Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 24
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Capítulo 24

A Lillias le costó tragar saliva.

—No deberías hacer eso cuando... me odias.

—Estar contigo no es una decisión que pueda tomar.

Es mi destino, y el destino individual no es una fuerza que puedas obviar o contra la que uno tenga fuerzas para rebelarse.

Si tú no hubieras nacido, yo tampoco lo habría hecho, Lillias.

Tengo que salvarte y honrarte porque eso es lo que he venido a hacer.

Nada podría darme la vida como solo tú lo consigues.

—Lo haces ver como si fuera un castigo —murmuró ella, mirándolo con los ojos vidriosos—. No quiero que te resignes. Quiero que lo desees tanto como yo, y que sea una decisión tuya.

—No es solo tu culpa que no pueda aceptar los hechos con deportividad. Simplemente... Lamento no ser para ti lo que tú significas para mí, pero entiendo que controlar tus sentimientos está fuera de tu alcance, como asimismo queda muy lejos del mío.

Lillias le cubrió el rostro con las manos y se puso de puntillas para hablarle. Él salvó la distancia que los separaba inclinándose lo suficiente.

—Entonces solo estás enfadado con el modo en que el mundo está hecho, no conmigo.

—Estoy enfadado con el mundo y contigo por extensión, porque tú eres mi mundo.

Lillias no pudo contenerse ni un segundo más.

Con el corazón henchido de amor y dolor, unió sus labios a los de Rowen aprovechando que había dejado la boca entreabierta.

Una sensación electrizante la recorrió de arriba abajo al encontrarse de nuevo con su sabor, su mezcla de olores.

No se preocupó de reprimir un jadeo de alivio cuando Rowen la rodeó con los brazos y la adhirió a su pecho como si fuera una extensión más de sí mismo.

Lillias se retorció contra él, desesperada por más, y profundizó el beso adentrando la lengua en su cavidad.

Recorrió sus labios con pequeños besos y mordiscos a los que Rowen logró acoplarse para seguir el ritmo.

Alargó la mano hacia su cabellera cobriza y hundió los dedos para acercarlo más a ella, deleitándose con la suavidad de los mechones que fue despeinando al acariciarle el cuero cabelludo.

Sin pedir permiso ni perder el tiempo, Lillias se deshizo con rapidez del chaleco que vestía y le sacó la camisa del interior de los pantalones.

Tuvo que susurrarle persuasivamente al oído que alzara los brazos para quitársela y contemplar su torso desnudo.

Al deslizar las manos por los hombros fuertes y la espalda, se percató de que la piel era rugosa y arrugó el ceño.

—Me quemé en el incendio de la destilería —le explicó él con la voz entrecortada, mirándola a través de las pestañas. Ya tenía los labios hinchados por los besos y las mejillas salpicadas de un rubor adorable que le favorecía. Que estuviera despeinado avivó el deseo salvaje de Lillias.

—¿Aún te duele? —preguntó ella, acariciándolo ahí donde era más sensible.

—No demasiado.

—¿Molesta si te toco?

—No.

—¿Y quieres que te siga tocando aquí...?

—inquirió, estirándose para hablar contra su boca entreabierta.

Sus manos descendieron por el vello cobrizo que salpicaba su pecho, por el caminillo de vello que conducía a su ombligo.

Lillias cubrió la semierección con la palma.

Ronroneó al sentir el calor que exudaba—, ¿... o prefieres que lo haga aquí?

El rubor de Rowen se acentuó, pero estaba tan excitado que no logró articular palabra.

Solo tragó saliva y se dejó hacer por Lillias, que, sin quitarle la mirada de encima, fue desplazando hacia abajo los calzones.

Siguiendo las órdenes directas de la joven, Rowen se sacó las botas con torpeza y se quedó tal y como Dios lo trajo al mundo.

Lillias dio un paso atrás para admirarlo con la garganta seca. Él no parecía tan fuera de lugar como solo anonadado por el descaro de su pareja, que, no contenta con humedecerse los labios al recorrer su altura con la mirada, dio una vuelta alrededor de él para contemplarlo desde diversos ángulos.

Estaba familiarizada con el triángulo del torso velludo que su camisa dejaba a la vista, con los antebrazos salpicados de pecas, venas gruesas y músculos desarrollados, pero no había tenido la gracia de observar directamente sus poderosos muslos, el volumen descarado de los brazos, las cicatrices de las quemaduras que habían convertido la piel de su espalda en puro cuero; los glúteos perfectos.

El corazón de Lillias estaba a punto de sufrir un colapso cuando terminó su paseo y regresó al punto de partida, justo ante él.

—Me gusta lo que veo —reconoció con coquetería. Avanzó hacia Rowen y esperó con las cejas arqueadas a que él dijera algo.

—Me... me alegro —balbuceó.

Lillias sonrió y lo besó en el mentón, en la nuez de Adán, en el hueco entre las clavículas, en el centro del pecho y alrededor de uno de los pezones, que lamió entre ronroneos antes de seguir bajando por la línea en paralelo con el ombligo.

