Capítulo 30
Lillias había aceptado la propuesta de Rowen de casarse al día siguiente. «¿Por qué esperar?», había preguntado él. A ella no se le ocurrió ninguna manera de disuadirlo, aunque tampoco lo habría intentado.
¿Acaso no habían esperado ya suficiente?
Lillias se negaba a dar pie a que tuviera lugar otra discusión o a que la fatalidad los encontrara.
Iba a casarse con el hombre al que amaba, aunque tuviera que hacerlo pisoteando una vez más su reputación, sin las pertinentes amonestaciones, sin avisar con antelación a los invitados.
Serían Rowen, ella y el hombre de Dios que tuviera a bien casarlos.
¿Y por qué no iba a estar de acuerdo con unirlos en santo matrimonio?
Aunque Brendan hubiera sido el supuesto familiar a cargo de Lillias, la muchacha ya había cumplido treinta años.
¿No tenía derecho a tomar la decisión de contraer matrimonio con Rowen Carmichael sin consultar antes al dichoso tutor?
Él se encargaría de difundir la noticia entre los habitantes del castillo de Lochranza; ella, mientras, elegiría el vestido más bonito de su guardarropa para que a Rowen se le cortara la respiración apenas la viera llegar.
No tenía mucho donde elegir. Cuando huyó de Dundee, lo hizo dejando atrás sus privilegios de joven de alta cuna, sus vestidos menos prácticos —que eran a su vez sus preferidos— y su grandiosa reputación.
Solo se llevó consigo el cofrecito de las joyas, gracias a las que había estado subsistiendo hasta llegar a la isla de Arran.
Lillias escogió un vestido de una tonalidad parecida a la de sus ojos.
Beth se lo había prestado hacía algún tiempo, y viendo que le quedaba mucho mejor que a ella, había tenido el detalle de regalárselo.
También porque, si no hubiera sido por su generosidad, le habría faltado una muda limpia.
Había perdido la costumbre de exigir la ayuda de una doncella para vestirse, así que se desnudó delante del espejo y procedió a calzarse la ropa interior limpia.
No podía evitar sonreír en el proceso, y no encontraba la forma humana de calmar los nervios que se habían apoderado de ella. Estaba desesperada por comenzar su nueva vida con Rowen y con Johnson, una vida a salvo de Brendan.
¿Quién podría haber predicho que se mostraría tan entusiasta ante un destino diferente al que su padre le había prometido?
Si se hubiera quedado en Dundee, sería la dama de un gran castillo, los caballeros mejor considerados se pelearían por su mano, tendría una lista interminable de criados a su disposición, no le haría falta aprender oficios, tan solo saber bordar o tocar el piano —y esto por mero entretenimiento— y su única obligación sería traer al mundo a una criatura.
Lillias no podía negar que hubiera echado de menos la vida cómoda durante los primeros meses de huida.
Había nacido en una cuna de oro y crecido rodeada por una familia y un servicio que se desvivía por hacerla feliz.
Sin embargo, ahora se daba cuenta de que permaneciendo en Dundee no habría madurado.
Las adversidades que se había visto forzada a afrontar, el hecho de tener al pequeño Johnson a su cargo y el oscuro nubarrón al permanente acecho que representaba Brendan Maxwell la habían curtido, y ya no quedaban apenas un par de rasgos característicos de la antigua Lillias.
Quizá solo su esencia, de la que Rowen se había enamorado años atrás.
La vida de lady Lillias había quedado en el olvido, pero también lo haría la peligrosa rutina de la fugitiva Lilly.
A partir de entonces sería la esposa de un honrado labriego que ganaba suficiente dinero para vivir con ciertas comodidades, además de gozar de la tranquilidad de estar bajo la protección e influencia de los Houston, que no permitirían que le ocurriera nada malo. Ni a ella ni a Johnson.
Ya habían demostrado que eran individuos de fiar.
Le dio la espalda al espejo para abrochar las corchetas en el orden correcto.
Cullodenna y Beth se habían ofrecido a ayudarla, sabiendo por experiencia propia lo duro que era enfrentarse a los nervios de una boda sin apoyo moral, pero Lillias las había rechazado para pensar largo y tendido en su futuro.
No había nada en dicho futuro que le diera miedo.
Estaba tan ilusionada que se olvidó del peligro que seguía corriendo.
No en vano el inspector Munro se encontraba junto con el resto de los invitados en la parroquia donde se celebraría el enlace.
Solo unos cuantos miembros del servicio y el cochero esperaban en la entrada del castillo a que la novia descendiera las escaleras, lista para subir al altar.
Lillias inspiró hondo, sonriente, y se alisó las arrugas del vestido. Al tratarse de una boda de invierno, debía llevar manga larga, el escote cerrado y un grueso capote de lana, pero el vestido seguía siendo perfecto para la ocasión, de un dorado apagado con brocados en ocre y blanco roto.
—Vamos allá —murmuró, pellizcándose las mejillas.
