Capítulo 28
—¡Rowen! —gritaba Lillias, aporreándole la espalda con la escasa fuerza que era capaz de reunir. Él ni se inmutaba, a pesar de que las quemaduras aún estaban cicatrizando y notaba la piel más sensible—. ¡Suéltame! ¿A dónde me llevas?
—A un lugar tranquilo. Relájate, por Dios, mujer. ¿Qué es lo peor que podría pasarte? Solo soy yo. No voy a hacerte daño.
—Precisamente porque eres tú estoy convencida de que vas a hacerme daño.
El corazón se le paró al oír aquella acusación pronunciada con amargura.
Fue entonces cuando Rowen se responsabilizó de las duras palabras que le había dedicado la noche anterior; de que el modo en que la abandonó en la habitación no fue solo descortés, ni solo un ataque contra su integridad.
Estaba convencido de que su comportamiento la habría indignado, sí, pero no pensó que pudiera herirla.
En lugar de contestar, Rowen apretó el paso para llegar cuanto antes al dormitorio de Lillias, donde pensó que nadie los interrumpiría. Ella seguía debatiéndose entre sus brazos. Debía estar más furiosa de lo que había imaginado en un primer momento.
Por el camino al piso superior, Rowen se cruzó de frente con Blake, que iba dando generosos mordiscos a una manzana tan verde como las chispas que saltaron de sus ojos al reparar en la escena.
—Buenas tardes —saludo Blake, cabeceando con una sonrisa socarrona.
—Hola. Tengo prisa —contestó Rowen.
—¿Blake? ¿Eres tú? —Lillias alzó la voz. Intentó hacer un quiebro con la cabeza para mirar por encima del hombro de Rowen, pero no lo consiguió—. ¡Blake! ¡Ayúdame! ¡Estoy siendo secuestrada! ¡Por favor...!
—¿Secuestrada? Cuánto dramatismo, por Dios... —Blake puso los ojos en blanco y pasó por el lado de Rowen. Este último no supo si el mayor de los Houston se paraba para despedirse de Lillias o le respondía sin detener su paseo—: Yo no he visto nada.
—¡Blake! —bramó ella, desesperada.
Rowen saltó los escalones de dos en dos, cargándola como si no le costara. Estaba cada vez más cerca de su destino, y también cada vez más nervioso. No se le daban bien las palabras, y tendría que ser más preciso que nunca para resarcir a Lillias, lograr que le disculpara y se casara con él.
No eran pocas ni fáciles las tareas que el día le había presentado.
Cuando llegó al dormitorio que por tantos días había evitado, creyendo que así vencería la tentación, cerró la puerta y la soltó sobre la cama como si fuera uno de los pesados sacos de grano que transportaba de un lado a otro.
Lillias cayó de frente, pero enseguida se incorporó, colorada por la sangre que le había subido a la cabeza y por la ira que estaba a punto de vomitar contra él.
Bufando, se retiró los mechones lacios de la cara y trató de arreglarse las mangas del vestido, que habían cedido para mostrar la elegante línea de sus hombros.
Un recuerdo reciente de Lillias despeinada bajo su cuerpo, tan sudorosa y ruborizada como en ese momento, trastocó el plan de Rowen de mostrarse diplomático.
—Cásate conmigo —le dijo en voz alta, con los puños crispados junto a las caderas. Al ver el pasmo de Lillias, y prediciendo lo que desencadenaría su creciente enfado, agregó a trompicones—: Por favor.
—Creí haber dejado claro ayer que no pensaba casarme contigo, pero si necesitas que te dé una explicación acerca de por qué no deseo tu mano, permíteme recordarte las lindezas que me dedicaste...
—No es necesario —la cortó con rapidez—. Las tengo presentes.
—Dudo que las tengas tan presentes como yo —le espetó Lillias—. Lo lamento, señor Carmichael, pero prefiero la muerte mucho antes que casarme con un hombre que me deja desnuda y sola en el dormitorio después de un abrazo íntimo... ¡Ah!, y no sin antes lanzarme una mirada asqueada.
Rowen no se movía ni un milímetro. Tampoco estaba dispuesto a ceder.
—No volverá a suceder.
—Por supuesto que no volverá a suceder, porque pienso impedir que ocurra ignorándote y desposando al primer hombre decente que se me cruce —zanjó, saltando de la cama para dirigirse a la puerta del dormitorio.
Rowen le cerró el paso extendiendo los brazos. Su pose de Cristo doliente contrarió a Lillias, pero tuvo que ser lo bastante persuasivo con su mirada suplicante, porque no trató de escabullirse enseguida. Armándose de paciencia, se cruzó de brazos ante él.
—Estaba celoso —se justificó él con dificultad. Nunca le había resultado fácil hablar de sus sentimientos, y ni mucho menos de unos que consideraba deplorables. Esperaba que Lillias valorara el esfuerzo, pero ella exhaló, simulando una risotada.
