Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

—Lillias, sabes que lo digo es cierto. Puedes quedarte en Lochranza con tu querido Carmichael si crees que puedes renunciar a la vida de gloria de una dama escocesa.

A mí me es indiferente. —Se encogió de hombros—.

Pero tu hermano tiene derecho a elegir entre tú y yo sin que estés envenenándolo con mentiras.

Finlay Johnson Maxwell es el sucesor de la línea, el verdadero vizconde Murray.

Su lugar está en Escocia, no en una isla pequeña y sin recursos donde lo único a lo que podrá aspirar será a un puesto de administrador o comerciante en la destilería de los Houston.

—¿Qué te hace pensar que Johnson te elegiría a ti, eh?

¿Crees que no se daba cuenta de que intentabas acabar conmigo?

¿De que hiciste todo lo posible para envenenarme y así no abriera la boca sobre la relación que mantuvimos?

—bramó ella. Se atrevió a sonreír con desdén—.

Nadie te habría creído a ti si yo, lady Lillias, hubiera asegurado que abusaste de mí, y un hombre de tu reputación no habría podido permitirse tal escarnio, ¿verdad?

Brendan perdió la sonrisa y la pose indiferente y redujo el espacio que los separaba de forma sorpresiva.

Lillias intentó aferrar con más fuerza el candelabro y lanzarlo contra él, pero le sudaban las palmas de las manos y no fue lo bastante rápida.

Brendan se lo arrebató de un convincente tirón y la agarró de la garganta antes de que pudiera gritar pidiendo auxilio.

—Nadie me habría creído a mí porque siempre se te ha dado de maravilla fingir que no eres una zorra —le siseó al oído—, pero ahora que todo el mundo te conoce como la mujer que secuestró a Johnson y yo me he convertido en el hombre que intenta sacar adelante las tierras de los Maxwell, habría que ver cuál es la versión ganadora.

—Siempre has sido un forastero para las gentes de Dundee.

Un cazafortunas —le escupió ella. Intentó quitarse su mano de encima, pero clavarle las uñas en la muñeca solo servía para que afianzara más su agarre—.

Puede que tengas tus esbirros, pero no importa lo que cuentes, como tampoco es relevante lo que yo haga.

Ellos estarán de parte de los Maxwell toda la vida.

Brendan hizo una mueca desdeñosa y empleó la fuerza para empujarla hacia uno de los costados de la habitación.

Lillias cayó al suelo de cabeza, golpeándose la frente con la esquina de la cómoda.

Un violento mareo la sacudió, perdiendo preciosos segundos para escabullirse.

Brendan aprovechó esta ventaja para levantarla por el escote trasero del vestido, pasarle el brazo por el cuello desde atrás y empujarla con las caderas hacia la salida del dormitorio.

—No lo estarán cuando vuelva con Johnson y les anuncie que su querida lady Lillias prefirió quedarse aquí con un vulgar jornalero —le aseguró entre dientes—.

Y ten cuidado con lo que dices, querida mía.

No olvides que siempre te he tratado mucho mejor de lo que mereces, que he cuidado de ti mientras me lo has permitido y te he salvado de tomar las peores decisiones.

Si no fuera por mi indulgencia, te habría preñado y obligado a parir mis hijos... con lo que esto habría conllevado.

—Si no lo hiciste, no fue por mí, sino por tu... —Tosió—. Por tu condenada reputación.

—Fuera por una cosa o por otra, ten presente que estoy a tiempo —le advirtió con un susurro—. Apuesto a que podría subirte la falda ahora mismo y me recibirías con el mismo entusiasmo que antaño.

Lillias se revolvió, intentando escapar de la advertencia, pero Brendan la duplicaba en fuerza y tamaño y no le costó levantar las capas de lana, rasgar la ropa interior y comprobar, con una lenta caricia entre los pliegues, que estaba húmeda.

Los ojos de Lillias se cuajaron de lágrimas de impotencia. Siempre había odiado la nula lealtad de su cuerpo, que este escapara a las órdenes de su cerebro o las preferencias de su corazón, pero en ese momento se detestó más que nunca.

—¿Lo ves? —ronroneó Brendan. Sacó los dedos para mostrárselos; índice y corazón brillantes por el líquido pegajoso que los empapaba—.

Esto es lo que eres, Lillias. Un par de meses aquí, viviendo a cuerpo de reina, han conseguido que lo olvides temporalmente...

, pero no cambia el hecho innegable de que eres una puta.

¿Qué te ha hecho pensar que ahora sí eres digna de casarte?

Me compadezco del pobre Carmichael, que no sabe con qué clase de buscona pretende pasar el resto de su vida...

—Él sabe muy bien lo que me... lo que me pasa, y sabe lo que me hiciste...

—¿Lo que te hice? —repitió, asombrado. Brendan la hizo girar sobre sí misma y le apoyó la espalda contra la pared.

Lillias estaba tan conmocionada por el trato que no pudo moverse, ni antes ni cuando Brendan volvió a subirle la falda para hundir los dos dedos en su sexo—.

Querrás decir «lo que hicimos», ¿no? Porque esto...

—La penetró a un ritmo lento y pernicioso que hizo jadear a Lillias—.

Esto siempre te ha gustado tanto como a mí.

Y no trates de negarlo, porque ¿quién era la que me seguía?

¿Quién era la que me rogaba? Si me bajara los pantalones ahora mismo, Lillias, te abrirías de piernas.

—No... no lo hagas —sollozó ella, apartando la mirada llena de pavor. Su cuerpo respondía a las caricias como si no fuera consciente de que era el momento de estar asustada—. Por favor, no me hagas esto.

—No lo haré si a cambio me das lo que quiero. Dime dónde está Johnson —le ordenó en tono implacable.

—¿Para que te lo lleves y lo mates?, ¿para así heredar su... su herencia no adscrita al título? —rechinó entre dientes. Lillias se obligó a mirarlo a la cara, aunque fuese para fulminarlo de un vistazo—. Antes prefiero que mancilles mil y una veces.

Brendan sonrió de lado.

—¿Y no será que dices eso porque quieres que te mancille, pero eres demasiado elegante para pedirlo? —inquirió él en tono dulzón, inclinándose sobre ella para robarle un beso en la boca.

Lillias le mordió el labio inferior y tiró hasta que Brendan gritó de dolor.

La joven vio en su mirada carcomida por la rabia que la abofetearía antes de siquiera sentir el impacto del golpe, y eso mismo hizo.

El golpe fue tan potente que le giró la cara hacia el lado contrario, y al no tener donde agarrarse, cayó de costado.

Se llevó una mano temblorosa a la mejilla, incrédula, y comprobó que la herida de la caída anterior la estaba haciendo sangrar con profusión.

Alzó la mirada vidriosa hacia Brendan, que se acercó a ella mirándola desde arriba con desprecio.

Acumuló sangre y saliva en la boca y le escupió, como si no valiera nada, y seguidamente le propinó una patada en el vientre que le vació el aire de los pulmones.

Mientras se sobreponía al golpe, encogiéndose sobre sí misma hasta quedar en posición fetal, se fijó con el rabillo del ojo en que Brendan se quitaba la chaqueta y la arrojaba sobre la cama para continuar con el chaleco.

—Tú te lo has buscado, Lillias. Te lo has buscado sola.

La joven cerró los ojos y se mordió la lengua para reprimir un grito de angustia. Pensó que tendría suerte si perdía la conciencia; así el dolor físico no la acabaría convenciendo de revelar la posición de Johnson ni sería consciente de que había vuelto a plantar a Rowen.