Dio media vuelta con rapidez para no llegar tarde a la boda. No podía hacerle pensar a Rowen que había cambiado de opinión de nuevo.
Lillias alzó la mirada de la caída del vestido y la sonrisa se le heló en los labios al reconocer la figura de un hombre bajo el quicio de la puerta.
Respingó, asustada, y dio un paso atrás.
—Pareces sorprendida —comentó él con su voz lánguida, avanzando hacia ella con una media sonrisa—. Cualquiera diría que no me conoces, querida. No me perdería tu gran día ni por todo el oro del mundo. ¿Quién, sino tu adorado padrastro, el tío Maxwell, va a llevarte hasta el altar?
Lillias retrocedió sin quitarle la vista de encima hasta que sus caderas chocaron con el tocador. Palpó la superficie desesperadamente en busca de un objeto punzante. Tuvo que conformarse aferrando del mango el candelabro de bronce.
—Aléjate de mí —le ordenó, blandiendo el arma improvisada contra él.
Brendan levantó las cejas con aire burlón, sabiendo que Lillias no tenía ningún control sobre sí misma cuando él entraba en juego.
Así había sido siempre. Brendan no necesitaba recurrir a amenazas directas o a la misma violencia para doblegarla.
Se bastaba con sus poderes de persuasión, con su talento para encontrar el punto débil del enemigo.
—Espero que no lo digas porque te repelo.
Hubo un tiempo en el que no podías separarte de mi cuerpo, Lillias.
—Y le sonrió de oreja a oreja, lobuno—. Voy a dar por hecho que esta...
boda se ha organizado en apenas veinticuatro horas, o de lo contrario tendré que ofenderme porque no me hayas invitado.
Si tu madre supiera que te has atrevido a desairar de esa manera a tu propia familia...
—Tú no eres mi familia —le escupió. Viendo que la amenaza del candelabro no bastaba para retener su avance, Lillias balbuceó con la barbilla temblorosa—: ¡No te muevas de donde estás!
—Por Dios, Lilly, cualquiera que nos vea pensará que te golpeaba —se mofó Brendan, cruzándose de brazos—.
Y tienes razón. No soy tu familia. Al menos, no formo parte de la familia directa, pero no te vendría nada mal agregarme al clan Maxwell, porque no es como si te sobraran los confidentes. No tienes madre, no tienes padres...
—Tengo a Johnson —se defendió ella.
Comprendió que había cometido un grave error al mencionarlo. Los ojos oscuros de Brendan emitieron un destello ambicioso que le hizo saber en el acto qué era lo que había ido buscando.
—Es cierto. Tienes a Johnson. ¿Dónde está? Me gustaría saludarlo.
—Está donde no podrás encontrarlo, te lo aseguro. No voy a dejar que le pongas una mano encima.
—¿Ponerle una mano encima? —se asombró Brendan.
Alzó los brazos con las palmas apuntando hacia ella, proclamándose inocente de todos los cargos—.
¿Cuándo he hecho yo tal cosa, Lillias? Johnson es una auténtica ricura.
No siento por él nada más que respeto y afecto.
Tú, en cambio, debes estar celosa de sus privilegios o en contra de que se convierta en un hombre de provecho.
De lo contrario, no lo habrías alejado de su hogar y, por extensión, de su herencia.
—Sabes muy bien por qué lo alejé de su hogar —gruñó Lillias.
—Porque te revoqué los privilegios en cuanto dejaste de calentarme la cama, como haría cualquier hombre con su amante, y no pudiste soportarlo. Tuviste que compartir ese terrible castigo con Johnson, cuando yo habría tratado a tu hermano como a un hijo.
—¡Y un cuerno! —bramó, fuera de sí—. ¡No dices más que mentiras!
—Mírate... apenas se puede mantener una conversación contigo.
—Brendan la miró con un amago de puchero.
Parecía entristecido por su actitud—. ¿Crees que esa es la clase de influencia que Johnson merece?
¿A una mujer incapaz de controlar sus impulsos o solo comunicarse sin alterarse?
No me quiero ni imaginar lo que habrá sufrido estando bajo tu...
—¡Cállate! ¡No vas a jugar con mi mente! ¡No esta vez! ¡Ni siquiera sé cómo me has encontrado, cómo has llegado hasta aquí, cómo...! ¡El castillo entero sabe lo que has hecho! —le aseguró a voz en grito, pestañeando deprisa para contener las lágrimas.
—Pues no ha debido parecerles grave, porque nadie se ha opuesto a mi visita.
Aquello le sentó como una puñalada en el pecho.
No era posible que la hubieran traicionado. Todos los socios de Gillander’s estaban invitados a la boda, que se celebraría en la parroquia de Lochranza. Si Brendan había podido entrar sin ser visto o retenido, era porque sabía engatusar al servicio y porque ninguno de los Houston estaba presente.
¿Qué, si no, explicaría la tranquilidad con la que se movía por allí?
Ni siquiera había cerrado la puerta.