Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

—Por supuesto que no. —Su réplica rezumaba sarcasmo—. ¿Por qué hacer tal cosa cuando en su lugar puedes enredarte con un hombre que se suponía que sí te amaba, pero del que, qué curioso, ahora huyes como de la peste?

El acceso de rabia le provocó un mareo que la hizo tambalearse. ¿Cómo se podía ser tan obtuso? ¿Cómo podía reducir un problema tan grave a una mera ruptura de amantes, como si Brendan no amenazara con acabar con la vida de su hermano?

—Estás a punto de colmar mi paciencia.

—No, ¡tú estás a punto de colmar mi paciencia!

—rugió de repente, sobresaltando a Lillias.

Rowen la apuntó con el dedo—. Jugaste con mi mente hace diez años y ahora lo haces de nuevo, ¿y yo soy el que se está extralimitando?

¿Yo, que llevo cinco minutos haciéndote reproches?

¿Qué hay de la década que tú has pasado torturándome con tu silencio?

Lillias inspiró hondo. Le sostuvo la mirada, sabiendo que la punzada de deseo no tardaría en llegar y atravesarla inoportunamente.

No cabía duda de que aquel no era el momento de dejarse seducir por los colores y matices que adquiría su semblante cuando la rabia lo dominaba, pero ¡cuánto había deseado verlo enfadado por su causa!

Una parte de ella, morbosa y temeraria, acariciaba la posibilidad de replicarle con descaro o desdén para que la emprendiera a gritos, para que incluso la abofeteara.

Ansiaba su pasión de un modo enfermizo, y si solo podía obtenerla mediante un castigo, que así fuera.

—Si tanto te he torturado, ¿por qué no me lo haces pagar como Dios manda en lugar de hacer cobardes insinuaciones?

—le replicó, poniéndose de puntillas para que viera bien su media sonrisa venenosa—.

Grítalo a los cuatro vientos. Di que soy una puta barata.

Di que no me tocarías ni por todo el oro del mundo, porque ya no soy pura; porque soy la vergüenza de las damas.

Di que te avergüenzas de haberme amado, o que te sientes tan decepcionado de haberte dejado embaucar por una mujer que no era lo que decía ser, virginal, recta y elegante, que sientes que has perdido diez años de tu vida anhelando a un espejismo.

Dilo. Vamos... —Lo agarró de la mandíbula y le obligó a mirarla a los ojos.

Lo deletreó con rabia—: Dilo de una vez.

Observó que su nuez de Adán temblaba, señal de que le costaba tragar saliva. Su cercanía seguía afectándole tanto como a ella, la respiración errática y el hecho de que una sombra de placer secreto se hubiera apoderado de sus ojos siempre cristalinos le delataban.

—Estoy enfadado —reconoció en voz baja—, pero eso no justificaría que dijera viles mentiras.

No estoy en posición de decir qué es lo que eres, pues es algo que solo sabes tú.

Solo sé lo que eres para mí, y no es nada parecido a una puta barata o a la vergüenza de las damas.

Para mí eres... —La cogió de la muñeca para apartar la mano con la que había estado inmovilizándolo.

Le separó los dedos despacio y los entrelazó con los suyos—. Para mí eres...

—¿Qué soy? —le exigió saber con el alma en vilo.

—Una bendición y una maligna obsesión al mismo tiempo —musitó, perdido en su contemplación—.

Nunca dejarás de ser lo único que quiero y he querido.

Pero ahora eres también la mujer que más odio sobre la faz de la Tierra.

Te odio, y te odio por haberme hecho odiarte.

Porque se suponía que serías mía o no serías de nadie, o que no serías mía, que serías de otro, pero no tendría que verlo ni saberlo jamás, que podría ampararme en la dulce ignorancia para seguir viviendo.

Y no, me has arrebatado eso. Me lo has arrebatado todo, incluso la paz, porque hete aquí, restregándome en la maldita cara que sacrificaste mi amor y mi sincera entrega por las sucias caricias de un canalla.

Lillias contuvo la respiración.

Aunque quería regocijarse en el hecho de que Rowen por fin hubiera hablado con claridad, en que estuviera reconociendo que aún la amaba, no pudo.

Su dolor la noqueó. No pudo soportar saber que le había procurado un sufrimiento sin parangón al sincerarse, puesto que su arrebato de honestidad había nacido del egoísmo de desahogarse, de sacarse una espina a costa de clavársela al otro.

—Si hubiera estado convencida de que me amabas, nunca te habría abandonado. Jamás —reconoció ella con un hilo de voz, apretando la mano que él había entrelazado con la suya.

—Eso no me consuela a día de hoy, Lillias.

Podía vivir creyendo que me dejaste porque yo no estaba a tu altura, ni en el aspecto económico ni en lo que a la educación se refiere, porque eso lo comprendía.

Pero que me dejaras por mi maldita contención...

porque tú fuiste persuadida por un bastardo...

—Cerró los ojos para sobrevivir al ramalazo de ira—. No lo soporto.

—¿Y qué puedo hacer para que te sientas mejor?

—No puedes. —Sacudió la cabeza—. Y no he venido para que me saques la rabia del cuerpo, sino para decirte que estoy dispuesto a sacrificar mi orgullo para protegerte. Voy a darte mi apellido si eso es lo que te salvará de un destino cruel.