Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 27
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Capítulo 27

Rowen llevaba un buen rato tratando de concentrarse en su tarea.

En teoría no debería ser difícil. Se paseaba por los campos de cebada dando indicaciones a los labriegos, como era ya su responsabilidad, y pagaba los correspondientes honorarios, como había hecho hasta ahora.

Quizá no le resultaría tan complicado si Cullodenna y Lillias no estuvieran merodeando por los alrededores, observando a los hombres solteros como si de carnaza se tratase.

Hasta Beth, que tendría que estar reposando por orden de su marido o por mero sentido común, se había unido a ellas para colaborar en la humilde tarea de encontrarle esposo a Lillias.

Había tenido que pasar por delante del grupo de mujeres en un par de ocasiones, y le había revuelto el estómago verlas enfrascadas en una conversación divertidísima.

Se decía que le molestaba que se estuvieran riendo a costa de los trabajadores, sobre los que sin duda versaba la charla, pero en el fondo le torturaba lo mismo que le había impedido pegar ojo durante la noche: que Lillias lo había rechazado y pretendía buscar a otro tipo para que le hiciera el apaño.

—En la isla hay más caballeros influyentes de lo que parece —había comentado Beth, escudriñando el horizonte con los párpados entornados—.

Es solo que la mayoría se encuentran en Brodick, y que se creen demasiado exquisitos para desposar a una isleña.

Suelen pasearse por Londres en busca de la mujer indicada, porque, por lo visto, las jóvenes de la capital son la superespecie.

—Calder hizo eso contigo, ¿no? —Cullodenna había enarcado una ceja—. Te sacó de una de las escuelas de señoritas más importantes de Inglaterra, negándote la temporada londinense, para traerte a Lochranza.

—No puedo echarle la culpa de eso a Calder.

Fue mi padre el que estuvo trajinando a mis espaldas.

Mi padre y Lachlan Hawke, ¿recuerdas? Cal solo cayó redondo en la trampa, y eso, más que reprochárselo, se lo tengo que agradecer.

—Y sonrió orgullosa del modo en que se habían desarrollado los acontecimientos.

Como para no estarlo. La felicidad que los Houston compartían parecía una utopía para los demás.

—Dudo bastante que vaya a encontrar a un soltero de la influencia de tu marido —había suspirado Lillias, frotándose los brazos.

Por urgentes que fueran los propósitos de las damas, hacía demasiado frío para pasear a la intemperie—.

Lo bueno es que no necesito a alguien especialmente sensacional.

Con que esté dispuesto a casarse conmigo...

—Cualquiera estaría dispuesto a casarse contigo.

A los hombres de baja cuna no les preocupa que no tengas dote; con que sepas llevar una casa y seas bonita, yo creo que se dan por satisfechos.

Y, querida, me he fijado en la manera en que te miran los solteros y también los casados de la zona.

Eres un bocadito muy apetecible. —Cullodenna le dio un codazo amistoso.

—¿Qué sugieres? —Se había reído Lillias—. ¿Que grite aquí y ahora que ando buscando esposo?

—No hace falta ser tan evidente. Podemos organizar una verbena en el castillo de Lochranza e invitar a todo el pueblo, a ver si se presenta alguien decente —propuso Beth, la indiscutible voz de la razón—.

No iremos voceando por ahí que eres la protagonista de la fiesta, como es natural.

Los hombres huyen en la dirección contraria si sienten que los están acorralando, y nada los hace sentir más amenazados que la insinuación del matrimonio.

—¿Lo dices por experiencia? —se había mofado Cullodenna.

Volvió a barrer el campo con la mirada, ansiando localizar al hombre perfecto—.

No voy a ser yo quien vaya en su busca, porque lo último que quiero es contrariarla con mi presencia o que ella me irrite a mí con su arrogancia, pero creo que deberíamos pedirle ayuda y opinión a la Reina.

—¿Para que elabore un conjuro matrimonial? —se rio Lillias.

—Ella lleva toda la vida aquí, en Lochranza, y conoce a cada uno de los solteros de la isla. De hecho, seguro que sabría decirnos hasta sus afecciones, lo cual no te vendrá nada mal para descartar posibles estériles.

—No creo que la Reina airease las condiciones de salud de nadie. Puede tener mal carácter, pero es leal —repuso Beth—. Si estuviera en el castillo de Lochranza, le habría rogado que nos acompañara, pero nos ha dejado.

Cullodenna y Lillias se sorprendieron. Fue la primera quien exigió más información.

—¿Que nos ha dejado? ¿A qué te refieres?

—Se ha marchado de nuevo a su cabaña de las montañas.

Se presentó esta madrugada muy agitada, recién llegada de Dios sabe dónde, y nos dijo a Calder y a mí que estaba cansada de las ridículas cuitas de los habitantes del castillo de Lochranza; que aquí bien podían ser valoradas sus habilidades, pero que prefería los retos de lesiones más graves que una bala en una pierna o una mujer envenenada, y que...

