Capítulo 24 #2
Se dio la vuelta para mostrarle la hilera de corchetas que tendría que ir separando.
Rowen se abalanzó sobre ella como un pobre hambriento, sobresaltándola y arrancándole una carcajada que se convirtió en un suspiro al sentir sus labios en el cuello y los hombros.
Ladeó la cabeza en el sentido contrario para facilitarle la exploración.
Mientras, iba notando que el vestido aflojaba hasta caer a sus pies sin emitir sonido.
—Ahora el corsé...
—El corsé —repitió él, hipnotizado. Deshizo el nudo tirando de los dos extremos, liberándola de la contrición de la prenda.
Lillias suspiró, aliviada. Ella misma se quitó las enaguas que daban forma a la falda y el resto de las prendas íntimas hasta que solo quedó la camisola interior.
Giró en redondo para mirarlo con una media sonrisa y, antes de que la atrapara entre sus brazos, correteó semidesnuda hasta la cama, en la que se sentó con las piernas cruzadas.
—Ven.
Rowen obedeció. Su erección la apuntaba, prometiendo una noche salvaje con la que ambos olvidarían sus rencores. No había rastro del hombre que la odiaba, ni tampoco del que la amaba; era solo un hombre que acababa de descubrir que había un animal dentro de él.
Lillias separó las rodillas y abrió las piernas cuanto se lo permitió la flexibilidad para mostrarle los secretos de su sexo. Se llevó una mano a los pliegues, comprobando que estaba húmeda.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo soñando con tenerte así, delante de mí?
—preguntó ella con la voz entrecortada—.
¿Sabes cuántas veces te he imaginado empujándote dentro de mi cuerpo, o tendido sobre mi espalda, o arrodillado ante mí...
? Dices que soy lo único que has querido...
, pero no solo tú te sientes así. Yo te he querido y te he deseado desesperadamente.
Rowen apoyó los nudillos a cada lado de sus caderas, mirándola con fijeza.
Se fue inclinando sobre ella a la vez que Lillias se abría paso en la cama, gateando de espaldas.
Sonrió, feliz porque tomara la iniciativa, cuando él le sacó la camisola por la cabeza y la arrojó a un lado sin apartar su mirada vidriosa de ella.
—¿Crees que yo no soñaba con ello? Lo hacía a pesar de estar convencido de que te ofendería —musitó, apoyando la frente en la de ella.
Se hizo un hueco entre las piernas femeninas con todo el cuerpo en tensión, sobre todo los brazos que aguantaban su peso.
Acarició su nariz con la propia, sus labios entreabiertos, respirando como si acabara de correr una maratón—.
¿Cómo no te diste cuenta de que te quería devorar?
El corazón de Lillias dio un vuelco.
—Eres muy buen actor —musitó sin apenas voz—. Se te daba bien disimular que me correspondías.
—Ya no podré disimularlo aunque quiera, ahora que sé...
—Rowen se quedó a horcajadas sobre ella, la erección tensa entre sus muslos, y recorrió su torso con las manos, mirándola maravillado—.
Ahora que sé lo que escondes. —Se humedeció los labios antes de acariciar el sexo femenino con los dedos.
Lillias ronroneó—. Dime qué tengo que hacer para satisfacerte.
Lillias le rodeó los hombros con los brazos y lo atrajo hacia ella mientras se iba tendiendo muy despacio sobre la cama.
—Hazme el amor —le rogó—. Es algo que nunca jamás he hecho con nadie... porque solo podía hacerlo contigo.
Observó que la emoción aclaraba sus ojos.
Cegada por el maravilloso relámpago de luz, esbozó una sonrisa temblorosa y lo estrechó aún más entre sus brazos.
Quiso decirle en ese preciso momento que lo amaba; ser tan vehemente que Rowen torciera la boca, abrumado por la afectación que impregnaría sus palabras.
Quiso repetirse hasta la saciedad confesando sus sentimientos, excederse alabando sus virtudes; aburrirle de tanto decir que lo quería, lo quería, lo quería, ¡lo quería!
Pero él le regaló un beso que la hizo olvidarse de las palabras, que poca importancia tenían cuando las sensaciones entraban en juego, y tomar contacto con la avalancha que el amor provocaba; un beso que sirvió como distracción mientras insertaba lentamente su miembro.
Lillias gimió en voz alta contra su boca y le hundió las uñas en los hombros. Se revolvió, agitada.
—¿Te hago daño? —susurró él contra sus labios.
—No... Me haces feliz.
Rowen respondió a su verdad empujándose hasta que estuvo dentro de ella y el vello de sus sexos se confundía.
Lillias no tuvo que explicarle cómo lo quería o cuál era la mecánica del acto.
Rowen se desenvolvió desde el principio como cabía esperar, concentrado en mantener el ritmo apropiado y en interpretar sus gemidos como un «más» o un «menos».
Estaba tan absorbido en la tarea de complacerla que Lillias se sintió más satisfecha que nunca incluso antes de acercarse siquiera al orgasmo.
