Capítulo 25
Lillias se sintió avergonzada al recordar que su hermano había estado entrevistándose con el inspector Munro mientras ella se dejaba entretener por Rowen.
Y todo ¿para qué? De poco había servido intimar con él, por no decir que habían retrocedido respecto al punto de partida.
Ahora ya sabía a qué clase de actividades se dedicaba con Brendan, la intimidad que compartieron y que desde el principio debió reservar para él.
Sabía que Rowen era un hombre tradicional y conservador, pero no la despreciaba por no ser pura, como inicialmente había imaginado. Eran los celos, que le consumían de imaginarla con otro hombre.
Lillias tenía que admitir a regañadientes que, si Rowen hubiera estado con una mujer en su ausencia, si no hubiera descubierto los placeres sexuales con ella, habría perdido la cabeza. Incluso se habría atrevido a reprocharle más aún de lo que él lo había hecho.
Una vez aseada, vestida y más o menos preparada para enfrentarse al inspector Munro, Lillias abandonó su dormitorio, donde el servicio había trasladado la bañera de latón, y siguió el eco de las voces.
Ni el inspector ni Blake se habían movido del salón principal.
Beth y la pequeña Yvaine sí se habían marchado a descansar, quizá por orden del señor del castillo, y Calder había regresado de su excursión a la destilería, donde Lillias sospechaba que había marchado a hacer entrar en razón a Rowen.
No había rastro de Cullodenna, y comprendía por qué.
Aunque no se quejaba de que Lillias y Johnson estuvieran allí —a pesar de los irracionales celos que le provocaba la relación entre Blake y un niño que no era hijo suyo—, no quería saber nada de aquel asunto.
Era así como se las apañaba para vivir en paz.
Lillias tocó a la puerta abierta con los nudillos y esperó a que los hombres le hicieran un gesto de invitación.
El inspector Munro se había puesto cómodo en uno de los butacones, ya sin chaqueta siquiera, y disfrutaba de una copa de whisky con los Houston, que lo franqueaban por los costados. Johnson también estaba presente.
Rowen escuchaba alejado de la reunión.
Al verlo sentado en el diván con la mirada perdida en la chimenea encendida, Lillias se estremeció. Parecía incluso más contrariado que cuando había abandonado el salón al conocer la verdad sobre los hermanos Maxwell.
—Lady Lillias —la saludó el inspector, descruzando las piernas e incorporándose para recibirla con la educación que sospechaba que siempre guiaba sus movimientos.
Dejó el vaso inacabado sobre la mesilla (un caballero jamás vaciaba del todo su copa, pues daba mala impresión beber más de la cuenta) y con un gesto la convidó a unirse—.
Estábamos esperando a que apareciera para contarle las conclusiones a las que hemos llegado.
—¿«Hemos»? —repitió ella con recelo. Se movía con lentitud, como si no quisiera ahuyentar a la fiera que parecía Rowen. Intercambió una mirada inquieta con Johnson, que sí estaba relajado—. ¿Con quiénes ha consultado su veredicto?
—Con los Houston. Ellos también tienen interés en protegerla, un detalle que habla muy bien a su favor.
Cuando investigaba su desaparición entre los miembros del servicio de Dundee Castle y los alrededores, no obtuve tan buenas referencias de su padrastro, su tío o como quiera llamarse el señor Maxwell.
Rowen se envaró al oír la palabra «padrastro». Lillias lo hizo a su vez, consciente de lo que estaba pensando.
Ya era suficientemente bochornoso que se hubiera entregado a un hombre que no era su marido, pero que el amante hubiese pasado por la vicaría con su propia madre superaba la sordidez que un hombre con sus valores podría tolerar.
Lillias se vio en la necesidad de aclarar que no se había enredado con Brendan mientras su madre estuvo viva, además de que jamás tuvo una relación fluida con ella. De hecho, lady Murray siempre la odió.
Se calló porque dudaba que ese argumento fuera a aplacarlo.
Ni siquiera aplacaba a la propia Lillias.
—El señor Maxwell es un sinvergüenza —determinó, enderezando la espalda—. Me alegra que tenga en cuenta nuestros testimonios y no solo los del susodicho.
—Mi trabajo es ser objetivo. —Munro encogió un hombro ágilmente—.
Por eso he de escuchar a cada una de las partes.
Sobre todo a su hermano pequeño, que ha resultado ser un testigo muy fiable.
—Posó una cálida mirada en Johnson y sonrió de lado, como si estuviera orgulloso del niño—.
No podía ni imaginarme su increíble madurez.
Cuesta creer que aún no haya cumplido los once años.
A Lillias le habría gustado decir que siempre fue así, pero no era cierto. Las circunstancias le habían obligado a desprenderse de la inocencia que manifestaba cuando aún era un niño y no un fugitivo.
Se limitó a sonreírle, aceptando el halago como si hubiera sido dirigido a ella —en cierto modo, así era: Lillias lo había criado—, y tomó asiento frente a los hombres, justo al lado de su hermano.
