Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 26 #3
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Capítulo 26 #3

—No se me ocurriría compararme con él, ni mucho menos situarme por encima; yo adolezco de un defecto del que, por desgracia para usted, el señor Hawke carece, y es que él nunca ha pensado en usted dos veces mientras que yo he adquirido la perniciosa costumbre de no pensar en otra cosa.

Bonnibelle creyó que, tras una confesión como aquella, el rostro de Andrew Haye sufriría una mínima alteración expresiva, pero permaneció ileso en su pedestal de intocabilidad. Odió que así fuera, porque a ella le dio un vuelco el corazón.

—Hasta que por fin lo admite —contestó Bonnibelle, cruzándose de brazos como si tuviera que disimular los latidos veloces.

No le había cazado por sorpresa, pero el malestar estomacal se acentuó al conocer los hechos de sus labios—.

Nunca pensé que tendría el mal gusto de decírmelo, pero no debería ni sorprenderme este descaro viniendo de usted.

Lo agradezco, aun así, porque empezaba a fastidiarme ser consciente de sus desagradables inclinaciones.

¿Por qué no me besa de una vez por todas y acaba con esta ridiculez para que podamos volver a nuestra rivalidad inicial?

Haye torció su amago de sonrisa a un lado.

—Es usted una ricura. Con un beso no tengo ni para empezar.

—En ese caso, déjeme en paz y aprenda a controlar sus impulsos.

Bonnibelle fue a darse la vuelta para atender a la amoratada Kirsty, pero un brazo de hierro le impidió que llegara a abrir la puerta sujetándola con firmeza por la cintura.

Bonnibelle agachó la barbilla para confirmar que eran los guantes de Haye los que le envolvían la cadera, como también fueron ellos los que la obligaron a girar sobre sí misma con un ímpetu sorprendente.

Bonnibelle se topó con los ojos chispeantes de Haye, pero las suyas no eran las chispas del entusiasmo juvenil o la alegría burbujeante de un humano corriente, sino el destello oscuro de un hechizo de magia negra. La suya era una mirada retadora y magnética.

—Es una lástima que me crea más estúpido de lo que soy, mi dulce Reina de las Hadas, o no me habría tendido ese guante con la certeza de que lo rechazaría. Nunca seré tan imbécil como para perder una oportunidad como esta.

Bonnibelle abrió la boca para preguntarle a qué oportunidad se refería, pero él lo dejó muy claro aprovechando que había separado los labios para acariciarlos con la punta de la lengua.

El repentino y delirante roce la hizo jadear con asombro y echarse hacia atrás, pero la puerta y el cuerpo de Haye la tenían inmovilizada, y una parte de ella estaba demasiado intrigada como para escabullirse.

Se quedó como estaba, paralizada por el asombro, y fue testigo, no sin cierta incredulidad, de la facilidad con la que aquel hombre iba destensándole los músculos y seduciéndola para que se entregara a su abrazo.

Haye jamás se acercaba más de la cuenta a nadie.

Se mantenía en un discreto segundo plano y cualquiera diría que detestaba el contacto físico, porque lo evitaba a toda costa, pero la sujetó por la cintura de un modo que parecía que ella fuese un miembro extirpado de su cuerpo; uno que tenía que recuperar enseguida y devolver a su conjunto original.

Entre la fiereza de un abrazo que la hacía sentir inexplicablemente halagada y el persuasivo movimiento con el que él se adentraba en su boca, impregnándola con su excitante sabor, Bonnibelle tuvo que rendirse y devolverle el beso con rabia, molesta porque hubiera tomado el guante, molesta porque la estuviera tocando, molesta porque su enemigo fuera tan diestro en el amor; molesta, sobre todo, porque las piernas le temblaban y rehusaba aferrarse a él para encontrar el equilibrio.

Bonnibelle quería separarse para gruñirle, pero el movimiento de sus labios era hipnótico, y la ceñía a su pecho de un modo tan devastadoramente seductor que Bonnibelle acabó gimiendo contra su boca.

Haye le lamió el labio inferior con lentitud y rozó su pequeña nariz con la propia en el proceso de tentarla con pequeños besos en torno a las comisuras, besos que le calentaron la sangre y le provocaron una sensación que no recordaba haber experimentado jamás.

Una sensación explosiva y más poderosa que la alegría o la pena; más incluso que la vida y la muerte, y que la aterrorizó.

Cuando Bonnibelle quiso apartarlo de empujón, se dio cuenta de que lo había estado agarrando de la camisa con desesperación.

Avergonzada por su debilidad femenina, rompió el beso, girando la cara hacia uno de los lados.

Se escabulló por el costado, incapaz de zanjar la conversación con un comentario desdeñoso.

Lamentaría para siempre no haber tenido la última palabra y que fuera él quien se diera la vuelta, sonriendo ladino, y se pasara el dorso de la mano por los labios hinchados. Al mismo tiempo se recostaba contra el marco de la puerta, mirándola con fijación de depredador.

—Parece que sí soy capaz de encontrar satisfacción con una mujer sin pagar un penique... ¡Qué digo! No con una mujer, sino con una reina. ¡La Reina de Elphame!