Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Rowen volvió a mirarla, esta vez como un perro apaleado.

Jugó con uno de los cordeles que pendían del cuello de su camisa, igual de nervioso que un púber, y esperó con el aliento contenido a que ella le devolviera la mirada.

Pero Lillias no era consciente de su presencia, o quizá no quisiera serlo.

Rowen detestaba y amaba a partes iguales aquel aspecto de su personalidad: era mucho más fuerte e independiente que él.

Podría vivir sin su cuerpo y sin su afecto, mientras que a Rowen se lo llevaban los demonios si la imaginaba casada con otro.

Se fijó en que uno de sus labriegos más jóvenes abandonaba el puesto y se acercaba a las tres mujeres, retirándose el sombrero con un gesto galante. Lillias le sonrió y le extendió la mano enguantada que el atrevido besó con evidente placer.

Rowen se enervó tanto que llegó a gruñir en voz baja.

—Es una pena que la hayas hecho enfadar —le dijo una voz infantil—. Si no, podrías haberte casado con ella.

Rowen agradeció que Johnson interrumpiera sus meditaciones. Se giró hacia él, a tiempo para verlo escalar las rocas y así tomar asiento junto a él. Imitó la postura de rodillas recogidas y antebrazos apoyados encima, y clavó la vista en el mismo punto: lady Lillias.

—Siento haber ofendido a tu hermana —le dijo de corazón, recordando el merecido rapapolvos de la noche anterior.

Johnson le dirigió una mirada franca.

—Eso deberías decírselo a ella, no a mí. A lo mejor cambia de opinión.

—¿Sobre qué? ¿Sobre el matrimonio? —Rowen enarcó una ceja—. Pensaba que no me querrías casado con ella ni por todo el oro del mundo... o algo así te oí decir, muchacho.

—Son cosas que se dicen cuando uno está molesto.

—Johnson encogió los frágiles hombros. Era un niño extraordinariamente delgado, minúsculo; tanto así que aparentaba unos cuantos años menos de los que tenía.

Rowen se preguntó, no por primera vez y no sin alarma, si sería porque no le alimentaban lo suficiente—.

La verdad es que creo que eres un buen hombre. Y ella también te respeta.

—Me ha rechazado —le recordó con amargura.

—Porque no le has dejado otro remedio, idiota.

¡Cómo sois los mayores! ¡No os enteráis de nada!

Ella te quiere, ¿sabes? —le sorprendió diciendo, ladeando la cabeza hacia él.

Un mechón de pelo rubio le tapó uno de los ojos pardos.

Con un bufido, Johnson lo retiró con rapidez—.

Desde siempre. Cree que yo no lo sé, porque era muy pequeño cuando estuvisteis comprometidos.

Acababa de nacer, de hecho. Pero la gente hablaba en Dundee Castle, y a mí siempre me ha gustado escuchar. Más que hablar.

«Es algo que tenemos en común», pensó.

—Pues para preferir escuchar, se te da muy bien expresarte —le alabó Rowen.

—Ya, pero no siempre tengo cosas interesantes que contar.

—Es normal. A la edad que tú tienes, no viene al caso intervenir en sesudas conversaciones.

—Tampoco te equivoques, que yo no tengo diez años, como todos vosotros creéis. Yo ya soy un anciano.

Rowen sonrió divertido ante la pretensión que exudaban sus palabras.

En algunos aspectos era aún muy niño: exigía un trato adulto, como todos los críos del mundo, y le gustaba corretear y jugar con niños.

También resultaba tan adorablemente pedante al hablar como cabría esperar en un señoritingo con sus privilegios.

Sin embargo, era cierto que expresaba sus ideas con una claridad a la que Rowen, a sus treinta y cinco años, no podía ni siquiera aspirar.

Tenía el don de la dádiva, y también el de la observación. Rowen solo el segundo.

—Lilly me dijo hace unos días que le gustaría casarse con un hombre del que esté enamorada, y ese eres tú —retomó Johnson—. Por eso he venido a decirte que he cambiado de opinión: que puedes casarte con ella. Yo te lo permito. Tienes mi bendición y todo eso.

—¿Me retiras el veto de anoche? —inquirió Rowen, sustituyendo la sorna por la solemnidad que exigía el semblante del niño. Para él era un asunto mayor, y, en realidad, para Rowen era incluso más importante.

—Sí. Aunque si no vas a poder hacer feliz a Lillias, es mejor que te quedes donde estás.

Lo único que quiero es que mi hermana esté contenta, ¿entiendes?

—Esperó a que Rowen asintiera—. Ha sacrificado mucho por mí.

Se merece a alguien que la cuide, y ese alguien no puedo ser yo, porque no sé si te has fijado, pero todavía soy muy pequeño y no se me da bien pelear.