Le cruzó los tobillos a la espalda y con una mano se agarró a su propia muñeca para tenerlo más cerca, de modo que todo su cuerpo lo envolvía para esconderlo, cobijarlo dentro de ella cuando, en realidad, era él quien se adentraba en sus profundidades con estocadas certeras.
Lillias cerró los ojos y se dejó mecer por el movimiento de sus caderas y el calor que provocaba la fricción, que iba subiendo de intensidad hasta que todo su cuerpo estaba ardiendo: la sangre en las venas, la piel, los órganos vitales...
Especialmente el corazón.
—¿Te gusta? —logró articular ella, hundiéndole las uñas en la carne. Gimió en voz alta—. Oh, Dios... Dime que te gusta... Dime que te gusta tanto como a mí.
Rowen escondió el rostro entre su cuello y su hombro para jadear sin vergüenza.
Aumentó el ritmo de las embestidas de un modo descarado, como si la estuviera castigando, como si esa fuera su venganza...
o su respuesta: sí, le gustaba. Le gustaba tanto que fue él quien se estremeció primero, víctima del orgasmo, pero o no lo reconocía o no le importaba, porque siguió moviéndose mientras se derramaba dentro de ella.
Lillias creyó que no alcanzaría el clímax, pero el modo en que él torció las caderas la catapultó a la cima sorpresivamente.
Separó las piernas, sacudida por el delicioso terremoto que era el orgasmo, y se aferró a Rowen tan fuerte que no le sorprendió comprobar que le había abierto heridas en la piel.
Debajo de las uñas quedaron vestigios de su sangre.
Él se retiró unos instantes después y se dejó caer al lado de la cama. Lillias no lo supo porque lo viera, sino porque sintió el movimiento del colchón. Ella permaneció con los muslos separados y un brazo sobre el pecho, que subía y bajaba descontrolado.
No abrió los ojos hasta que pensó que había transcurrido un largo silencio.
—Rowen... —lo llamó con voz sugerente, ladeando la cabeza hacia él. Le extrañó verlo preocupado por vestirse lo más rápido posible. Ya se había puesto los calzones, la camisa y las botas. Solo quedaba por anudarse el chaleco—. ¿Rowen? ¿A dónde vas?
Él, aún sentado en el borde de la cama, le lanzó una mirada por encima del hombro. No había ni rastro del fervoroso deseo que había estado a punto de saltar de sus ojos, tan poderoso y real que parecía capaz de adoptar una forma física.
Lillias se incorporó con dificultad. Notaba el cuerpo laxo, y todavía le temblaban las rodillas y los brazos.
—¿A dónde vas? —inquirió con una nota de pavor. Tenía un mal presentimiento—. Rowen, quédate conmigo. Quédate aquí, acostado a mi lado.
Rowen tragó saliva antes de apartar la mirada y ponerse en pie como si le doliera el cuerpo. Cuando hubo tomado aliento y avanzado unos cuantos pasos hacia la puerta cerrada, decidió complacerla con una explicación.
Una que Lillias habría preferido no conocer.
—No puedo —contestó con aspereza—. Lo siento.
—¿Que no puedes? ¿Por qué?
Rowen recorrió su cuerpo desnudo con la mirada. Ahora que estaba en sus cabales, que no lo aturdía la deliciosa bruma del deseo, más que hambriento o deleitado con la visión parecía... furioso.
—Esto es lo que hacías con él, ¿no? —articuló con voz hueca.
El corazón le saltó en el pecho, estremecido por la acusación velada. Lillias tuvo que incorporarse para no sentirse en desigualdad de condiciones. Incluso se cubrió el pecho, avergonzada.
—¿Qué importa eso? Se supone que ya no es relevante, ¿no? Rowen, esto...
—¿Cuántas veces pasó? —quiso saber, inmóvil junto a la puerta.
Tenía la mano crispada en torno al pomo.
—No creo que deba...
—¿Cuántas? —bramó, alzando la voz.
La necesidad de cubrirse se acentuó. Recogió las piernas a la vez que se tapaba los senos con un brazo. Le sostuvo la mirada en silencio, esperando que su vergüenza aplacara el arranque de indignación, pero nunca había visto a Rowen tan fuera de sí.
—No lo sé —respondió en voz baja. Estuvo a punto de mentir dando un número al azar, pero en el último momento reculó, sabiendo que Rowen no le perdonaría otra ofensa—.
Supongo que... Ocurría con frecuencia. Casi todas las noches durante cinco o seis años desde la muerte de mi madre.
A veces... a veces sucedía más de una vez en un mismo día.
Pero no porque yo lo deseara —se apresuró a añadir, acercándose al borde de la cama para ir hacia él.
Rowen apretó la mandíbula. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegó a derramar. Lillias no supo si eran de rabia, celos, dolor o todo a la vez.
—Tampoco te forzaba, ¿no?
—¿Habrías preferido que me hubiese forzado? —inquirió ella con pavor. Sintió que el alma le regresaba al cuerpo cuando Rowen negó con la cabeza, aún más asqueado con esa posibilidad.
Los celos no tardaron en volver a ensombrecerle el semblante.
Abrió la puerta de un tirón impaciente. Un instante antes de marcharse, atajó con voz queda:
—Habría preferido que no hubiese ocurrido a secas.