—¿Qué me quieres decir con eso? ¿Es una advertencia? ¿Se supone que tengo que hacerme el cuerpo a que eso es lo que me espera cada vez que te dé un ataque de celos?, ¿el abandono, el reproche, la humillación?
—No... no. —Sacudió la cabeza—. Aprenderé a controlarlo.
Lillias tuvo que intuir que estaba siendo sincero, porque aunque abrió la boca con el ceño arrugado, con toda probabilidad para continuar las recriminaciones, ni una mala palabra salió de sus labios. Acabó volviendo a juntarlos, frustrada, y se pellizcó el puente de la nariz.
Solo cuando hubo recobrado el dominio de sí misma, miró a Rowen a los ojos.
—Me hiciste sentir sucia después de crearme esperanzas.
—Lo siento. Es todo lo que puedo decir —confesó en voz baja, acercándose a ella.
Lillias no se movió—. Pero también es más de lo que tú me has dicho a mí.
No te has disculpado por mentirme respecto a tu parentesco con Johnson; ni siquiera por romper el compromiso a unas horas de la boda, diez años atrás.
Entiendo que las mujeres como tú, las damas, estáis acostumbradas a que todo el mundo se arrodille ante vosotras...
, pero creo que merezco cierta consideración.
Si no podías salvar mi alma de la condena eterna de tu rechazo, qué menos que prepararme para ella.
—¿La condena eterna?
—Mírame. —Se encogió de hombros humildemente—. Sigo aquí, tantos años después, porque cuando un highlander se entrega, es para siempre.
Estaba convencido de que Lillias se burlaría de sus exigencias, o que por lo menos las desoiría, pero le sostuvo la mirada con el aliento contenido y acabó suspirando.
—Por supuesto que merecías y mereces esa consideración, Rowen. Me disculpo por mis errores del pasado, aquí y ahora, con la esperanza de no tener que arrastrarme más. Si deseo avanzar y dirigirme a un futuro justo, tengo que soltar las cargas de lo que sucediera hace cinco, diez y quince años.
—Cuando dices soltar las cargas..., ¿te refieres a mí?
Lillias apartó la mirada.
—No sé a qué atenerme contigo —reconoció con un hilo de voz—. Nuestro reencuentro ha sido muy frustrante desde el primer día, complicado, y... y no veo que lleguemos a un entendimiento.
—Si lo dices por lo que pasó ayer —empezó, atribulado—, yo estaba...
—Celoso, ya —le cortó con cansancio—. Lo sé.
—No, no... —La tomó por los hombros para que volviera a mirarlo a la cara—.
No lo sabes ni tampoco lo entiendes, porque no has estado en mi situación.
Ayer me diste... Me diste tanta esperanza y felicidad que pensé que podría morirme de dicha.
Hasta anoche, mi cuerpo era una herramienta al servicio de los demás, y en cierto modo seguí siendo esclavo de los caprichos de alguien al someterme a tu voluntad, pero me di cuenta de que también podía ser mío, dueño de mis actos, digno de experimentar placer.
No sé si lograré hacerme entender, pero...
Aquello lo significó todo para mí, y ese «todo» es algo que solo te entregaría a ti, porque solo tú puedes provocarme así.
No me concibo con otra mujer, y pensé en lo injusto que es eso cuando tú sí puedes sustituirme.
Imaginarte en brazos de Brendan... —Le ahuecó el rostro con las manos y cerró los ojos, buscando las palabras que hicieran justicia a su tristeza.
Sacudió la cabeza, reacio a aceptarlo aún—.
Imaginarte entregada a él como te entregaste a mí...
Creo que es la única cosa en este mundo que podría volverme loco.
Lo estoy ahora: estoy loco. Pensé que, incluso si me casaba contigo, no tendrías reparos en...
en estar con otro, porque tú no sientes lo que yo siento.
Tu cuerpo y tu corazón no son solo míos, como a ti sí te pertenece todo lo que soy.
Y me aterra... me aterró pensar... —Tragó saliva—.
No quiero volver a sufrir lo que sufrí al marcharme de Dundee, Lillias. Apenas viví para contarlo.
Lillias lo agarró de las muñecas. Rowen pensó que quería apartarlo, pero solo las sostuvo en el sitio para que no se le ocurriera moverse.
—Tienes que entender que yo no vivo la pasión como el resto del mundo, Rowen —confesó con un hilo de voz, mirándolo a los ojos—.
Raras veces lo disfrutaba, porque siempre quería más, y no porque Brendan fuera...
fuera excepcional o lo deseara sobre todas las cosas, sino porque soy adicta a la sensación.
A veces siento que tengo al diablo dentro.
Rowen pestañeó.
—¿Qué quieres decir?
—Es difícil de explicar. —Hizo una pausa y desvió la mirada—.
Yo... No necesito un acompañante para encontrar placer.
La mayor parte de las veces me lo doy yo misma, y no porque me lo haya propuesto.
A menudo me descubro acariciándome en medio de la noche, o en cuanto me despierto, o incluso en lugares donde no es apropiado o podrían cazarme.