Pensó en posar una mano cariñosa sobre su muslo, pero sospechaba que no le gustaría que tuviera esa clase de gestos delante del inspector.
Johnson estaba recto como un palo de escoba y muy concentrado, como si se encontrara ante un general del ejército.
Quería impresionarle.
—¿A qué conclusión han llegado? —inquirió Lillias.
—El único hecho objetivo en toda esta historia es que usted se fugó llevándose a su hermano consigo, un hecho que sirve como acusación en firme para arrastrarla de vuelta a Dundee, cuando no para arrestarla —explicó el inspector con paciencia.
Parecía incapaz de alterarse, como si estuviera tratando una pequeñez cotidiana y no un problema legal que podría tener peligrosas consecuencias para él.
Su serenidad era contagiosa, tanto así que desarmó a Lillias—.
Para que su historia tenga tanto peso como la del señor Maxwell de cara a la ley, necesito que usted aporte otro hecho igual de objetivo que sustente su testimonio.
Si lo que sostiene es que Maxwell es una amenaza para usted, una serie de testigos o yo mismo tendremos que presenciar un momento en que Maxwell arremeta contra su integridad.
Lillias pestañeó.
—No sé si le he entendido, inspector. ¿Quiere que Maxwell... me encuentre? ¿Que me encuentre y me haga daño?
—Atajaremos el problema antes de que el daño ocurra, milady.
Pero es algo que tiene que ocurrir, y ha de suceder en un lugar donde todo el mundo pueda verlo o su acusación de secuestro y manipulación prevalecerá sobre la suya —replicó con una mueca de resignación—.
Es lo único que puedo hacer por usted y por su hermano para que no los separen.
—¿Y qué pasa con la boda? —quiso saber, procurando no mirar a Rowen para que no se diera por aludido—. ¿No se suponía que un marido me ayudaría?
—Le ayudaría a explicar por qué se escabulló: porque quería que su hermano estuviera presente en el enlace y para que Brendan Maxwell no frustrara sus planes, pero no evitaría que le arrebataran a Johnson y lo mandaran de vuelta a Dundee.
El señor Maxwell, como su padrastro, es el que tiene potestad legal sobre el joven.
Solo si se demuestra que es peligroso para él podremos intentar que su responsabilidad recaiga sobre usted, su hermana.
»Le recomiendo seguir adelante con la idea de la boda —prosiguió—. Así por lo menos estará usted a salvo. Es un remedio efectivo, aunque me temo que no definitivo.
—Lo siento, inspector, pero no sé dónde podría encontrar a un marido en tan poco tiempo, porque entiendo que es urgente... ¿no?
El inspector alzó las cejas.
—Me sorprende que me diga eso, porque no es lo que me consta. El señor Carmichael ha asegurado estar dispuesto a desposarla hace apenas unos minutos, y ha confirmado que usted está conforme.
Lillias se tensó. Entonces sí dirigió una mirada a caballo entre la confusión y la irritación a Rowen, que no había cambiado de postura en toda la conversación.
—Yo no he dicho tal cosa —se quejó en tono lúgubre.
—Tampoco me has rechazado —replicó Rowen sin mirarla.
«Me has rechazado tú a mí», quiso contraatacar, pero sabía que aquel no era el momento ni el lugar.
—No creo que sea buena idea. Como hace apenas un par de horas quedó demostrado —expresó Lillias, tratando de parecer serena—, estar en mi presencia te resulta... complicado. Nuestra discusión anterior ha puesto de relieve diferencias irreconciliables, por decirlo de algún modo.
—Que me haya ofrecido a casarme contigo no significa que tengamos que llevar la vida de casados de Calder y Beth —replicó Rowen, aún sin dirigirle la mirada.
Se entretenía meneando el contenido de su copa, que estaba a punto de vaciar—.
Pretendo darte mi apellido para que estés a salvo, para que nos pertenezcas a mí y a la isla, no a Maxwell y a Dundee, pero no hay necesidad de compartir el techo o estar enamorados.
Lillias hizo de tripas corazón para no romper a llorar. Había pronunciado «estar enamorados» como si despreciara la posibilidad, cuando instantes atrás había sido una realidad.
—Eso sin duda te vendría de maravilla, porque si a duras penas puedes mirarme a la cara, vivir conmigo se te antojará una tortura —le reclamó con aspereza.
Rowen levantó la barbilla para demostrar que no tenía ningún problema en darle la atención que la cortesía mínima exigía.
Tenía el rostro tenso por la rabia que no se atrevía a exteriorizar pero que llevaba un buen rato cociéndose dentro de él.
Lillias tuvo que reprimir de nuevo el infantil deseo de echarse a llorar de pura frustración.
No era así como había imaginado que se daría su relación después de la intimidad compartida.
—Te estoy ofreciendo una salida —zanjó Rowen con sequedad—. Si no te sale a cuenta o no estás interesada, limítate a rechazarla.
—Pero ten en cuenta que rechazarla no sería la opción inteligente —apostilló Blake, que había estado observando el intercambio con curiosidad.