Se sujetó a sus brazos para mantener el equilibrio mientras se arrodillaba.

Le complació comprobar que tenía la piel de gallina.

—¿Qué haces? —masculló él al verla en cuclillas ante su miembro.

Hizo ademán de agacharse para tomarla por los hombros y obligarla a ponerse en pie, pero ella le lanzó una mirada con la que le advertía las terribles consecuencias que ocurrirían si se atrevía a privarla de uno solo de sus caprichos carnales.

Lillias clavó una mirada ardiente en la semierección. El vello en torno al tallo venoso era del mismo tono de cobrizo que el de sus brazos. No pudo reprimir un suspiro al rodearla y confirmar que sus dedos no llegaban a tocarse.

—Eres tal y como te imaginaba —musitó, inclinándose con los ojos cerrados para besar la cabeza purpúrea y el lateral del miembro—. Grande y grueso... Perfecto.

No alzó la cabeza para confirmar que sus descaradas confesiones le mortificaban.

Cualquier hombre que la creyera una dama se escandalizaría al oírla, al verla actuar con desparpajo, pero Lillias no estaba en condiciones de preocuparse por su opinión.

Cuando el deseo la poseía, perdía todo reparo y se convertía en un súcubo, una criatura creada para dar placer y satisfacerse a sí misma.

Lo acarició con ternura y paciencia, retirando la piel más fina hasta que se hubo endurecido por completo.

Alternaba el firme movimiento con dulces besos en la base del miembro, en el prepucio que comenzaba a humedecerse.

Lo trataba con tal delicadeza que no le extrañó que en el momento en el que enroscó la lengua alrededor de la punta, Rowen emitiera un jadeo, sobresaltado.

—Lillias... —La tomó del moño para intentar alejarla, pero ella tuvo que ser terriblemente persuasiva al introducirse la erección hasta la campanilla, porque él solo jadeó y dejó la mano donde estaba, laxa.

Lillias recorrió el largo del miembro con una lenta succión y sonrió al llegar al final.

Se excitó viendo que su saliva estaba a punto de derramarse por el extremo y lamió los restos de líquido preseminal con delicadeza antes de pasar los labios entreabiertos por el lateral.

Oírlo gemir de fondo, afianzando la mano sobre el moño para impedir que se moviera de allí, la instó a prodigarle un trato algo más especial y lo introdujo de nuevo en su boca.

Era lo bastante grande para que, al empujarlo al fondo de la garganta, una arcada la sacudiera y la obligara a retirarse, pero no lo hacía: cobijaba su erección hasta que su vello le hacía cosquillas en el labio superior y ladeaba la cabeza al succionar hacia atrás, como si lo estuviera besando con ternura.

Lo hizo una, dos, tres y hasta diez veces, o quizá veinte, y luego fue aumentando el ritmo hasta que su saliva cubría la piel satinada del sexo masculino y la boca le sabía a él.

Lo notaba creciendo en el interior de su garganta, incluso palpitando, y supo que estaba a punto de alcanzar el orgasmo cuando Rowen tiró de su moño hacia atrás.

—Lillias, yo...

No permitió que la moviera del sitio y apoyó el prepucio sobre su lengua para que se vaciara en su cavidad.

Lillias sonreía todo cuanto se lo permitía la boca abierta, y con los ojos cerrados esperaba a que se hubiera derramado por completo.

El semen se deslizó por las comisuras de sus labios y la barbilla, y no hizo ademán de limpiarlo hasta que abrió de nuevo los ojos y clavó en él una mirada vidriosa.

Rowen la observaba a su vez al borde del colapso, pero su conmoción solo creció cuando ella utilizó el dedo índice para retirar los restos de esperma y embadurnarse los labios con estos como si se tratara de un bálsamo reparador.

Se pasó la lengua por el labio superior y se introdujo el índice en la boca para extraer el líquido blanco y acariciarse el escote con él.

—Lillias... —musitó Rowen, con una voz ronca que no parecía suya. Sonó a petición, a advertencia, a agradecimiento: todo a la vez.

—Es la primera vez que te corres con una mujer, ¿no es cierto?

—inquirió ella con voz suave, escupiendo el semen para repartirlo por su cuello y su pecho.

Se bajó las mangas del vestido cuanto se lo permitió el corpiño, mostrando sus pezones erectos, y los bañó también con su esperma—.

Y también la primera que lo haces sobre una. No voy a permitir que la olvides nunca.

—No lo haré —le juró, inmóvil en el sitio.

Lillias estaba llevándose las manos al broche trasero del vestido cuando se fijó en que su miembro volvía a endurecerse.

Sonrió y le dirigió una mirada traviesa mientras se ponía en pie a trompicones.

Rowen la ayudó a mantener el equilibrio rodeándola por la cintura, alternando miradas a su rostro y a sus pechos descubiertos.

—¿Quieres desnudarme? —preguntó ella en voz baja. Él tragó saliva antes de asentir—. Pues hazlo.