Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 31
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Capítulo 31

—¿Y si te ha vuelto a plantar? —sugirió Haye, observando el modesto interior de la parroquia con la boca torcida, como si de un momento a otro se le fuera a caer encima el techo.

Los Houston se giraron en su dirección para lanzarle una mirada reprobatoria. No así el aludido, que llevaba un buen rato planteándoselo.

Rowen no pudo sino disimular sus nervios.

No era posible, ¿verdad?, se decía. Lillias había cometido errores, al igual que todo ser humano, pero no incidiría en ellos, y ni mucho menos sabiendo ya el daño que le causaría.

No cuando había un compromiso entre los dos, cuando se había mostrado igual de entusiasmada, cuando no había ningún problema de peso que los separara, pues ya estaba todo resuelto.

Rowen se aferraba a todas las razones racionales que existían para no caer en la desesperación más absoluta, pero no lograba tranquilizarse.

En el momento de la verdad, cualquier enamorado era susceptible a las dudas de última hora, y Lillias era la que más motivos tendría para arrepentirse una segunda vez.

Quizá lo quisiera, pero estaba renunciando a una vida de privilegios al desposar a un hombre con los ingresos justos para vivir con comodidad, mas no para tenerla a cuerpo de reina.

Quizá lo amara, pero tal vez también sus reproches de días anteriores la hubieran convencido de que cometía un error al casarse con un hombre carcomido por el rencor, incluso si Rowen se consideraba libre de cargas pasadas.

Quizá, simple y llanamente, lo hubiera valorado con calma y ya no le pareciese una buena idea.

—No le hagas caso —intervino Cullodenna, poniéndole una mano amable en el brazo. Se había levantado de la primera banqueta de la parroquia para ofrecerle consuelo—. Ya sabemos cómo se las gasta el señor Haye. Como es un pobre miserable, quiere que todos los demás lo seamos también.

Haye fingió asombrarse por el trato recibido.

—¿Desde cuándo me ataca usted de esa manera? —se quejó—. Creía que podíamos confiar en el autocontrol y la educación de las mujeres del castillo de Lochranza para sobrevivir al día, pero ya veo que la descortesía de sus maridos es contagiosa.

—No le recomiendo incluirme en esa generalización, señor Haye —habló Beth, que acunaba entre sus brazos a una mansa Yvaine—. Yo aún tengo la gentileza de reservarme lo que opino sobre usted.

—Vaya por Dios... —Haye lanzó una mirada exasperada al techo—. Estoy rodeado de gente que me desprecia y no me había dado cuenta. La precipitada marcha de la Reina de las Taradas ha levantado la alfombra bajo la que barríais vuestro desdén, ¿no es así?

—En absoluto, pero sí ha suscitado nuestra curiosidad —reconoció Calder—. El servicio me informó que te vio salir del castillo unos instantes después que ella. Lo siguiente que se supo es que la Reina de las Hadas regresó muy alterada y con ganas de marcharse.

—No me sorprende que se sospeche que Haye podría ser la causa de que nos haya abandonado —admitió Blake, recostándose en la banqueta con los brazos cruzados—.

Lo que me extraña es que no lo valoráramos antes.

Si fuera un día de estos a su cabaña a prestarle una visita y le preguntara qué la empujó a irse, ¿qué crees que me diría, Haye?

—¿Que a priori pensó que podría sobrevivir a la ausencia de Lachlan Hawke, pero que se le está haciendo insoportable?

—propuso Haye con indiferente—. O, quizá, que le disgusta tanto tu esposa que prefiere no respirar el mismo aire que ella.

—La sonrisa ladina de Blake se convirtió en una mueca—.

Oh, vaya, discúlpeme, señor Houston... Había olvidado que es usted el único que puede humillar a su mujer.

Blake se puso en pie, dispuesto a borrarle la cara, pero la entrada en la parroquia de una figura desproporcionada captó la atención de los presentes. Rowen se encogió, emocionado ante la posibilidad de que fuera Lillias, pero poco se parecía el inspector Munro a la que habría de ser su esposa.

—Pensaba que llegaba tarde a la ceremonia —comentó Munro, mirando a un lado y al otro en busca de la novia. Avanzó por el crucero retirándose los mechones castaños de la frente.

—La novia se está retrasando —resumió Calder.

Munro posó la mirada sobre cada uno de los invitados. Debió hacerse una idea de cuál era el ánimo general, porque mientras se acomodaba el gabán, le dirigió una sonrisa apaciguadora a Rowen.

—No se preocupe, señor Carmichael. No sería una novia tradicional si no llegara tarde.

«Ese es el problema», estuvo tentado de decir. «Que ella no es una novia tradicional».

Prefirió no hacer acotaciones al respecto y le hizo un gesto al inspector para que tomara asiento en alguno de los espacios libres de la banca. Munro no se habría percatado de la presencia de Andrew Haye, con el que aún no había tenido el gusto de tratar, si este no hubiera preguntado:

—¿Quién es el caballero?