—Beth hizo una pausa para recordar—. Oh, no me acuerdo bien.

Dijo tantas cosas, y tan precipitadamente, que no sé si me enteré.

Calder y yo estábamos en el séptimo sueño cuando irrumpió en el dormitorio.

—¿Irrumpió en el dormitorio para despedirse? —se extrañó Lillias.

—¿Por qué? ¿Acaso eso te extraña? —Cullodenna había enarcado las cejas—. Esa mujer hace y deshace a su antojo. No tiene respeto por nada, solo se quiere a sí misma.

—Y a su trabajo —apostilló Beth—. En cualquier caso, me despedí de ella diciéndole en nombre de todos que la echaríamos de menos y que nos encantaría que viniera a visitarnos.

Esta mañana, a una hora más decente, el servicio me ha informado de que ha retirado sus enseres de la habitación en la que se hospedaba.

Calder, Blake y yo hemos discutido durante el desayuno qué podría haber pasado, pero no hemos llegado a ninguna conclusión lógica.

—Quizá solo estaba cansada de revisar heridas de bala y neutralizar envenenamientos, tal y como os dijo. —Lillias se encogió de hombros—. La Reina no suele mentir. No tiene esa necesidad.

—¿Le habéis preguntado a Haye? —había intervenido Cullodenna, sonriendo con sorna—. A lo mejor de lo que está harta es de que le ande discutiendo.

—Estuvo presente durante la lluvia de ideas del desayuno, pero no dijo nada al respecto. Solo preguntó si era un buen momento para pedir un ascenso, ya que ahora tendría mayor carga de trabajo.

Rowen se desvinculó de la conversación y se retiró aún más para ni siquiera distinguir sus voces.

Estaban tan enfrascadas en la lluvia de ideas que ni siquiera se habían dado cuenta de que él andaba cerca; él, quien tendría que haber sido la primera —cuando no única— opción, porque pocos hombres ostentaban tanto poder en la sombra como Rowen Carmichael, porque poseía la fuerza bruta que Lillias podría necesitar para reducir a su perseguidor en un abrir y cerrar de ojos, y porque la amaba desesperadamente.

Entendía que Lillias hubiera desestimado su ofrecimiento. La tarde anterior estaba tan carcomido por los celos que se lo planteó con indiferencia, como si su propia vida no dependiera de que ella dijera que sí. Para colmo, se atrevió a desairarla en público y en privado.

Rowen no se reconocía. Jamás había tenido esa clase de comportamiento, ni con hombres ni con mujeres.

De hecho, solía atenerse a su superioridad moral para reprender a los demás cuando hacían gala de comportamientos atroces: hasta la fecha, le había reprochado con sutileza a los Houston y a Haye que no supieran cómo dirigirse a las mujeres.

Ahora se daba cuenta de que tendría que haberse aplicado los consejos.

O, por lo menos, haber considerado que, cuando los sentimientos entraban en juego, no había análisis racional que valiera.

Él se dejaba llevar por sus emociones tanto o más que los demás.

Se tomó la libertad de descansar del trabajo tomando asiento en uno de los conglomerados rocosos que no hubo manera de retirar del campo.

Apoyó los codos en las rodillas recogidas y lanzó una mirada entre anhelante y recelosa a Lillias, que observaba a cada uno de los posibles maridos con desgana.

La brisa helada le revolvía los mechones que el moño bajo no había conseguido domesticar.

No parecía importarle que le azotaran las mejillas pálidas por la temperatura, porque no hacía ademán de retirarlos.

Permanecía de brazos cruzados, tambaleándose levemente cuando el viento se levantaba y ceñía las faldas de su cómodo vestido a la forma de las piernas.

Cuando eso sucedía, Rowen tenía que apartar la mirada.

La intimidad con Lillias había avivado los deseos que toda la vida supo mantener a buen recaudo, y desatado nuevas y arrasadoras pasiones que le tenían en un sinvivir.

Rowen no podía pensar en nada que no fuera su cuerpo torneado y a la vez frágil, el tacto áspero de su lengua, el sabor de su boca, el insoportable calor con el que lo envolvía cuando estaba dentro de ella.

En cuanto los sórdidos recuerdos le asaltaban, la dolorosa certeza de que Lillias ya había compartido su amor y sus maravillas con otro se filtraba por la grieta de su inseguridad; recordaba que, de hecho, había aprendido de él y con él todo cuanto sabía.

Otro hombre había sido su maestro. Otro la deslumbró con sus conocimientos.

Era consciente de que no tenía derechos sobre ella para reprocharle su libertinaje, pero los celos le consumían.

Pensaba tanto en ello, imaginándola en brazos de Brendan, que le sobrevenía un mareo y tenía que tomar asiento.

Se le revolvía el estómago y debía controlar el impulso de vomitar el almuerzo.

Y, aun así...