Capítulo 29
Rowen la sorprendió tomándola en volandas por la cintura. Lillias soltó un grito que se transformó en carcajada en cuanto estuvo agarrada a los sólidos hombros de Rowen, aunque no permanecieron en esa postura por mucho tiempo.
Él volvió a depositarla sobre la cama, esta vez con delicadeza. No tuvo que decirle lo que quería. Lillias tenía mucha más pericia en los aspectos del amor que él y podía leer en su rostro congestionado que, al igual que ella, había pasado todo el día siendo víctima de fantasías morbosas.
Lillias se incorporó lo suficiente para desnudarlo.
Mientras le sacaba el chaleco, la camisa y los pantalones con una maña que, más que dejarle en alma en conflicto, ahora agradecía, la joven se mordía el labio, como si esa fuera la única manera de contener un suspiro de alivio.
Sus ojos del color del aceite se habían aclarado hasta imitar la luz del sol mediterráneo.
Rowen se sintió bendecido al ser receptor de su mirada vidriosa y decidida, pero tuvo que sacrificar su contemplación cuando las ganas le pudieron al autocontrol.
Se abalanzó sobre ella para subirle las faldas y quitarle primero la ropa interior.
Lillias se reía y le decía que ese no era el orden lógico, que se detuviera, que esperase a que se diera la vuelta para separar las corchetas del vestido, pero Rowen no atendió a razones en cuanto pudo besar la piel clara de sus piernas.
Empezó por el dedo gordo, siguió por el empeine y fue dejando una retahíla de besos fervorosos por el tobillo y las pantorrillas, salpicando también la rodilla y los muslos, en los que asimismo dejó la marca de sus dientes.
Lillias gimoteó al sentir la dentadura hundida en la carne y separó las piernas, invitándolo a acercarse a su intimidad.
Rowen cubrió el sexo que le había dado cobijo la tarde anterior con una mano vacilante.
—¿Qué pretendes? —inquirió ella, acodada de espaldas a la cama. Lo miraba con una ceja arqueada.
Su expresión traviesa le encendió.
—No lo sé... —Rowen acarició la cara interna de sus muslos con la nariz hasta llegar al sexo femenino, que besó con delicadeza antes de morderse el labio—. Siento que quiero hacértelo todo, pero no sé qué es «todo», ni tampoco por dónde se empieza.
Los ojos de Lillias emitieron un destello comprensivo.
—Yo te guiaré —se ofreció con entusiasmo—, pero es muy instintivo. Puedes hacer conmigo lo que desees. Usar las manos, la boca o tu miembro... Lo que más te guste. Todo será bien recibido.
Rowen sintió que se ruborizaba al escucharla hablar con tal desahogo de cuestiones íntimas que hacía apenas unos días le aterrorizaban.
—Eres una experta, ¿verdad?
—Pensaba que eso quedó claro anoche —contraatacó, guiñándole un ojo.
Rowen ardió recordando el modo en que se había embadurnado con su simiente. No solo lo había hecho con el fin de provocarlo, sino porque la excitaba; porque deseaba que su piel absorbiera la sustancia más esencial del hombre al que quería.
Porque lo quería, se repitió Rowen, sobrecogido de emoción.
—Acaricia los pliegues con tus dedos hasta que me notes húmeda —musitó Lillias, pasándose la lengua por el labio inferior.
Lo miraba como si quisiera devorarlo, y eso le daba a Rowen una incomprensible paz interior al tiempo que le otorgaba tal seguridad en sí mismo que se olvidaba de quién era y se convertía en un animal.
Hizo lo que le indicó—. Eso es... Presiona con el pulgar el pliegue central, el que está justo en...
Justo ese —jadeó, descolgando la cabeza hacia atrás—.
El movimiento tiene que ser rítmico, seguido, e ir aumentando en velocidad hasta que sientas que no puedo más.
Sí, tal y como... tal y como lo estás haciendo... Oh, Rowen...
»Penétrame con los dedos —le pidió cuando empezaba a mover las caderas siguiendo su ritmo. Clavó en él una mirada intensa—. El anular y el corazón. Los dos a la vez. Fuerte. No tengas miedo, no me dolerá...
Y no le dolió. Rowen no apartó la vista de ella al introducir los dedos y rotarlos en su rugoso y cálido interior.
La interesante textura, unido a la humedad ardiente que desprendía y a los gemidos que empezaron a quebrar su garganta hicieron arder a Rowen, que nunca pensó que el placer de una mujer podría desquiciarlo como ella estaba logrando.
Lillias se revolvía, aferrada con los puños crispados a la colcha de la cama.
Rowen reprodujo con gusto cada uno de los trucos que le enseñó: separaba los dedos dentro de ella como si de una tijera se tratase, imitaba la entrada y salida del miembro durante el coito, y se inclinó para juguetear con el pliegue central, utilizando la lengua y los dientes con la sutileza que requería una zona tan sensible.
Lillias se revolvió entre risas, notando en el sexo la barba incipiente de su mentón, que le hacía cosquillas.
—Rowen... estoy...
Lillias gimió en voz alta al tiempo que se arqueaba deliciosamente, como si deseara huir de sus caricias cuando sus piernas decían todo lo contrario.
