Capítulo 26
A Bonnibelle Lowrie no la llamaban la Reina de las Hadas solo porque supiera obrar magia con las heridas de sus pacientes, sino porque tenía un sexto sentido hiperdesarrollado. Esta habilidad sobrehumana le estaba diciendo en ese preciso momento que alguien llevaba un buen rato siguiéndola.
Había emprendido su camino hasta Brodick a caballo debido a una nota urgente que Megan le había hecho llegar horas atrás. Ella, como fiel servidora de la comunidad y enamorada de su isla y sus gentes, respondía a los llamados en el acto, aunque fuera a costa de desatender su vida personal.
«¿Qué vida personal?», se burlaba la voz interior, a la que desoía por el bien de su paz mental.
Se enrolló las riendas en las muñecas, a riesgo de que le dejaran unas marcas fáciles de malinterpretar, y espoleó a la yegua para establecer una distancia mayor entre su perseguidor y ella.
No le tenía miedo, fuera quien fuese. Además de llevar hierbas enfrascadas, paños de diversas telas y otros mejunjes de su creación, cargaba siempre consigo un puñal afilado con piedra y un pequeño revólver de lo más efectivo.
Aunque parecía imposible que una mujer con sus habilidades supusiera una amenaza para la isla, y si bien la gran mayoría de las gentes del pueblo la veneraban por su servicio, Bonnibelle tenía detractores: fundamentalmente mujeres celosas de su labor, como la boticaria de Lochranza a la que le discutía los ingredientes de sus potingues y curanderos de poca monta que no soportaban que una muchacha de su tamaño supiera más que ellos, como, por ejemplo, el insoportable Andrew Haye.
Inspirada por el desprecio que le suscitaba aquel sujeto, sobre todo en las últimas semanas, espoleó al animal hasta que llegó a su destino: el burdel más conocido de la isla, ubicado en la aldea de Brodick y regentado por Megan Kirkpatrick, una beldad morena que, además de un cuerpo bien moldeado, poseía una inteligencia superior.
Bonnibelle aún no se había cansado de decirle que debería buscarse otro trabajo.
No porque considerara vergonzosa la labor de las prostitutas, pues Bonnibelle admiraba a toda mujer capaz de desempeñar una actividad que ella no supiera ni por dónde empezar a abordar, sino porque era de la opinión de que todo ser humano debía ostentar un empleo que le retara intelectualmente para no aburrirse como un condenado.
Bonnibelle descendió de la yegua, la guio al modesto establo trasero, ató las riendas al primer poste vacío que encontró y fingió entretenerse con la silla para extraer de su bolsillo la daga afilada.
Calculaba que, en unos treinta o cuarenta segundos, el perseguidor llegaría a su destino. Y así fue, pero lejos de esconderse como Bonnibelle había creído que haría para no llamar su atención, se bajó del castrado negro de un salto elegante y miró alrededor sin disimular su interés por encontrarla.
Bonnibelle torció la boca al reconocerlo.
«Entonces he acertado al sospechar que se trataba de un malhechor», pensó con una mezcla de sorna e irritación.
Sabiendo que no necesitaba objetos punzantes para herir el ego de Andrew Haye, pues se valía con su lengua viperina, volvió a guardar la daga en su sitio y rodeó el establo para reunirse con Megan.
Al pasar por delante de Haye, dijo sin mirarlo:
—Viene usted tanto por aquí que voy a empezar a pensar que es donde duerme.
Como era frecuente en él, no tardó en replicar.
—¿Y qué hay de usted, a la que se ha visto merodeando por la zona tanto o más que a mí? ¿Finalmente se ha cansado de hacer el ridículo presentándose como «sanadora» y está pensando en cambiarse al gremio del placer?
Bonnibelle se detuvo ante la puerta de entrada. Alzó los nudillos y tocó con energía. Luego lo miró por encima del hombro.
—Espero que no haya insinuado que me dedicaría a la prostitución para avergonzarme, pues me humilla mucho más compartir gremio con usted de lo que me avergonzaría hacerlo con la señorita Kirkpatrick.
Además... usted mismo debe tener en gran estima la labor de las cortesanas, ya que las frecuenta con una religiosidad sorprendente viniendo de un hombre con las lealtades difusas.
Megan abrió la puerta en ese preciso instante. El alivio fue palpable en su semblante al tener que agachar la cabeza para toparse con la mirada resolutiva de Bonnibelle. Se retiró de la entrada, atusándose la melena despeinada.
—Eres un encanto, Bonnie. No me extraña que siempre salves a tus pacientes. Llegas más rápido de lo que la muerte soñaría.
Bonnibelle desestimó el cumplido con un aspaviento impaciente y cruzó el umbral. Viendo que Megan no le daba indicaciones enseguida, se detuvo en medio del salón de entrada, sorprendentemente vacío a esas horas de la noche.
—No estamos de servicio hoy, señor Haye —le decía Megan al susodicho, forzando una sonrisa afable.
Bonnibelle se apostaba las escasas joyas que poseía a que solo ella percibía los distintos matices de las expresiones de las prostitutas. Haye y los cerdos de su calaña debían interpretarlas todas como una invitación cuando la mayoría de las jóvenes estarían deseando que desapareciera de su vista.
