Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 26 #2
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Capítulo 26 #2

Bonnibelle le echó un vistazo de arriba abajo, le levantó los brazos para examinar los costados, le dobló las articulaciones para confirmar que no habían sufrido daños y le pidió que respirara hondo unas cuantas veces para cerciorarse de que no había lesiones internas.

—Necesitaré desinfectante para las heridas abiertas de la cara —meditó en voz alta, sacando los materiales del modesto maletín con el brío que la caracterizaba—, y me temo que tendré que vendarte el vientre. Tienes una costilla rota. Eso necesita meses de reposo.

—¿Meses? —Evanna puso los ojos como platos—. No, Bonnie... Necesito estar lista mañana mismo. Los comerciantes de Liverpool atracan mañana en el puerto de Brodick y pasarán por aquí...

Bonnibelle clavó en ella una mirada severa.

—Ni hablar. Apenas podrás moverte si no te vendo, y si no, tampoco, con la diferencia de que con la venda y con reposo podrás curarte más rápido.

—Tengo a Kirsty en la habitación de al lado con moratones por todo el cuerpo —intervino Megan, suspirando—. ¿Crees que podrás atenderla después?

—Ya os he dicho en unas cuantas ocasiones que los moratones no desaparecen por arte de magia. Dile que aplique agua fría a una compresa y que la presione contra la zona durante diez o veinte minutos. Bajará la inflamación, pero tampoco es una medida milagrosa.

—¿Usted tiene alguna idea? —le preguntó Megan a Haye.

Mientras Bonnibelle cortaba el vendaje con los dientes, aprovechó para lanzar una mirada veloz a Haye, que observaba las heridas de Evanna con el gesto ensombrecido.

Ese detalle no le decía nada, porque Andrew Haye era ilegible.

Jamás expresaba sus opiniones sin una buena dosis de ironía que distorsionara el contenido del mensaje, y que tuviera la mitad del rostro tapada por el flequillo oscuro ponía trabas a la hora de adivinar en qué pensaba.

Bonnibelle había oído decir a Cullodenna que había que imaginarse las opiniones y sentimientos de Haye o simplemente asumir que no los tenía, y debía darle la razón.

La alternativa era volverse loco por culpa de la curiosidad.

En ese momento, Bonnibelle decidió imaginar que a Haye no le gustaba lo que estaba viendo.

—Los hematomas tardan días en desaparecer, pero el maquillaje puede ayudar a taparlos —acotó sin expresión.

Megan volvió a suspirar.

—Si se está preguntando qué es lo que ha ocurrido —retomó Bonnibelle, rodeando la cintura de Evanna con la venda—, sepa que esto que está viendo es el resultado de las bajas pasiones de los tipos como usted, esos que frecuentan burdeles para encontrar satisfacción.

Por unos centavos, los clientes se creen en el derecho de apalear a las mujeres.

—Bonnie, por favor, cierra el pico —le pidió Megan, exasperada—. No necesito que espantes a los clientes...

—Aún hoy me cuestiono cómo es posible que a los hombres se les llame «el sexo fuerte» —prosiguió Bonnibelle, terminando de anudar la venda—.

Lo que está claro es que, dentro de las subespecies existentes en la raza del homo , los que pagan a las prostitutas para estrangularlas o romperles las costillas son la infraespecie.

—Estoy de acuerdo —resolvió Haye con las manos aún cruzadas a la espalda.

Bonnibelle apoyó las manos en las rodillas y se giró hacia él con una mueca.

—¿Está de acuerdo en que es usted la infraespecie?

—Yo no le rompo las costillas a mis mujeres —replicó con tranquilidad.

«Mis mujeres».

El posesivo le erizó el vello.

—¿Y qué? —le ladró con los párpados entornados—. Sigue siendo una bestia tan inmunda como para pagarle al género femenino para que se meta en la cama con usted.

—Yo no pago nunca, y visto lo visto, quizá este trato preferente hacia mí se deba a que sí las trato bien y por ello merezco ser recompensado.

Bonnibelle soltó una carcajada sarcástica y se levantó para pasar a la sala contigua.

Cruzó el umbral como una exhalación, haciendo un quiebro imposible para ni siquiera rozar la tela de tweed de la impecable chaqueta negra que siempre vestía Haye.

Era un sujeto que siempre le había asqueado, pero haberlo descubierto con una prostituta en el regazo hacía un par de noches había avivado ese desprecio hasta lo inimaginable.

Estaba a punto de tirar del picaporte de la habitación contigua cuando una elegante mano masculina se lo impidió cubriendo la suya.

—Trato bien a las mujeres —le insistió él.

Se había detenido tan cerca de ella que Bonnibelle sintió su aliento como una brisa en los vellos de la nuca, expuesta debido a la elección de peinado: una trenza reposada sobre el hombro—, y usted lo sabe.

La fémina que tengo delante es la excepción que confirma la regla.

Supongo que eso era lo que pretendía reprocharme con su risita irónica de hace unos segundos, ¿no?

Que a usted le doy otra clase de tratamiento, y no precisamente el real que le exige a sus súbditos.