Munro se cruzó de piernas junto a Beth, a la que le dedicó un amable cabeceo, y alzó la vista hacia el químico. Rowen se fijó en que el inspector pestañeaba un par de veces de más, como si le hubiera descolocado su aspecto.

—Soy el inspector Roland Munro. Hasta hace poco formaba parte de los corredores de Bow Street, pero prefería un enfoque más...

nacional, por así decirlo, y me uní a una red de detectives y antiguos policías que operan en toda Bretaña.

«Los Cuervos», nos hacemos llamar. ¿Y usted?

—Enarcó una ceja sin perder el aire conspirador—. ¿Quién es?

Fue apenas perceptible, pero Haye estiró el cuello al oír el título que ostentaba Munro. Inspector. Rowen se convenció de que eran imaginaciones suyas, de que los nervios le hacían ver fantasmas donde no los había, puesto que Haye regresó enseguida a su pose indiferente.

—Andrew Haye.

—Ajá... —Munro asintió despacio—. Pues me resulta usted familiar, señor Haye.

—Dudo que nos hayamos visto antes. Me acordaría de un hombre del tamaño de la Torre de Londres.

Munro sonrió a desgana, como si estuviera harto de las bromas sobre su aspecto pero fuese demasiado educado para exigirles que cerraran el pico.

—Es un rasgo memorable, sí. Yo también tengo muy buen ojo. Me acuerdo incluso de la gente a la que no recuerdo dónde he visto, pero suelo caer en la cuenta más pronto que tarde. ¿Está seguro de que no hemos coincidido? Tiene usted acento del norte de Inglaterra.

—Pues usted no parece la clase de hombre al que se le haya perdido nada en la frontera con Escocia.

—Y tiene razón. Solo pasé allí mi luna de miel.

—¿Está usted casado? —inquirió Beth, sentada a su lado—. Enhorabuena, señor Munro. Nadie lo habría dicho. Como ha venido usted solo...

—No suelo viajar solo. Mi esposa es capaz de amordazarme o apuntarme con un cuchillo si me atrevo a dar dos pasos sin tenerla colgada de los hombros —y sonrió como si aquello no le importara lo más mínimo; como si, de hecho, lo disfrutara enormemente—, pero ha vuelto a quedar encinta y, por su propia seguridad, ha preferido prescindir de los viajes por una temporada.

—Entonces puede que nos conozcamos de eso —intervino Haye en un tono defensivo que extrañó a los presentes—. De su mujer.

Rowen se tensó al ver que la afable sonrisa de Munro se disolvía como azúcar en el agua.

No se levantó para amenazarlo con los nudillos por la mera insinuación, como minutos antes había hecho Blake.

De hecho, se limitó a dirigirle una larga mirada que podría haber provocado que un hombre con un ápice de vergüenza se orinara en los pantalones.

Acto seguido, echó una ojeada a su reloj de bolsillo.

—Lleva media hora de retraso —comentó Munro, mirando a Rowen—. Tal vez necesite ayuda con los preparativos.

—No quiso a nadie en el dormitorio con ella —explicó Cullodenna.

—Así nadie le impediría huir por la puerta grande —comentó Haye.

—Cierra el pico de una vez, sassenach —gruñó Rowen, desquiciado. No dejaba de frotarse las manos y los muslos—. Estoy al límite de mi paciencia contigo.

—Si quiere escabullirse, no creo que tengamos que ponérselo fácil —decidió Blake, poniéndose de pie—. Vayamos a ver qué demonios ocurre. Tampoco veo a Johnson por ninguna parte, y eso sí es sospechoso...

Al decirlo en voz alta, todos los presentes se tensaron.

Johnson.

—Cuando dijo que quería estar sola mientras se vestía, ¿se refería a...?

—Se refería a sola. Sola sola —especificó Beth, mirando a Munro a los ojos—. Teóricamente, Johnson llegaría con ella con las flores. Estaba muy emocionado por la boda, y no creo, por más que adore a su hermana, que se hubiera marchado sin decirnos nada.

Munro se puso en pie tan rápido como Rowen se encaminó a la salida de la parroquia.

¿Cómo había sido tan estúpido como para desconfiar de ella sin plantearse ni por un solo segundo que algo pudiera haber salido mal?

Munro había dado por hecho que era demasiado pronto para temer por la seguridad de los Maxwell, que era imposible que Brendan o alguno de sus secuaces llegara antes de lo previsto, pero Rowen tenía un mal presentimiento.

—Yo iré al castillo —anunció, empujando las puertas de la parroquia. No esperó la afirmativa de Munro para montar el caballo que lo había llevado allí—. Usted puede mirar por los alrededores. Si la han cogido...

—No andará muy lejos. Pero, por si acaso, mandaré a algunos de mis hombres o a los mismos Houston a revisar los puertos —confirmó Munro.