Capítulo 25 #2
—Y que la situación no es como para ponerse quisquilloso —concretó Calder, también intrigado con la rabia que bullía entre los dos—. Yo puedo ayudarte cuanto me lo permitan mi posición y mi influencia, Lillias, pero eres tú quien más ha de poner de su parte.
—No me pienso casar con un hombre que a ratos me desprecia y a ratos me venera —zanjó ella con rencor, alternando miradas entre Calder y Blake—. Si necesito un marido, encontraré uno en Lochranza o en el sur, pero vuestro Carmichael queda descartado.
«Hay un límite de desaires que una mujer puede sufrir», estuvo a punto de agregar.
—¿Por qué en Lochranza o en el sur? ¿Porque son las zonas más ricas?
—Rowen alzó la voz—. ¿Acaso crees que los hombres de clase baja, honrados y trabajadores van a aceptarte antes que un caballerete, con todo lo que dejas que desear como casadera?
Un labriego quiere a la misma mujer pura y virtuosa que un conde inglés, y hasta donde sé, careces de esas cualidades.
Lillias enrojeció hasta la raíz del pelo. Se puso en pie a la vez que Rowen, aunque ella lo hizo guiada por la ira y él por el deseo de marcharse. Blake abrió la boca de par en par, anonadado, y Calder se quedó paralizado.
El inspector Munro pestañeó un par de veces.
Fue una voz infantil la que se alzó en el silencio.
—¿Cómo te atreves a hablarle así a mi hermana? —bramó con fiereza. Lillias se giró hacia Johnson, avergonzada al caer en la cuenta de que había estado presente en el intercambio. Se le formó un nudo en la garganta al verlo rabioso—. ¿Quién te has creído que eres?
Para sorpresa de Lillias, todos los presentes palidecieron, como si se solidarizasen con el pequeño y hasta lo temieran. Y solo había un motivo por el que un grupo de hombres hechos y derechos se avergonzarían ante la llamada de atención de un menor: que el muchacho tuviera la razón.
Rowen se quedó quieto unos instantes hasta que recobró el juicio.
—Lo lamento —dijo con voz queda—. No ha sido un comentario muy acertado.
—No, no lo ha sido —le espetó Johnson—. Retíralo ahora mismo.
Más por complacer al niño que porque estuviera arrepentido, Rowen cabeceó.
—Lo retiro. Tu hermana es una mujer excepcional y no tendrá problema en encontrar a un hombre que la despose.
—Por supuesto que no tendrá problema alguno, y tú serás el último al que recurrirá. Yo mismo me encargaré de que ni siquiera lo considere, si es que le han quedado ganas después de tu descortesía —le gruñó Johnson, cada vez más furioso—. ¡Debería darte vergüenza!
Lillias observó que Calder miraba al niño con aprobación. Blake no lograba disimular una sonrisa orgullosa, y el inspector Munro alzaba la copa para brindar por él.
—Ya que se han puesto los puntos sobre las íes —retomó este último, palmeándose los muslos—, podemos ir al meollo de la cuestión.
Hace un par de horas he enviado una carta al señor Maxwell informándole de su paradero, milady, aunque debe saberlo desde hace algún tiempo puesto que se enteró de sus coordenadas a la vez que yo; solo esperaba una confirmación de parte del cuerpo.
Antes de que entre en pánico —agregó, alzando la palma de la mano—, sepa que todo tiene su explicación.
Usted y su hermano serán custodiados por mí, así que no correrán ningún peligro real cuando el señor Maxwell se presente en la isla.
Necesitamos que tengan un encontronazo y que el susodicho crea que los cazará con la guardia baja para así estudiar su comportamiento.
Cuando dé un solo paso en falso, y si intenta herirla en algún momento, lo reduciré y daré el aviso para que retiren las denuncias contra usted.
—¿Y si no lo intenta? —inquirió Lillias, tensa. Intercambió una mirada con su hermano, al que también le aterraba la posibilidad—. O ¿y si trata de hacerme daño de una forma no tan obvia, como con palabras y amenazas? Hasta ahora solo ha intentado envenenarnos, inspector. No es ningún idiota.
—Pero estará furioso, créame. Y los hombres que se dejan llevar por sus emociones suelen olvidar lo inteligentes o capaces que son en cuanto entra en juego la impulsividad, una emoción que acostumbra a frustrar sus planes...
Incluso a delatar su verdadero sentir —expresó, posando la mirada en cada uno de los presentes.
La dejó un rato de más en Rowen, detalle que no le pasó inadvertido a nadie—.
Le aseguro que no será sutil si quiere castigarla y que tratará de tomarse la justicia por su mano.
Por lo poco que hablé con él, me pareció un hombre de acción.
No perdería la oportunidad de darle un escarmiento a quien se ha burlado de él.
Lillias enfermó solo de pensar en reencontrarse con Brendan.
—¿No había otra manera de solucionarlo? —musitó ella, aferrándose al vestido con los nudillos crispados.
—Me temo que no. Ninguna tan contundente como para retirar las acusaciones sin darle una vuelta al asunto.
Además, necesitaremos una admisión de culpa cuando vuelvan a verse —agregó el inspector—.
Tiene que hacer que admita en voz alta que quiere deshacerse de usted y de su hermano.
El señor Maxwell ya me ha confirmado que sí, que podría sonsacárselo —hizo un gesto deferente hacia el niño, al que se notaba que le había tomado simpatía—, pero ¿usted lo lograría, o cree que el miedo podría paralizarla?
Lillias se mordió el labio para controlar el temblor de la barbilla.
—Yo... podría intentarlo. Si usted me garantiza que permanecerá a mi lado...
—Por supuesto —confirmó el inspector, dirigiéndole una mirada cálida.
—Entonces, sí. —Tragó saliva—. Sabiéndome a salvo no me temblaría el pulso.
—Muy bien. —Volvió a palmearse los muslos—.
Entonces ya conocen todos el plan. Calculo que tendremos al señor Maxwell entre nosotros en dos o tres días, quizá una semana.
Se tarda en torno a doce horas en viajar de Lochranza a Dundee, entre barcos y carruajes.
El mensajero lo contactará mañana por la tarde, y si se pusiera en camino en el acto, llegaría pasado por la mañana.
Solo falta encontrar al futuro marido de lady Lillias y localizar a la señorita Lowrie.
Necesito confirmar que fue usted envenenada y logró sobreponerse gracias al mitridatismo, una prueba irrefutable de que estaba tomando medidas porque su vida en Dundee Castle corría peligro.
—Yo no la llamaría «señorita Lowrie» —se rio Blake.
—¿Cómo, entonces?
—Es la Reina de las Hadas —corrigió Calder, sonriendo de lado—. Y solemos tenerla entre nosotros, porque ha demostrado ser más habilidosa a la hora de atender las lesiones de los habitantes del castillo de Lochranza que nuestro químico, pero hace rato que no sé dónde se ha escondido.
Blake arrugó el ceño.
—Ahora que lo pienso, yo tampoco la veo desde hace horas. Qué raro... Siempre anda pululando por aquí. ¿Dónde se habrá metido?