jamás volvería a hacerte daño.
—Ahora lo sé. —Besó sus nudillos con delicadeza. Rowen sintió la corteza de sus propios labios cuarteados—. Te quiero, Lilly.
Ella no tuvo que hacer un esfuerzo por sonreír. Al curvar los labios, se le escapó una carcajada incrédula, nerviosa y, al mismo tiempo, agradecida con el ser supremo por haberle concedido una segunda oportunidad, aunque fuera una segunda oportunidad salpicada de sangre y pólvora.
Se inclinó sobre él, ahuecando su rostro con las manos.
—Pues cásate conmigo ahora mismo.
—¿Qué? ¿Ahora?
—Esperaré a que te curen y te venden, y luego... Pasaremos por la parroquia. No pienso permitir que nuestra boda vuelva a fracasar o a posponerse por mi culpa.
—Lillias, sería comprensible que decidiéramos... —Se calló y tragó saliva al comprobar en su mirada brillante que no estaba exagerando—. ¿Estás segura?
—Nunca he estado tan segura de algo —le prometió, apoyando la frente en la de él—. Cásate conmigo, Rowen. Hagamos que este día, treinta de enero de 1838 , sea nuestro y borre el amargo recuerdo de Brendan. Todos los amargos recuerdos.
Rowen logró sonreír a pesar del dolor que le estaba aguijoneando el hombro. Abrazó a Lillias por la cintura y apoyó la mejilla en su vientre, y habría jurado que ahí, resguardado con su calor, protegido por su abrazo, dejaron de dolerle el cuerpo y el alma.