Atrapó la mano de Rowen entre los muslos para impedir que se alejara y se restregó contra ella mientras fue víctima del orgasmo, al que Rowen asistió con el estómago ardiendo y el miembro duro.
Apenas se recuperó, Lillias se fue incorporando con las manos a la espalda. En cuanto el vestido le hizo arrugas en el vientre, Rowen supo que se estaba desnudando ella sola, y eso hizo: deshacerse de cada una de las prendas bajo su mirada hambrienta.
Cuando estuvo tal y como Dios la trajo al mundo, y bendito fuera Dios por su regalo, gateó de forma seductora hacia Rowen, impidiéndole admirar su desnudez como habría deseado.
—¿Qué quieres que haga contigo? —murmuró ella contra sus labios entreabiertos, sujetándole la barbilla—. ¿Quieres que te lama de arriba abajo, como ayer...? ¿Quieres hacer el amor conmigo?
Rowen fue delicado al rodearle el cuello con la mano.
Se deleitó sintiendo su pulso acelerado bajo la palma, y se dejó hipnotizar por el errático subir y bajar de su pecho.
Besó sus labios, al principio despacio, explorando los rincones de su boca.
Las ansias le impidieron tomarse el tiempo que deseaba y ambos acabaron enredados en un beso frenético, Lillias rodeándole el cuello con los brazos, cruzados a la altura del codo, y él deslizando las manos por su espalda para aferrarse a sus nalgas.
—No sé cómo he podido vivir sin esto durante tanto tiempo —jadeó Rowen contra su piel satinada.
Ella sonrió, pegada también a su mejilla.
—Te compensaré por todos los años de sequía —le prometió en tono seductor.
Y empezó en ese momento.
Lo tomó de la mano y tiró de él para que se tendiera de espaldas a la cama.
Así comenzaría a recibir el trato de un rey.
Rowen no podría haber imaginado lo que se proponía al acariciarle los muslos desde las rodillas, despacio, y sentarse a horcajadas sobre él.
Pensó que la postura sería dolorosa, pero Lillias alzó las caderas sobre su erección y se ensartó hasta la empuñadura con un ronroneo placentero.
Rowen apretó los dientes para no gemir de forma sonora, pero ella se tendió despacio sobre él, apoyando los codos a cada lado de su cabeza, y le advirtió:
—Como no hagas ruido, te torturaré, y lo que podrían haber sido unos cuantos jadeos se convertirían en auténticos gritos de pavor.
Las manos de Rowen volaron a la estrecha cintura de Lillias, que sonrió, complacida, al sentir sus dedos hundiéndosele en la carne.
—¿Cómo podrías torturarme? —replicó él con voz ahogada—. Dudo que exista una sola cosa que puedas hacer en la cama que no me vuelva loco.
Lillias se estiró sobre él como una gata perezosa, alargó los brazos para aferrarse al cabecero y comenzó a cabalgarlo con una sonrisa triunfal.
—Eso es cierto —ronroneó antes de entregarse a un movimiento frenético que le empezó a trastornar desde el primer instante.
Rowen le clavó las uñas en las caderas, en las nalgas.
Recorrió su vientre aterciopelado con la palma de la mano abierta y se aferró a sus pechos como si fuera él quien necesitara recuperar el equilibrio, cuando era ella la que desafiaba la gravedad bamboleándose sin descanso y con el apoyo justo.
Ver su expresión de puro deleite le hizo sentir orgulloso y no pudo resistirse a besarla, beso que fue gratamente recibido y devuelto con el mismo ímpetu.
—Mira cómo te quiero... —murmuró Lillias con la voz entrecortada.
Le recorrió el labio inferior con la punta de la lengua antes de tomarlo de la mandíbula y obligarle a ver cómo su miembro entraba y salía de su cuerpo—.
Esto jamás había significado «te amo» hasta ahora.
No había sido una demostración de amor, y nunca lo será con nadie que no seas tú, ¿de acuerdo?
Rowen empujó las caderas femeninas hacia delante, gesto que ella interpretó como la exigencia de que se diera brío.
Obedeció rotando las caderas, moviéndolas en círculos y luego otra vez arriba y abajo.
Rowen estaba cerca de alcanzar el orgasmo cuando ella se estremeció.
La ola del clímax la arrasó desde el primer pelo de la cabeza hasta los dedos de los pies, levantándole el vello corporal y erizándole los pezones en el proceso.
Rowen se incorporó lo suficiente para morder uno de los duros guijarros, y lamiéndolo estaba cuando el latigazo de placer lo alcanzó a él también.
Se aferró a su cintura con los brazos tensos y la forzó a permanecer donde estaba, clavada en su erección como una bandera, para que su simiente se derramara en el lugar al que pertenecía.
Cerró los ojos y se dejó caer hacia atrás con ella encima, jadeando de la misma manera que él, como si fueran enfermos terminales. Y lo eran, en cierto modo: Rowen Carmichael estaba enfermo de amor y pasión por Lillias Maxwell, y su afección debía de ser contagiosa, porque ella sufría el mismo mal.