Lo hago de forma constante y sin llegar a ninguna parte, porque al poco rato vuelvo a necesitar un estímulo.
Además... —Cerró los ojos, ruborizada por el bochorno—, me invaden fantasías morbosas con una frecuencia abrumadora.
Fantasías intensas que no puedo controlar, y que no me visitan cuando estoy en la soledad de mi habitación, donde podría dar rienda suelta a mi placer para desahogarlas, sino durante el almuerzo, mientras paseo, mientras charlo; mientras juego con Johnson, incluso.
Rowen dejó que corriera el silencio mientras ponía en orden sus ideas. No sabía muy bien cuál era el protocolo para encajar una confesión de esas dimensiones, si debía sentirse aliviado u ofendido.
Esto último fue descartado de inmediato. Bastaba con ver la mortificación de Lillias para saber que no soportaría una crítica. Aquella era su cruz personal.
—Estoy convencido de que muchos hombres se sienten así. —Vaciló—. Y quizá también las mujeres, solo que no lo manifiestan.
—No, Rowen... La Reina de las Hadas sabe de mi «afección», como insiste en llamarla, y me asegura que no ha conocido nada parecido jamás en ninguno de los dos sexos.
Yo no me referiría a ello como una enfermedad, sino como...
como si el demonio me hubiera poseído. Todos los días me acaricio quince, veinte, treinta veces o más, y lejos de quedar satisfecha cuando termino, a los pocos minutos vuelvo a sentirme frustrada, de mal humor.
Fantaseo con cualquier hombre que se me ponga por delante, sea atractivo o no, independientemente de la edad que tenga; es un acto irracional, porque en el fondo de mi corazón sé que no los deseo, que no los tocaría, pero es una sensación tan violenta que a veces solo quiero permanecer recluida en mi habitación.
—Comprendo —contestó Rowen en voz baja, meditabundo—. Con esto quieres decirme que nunca podrías ser solo mía, ¿verdad? Que siempre desearás a otro hombre.
—No, Rowen. Con esto quiero decirte que, a mi manera, eres el único hombre al que he deseado y deseo del mundo entero; que correspondo tus sentimientos hasta el último detalle.
Mi fijación por todo lo que envuelve a la intimidad es obra de...
de un maleficio, es una tortura por mis pecados, un castigo divino, estoy segura.
Pero lo que siento por ti es puro —le aseguró con dulzura, sonriendo esperanzada—.
A veces pienso, incluso, que desarrollé esta afección a raíz de tu ausencia.
Tú fuiste el último hombre con el que me sentí una mujer y no un monstruo hambriento.
Rowen sacudió la cabeza, reacio a aceptar sus desprecios. Le ahuecó el rostro con las manos y se inclinó para juntar sus frentes.
—No eres un monstruo —susurró muy despacio, haciendo hincapié en cada sílaba—. Siento no poder hacer nada para ayudarte en ese aspecto. Supongo que ayer... ayer no logré complacerte.
—Ahí te equivocas. Es cierto que minutos después volví a desearte con intensidad, pero no con la frustrante urgencia que te describía antes.
Te deseaba como una mujer desea a un hombre, con la paciencia necesaria para esperar a que vuelva y se haga cargo de sus anhelos.
Tú me calmaste —confesó en voz baja. Se puso de puntillas para acariciarle la cara con los dedos—, lo que solo refuerza mi teoría de que el origen de mi mal fue abandonarte, y que tú podrías ser mi cura.
Así que olvida que una vez estuve con otro hombre, porque eso es todo: estuve con él, pero no fui suya, no le pertenecí, y ¿sabes por qué?
—¿Por qué?
—Porque no podía. Cuando Brendan llegó, tú ya te habías marchado, llevándote contigo la esperanza de mi corazón. Me entregué a ti y no hubo vuelta atrás. Al dártelo todo de mí en el momento en que nos conocimos, no me quedó más que entregar a nadie.
Rowen aceptó su confesión con el corazón henchido. Incluso tuvo que cerrar los ojos para absorber su verdad con el resto de los sentidos, para asistir a la manera en que el conjunto de palabras afectaba a cada una de las partes de su cuerpo.
—¿Quieres decir con eso que te casarás conmigo? —inquirió con un nudo en la garganta.
Lillias le dirigió una preciosa sonrisa de oreja a oreja, con la que mostraba las hileras de sus dientes perlados. No había un solo rasgo físico en ella que no fuera perfecto.
—De hecho... —Lillias lo tomó de las manos y se apoyó en él para arrodillarse en el suelo—, me gustaría que esta vez dejaras que te lo pidiera yo. Creo que tú ya lo has sugerido en más ocasiones de las que te corresponden.
Rowen arrugó el ceño.
—No es así como se hace...
—Olvídate de las tradiciones por un instante, ¿quieres? Al fin y al cabo, ¿qué hay de tradicional entre nosotros? —No pudo replicar ante su brillante lógica. Se limitó a contener el aliento, contagiado de emoción, hasta que ella inspiró hondo e hizo la pregunta—. ¿Quieres casarte conmigo?