—Oh, descuida, Megan, no he venido en busca de ese tipo de acción.
Vengo a ojear el trabajo de su majestad.
—Señaló con la barbilla a Bonnibelle, que enseguida enarcó las cejas con desdén hacia él.
Permanecía de pie con las manos entrelazadas a la espalda y la cabeza siempre ligeramente agachada—.
Somos muy cercanos, ¿sabes, Megan? Los dos opinamos sobre los diagnósticos de los pacientes y nos consultamos el uno al otro después de hacer nuestras revisiones.
Megan se sorprendió.
—¿Es eso cierto?
—En absoluto —gruñó Bonnibelle—. Yo hago mis diagnósticos y ese hombre de ahí intenta echarlos por tierra para robarme a los pacientes.
—Vaya, señor Haye, no sabía que fuera usted médico —comentó Megan, mirando al intruso con nuevos ojos. Se recostó en la puerta, abriéndola lo suficiente para que Haye lo interpretara como una invitación—. Creía que solo daba opiáceos a los terminales.
—Por supuesto que no hace solo eso, Meg —replicó Bonnibelle, indignada—, ¿cómo se te ocurre? También le da opiáceos al que no lo necesita.
Observó que una de las comisuras de los labios de Haye luchaba por salir disparada hacia arriba.
Bonnibelle se encabritó, irritada porque sus contraataques ya no surtieran el efecto de antaño.
Parecía que Andrew Haye se hubiera acostumbrado a sus desdenes e incluso los encontrara divertidos, mientras que él, con el paso del tiempo, había pasado de serle indiferente a enfurecerla de un modo en que nadie lo había logrado jamás.
—Puedo echarte una mano con lo que sea que necesites, Megan...
tanto tus chicas como tú —le aseguró Haye, infiltrándose con tal sutileza que Megan no se dio cuenta de que estaba abriéndose paso—.
La Reina de las Taradas aquí presente no puede negar que algunos de mis diagnósticos hayan sido tan válidos como los suyos, cuando no bastante más acertados.
Bonnibelle odió tener que darle la razón.
Por más que sintiera la necesidad de repetirlo en voz alta, Andrew Haye no era tan estúpido como parecía.
Ni tanto como a ella le gustaría que fuera.
Poseía conocimientos sobre la medicina occidental que Bonnibelle había aprendido gracias al instinto y a la práctica, no a los pocos libros que sus tratos con el contrabando le proporcionaban.
En momentos puntuales, aquel personaje había logrado sacarle los colores haciéndole una corrección perfecta.
Era la Reina de las Hadas, sí, y se merecía el título porque nadie sabía más que ella, pero seguía sin ser Dios; eso bien le daba el derecho a equivocarse muy de vez en cuando.
Bonnibelle no se lo tenía en cuenta a sí misma, pero era cierto que de un tiempo a esa parte había desarrollado una poderosa intolerancia a sus errores.
Tener que darle la razón a Andrew Haye le robaba el sueño por las noches.
Viendo que Megan vacilaba, consciente de que no le vendría mal una ayuda extra, y sabiendo que no podría librarse de él, Bonnibelle acabó bufando.
—Que pase —cedió a desgana.
Andrew Haye esbozó la que en otro hombre habría sido un amago de sonrisa, pero que en él era una inmensa sonrisa triunfal, y se adentró en la estancia con aire jactancioso.
Bonnibelle sacudió la cabeza, como siempre incrédula ante el hecho de que un sujeto de sus características existiera.
—Venid por aquí —los invitó Megan, haciéndoles señas hacia una de las cuatro puertas cerradas.
Bonnibelle aprovechó que la joven se adelantaba para colocarse a la altura de Haye y hablarle entre dientes.
—No crea que no sé que se ha ofrecido a ayudar porque quiere averiguar qué se cuece en Martin’s. Espero que sea consciente de que no lo habría adivinado jamás de no haber sido porque yo he intercedido por usted...
—¿Me está induciendo a darle las gracias? —replicó él con las manos entrelazadas a la espalda.
—... y que yo le habría vetado la entrada si no supiera que lo que está a punto de ver le dará una lección. Solo espero que esté a la altura de lo que se le pide.
Apretó el paso para ser la primera en cruzar el umbral de la desgastada puerta de madera que Megan sostenía con la mirada aprensiva perdida en el interior.
Bonnibelle ni siquiera se extrañó al toparse con el rostro amoratado y las marcas de violencia de Evanna, una muchacha de diecisiete años que llevaba ya un lustro vendiendo su cuerpo para subsistir.
Las jóvenes agradecían que Bonnibelle no torciera el gesto ni se echara las manos a la cabeza, sino que actuara con eficacia, sin hacer comentarios juiciosos al respecto.
—Hola, Evanna —saludó sin entonación. Se arrodilló ante el desordenado camastro de la criatura y le hizo un gesto para que se desnudara—. ¿Cómo te encuentras?
—He estado mejor —contestó con voz temblorosa, aunque esbozó una sonrisa para restarle hierro al asunto.