Cuando un highlander se entrega (Orgullo de las Highlands 3) Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

Se impulsó desde el cristal del ventanal, suspirando de cansancio, y cruzó el dormitorio con gesto de extrañeza.

No recordaba haber puesto un pie allí jamás, aunque tampoco estuvo en condiciones de exigir un paseo por el amplio castillo cuando se presentó por sorpresa.

Desde aquel fatídico día habían transcurrido meses, y, por fortuna, la opinión de los habitantes sobre ella había cambiado, pero a primera vista se ganó el desprecio de todos ellos.

Estaba a punto de cruzar el umbral del dormitorio cuando chocó con el sólido pecho de un hombre al que reconocería solo por el olor. Lillias retrocedió un paso, aturdida, y sintió que le ardían las mejillas de rabia al mirar a los ojos a Rowen.

—¿Qué haces merodeando por aquí? —quiso saber él, bloqueando la única salida con su enorme corpachón.

Lillias apretó los labios para no ser ella quien blasfemara en voz alta.

—Johnson estaba escondido en esta habitación. Yo ya me marchaba. Ni siquiera sé quién duerme aquí.

—Nadie. Solía hacerlo yo cuando Houston me requería día y noche por aquí, pero siempre he preferido los lugares más humildes.

Lillias iba a preguntarle por qué aquello tendría que importarle, pero la desconcentró que Rowen avanzara un paso y cerrara la puerta tras él. Unos instantes después, giraba la llave que descansaba en la cerradura, encerrándolos a solas en el interior.

Aunque la escena se presentaba prometedora, Lillias torció el gesto.

No olvidaba el modo en que Rowen la había mirado unas horas atrás, y si bien ella misma se creía indigna del menor atisbo de felicidad debido a su comportamiento y sus errores, seguía siendo lo bastante orgullosa para no tolerar un tratamiento vejador viniendo de nadie.

Ni siquiera de él.

O especialmente de él.

—Apártate —le ordenó ella, envarada—. Quiero salir.

Rowen fingió sorprenderse con la exigencia.

—Hace unas horas era «cásate conmigo», ¿y ahora es «apártate»? —inquirió sin rastro de burla, lo que solo hacía más inquietante su actitud—. Tal vez Blake tuviera razón cuando dijo que las mujeres sois criaturas incomprensibles.

Lillias le sostuvo la mirada tratando de averiguar qué se proponía.

—Tal vez los hombres seáis bestias descerebradas y por eso os parecemos un misterio en comparación. No veo el enigma en el imperativo «apártate», y no he sido yo quien te ha pedido matrimonio.

Rowen enarcó una ceja.

—¿Significa eso que no quieres que te salve la vida haciéndote mi esposa?

—Si para salvarme la vida tienes que hablarme como si estuvieras muy por encima de mí, creo que prefiero la horca. Déjame salir —insistió, estirando el cuello aún más.

—No entiendo por qué te molestaría que yo hiciera gala de cierta superioridad moral —replicó en su lugar, sin apartar la vista de ella. Avanzó un paso, obligándola a retroceder en el acto para no perder el equilibrio—. Es un hecho que mis principios son más sólidos que los tuyos.

Su respuesta la envalentonó.

—No todo en la vida se basa en tener principios. A veces conviene desprenderse de ellos.

—A veces, ¿cuándo? —Ladeó la cabeza, como si estuviera de veras intrigado—. ¿Cuando uno quiere retozar con el marido de su madre, tal vez?

Lillias cerró las manos en dos puños. La alternativa habría sido abofetearlo, cosa que se habría merecido si no hubiera dicho más que la verdad.

—Si hubieras conocido los placeres de la carne, Rowen, no me juzgarías con tanta dureza, puesto que entenderías por qué una persona se volvería loca de atar.

—Yo no te he juzgado —repuso con serenidad—. Eres tú la que ha hecho sus confesiones entre lágrimas, como si se arrepintiera de sus pecados. De hecho, no hace ni unas horas que decías que no me mereces.

—Es evidente que estaba alucinando, porque te estás poniendo a mi nivel, incluso muy por debajo, al tratarme de esta manera.

—¿No es así como quieres que te trate? ¿No era este el modo en que Brendan se dirigía a ti? —Su ceja escaló y él siguió avanzando, obligándola a ella a retroceder—. ¿Con descaro y arrogancia?, ¿como si supiera mejor que tú misma lo que quieres, lo que eres?

—Yo quiero que me trates como siempre lo has hecho —balbuceó débilmente—, y tú... Tú no eres Brendan. Tú no eres así.

—¿Cómo se supone que soy? —Detectó la burla en su tono—. Tal vez esté a tiempo de cambiar. Siendo como soy no me ha ido muy bien, Lillias. No contigo, al menos. Quizá me convenga aprender algunos trucos del carácter de tu antiguo amante para ser feliz... o para hacerte feliz a ti.

Lillias sacudió la cabeza, reacia a creer que el hombre que tenía delante fuera Rowen.

—No sé qué pretendes al acorralarme y hablarme de este modo. No te reconozco.

—No me reconoces porque no has tenido la mala suerte de verme furioso, Lillias...

, pero ahora lo estoy. Estoy que muerdo —gruñó, inclinándose sobre ella.

Aunque juraba estar ardiendo por dentro, no lo parecía.

Permanecía más o menos inexpresivo y empleaba el mismo tono de voz distante que unas horas atrás.

—Pues si has venido a continuar la conversación que dejamos a medias, este no es un buen momento. Uno no debería hablar cuando está furioso. No dice lo que piensa, es hiriente y rara vez se llega a buen puerto.

—Eso no supondría una gran diferencia con respecto a las previas conversaciones que hemos mantenido, puesto que contigo no he llegado a buen puerto ya que, para empezar, no he llegado a ninguna parte.

Lillias fingió una carcajada desinflada.

—¿Estas son las conclusiones a las que has llegado después de mi confesión?, ¿que no has llegado a ninguna parte conmigo por mi culpa?, ¿que soy poco más que una ramera que no merece respeto?

—No he dicho en ningún momento.

—Lo estás insinuando con tus rodeos y con tu tono.

—Se plantó en el sitio, clavando los talones sobre la alfombra, para determinar que no pensaba ceder ni un milímetro.

Ni en un sentido físico ni en la discusión—.

No te creía tan obtuso, Rowen. Pensaba que asumirías tu parte de culpa, que es que con tu comportamiento era imposible deducir que estuvieras enamorado...

y yo no me iba a casar con un hombre que no me amara.