Bonnibelle giró en redondo para mirarlo con la barbilla alzada.

Jamás se había dejado amedrentar por un hombre, y los que toda la vida habían intentado empequeñecerla habían sido bastante más robustos que Haye, por lo que él no representaba una amenaza en lo absoluto.

El químico era delgado como un junco, y que vistiera de negro y con chaquetas y pantalones algo más ceñidos de lo que dictaba la moda solo lo acentuaba.

Su elegancia innata, también felina y hasta cierto punto amenazante, como la del diablo ocioso que mataba moscas con el rabo, tampoco ayudaba a hacerle ver como un peligro; si acaso como un misterio incomprensible.

Bonnibelle jamás le había visto las cejas o la frente.

A veces tampoco lograba distinguir sus ojos, porque se los entornaba el desprecio cuando hablaba con ella, pero lo poco que su media melena lisa dejaba a la vista resultaba inquietante: la barbilla afilada como un cuchillo, dos diamantes sin pulir como pómulos, la nariz recta, igual que una flecha, y dos labios finos y bien moldeados que sabían escupir las mejores acusaciones.

—Se codea con prostitutas —le recordó Bonnibelle.

—Usted también —contraatacó con naturalidad.

—Yo las atiendo cuando están heridas; usted es de los que solo les infligen más daño.

No importa que no las muela a palos, Haye.

Cada vez se presenta usted aquí a exigirles que le entreguen su cuerpo, está minando un poco más su amor propio y convenciéndolas de que no merecen respetabilidad alguna.

Las cortesanas existen porque hombres como usted lo exigen.

Le pareció que Haye enarcaba las cejas.

—¿Hombres como yo?

—Hombres incapaces de encontrar a una mujer dispuesta.

Su respuesta tuvo que hacerle gracia, porque tomó una profunda inspiración que le sirvió para disuadirse de romper a reír.

—Hasta donde yo sé, la que no ha conseguido que cierto hombre esté dispuesto a dejarse encontrar es usted.

La mención velada a Lachlan Hawke ensombreció aún más el ánimo de Bonnibelle. Quiso gritarle que se fuera al infierno, pero así le estaría entregando la victoria de la discusión, y antes se dejaría matar que quedar por debajo de él.

—Es lamentable que tenga que incidir en lo que a mis sentimientos por el señor Hawke respecta para darle esquinazo a una verdad tan cruda como lo es que ni una mujer honorable le soporte.

—Incido en sus sentimientos por el señor Hawke tanto como usted me recuerda, y con una curiosa rabia, que frecuento fulanas, ya que si un hecho es lamentable, el otro debe ser igualmente humillante —contraatacó Haye.

Apoyó una mano sobre la puerta, muy cerca del rostro de Bonnibelle.

Si la joven se moviera un ápice, el tweed de la manga podría hacerle cosquillas en la mejilla—.

Espero que haya perseguido a Houston y a Carmichael tanto como me está atacando a mí para reprocharles su visita al burdel, o de lo contrario estaría usted delatándose.

Ella amusgó los ojos.

—¿Delatando que siento una marcada preferencia por aguarle la fiesta a usted? Eso jamás lo he escondido.

—¿Y por qué me agua a mí la fiesta? —Ladeó la cabeza al tiempo que se inclinaba sobre Bonnibelle—. ¿Qué le importa que folle con putas?

—¿Qué le importa a usted que esté enamorada del señor Hawke?

—le replicó Bonnibelle, sintiendo una repentina incomodidad en el estómago que podría haber asociado con una mala digestión.

Eso era justo lo que le pasaba, se convenció: le costaba digerir al señor Haye, y era un mal común, porque la suya era una presencia que se le atragantaba a todo el mundo—.

Parece habérsele olvidado que usted y yo somos enemigos ancestrales, y que eso nos autoriza para recurrir a cualquier inmoralidad de la vida del otro para ponernos en evidencia.

Así es como celebramos nuestra mutua animadversión, señor Haye.

La diferencia es que amar a un hombre no es humillante, como desesperadamente intenta hacer ver; pagar para obtener placer, sí.

—Lo primero de todo, Bonnibelle —recalcó con especial retintín.

Era la primera vez que pronunciaba su nombre.

Sus ojos emitieron un destello hostil al decirlo—, es que usted no está enamorada del señor Hawke.

Si lo estuviera, tendría que serle indiferente la inmoralidad de los hombres que tanto la ofende, puesto que el señor Hawke, si bien no pagó para obtener placer, sí que trató de forzar a una mujer para hallar satisfacción.

Sin embargo, al recriminarme mi paseo por el burdel, está demostrando que sí le asquea que un hombre sea capaz de ignorar el consentimiento, con lo cual cabe plantearse alguna de las dos siguientes alternativas: que no está enamorada de Hawke y me lo repite con insistencia por Dios sabrá la razón, o que como le da igual que un hombre sea un miserable desgraciado, podría estar tan enamorada de Hawke como podría estarlo de mí, dos idénticos sinvergüenzas.

—¿Cómo tiene usted la audacia de compararse con el señor Hawke, de ponerse a su altura? —jadeó Bonnibelle, ofendida.