Aunque me están enseñando —apostilló, orgulloso.

—Si necesitas algún consejo, estoy disponible —se ofreció Rowen.

—Prefiero que utilices tu tiempo libre para hablar con Lilly —replicó, devolviendo la mirada a su hermana.

La muchacha seguía charlando animada con el labriego, que, por fortuna para todos (sobre todo para él y su integridad), mantenía la distancia social obligatoria—.

Me puedo imaginar que crees que te ha mentido...

que te ha engañado. Pero tienes que entender que lo hizo por mí. Todo lo ha hecho por mí.

«No todo», pensó Rowen con amargura. No obstante, el afecto que Johnson le profesaba a Lillias hizo que Rowen se replanteara una vez más el trato que le había dado a la joven.

Ya la había perdonado por mentir sobre la relación de parentesco que tenía con Johnson, pero ¿por qué tendría él que perdonarle tal cosa, si Lillias no le debía la verdad?

, ¿si, como ella muy bien había dicho, la verdad los pondría a todos en peligro?

Le estaba protegiendo. Ahora lo veía. Pero no se imaginaba cediendo con esa misma facilidad en lo que respectaba a su idilio con Brendan.

Que, por otro lado... ¿Por qué tenía que perdonarla por eso?

No estaban prometidos cuando aquello ocurrió.

De hecho, él ya estaba en la isla vecina.

Un océano los separaba. Y Lillias había repetido sus razones hasta la saciedad.

—Yo quiero a tu hermana —confesó Rowen. Se preocupó de que Johnson le mirase a la cara al hacer su declaración para que así comprendiera el alcance de sus sentimientos—. El mío es la clase de amor que sobrevive a la muerte, al tiempo y al olvido.

—¿Entonces? —inquirió Johnson, confundido—. ¿Por qué la has tratado mal?

—Es complicado.

—No es complicado. Solo hay que evitar ser un idiota.

Rowen le dio la razón con un cabeceo y una sonrisa, pero se defendió apostillando:

—Algún día, cuando seas adulto, comprenderás que no es tan fácil como simplemente amar y demostrarlo.

—Seguro que sí es fácil, y lo que pasa es que estás enfadado.

—Es otra manera de verlo —aceptó Rowen, sonriéndole al muchacho.

—Yo solo digo que deberías insistir —sugirió Johnson—.

Mi hermana es muy bonita, muy elegante, muy educada...

¡y muy divertida! Aunque eso lo sepa poca gente —agregó por lo bajini—.

El caso es que es un gran partido. No tardará en encontrar a un hombre digno que la quiera, y no solo como esposa, sino que la quiera a secas. Que la quiera como se merece.

Johnson no se lo preguntó sin rodeos, quizá porque supondría un exceso de descaro o tal vez porque ni siquiera se le había ocurrido, pero a Rowen le pareció que su mirada le decía: «¿Serías capaz de soportarlo?

¿Podrías permanecer sentado, mirando cómo otro hombre se la lleva?

». Rowen tenía la respuesta. No, no podría.

El hombre de su pasado, Brendan, ya le tenía revolcándose en su miseria; la mera existencia del hombre que colmara su futuro de caricias le impediría volver a respirar tranquilo, sobre todo si en esta segunda relación había amor involucrado.

Se fijó en que el labriego y Lillias habían comenzado a pasear del brazo.

El viento de frente aireaba la capa que llevaba anudada al cuello.

Estaba a punto de deshacerle el moño. Glenn, como recordaba que se llamaba el joven, la miraba embelesado.

Era muy probable que estuviera contándole una historia divertida, como las que le relataba a él en el pasado con ese impresionante magnetismo suyo.

Guiado por un impulso superior al autocontrol, pues nacía del instinto de supervivencia, Rowen saltó de las rocas y se dirigió, decidido, a donde estaba la pareja.

De cara a la reputación, no solo la suya sino la de Lillias, quizá le habría convenido medir sus actos.

Había al menos una decena de personas presentes que podrían condenar su comportamiento.

Sin embargo, eso era justo lo que Rowen se proponía: echarla a perder a ojos de los demás.

Proclamar a los cuatro vientos que nadie tenía derecho a ponerle las manos o la mirada encima.

Lillias lo ignoró en un principio. Unos segundos más tarde se percató de que caminaba hacia ella con determinación y bastante prisa, y arrugó el ceño. Lo último que Rowen vio antes de cogerla en volandas y echársela al hombro fue su asombro.

—¿Qué demonios...? —balbuceó, aferrándose a su cintura para no caer de cabeza—. ¡Rowen!

—Lo siento, Glenn —dijo Rowen, emprendiendo la marcha hacia el castillo—. Tendrás que buscarte a otra dama. Esta es la mía.